Hacérsela mas fácil a los retornantes

“No robarás” (Vaikrá 19, 13)

En el párrafo bíblico semanal, la Torá nos advierte de no robar la propiedad del prójimo: “No retengas lo que es de tu compañero y no robes”.

Este pecado es de tal magnitud que Maimónides dictamina que “todo el que roba a su compañero por el valor de ‘una prutá’ (la moneda talmúdica de menor valor) es como si lo hubiese despojado de su alma”.

Esta gravedad está determinada específicamente en el robo y no en el hurto, a pesar de que en ambos casos tiene lugar una apropiación ilícita de los bienes de una persona. 

En el segundo caso, el ladrón es consciente de la propiedad de la persona sobre sus bienes y por ello carece de la osadía de enfrentar al dueño, apropiándose de su bien a través del hurto. A diferencia de ello, quien roba se apropia abiertamente del bien ajeno y con ello ataca un aspecto fundamental del alma humana, el derecho de propiedad de los propios bienes, y con ello lo “despoja de su alma”.

QUITAR EL ALMA

La enmienda de este pecado es un precepto de la Torá: “devolverá lo que robó”. El ladrón está obligado a devolver el bien robado a su dueño y a través de ello se considera como que le hubiera “restituido el alma” del despojado arreglando el pecado de “despojar el alma” implícito en el acto de robar.

Pero ¿cómo es la ley cuando el objeto robado ya no existe? Maimónides dictamina: “Si lo robado ya no existe y el ladrón desea arrepentirse y vino por iniciativa propia y devolvió el valor de lo robado, dispusieron los Sabios que no debe aceptárselo, sino que debe ayudársele y perdonarlo, para acercar el camino recto a los retornantes”

(No así quién hurtó, es decir, robó a escondidas, que siempre debe pagar).

ARREPENTIMIENTO SINCERO

La explicación de ello es la siguiente: mientras que existe la posibilidad de devolver el elemento robado, es una mitzvá hacerlo, ya que a través de ello se enmienda lo más grave del acto de robar- “el despojo del alma”.

Pero cuando el bien ya no está, no puede arreglarse este aspecto del robo y lo máximo posible es indemnizar al damnificado por el daño sufrido con el robo. En este caso decretaron los Sabios la “disposición para el arrepentido”, para hacer más fácil el camino del retornante.

Pero esta disposición se instauró sólo en caso de que “el ladrón quiso arrepentirse y vino por propia iniciativa y devolvió lo robado”. Con este acto, el ladrón demostró la sinceridad de su arrepentimiento y el reconocimiento de la potestad del dueño del objeto robado. Así el ladrón rectifica su pecado, y por ello nuestros Sabios vieron apropiado hacer accesible el camino del arrepentimiento y ordenaron no aceptar dinero por lo robado.

SIN INTENCIÓN DE GANAR

De esta ley aprendemos hasta qué punto debe uno esforzarse para ayudar a un judío a retornar a la buena senda, y hacer Teshuvá. Si para “acercar el camino recto a los arrepentidos” dispusieron los Sabios que la persona resigne a su dinero, cuánto más debemos esforzarnos para ayudar el acercamiento de un judío a su Padre Celestial.

El activar en acercar a los judíos a la Torá debe hacerse sin intención de rédito personal- ni material o espiritual (por la recompensa en el mundo Venidero y similares), el único interés debe ser lisa y llanamente: acercar al judío a Di-s, incluso a costa de pérdida “personal”. Y cuando los judíos retornan a Di-s de inmediato son redimidos en la verdadera y completa redención a manos del Mashíaj.

Likutei Sijot Tomo 32, pág. 112

El alma fugitiva

Las secciones de la Torá en Tazria (Levítico 12-13), y Metzorá (14-15), tratan sobre las leyes de Tzaraat, una enfermedad espiritual. Su marca identificable es una mancha blanca o manchas que aparecen en la piel de la persona, en las paredes de la casa, o en una vestimenta de tela o cuero.

No todas las manchas blancas indican Tzaraat. Hay varios síntomas secundarios que determinan si la persona (o la casa o la vestimenta) deben ser declarados impuros (tamé). En el cuerpo humano, uno de los signos del Tzaraat es si la mancha blanca subsecuentemente causa (al menos) que dos pelos dentro de esa área se vuelvan blancos.

Con respecto a esta ley, hay un pasaje remarcable en el Talmud que cuenta sobre un debate que se llevó a cabo en la Academia Celestial:

Fue debatido en la Academia Celestial: Si la mancha blanca precede al cabello blanco, es impuro, si el cabello blanco precede a la mancha blanca, es puro; pero ¿qué sucede si hay una duda, sobre cuál apareció primero?

El Santo Bendito Sea dijo: Es puro.

