El nacimiento del Freideker Rebe

El 12 de Tamuz, es el aniversario del nacimiento del Rebe Anterior de Lubavitch, Rabí Iosef Itzjak Schneerson, conocido como el Frierdiker Rebe. A continuación, transcribimos los interesantes detalles que tienen que ver con su nacimiento.

(Esta historia fue contada por la Rabanit Shterna Sara, madre del Rebe Anterior, Rabí Iosef Itzjak Schneerson, a Reb Zalke Parsitz, durante el verano de 1918, y fue escrita por Rabí Rafael Kahan, en su libro Shmuot Besipurim, Vol, 1)
“Ya habían transcurrido varios años desde su boda, y aún la Rabanit Shterna Sara no había sido bendecida con el nacimiento de un niño. Esto pesaba mucho sobre su corazón. Además era muy joven y estaba lejos de su familia.

En Simjat Torá del año 1879, la Rabanit concurrió junto a toda la familia de su esposo a la casa de su suegro, el Rebe Maharash, para participar del Kidush(refrigerio festivo). En el transcurso del mismo se decidió que se daría una bendición a cada uno de los presentes (Misheberaj). Los hombres se acercaron a la habitación donde se encontraban las mujeres reunidas y comenzaron a recitar la bendición para cada una. Inadvertidamente, omitieron el nombre de la Rabanit Shterna Sara, quien se sintió muy mal por esto. Inmediatamente después de ser descubierto el error, retornaron a la habitación y pronunciaron un Misheberaj especialmente para ella, pero de todas formas la Rabanit no se sintió del todo reconfortada.
Al concluir el Kidush, el Rebe Maharash se retiró a su habitación y el resto de los Jasidim, incluido el marido de la Rabanit, Rabí Shalom Dover, se dirigieron a un Farbrenguen(reunión Jasídica).

La Rabanit Shterna Sara se retiró a su hogar, encerrándose en su dormitorio, y no pudiendo controlar su dolor, acentuado ahora por el olvido de su nombre, comenzó a llorar desconsoladamente, quedándose dormida empapada en lágrimas. En ese momento tuvo un increíble sueño. En él un hombre entraba a la habitación y le preguntaba: “Hija mía, ¿por qué lloras?”, Ella volcó su corazón contándole de su sufrimiento. El le contestó: “No llores, yo te prometo que este año serás bendecida con un hijo. Pero hay dos condiciones: La primera, que inmediatamente después de Iom Tov deberás distribuir 18 Rublos en Tzedaká de tu propio dinero. Y segundo, mantén todo este asunto en secreto”. Cuando terminó de hablar, abandonó la habitación, más retornó enseguida, junto a otras dos personas. Frente a ellos repitió la promesa con las dos condiciones, y ambos dieron su consentimiento. Entonces, los tres la bendijeron y salieron. Ese fue el final del sueño.

El Rebe Rashab, su marido, volvió a casa un instante después con un exultante humor. Después de todo, era Simjat Torá. Estaba tan alegre, que saltó el umbral! La Rebetzn Shterna Sara le contó inmediatamente sobre el sueño.

El Rebe Rashab quedó profundamente afectado y se dirigió directamente a lo de su padre, el Rebe Maharash, y le pidió que escuchara de la Rebetzn Shterna Sara el relato del sueño. Ni bien la Rebetzn concluyó, el Rebe Maharash le hizo preguntas puntuales sobre la apariencia de las tres personas que aparecían en el mismo. Cuando la Rebetzn terminó la descripción del sueño con grandes detalles, el Rebe Maharash le dijo, “La primer persona que vino a ti fue mi padre el Tzemaj Tzedek (Rabí Menajem Mendl). Las otras dos fueron mi abuelo, el Miteler Rebe (Rabí Dovber), y mi bisabuelo, el Alter Rebe (Rabí Shneur Zalman de Liadí)”.
Iom tov terminó y la Rebetzn Shterna Sara estaba lista para cumplir con las condiciones del sueño. Mas ¿de dónde conseguiría los 18 Rublos de su “propio” dinero? Finalmente, se le ocurrió una idea. Ella tenía un vestido de antes del casamiento que era extremadamente moderno. La Rebetzn Shterna Sara no lo usaba, sabiendo que su suegro, el Rebe, no lo aprobaría. Se encontraba colgado en su placard, sin haber sido siquiera estrenado. Ahora, decidió venderlo.

La Rebetzn Shterna Sara se comunicó con una señora que era muy activa en la comunidad de Lubavitch. Privadamente, le pidió que tenga la amabilidad de vender este vestido por ella, pero que se cerciorara de que nadie se enterase a quién pertenecía. Como motivo del secreto, ella le dijo que no era apropiado para la nuera del Rebe, que venda su vestido.
Esto se hizo, mas los 18 Rublos aún no estaban allí. La Rebetzn Shterna Sara se apuró en juntar el resto del dinero (no se sabe exactamente como lo hizo). Cuando reunió toda la suma, la distribuyó en Tzedaká. En el verano, el 12 de Tamuz, la Rebetzn Shterna Sara dio a luz al Frierdiker Rebe, Rabí Iosef Itzjak (También conocido como el Rebe Raiatz).
Durante el Brit Milá, el niño lloró, tal como suelen hacer los bebes en esa ocasión. El Rebe Maharash, el Zeide (abuelo) del niño, le dijo, “Por qué lloras, si dirás Jasidut con lenguaje claro”. El bebé se calmó inmediatamente.
Que siempre tengamos alegrías en el Pueblo de Israel!!!

