En honor al 11 de Nisan, cumpleaños del Rebe

La humildad es la virtud huérfana de nuestra época.
Existe un irreprimible impulso humano por el reconocimiento. Así, surgió una cultura de “hacer declaraciones” a personas que no conocemos, pero esperamos que las adviertan.

Las creencias dejaron de ser declaraciones recitadas en la plegaria y se volvieron slogans estampados en camisetas. El credo de nuestra época es: “Si tienes algo, osténtalo”. Ser humilde no tiene lugar en esta tendencia.

La verdadera humildad es una de las virtudes que más elevan la vida. No significa desvalorizarse. Es la conciencia de estar en presencia de la grandeza; por eso es la virtud de los profetas, aquellos que sienten vívidamente la proximidad de Di-s.

De joven, lleno de preguntas sobre la fe, viajé a los Estados Unidos, donde había oído que había excelentes rabinos. Conocí a muchos, pero tuve el privilegio de encontrar al líder judío más grande de mi generación: el Rebe de Lubavitch, Rabí Menajem Mendel Schneerson.

Heredero del liderazgo de un pequeño grupo de místicos judíos, escapó de Europa a Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial, y convirtió aquel grupo en un movimiento mundial.

Dondequiera que viajaba, oía historias de su extraordinario liderazgo. Tomé la determinación de conocerlo. Lo hice, y quedé absolutamente sorprendido.

No era carismático en el sentido convencional. Callado, modesto, uno apenas podría notar su presencia, de no ser por la reverencia que le demostraban sus discípulos.

Ese encuentro cambió mi vida. Era una figura mundialmente conocida. Yo era un anónimo estudiante que venía de muy lejos. Sin embargo, en su presencia, yo era la persona más importante del mundo.

Me preguntó por mí; me escuchó cuidadosamente; me motivó a convertirme en un líder, algo que antes nunca hubiera imaginado. Me quedó claro que él creía en mí más de lo que yo creía en mí mismo.

Cuando salí, tuve la sensación de que la habitación había estado llena de mi presencia y de su ausencia. Quizás eso es escuchar, considerado como un acto religioso. Entendí que la grandeza se mide por lo que hace en nosotros.

No había grandilocuencia en sus modos ni falsa modestia. Era sereno, majestuoso, digno; un hombre que trascendía la humildad, que te recogía en su abrazo y te enseñaba a buscar.

La verdadera virtud no necesita promocionarse. La “publicidad” de la personalidad habla de una soledad profunda, endémica, de un mundo sin relaciones de fidelidad y confianza.

Atestigua una pérdida de fe: una pérdida del conocimiento, tan apreciado por generaciones anteriores, de que más allá de lo visible hay una Presencia que nos conoce, nos ama y sabe de nuestros actos.

La humildad es más que una virtud: es una forma de percepción, un idioma en el que el “yo” está en silencio para que pueda escucharse el “tú”.

¿Importa si no encaja en nuestra época? La verdad es que la belleza moral, como la música, conmueve a quienes pueden escuchar a pesar del ruido.

Las virtudes pueden estar fuera de moda, pero nunca están fuera de época.

La humildad —el polo opuesto de la “publicidad de uno mismo”— nunca deja de resplandecer. Sabemos que hemos estado en presencia de alguien en quien respira la Divina Providencia.

Porque, sin tomarse en cuenta a sí mismo, nos ha mostrado lo que es tomar en cuenta algo que no sea el “yo”: otras personas. Señala una cierta actitud de estar abierto a la grandeza de la vida y la predisposición a ser sorprendido, motivado por la bondad dondequiera que uno la encuentre.

— Rabí Jonathan Sacks

Extraído de EDICIÓN ESPECIAL DEDICADA A PÉSAJ

Instagram
Facebook
Email

Recommended Posts