Toda la Academia Celestial dijo: Está impuro

Ellos dijeron: ¿Quién decidirá por nosotros? Raba bar Najmeini. Ya que Raba bar Najmeini declaró: Yo soy singular (conocedor) de las leyes del tzaraat…Ellos enviaron un mensajero (a que lo trajeran al cielo)…Dijo (Raba): ¡Tahor! ¡Tahor! (Puro, puro). (Talmud, Bava Metzia 86a).

Vuelo desde uno mismo:

Para entender el significado de este debate entre el Santo Bendito Sea y la Academia Celestial, y por qué un ser humano mortal fue llamado para decidir entre ellos, debemos entender primero la naturaleza de la enfermedad del Tzaraat en general, y el significado de la mancha blanca y el cabello blanco en particular.

Las enseñanzas Jasídicas explican que el alma humana es manejada por dos fuerzas contrarias: el deseo de correr o escaparse (ratzó), y el deseo de asentarse (shov). Cada vez que nos embarga un sentimiento de alegría, amor, ambición o deseo, estamos corriendo, escapando de nuestro ser para alcanzar algo más grande, más bello y perfecto que él. Cuando experimentamos asombro, humildad, devoción o compromiso, estamos asentándonos, afirmando nuestra conexión con nuestra existencia, nuestro lugar en el mundo y nuestra misión en la vida. Ratzó nos lleva a escalar una montaña, Shov, a construir una casa; Ratzó a rezar, Shov a hacer una Mitzvá.

En un alma sana espiritualmente, el deseo vacila entre ratzó y shov como el alza y la caída de un péndulo bien balanceado, o la contracción y expansión del latido de un corazón. Las limitaciones de nuestro lugar en el mundo, la finitud de nuestra naturaleza y cuerpo, los límites de nuestro propio ser, nos impulsan a escaparnos de ellas, de buscar lo ilimitado y lo infinito. Pero nuestro propio escape nos trae a un lugar en donde podemos apreciar mejor la belleza y la necesidad de nuestra existencia. Por ello, el ratzó provoca una neutralización de Shov, un retorno hacia uno mismo y al lugar de uno en el mundo.

Tzarat es la condición en la que este balance crucial es interrumpido. El péndulo del alma asciende en su arco de ratzó pero falla en descender al shov. El deseo escapa el ser  y falla en volver, dejando detrás un vacío en el que todo tipo de elementos indeseables pueden tomar control como las malezas en un jardín abandonado.

Esto se simboliza con las manchas blancas y los cabellos blancos que son síntomas de Tzarat. Una mancha de piel blanca indica que la vida y la vitalidad se han ido de (aquella parte) del cuerpo. Aún así, una mancha blanca sola no significa que el fracaso del deseo de asentarse es un resultado de cualquier evolución negativa en el carácter y el comportamiento de la persona. Pero cuando vemos cabellos blancos que surgen de la mancha blanca, cuando vemos cosas muertas que se nutren de este lugar muerto, tenemos un caso completo de tzarat.

Por el otro lado, la existencia de cabellos blancos, no indica Tzarat. Esto representa el equipaje de mano ordinario que cargamos durante nuestra vida, la corriente y moliente de las características negativas y experiencias que tienen la función positiva de desafiarnos y de provocar a nuestros mejores talentos y energías más potentes. Es sólo cuando los cabellos blancos son causados por la mancha blanca que significa que algo más serio está en marcha. Tal condición indica que la persona se ha escapado tan lejos con sus impulsos escapistas que ha abandonado completamente sus compromisos de la vida y la productividad, dejando atrás un hueco y un ser inanimado que es suelo reproductor de las peores cosas de la naturaleza humana.

Por lo tanto, la ley que un cabello blanco es un síntoma de tzarat, sólo rige cuando la mancha blanca precede al cabello blanco, indicando que este crecimiento muerto es el resultado de una cierta área de la vida de la persona que ha sido drenada de su vitalidad.

Dos Visiones de Hombre:

¿Cuál es la raíz de la causa del tzarat? Ratzó es escaparse de uno mismo, mientras que shov es el retorno a uno mismo. Parecería por lo tanto que el tzarat (ratzó sin shov), deriva de un exceso de desinterés.

En verdad, sin embargo, es totalmente lo contrario. Ratzó es lo que el alma desea hacer, mientras que shov es lo que el alma está comprometida a hacer. Un comportamiento escapista es la última auto complacencia, mientras que asentarse es la última sumisión. Tzarat, por lo tanto, deriva de una falta de humildad, del fracaso de poder ceder el deseo de uno frente al deseo del Creador.

Esto explica el debate arriba mencionado entre el Santo Bendito Sea y la Academia Celestial. Los Cabalistas hablan sobre dos tipos de energía Divina que nutren nuestra existencia: una luz Divina que “llena los mundos”, que penetra en cada criatura y se relaciona con su carácter individual; y una luz Divina que “abarca los mundos” (que los rodea en cierto sentido), una energía trascendente que sólo podemos relacionarnos con ella como algo místico o espiritual, algo que está por fuera de nosotros.

