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Rabino Tzvi Grunblatt
               Director General

                  Pésaj y la salida de Egipto marcan el nacimiento del pueblo judío.
               Un factor esencial es que este nacimiento ocurre de manera sobrena-
               tural, a través de milagros y maravillas.
                  Si bien es el tiempo de nuestra libertad -el tesoro más preciado, es
               fundamental tomar conciencia de que fue una libertad adquirida “en
               un instante”: a la medianoche del 15 de Nisán del año 2448 (1312
               a.e.c.).
                  Al mediodía siguiente, “salieron todos los ejércitos de Hashem de la tie-
               rra de Egipto”.
                  Esto nos da la pauta clara de que fue un proceso milagroso.
                  No se disparó “un solo tiro” ni hubo revuelta alguna (aunque la es-
               clavitud ya había sido abolida meses antes, en Rosh Hashaná).
                  Solo ocurrieron las diez plagas y el cruce del Mar Rojo.
                  Este origen vinculado al milagro define la esencia de Pésaj: la exis-
               tencia misma del pueblo judío es, en sí, un milagro.
                  Lo viví recientemente en mi visita a Hungría en febrero. Los shlu-
               jim de Jabad me contaron cómo 50.000 judíos sobrevivieron al gueto
               de Budapest porque los nazis no tuvieron tiempo de completar sus
               planes criminales.
                  Tras la guerra y bajo el comunismo, muchos ocultaron su identidad
               y cambiaron sus apellidos por miedo.
                  Sin embargo, el milagro es que ochenta años después, el judaísmo
               está reapareciendo.
                  Vi los Batei Jabad llenos de jóvenes y niños; judíos reconectando
               con su alma (neshamá) gracias a la alegría y el orgullo que transmite
               Jabad.
                  Lo mismo vemos en el Israel de hoy.
                  Tras el fatídico 7 de octubre, el país estaba deprimido y acosado por
               siete frentes simultáneos.
                  De repente, el panorama comenzó a cambiar; los milagros están a
               la vista y lo que antes parecía intocable hoy se transforma.
                  Es el mismo Tzahal y la misma gente, pero el cambio no es “nor-
               mal”.
                  Es nuestro deber abrir los ojos, reconocer el momento milagroso
               que vivimos y agradecer a Hashem, pidiendo Su protección continua
               para los judíos en Israel y el mundo.
                  No somos una cultura más; somos un pueblo vinculado a lo sobre-
               natural y debemos vivir en consecuencia.
                                                                 (continúa en página 52)
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