En nuestras propias palabras

¿Por qué hablamos tanto?

¿Por qué sentimos esta necesidad de poner todo en palabras, como si nada existiera realmente hasta que logramos ajustarlo y hacerlo encajar en un juego de sonidos humanos?

No me refiero a frases simples y necesarias como: “La comida está allí”, “Viene algo extraño hacia nosotros, ¡corramos!” o “Quiero un aumento”. Me refiero a la interminable explicación en la que nos involucramos; a la conversación perpetua que sentimos que debemos sostener; a los millones de palabras que cada día se liberan desde pilas de libros, kilómetros de papel de diario, ondas de radio y señales que viajan por cables de cobre y fibra óptica.

¿Por qué esta necesidad de poner todo en palabras, como si nada existiera plenamente hasta que es expresado?

Porque no hay nada que el ser humano desee —y necesite— más que jugar a ser Di-s.

Di-s lo hizo primero. Él habló y la realidad cobró existencia. Dijo: “¡Haya luz!”, y hubo luz. Dijo: “Que las aguas que están debajo del cielo se junten en un solo lugar y que aparezca la tierra seca”, y surgieron océanos y continentes.

Pero el ser humano contempla la creación de Di-s como algo aún incompleto, todavía necesitado de definición. Entonces hablamos, y hablamos, y hablamos. Categorizamos, cuantificamos y calificamos el mundo de Di-s en un intento de otorgarle significado y propósito.

Claro que hay una diferencia fundamental.
Di-s es infinito y todopoderoso; nosotros somos finitos y falibles.

Di-s habló y la luz surgió. A nosotros se nos concedió el poder de hablar para orientar esa luz hacia una forma más clara y enfocada. Aunque, siendo como somos, también podríamos oscurecerla.

Podemos usar nuestras palabras para convertir continentes en comunidades productivas de naciones y pueblos. O podemos hablar de ellos en términos de enemistad, división y disputa.

Pero precisamente ese es el tipo de “socio en la creación” que Di-s quiso: un compañero capaz tanto de arruinar un proyecto como de hacerlo prosperar. Un socio libre e independiente, cuyas decisiones sean verdaderamente propias —y, por lo tanto, también su responsabilidad y sus logros.

Porque Di-s quiso verdaderos socios en Su obra, no simplemente un grupo de empleados o mensajeros. (De esos ya tenía muchos cuando creó al ser humano: se llaman ángeles).

Un verdadero socio no solo participa en el funcionamiento del proyecto. También ayuda a definir su misión, sus reglas y su forma de operar.

El libro de Devarim —“Palabras”—, también llamado Mishné Torá (“Repetición de la Torá”) y conocido en el mundo occidental como Deuteronomio, consiste en un largo discurso de Moshé que se extiende durante 37 días: desde el 1 de Shevat hasta el 7 de Adar, día de su fallecimiento, en el año 2488 desde la creación.

En este discurso, Moshé repasa los eventos más importantes y las leyes registradas en los otros libros de la Torá. Allí hay una diferencia notable: en los primeros libros, Moshé transcribe lo que recibe directamente de Di-s. En Devarim, en cambio, él lo expresa con sus propias palabras.

Así, un pasaje que en el libro de Éxodo o Levítico comienza con “Y Di-s habló a Moshé diciendo…”, en Deuteronomio aparece como: “En ese momento Di-s me dijo…”.

Sin embargo, el libro de Deuteronomio forma parte plenamente de la Torá Escrita, porque no solo su contenido sino también sus palabras tienen origen divino. Nuestros sabios explican que, como Moshé había sometido completamente su ego a la voluntad divina, “la Presencia Divina hablaba desde su garganta”. En ese sentido, las palabras de Moshé también son palabras de Di-s.

Por ello, el libro de Devarim funciona como un puente entre la Torá Escrita y la Torá Oral.

La Torá Oral incluye el Talmud y los Midrashim, los comentarios y códigos legales, el Zohar y la Cábala, y también “todo lo que un estudiante digno expondrá a su maestro”: todo lo que ha surgido en más de tres mil años de estudio e interpretación de la Torá según la tradición del Sinaí.

En la Torá Oral, el contenido es divino, pero las palabras son humanas.

De este modo, Di-s otorgó al ser humano no solo el mandato de moldear Su mundo mediante la palabra, sino también el privilegio de participar en la formulación de la Torá misma: en las leyes, en el modelo, en el “código fuente” de la creación.

Entonces, ¿por qué hablamos tanto?

Porque para eso estamos aquí.

Nuestras palabras —habladas o escritas, impresas o convertidas en píxeles— pueden destruir mundos o pueden crearlos.

Yanki Tauber

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