Por supuesto, la esencia Divina no es ni “llenadora” ni “abarcadora”. En última instancia, la relación de Di-s con nuestra existencia no puede ser definida como interna o externa, no es ninguna de las dos, ya que la realidad Divina va mucho más allá de tales distinciones y caracterizaciones. Pero Di-s deseó relacionarse con nosotros de una manera que sea consistente con nuestra realidad. En nuestra experiencia, hay cosas que son internas, cosas que podemos entender y empatizar, y cosas que son abarcadoras, o sea, que van más allá de los parámetros de nuestro entendimiento. Así Él, también, se relaciona con nosotros a través de estos dos canales, Poniéndose a disposición nuestra a través de la vía racional y medios de comunicación aprehensibles (o sea, las leyes de la naturaleza), así como también a través de vectores místicos y espirituales.

Hay numerosas diferencias entre estos dos modos de energía Divina y sus efectos sobre nosotros, que se discuten extendidamente en los trabajos de la Cabalá y el Jasidismo. Una diferencia básica es que la luz Divina que “llena los mundos” da crédito a nuestro sentido de la realidad y de la individualidad, mientras que desde la perspectiva de la luz “abarcadora”, que trasciende los parámetros de nuestra existencia, nuestra realidad no tiene validez verdadera y nuestro sentido del “yo” es un poco más que una ilusión.

La “Academia Celestial” es una ilusión a la luz llenadora, mientras que “El Santo Bendito” (Kedushá, santidad, que significa trascendencia) connota la luz “abarcadora” de Di-s. Así que con respecto al caso en el que hay una duda de si el cabello blanco creció antes o después que la mancha blanca, la “Academia Celestial” se inclina a declarar que es un caso de Tzarat. Ya que es esa la perspectiva Divina en la que el hombre reconoce el egoísmo del hombre. Si Tzarat es una posibilidad, debemos sospechar que de hecho, ha ocurrido.

“El Santo Bendito”, sin embargo, ve al hombre como un ser esencialmente abnegado. Desde el punto de partida de la luz “abarcadora”, Tzarat es una anomalía. Si hay evidencia clara y concluyente que una persona ha complacido sus deseos escapistas hasta un extremo tal, las leyes de Tzarat se aplican. Pero si hay duda, la perspectiva Divina se inclina a declararlo puro.

El Veredicto:

¿Quién debe decidir entre estas dos visiones Divinas? Solo uno que está en contacto con la primordial visión, con la singular verdad que trasciende tanto los modos “llenador” y “abarcador” de la relación Divina con la realidad.

Raba bar Najmeini era “singular en las leyes de Tzaraat”. Era un ser humano, pero un ser humano que se ha dedicado tanto a la Torá de Di-s que descubrió su núcleo singular, descubrió la visión Divina de la realidad tal cual se relaciona con la misma esencia de Di-s más que con los elementos “llenador” o “abarcador” de Su luz.

Cuando Raba bar Najmeini reflexionó sobre las leyes del egoísmo y altruismo humano, vio al hombre como Di-s mismo lo ve: una creación absolutamente devota al deseo de su Creador. Una creación que, incluso si es tocado por la posibilidad de una deficiencia de shov, es invariablemente declarada: ¡Puro! ¡Puro!.

Basado en las enseñanzas del Rebe de Lubavitch

Cortesía de Meaningfullife.com

Parashá en Síntesis: Tazria – Metzorá

A partir de la segunda noche de Pesaj y hasta la segunda víspera de Shavuot, todas las noches se cuenta el Omer (ofrenda que se llevaba al Templo de Jerusalén).

Cuando Moisés informó al Pueblo Judío de su liberación de la esclavitud, también le indicó la finalidad de esa redención, que era el recibimiento de la Torá en el Monte Sinaí. Por ello, inmediatamente después de la salida de Egipto, los judíos empezaron a contar los días y las semanas, impacientes, deseosos de recibir la Ley Divina. 

Estas siete semana (cuarenta y nueve días) se consideran un período de crecimiento espiritual. También señalan el gran potencial para el cambio que tiene el Pueblo Judío, ya que en un tiempo muy corto pasó de un nivel máximo de impureza (cuando se encontraba en Egipto) a uno de máxima pureza (al recibir la Torá).

Las dos Parashot (mejubarot, unidas) hacen referencia a las leyes de pureza e impureza de la mujer que concibiere y a aquellas relacionadas con quienes contraían una enfermedad denominada tzorá (especie de lepra) por cometer ciertos pecados. 

Se enfatiza la importancia de la concepción y de la maternidad. En los primeros  cuarenta días de la concepción se decide el futuro de la persona. Di-s determina su sexo, su salud, su grado de inteligencia, su apariencia y sus posibilidades físicas y mentales, así como si será rico o pobre. Lo único que no se decide es si será bueno (tzadik) o malo (rashá). EL grado de su observancia de la Torá depende del esfuerzo que haga la persona. 

Cuando el niño está en el vientre materno se le enseña toda la Torá, se le muestra una visión de Gan Eden (Paraíso) y del Gueinom (infierno) y el ángel encargado de ello le conmina a ser un tzadik y no un rashá. Cuando el niño nace, el ángel toca sus labios (de allí la hendidura que se tiene debajo de la nariz), provocando el olvido de toda la Torá que ha aprendido. Sin embargo, este conocimiento queda registrado en el subconsciente.

El bebé humano es el único de los animales que succiona de la parte superior del cuerpo de su madre cerca de su cabeza, lo cual demuestra la atención que Di-s dispensa a la dignidad y santidad (Kedushá) del género humano. 

Al principio, el nacimiento se producía inmediatamente después de la concepción y sin dolor. La situación actual es producto del pecado de Eva, sin embargo en el futuro volverá a ser como al principio tal como se explica en la profecía de Isaías. 

Generalmente se usa el término tzorá como lepra y metzorá como leproso, pero debe tenerse en cuenta que se trata de un tipo especial de lepra, mandada por Di-s que sólo afectaba a los judíos en tiempos de Beit Hamikdash (Templo).

Existían algunas faltas o pecados (idolatría, blasfemia, inmoralidad, asesinato) por los cuales la persona podía ser atacada con enfermedad de tzorá. Lashon hará (hablar mal, chismorrear) era considerado uno de los pecados más graves y aún lo es en nuestros días. 

De todos los órganos del cuerpo, la lengua es la que se mueve con menos dificultad y a mayor velocidad, por eso el pecado que se comete con mayor frecuencia es el de lashón hará. 

Deberíamos darnos cuenta que las palabras dichas no se evaporan sin antes dejar una marca que no puede ser borrada, ni recogida.

La lengua es un arma muy potente, lo hablado por una persona puede perjudicar a otra que se encuentre a gran distancia, incluso en otro continente, cosa que no puede hacer un revólver o un puñal; además, lashón hará liquida a tres personas simultáneamente; al que habla, al que escucha y aquel sobre el que se habla, cosa que difícilmente podría hacerse con un arma. 

Para salvarse del chisme, diariamente le pedimos a Di-s en nuestras plegarias que impida que hablemos mal de otros. Cada persona debe ocuparse de sus propias fallas y limitaciones para superarlas. Las imperfecciones que uno ve en los demás generalmente son proyección de los defectos propios.

Parashá en síntesis: Vaiakel – Pekudei

Con la lectura de dos Parashot (llamadas mejubarot, unidas, si se leen juntas) finaliza el libro de Shemot (Éxodo). Ambas se refieren a la transmisión de la orden de construcción que da Moshé al pueblo. Anteriormente, en Trumá y Tetzavé se hizo referencia a la orden de Di-s dada a Moshé respecto al Santuario y sus componentes, así como las vestimentas de los Sacerdotes. 

Aun cuando los acontecimientos relacionados con el becerro de oro y relatados en Ki Tisá (censo) se interponen entre ambos juegos de Parashot, la orden de ejecución sobre la construcción del Santuario igualmente se cumple y la Providencia Divina se posa sobre el Santuario. 

Cuando el pueblo de Israel acepta la Torá diciendo “naasé venishmá”, “haremos y luego entenderemos”, adquiere el nivel de Adam antes del pecado, lo que los hace inmortales. Luego del pecado del becerro de oro, la Presencia Divino se aleja de ellos y de nuevo pasan a ser mortales. 

El pecado del becerro de oro, el primero del pueblo de Israel, evidencia que aún en los comienzos de nuestra historia como pueblo existieron grupos que distorsionaron el verdadero sentido de la Torá, sin negar ni rechazar su Judaísmo, tal como sucede a lo largo de la Historia hasta la actualidad. 

Las “reinterpretaciones”, supuestas modernizaciones, innovaciones y modificaciones, de los elementos esenciales del Judaísmo, con la excusa de hacerlo más atractivo o confortable, producen una falacia. El contenido espiritual y trascendente del Judaísmo, centrado en la Divinidad de la Torá como premisa central, tiene carácter de permanencia y eternidad, no está sujeto a modas, opiniones o nueva morales. No necesita ser actualizado, y puede ser ejercido en cualquier lugar del mundo. 

Los métodos de transmisión de generación a generación, cuando tienen el debido nivel de información, la explicación adecuada sobre los significados, contenido y acción judía, forman una sólida identidad que no requiere de simples modificaciones rituales para hacer que el Judaísmo parezca más entretenido. Vivir el Judaísmo, como se ha hecho por miles de años, tiene sentido y propósito. 

El ejercicio de esa particularidad y la historia que nos ilustra la corta vida de todos los movimientos, tendencias y sectas modernizantes, hace que entendamos que ni las excusas de progreso intelectual, ni el avance científico sirven para distraernos del propósito central de trascendencia, que por medio de acciones específicas nos lleva a cumplir nuestra misión de traer la paz al mundo, sin cometer errores similares a los cometidos por los adoradores actuales del becerro de oro.

La tribu de Levi, los tzadikim (piadosos) y los nesiim (líderes), tampoco contribuyeron con la realización del becerro de oro. 

En parashat Vaiakhel, Moshé reúne al pueblo y lo instruye sobre el Shabat como día de descanso, dedicado a Di-s. Día en que Hashem, luego de finalizar la Creación, se dedicó a armonizar con su obra y a contemplarla en su totalidad. Aún las labores del Mishkán fueron interrumpidas en Shabat, lo cual evidencia su importancia y el carácter testimonial que tiene como prueba en la creencia de Di-s.

Categorías de trabajo:

Las 39 categorías principales de trabajo prohibido en Shabat están referidas a aquellas actividades de tipo creativo, no necesariamente las que ameritan un esfuerzo físico. En el séptimo día Di-s eligió dejar de crear para ponerse en armonía con lo creado.

Al cesar de trabajar cada Shabat en la forma prescrita por la Torá, el judío da testimonio del poder creador de Di-s y a la vez revela la verdadera grandeza del hombre. Las estrellas y los planetas, se mueven todo el tiempo, día y noche, sin cesar; sin embargo el hombre, por un acto que deriva de su fe, puede poner límite a su labor, par no degenerar en un trabajo sin sentido. Al observar el Shabat, el judío tal como dicen los Sabios, se hace domé leyotzro – semejante a Di-s mismo. Es como Di-s, el que dirige el trabajo, no su esclavo. 

Las 39 categorías principales (cada una además tienen sus subdivisiones) son:

Cargar, quemar, extinguir, terminar, escribir, borrar, cocinar, lavar, coser, rasgar, anudar, cernir, moler, amasar, cardar lana, hilar, teñir, enlazar, urdir, tejer, desenredar, construir, desatar, dar forma, arar, plantar, segar, cosechar, desgranar, separar paja del grano, seleccionar, demoler, cazar, trasquilar, sacrificar, desarrollar, curtir piel, alisar, marcar.

Moshé, esta vez en su rol de recaudador, pide a cada uno de los miembros del pueblo su contribución voluntaria para la construcción del Tabernáculo. A pesar de la disposición y el entusiasmo inicial, en diversas oportunidades privó la adhesión a las posesiones materiales. Sin embargo, la insistencia de Moshé como recaudador de fondos estaba en la calidad y no en la cantidad, en el carácter voluntario y la disposición para dar, a diferencia de los métodos de presión -y a veces, de coerción- que se utilizan hoy en día para el logro de las metas estipuladas. 

Sin embargo, es necesario destacar que existía una contribución obligatoria igual para todos los judíos (medio shékel), a fin de asegurar el funcionamiento básico. Sólo las contribuciones para el embellecimiento y glorificación del Tabernáculo eran dejadas a discreción de cada quien. Esta podría ser una de las políticas a seguir de nuestra vida comunitaria: cubrir necesidades básicas con la participación por igual de todos los contribuyentes, y luego, participación voluntaria para complementar. 

En Parshat Pekudei, Moshé rinde cuenta de la recaudación obtenida en oro, plata y cobre para la construcción del Tabernáculo y los objetos sagrados. 

Dicen nuestros Sabios que no puede haber bendición en las cosas que pueden ser contadas, medidas o numeradas, sino en aquellas que no están a la vista; pero eso sólo es cierto cuando se trata de riquezas individuales que pueden dar lugar a peleas, envidias o mal de ojo. Respecto a las contribuciones que favorecen el bienestar de toda la comunidad, el cual evidencia la unión y la solidaridad de sus componentes, la bendición es aún mayor. 

Parashá en síntesis: Tetzave

Di-s ordena la utilización del aceite de oliva para el encendido de la Menorá o Candelabro del Santuario, el mismo que se utilizará posteriormente en el Beit Hamikdash o Templo. El aceite era aportado por toda la comunidad. 


Se utilizaba el aceite de mayor pureza, las primeras gotas extraídas de los olivos. El Talmud explica que ese aceite representa la pureza del estilo de vida judía basó en la Torá; como expresión divina, representa la luz interior, la espiritualidad y testimonia la Presencia Divina en el mundo. 

Un milagro especial ocurría con una de las luces de la Menorá, “ner maaravi”: aun cuando se le ponía la misma cantidad de aceite que a todas las demás, permanecía encendida por más tiempo. Cuando el Sacerdote o Cohén limpiaba por las mañanas, encontraba encendida esa luz y con ella prendía todas las demás por la tarde.  Esto fue indicación de la presencia de la Shejiná (Providencia Divina) y duró hasta la muerte de Shimón Hatzadik (Simón el justo).

Aharón y sus cuatro hijos, Nadav, Avihú, Elazar e Itamar, fueron escogidos por Hashem para ser Cohanim (Sacerdotes). Aharón, hermano de Moshé, es el primer Cohén. En cambio Moshé, quien se suponía que sería Cohén, es designado por Di-s como Levi, por su negativa en primera instancia, de ir a Egipto y Liderar a Bnei Israel, cuando Di-s se lo había ordenado. 

Los sacerdotes tenían que usar vestiduras especiales para el servicio en el Santuario. Todas estaban hechas de lino blanco y constaban de una camisa, pantalones, cinturón y turbante. El Cohén Gadol o Sumo Sacerdote usaba además las llamadas vestimentas de oro, pectoral y efod, manto y tzitz (banda de la cabeza).

El Sumo Sacerdote se ponía ocho vestimentas en total, número que representaba un nivel de trascendencia, de conexión con lo extramundano. Cada prenda de vestir estaba relacionada con la expiación de las distintas faltas que pudieran ser cometidas por el pueblo. 

Estas vestimentas tenían un profundo significado místico y espiritual, y por tanto, debían ser elaboradas según las instrucciones divinas y por personas sabias, conocedoras de la Torá. 

El pectoral estaba formado por doce cuadros, cada uno con una piedra preciosa que representaba las distintas tribus. Las letras de los nombres de Abraham, Itzjak y Iaacov, estaban distribuidas de tal modo que en cada piedra preciosa había seis letras, lo cual totalizaba el alfabeto, que era necesario para la combinación de los mensajes de urim vetumim. Las matriarcas estabas representadas en las cuatro filas. 

Las seis letras en cada tribu simbolizaban la Creación del mundo en seis días. El total de letras, 72, corresponden a las 72 letras que componen el nombre de Di-s y que sostuvieron la Creación durante la formación del mundo. A la vez, están relacionadas con el versículo olam Jesed Yibané, “el mundo se sostiene en base a la bondad, misericordia”, jesed, que también tiene el valor número de 72. 

Los urim vetumim eran pergaminos en los cuales Moshé había escrito las 72 letras del nombre de Di-s y que hacían que el pectoral se alumbrara para dar respuesta, a través de las diferentes combinaciones de letras, a las consultas o decisiones que afectan a todo el pueblo de Israel o a un tribunal (Beit Din) para la obtención de una sentencia definitiva. 

Estas vestimentas utilizadas por Aharón (y luego por el Sumo Sacerdote del Templo) fueron las mismas que se llevó Nabucodonosor a Babilonia como botín, después de la destrucción del Primer Templo. Son las que el rey Ajashverosh se puso en el festiv que daba para consolidar su poderío y del cual surge toda la historia de Purim, que se celebra el 14 de Adar. 

Iaakov desea salir

Iaakov desea salir.“¡Por favor, no me entierres en Egipto… sácame de Egipto!”…

Para asegurarse de que ni siquiera sus restos quedarán allí, Iaakov siente que necesita más que la palabra de Iosef. “Júramelo” le pide y Iosef lo hace.

Cuando los resultados son esenciales, el juramento es una herramienta poderosa, pues obliga a la parte comprometida a cumplir su deber bajo cualquier circunstancia. Pero de todas formas, ¿para qué era necesario un juramento en esta historia? ¿Acaso era insuficiente la palabra de Iosef para su padre agonizante?

A cada alma se le confía una misión. Iosef sintió que la suya era despertar el corazón de la sociedad egipcia, en el seno de la bestia. Trabajaba para identificar y elevar las chispas Divinas donde ellas se encontraran.

Iaakov era consciente de que Iosef consideraba el hecho de dejar a su padre a su lado, incluso post mortem, como un valioso aporte a su esfuerzo para lograr elevar a Egipto. La única manera de conseguir descansar en paz, es a través del juramento de Iosef.

Pero si es así, ¿por qué Iaakov estaba tan ansioso de ser sacado de Egipto? ¿Por qué no ser enterrado entre sus hijos, donde su presencia podría ayudar a reducir la sensación de desolación y exilio?

Iaakov sabía que sus hijos requerirían de auxilio para escapar de los grilletes de la esclavitud en Egipto, y sintió que estaría en mejor posición para ayudarlos a la distancia. Pues, para poder escapar exitosamente de la prisión, necesitas de alguien de afuera que te saque.

Por eso Iaakov fue transportado a la Tierra Prometida, mientras que Iosef retornó a las trincheras en Egipto. El juramento entre ellos sirvió de ligazón- de la que Iaakov tiraría al llegar el momento de que retornen sus hijos a casa.

Otra lección que es posible tomar de este hecho es, que mientras vivía en Goshen, Iaakov poseía las mejores pasturas para sus rebaños y la mejor Ieshivá para el estudio. Era ideal material y espiritualmente. Sin embargo, rogó a Iosef: “Sácame de Egipto”. Incluso, bajo las mejores circunstancias, el exilio no es el lugar para el iehudí. Lo aprendemos de Iaakov, que hasta muerto, es imposible hallarlo en Egipto.

Dovi Schneider, editora del Kosher Spirit magazine.

Elevarse por medio del sueño

Y EL FARAÓN SUEÑA..

En la Parshá de la semana anterior leímos sobre los sueños de Iosef y de los ministros de Paró. Esta Parshá nue vamente nos habla de sueños: los del Faraón de Egipto. El hilo conductor entre todos ellos es que son parte de los acontecimientos que trajeron a Iaakov y sus hijos a Egipto, comienzo del exi lio en Mitzraim-Egipto.

En la Torá todo es exacto y tiene sentido. Si la Torá pone tanto énfasis en el tema de los sueños como parte del desencadenamiento del Galut -exilio a Egipto, entendemos que existe una relación conceptual entre ambos temas (exilio y sueños). Más aún, la analogía que coexiste entre sueño y galut ex- presa la verdadera condición del exilio y la receta para poder afrontarlo.

UN ELEFANTE EN EL ORIFICIO DE UNA AGUJA

Está explicado en el libro Tora Or de Rabi Shneur Zalman autor del Tania, que uno de los detalles más sobre- salientes del sueño es que puede unir dos extremos opuestos y que en la realidad son imposibles de ensamblar. Por ejemplo: el Talmud relata que en un sueño se puede ver “que un elefante pasa por el orificio de una aguja”, sin que esto despierte en la persona asombro alguno.

Esta es la esencia conceptual de la diáspora judía: una situación anormal e irreal que se ve como corriente y natu ral, y quienes viven en ella no sienten que se trata de un contexto contradictorio.

UNA VIDA CONTRADICTORIA

Encontramos esta misma condición en el exilio espiritual de cada individuo. Por ejemplo, todos entendemos que el amor egoísta que lleva a la persecución desenfrenada placeres mundanos se enfrenta con el amor puro y desinteresado a Di-s. Sin embargo todos vemos a diario cómo el iehudi cree que ama a Hashem, y está ligado a El, y simultáneamente está inmerso en sus propias necesidades, producto del ego. Y de todas formas no siente contradicción alguna. Durante la Tefilá (plegaria), se despiertan en nosotros sentimientos maravillosos hacia Di-s. Pero al finalizarla, nos olvidamos de todo, retornando a nuestras actividades, centradas en la búsqueda del incremento personal, sea monetario o social.

Así vivimos. Como en un sueño pleno de contradicciones. Este es el exilio espiritual en el cual existimos. De todas formas, esta paradoja no debe llevarnos a menospreciar el valor del rezo o de nuestro cumplimiento de las mitzvot. Cada Mitzvá tiene un efecto sobre nosotros. El apego a Di-s en el momento de la Tefilá, deja su sello, aunque a veces su influencia nos pase inadvertida.

LA VENTAJA DEL SUEÑO

Sin embargo esta etapa de ‘sueño’- exilio- tiene también su ventaja. En condiciones normales existe un orden y los acontecimientos se desarrollan de manera organizada, lo que implica limitaciones para el cambio y el crecimiento espiritual personal. En cambio en la época del galut-sueño- tenemos que “aprovechar la oportunidad”. No debemos teorizar sobre si ya llegamos al nivel apropiado para llevar a cabo nuestra tarea espiritual de Torá y Mitzvot. Cada judío puede y debe hacer. Cada Mitzvá, cada buena acción que esté a su alcance debe hacerse: “aprovechar la oportunidad”. Mientras nos encontramos en el contexto de ‘sueño’-galut- podemos ‘saltar’ a niveles espirituales más allá de nuestra propia experiencia materialista. Este es el objetivo místico del Galut!!!

LIKUTEI SIJOT, TOMO 1 PAG. 85

Una elección de opciones

“Mira, he puesto ante ustedes la bendición y la maldición”. Así comienza la lectura de la Torá de esta semana de Ree (Deuteronomio 11:26-16:17), cuando Moisés reitera nuevamente la doctrina de Libre Elección.

Libertad de elección. Sin la cual, como nos recuerda Maimónides, la religión no tiene significado, no existe el concepto de moralidad, y la Torá es superflua.

 

En efecto, no sólo se nos ha dado libre elección entre bien y mal, sino también la opción de a qué nivel hacer esa elección. Una elección de opciones:

  1. a) Hay bien y hay mal. Bendición y maldición, luz y oscuridad. Di-s creó ambas, elegimos cuál de las dos, o qué combinación, definirá nuestra existencia.

 

  1. b) En verdad sólo hay bien. Di-s es la fuente de toda realidad, y debido a que Di-s es la esencia del bien, sólo el bien es real. Así como no hay algo como la oscuridad, sino sólo luz o su ausencia (a la que llamamos “oscuridad”), así también, sólo hay bien o su ausencia. Por lo tanto, la elección entre el bien y el mal no es una elección entre dos realidades, sino una elección entre ser o no ser, entre realidad e ilusión.

 

  1. c) Dado que “elección” por definición, es la libre afirmación de la voluntad, y debido a que la voluntad del alma humana es vivir y el bienestar, la única elección verdadera que puede haber, es la elección del bien. Pero se nos ha dado libertad de elección, lo que significa que podemos elegir no elegir. Lo que llamamos “libertad de elección” es en realidad la elección de ejercer la elección o negarla. Cuando afirmamos nuestra verdadera voluntad, cuando elegimos, invariablemente elegimos el bien.

 

¿Cuál es? ¿a, b ó c? Eso depende de vos. Ese es el verdadero significado de “libre elección”: no simplemente elegir entre dos o más opciones presentadas por una autoridad más alta, sino que sos vos quien determina el nivel de realidad sobre el que se desarrolla tu vida consciente. Sos vos quien  determina la distancia entre tu vida y tu Fuente.

 

Elegí tu opción.

 

Por: Yanki Tauber




Parasha en sintesis: Bamdibar

Comienza la lectura del cuarto libro del jumash, que lleva el mismo nombre que la Parashá: “En el desierto”. En la traducción al español se le suele nombrar como “Números”, por cuanto el Talmud lo denomina Sefer Hapikudim, “Libro de las cuentas” (Números) por el censo del Pueblo Judío. 

Esta Parashá se lee siempre antes de Shavuot, que conmemora la entrega de la Torá por Di-s a Israel, evento que para nuestros Sabios equivale al matrimonio de Di-s con el Pueblo Judío.

Así como el novio es llamado a la Torá en el Shabat anterior a su boda, del mismo modo se lee Bamidbar para anticipar esa unión tan especial que se produjo con la entrega de la Torá.

El nombre del libro deriva del lugar en que Di-s entregó sus leyes: el desierto, zona inhóspita y deshabitada, para enseñarnos que la Torá no se encuentra supeditada a las limitaciones impuestas por el espacio o por el tiempo; que tenemos la responsabilidad de cumplir sus preceptos en toda situación, en cualquier lugar y circunstancia ya sea en Israel o fuera de ella, y aún en el desierto, tierra desolada. 

El nacimiento del Pueblo Judío en el desierto lo singulariza entre las demás naciones, lo hace emerger bajo la dirección única de Di-s, libre de estructuras preestablecidas y de la influencia de otras naciones, siendo una experiencia única que rompe con las tradiciones previas. 

La humildad, entendida en términos judíos como el reconocimiento de la existencia de un Ser Superior del cual depende el hombre, es enfatizada con la entrega de la Torá en el desierto, porque así como el desierto – que no tiene nada mas que arena-  se transformó en un punto santo por la aparición de la Divinidad, el cuerpo humano – que solo está formado de polvo – accede a la grandeza si permite que la espiritualidad domine sus acciones.

El ser humano por sí solo no tiene ningún poder supremo, sólo puede desarrollar al máximo su potencial si cumple la voluntad Divina que le proporciona una perspectiva apropiada de la vida. 

El cuarto censo del Pueblo Judío fue realizado el primer día del segundo mes (Iyar) del año de su recorrido por el desierto, 20 días antes de la supuesta entrada a Israel, que luego de episodio de los espías se demoró 38 años más. Según el Midrash, sólo se han realizado nueve censos hasta el día de hoy, y el décimo y último tendrá lugar con la llegada del Mashiaj. 

El censo de los judíos no constituye una mera cuenta destinada a conocer su número: tiene como finalidad revelar la esencia del alma judía, produciendo su elevación. Es un gesto de equiparación e igualdad, que no depende del estatus social, intelectual o económico, sino que está referido a la esencia del alma judía. Por eso, para ordenar el censo, se usa la expresión: “elevad las cabezas de toda la congregación de los Hijos de Israel”.

Después del censo y la clasificación por tribus, Moshé instruye al pueblo sobre el modo de acampar y viajar. La ubicación de las tribus en relación con el Santuario es la misma establecida por el Patriarca Iaacov.

El Santuario (Majané Shejiná) estaba en el centro de la Nación, rodeado por los Levitas (Majané Leviya), que a su vez estaban rodeados por el resto de las tribus, tres en cada dirección, formando el Majané B`nei Israel. Todos se hallaban envueltos en las Nubes de Gloria, menos el eirev rav, aquellos que salieron de Egipto con los judíos. 

Di-s ordenó la ubicación de los tribus en las cuatro direcciones para indicar que los judíos protegen al mundo entero. Cada punto cardinal es fuente de determinadas fuerzas: la luz emana del este; del oeste, la nieve y las tormentas; del sur, las lluvias y el rocío, y del norte, la oscuridad y las influencias malévolas. La ubicación dispuesta por Di-s hizo que cada grupo con su particular mérito espiritual combatiera los agentes dañinos derivados de las distintas direcciones.

Las banderas usadas en la actualidad tienen sus antecedentes más remotos en los estandartes (degalim), con la particularidad de que aquellos fueron diseñados por Di-s según el mérito de cada tribu.