Realidad virtual

Hay una moda en el lenguaje, así como lo hay para todo. Una de las frases más en onda hoy día es: “Sé realista”. Ya sea para usarlo como manera de amonestación, o gentil o de exhortación, generalmente se solicita por la exasperación que la persona a quien le es dirigida dicha frase, se niega a “ver un motivo”. El “motivo” en este caso, es que se niega a renunciar a los valores y tradiciones de hoy en día que han pasado la prueba del tiempo a cambio de las modas transitorias del momento. Es un “anticuado” porque rechaza nadar con un flotador, o irracionalmente se adhiere a ideas e ideales que fueron dados hace mucho tiempo y no conforman con las tendencias “modernas”.

¿Qué es un realista? Un ingenioso una vez definió “realista” como “un optimista con experiencia”. Esta descripción puede no ser tan cínica como parece.

Una lección valiosa de realismo puede ser aprendida de los eventos que llevó al la Festividad Jasídica de 12 Tamuz. Los hechos están bien documentados por el Rebe Anterior mismo. En resumen, está escrito que en el año 1927, las autoridades Soviéticas, con el propósito de eliminar todo judaísmo de la Unión Soviética, arrestaron al Rebe Anterior, Rabí Iosef Itzjak Schneerson, acusado de realizar actividades en contra del Estado, sentenciándolo con la pena de muerte. En un intento de promover una sociedad Divina y destruir la parafernalia de la observancia, vieron en el Rebe Anterior, y en sus seguidores, la amenaza más grande a sus diseños. Al remover al Rebe, pensaron, la observancia del judaísmo se acabaría. La malvada máquina Soviética que había derrocado al gran régimen Zarista, temía a un gran judío y a la influencia que él ejercía.

Encarcelado bajo terribles condiciones, torturado física y mentalmente, el Rebe Anterior tuvo que enfrentarse a una interrogación final por un comité de tres personas que decidirían su sentencia. Confinado en un gran cuarto, en donde al fondo se sentaban sus inquisidores, el Rebe, físicamente abusado y sufriendo de heridas de las cuales nunca se recuperó, caminó lentamente hacia ellos. Sin agacharse, inició su conversación diciendo: “Esta es la primera vez que entro a un cuarto y la gente no se pone de pie”. Uno de los interrogadores se levantó gritando con fiereza: “¡Silencio” ¿Sabes donde estás?”. Todavía caminando hacia ellos, el Rebe respondió: “¡Sí” Estoy en un cuarto que de acuerdo a la Ley Judía no precisa una Mezuzá: un establo o un baño”.

El final del capítulo de esta historia es que el Rebe fue sentenciado con la pena de muerte. Debido a las protestas de los Gobiernos del exterior, la sentencia fue cambiada a la de exilio, y poco después de eso, el Rebe fue liberado.

Realísticamente, ¿no fue la actitud del Rebe Anterior un poco tonta? Él sabía que estos tres hombres tenían su vida en sus manos. ¿No hubiera sido mejor ser más conciliador? ¿Comprometerse un poco menos? ¿Vivir la lucha otro día?

El Rebe Anterior era realista: un optimista con experiencia.

Su optimismo yacía en su fe. Tenía perfecta fe. En sus propias palabras, en una ocasión anterior, tenía “un Di-s y dos mundos”. “y no podía ser intimidado por aquellos que “tenían muchos dioses y un solo mundo”. Y su experiencia le dijo que no cedería a los compromisos o tratos de aquellos que buscaban eliminarlo. Al hacerlo, uno solo ayuda a cumplir con su agenda: uno se convierte en su agente en destruir lo que buscaban destruir. Su experiencia también le dijo que en el milenio anterior, grandes imperios más grandes que la Unión Soviética buscaron eliminar a la Nación Judía y habían fallado: habían perecido y el Pueblo Judío sobrevivido.

Un capítulo terminó, pero la historia continúa. El Rebe Anterior, dejó la Rusia Soviética poco después de esto, pero sus Jasidim, bajo el dolor de la muerte, continuaron con su trabajo y mantuvieron la llama del Idishkait viva y encendida. El Rebe primero se mudó a Riga, luego a Varsovia en donde experimentó los horrores Nazis. Finalmente se fue a EEUU.-. Él, y su futuro yerno y sucesor, inspirados por miles de hombres y mujeres jóvenes, muchos de ambientes seculares y asimilados, con su visión, propósito y liderazgo ayudaron a revitalizar a la condición Judía en todo el mundo luego de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

La Unión Soviética se desintegró, y la práctica y la enseñanza judía una vez más prosperaron. En la época de su sucesor, el Rebe, Rabí Menajem Mendel Schneeron, se crearon imperios que siguen creciendo, llegando a miles de miles de judíos en todo el mundo. Es realmente un “Imperio en donde el sol no se oculta nunca”, un imperio creado no por temor ni fuerza, sino por amor e iluminación, no con compromiso sino con compasión.

Al hacerlo, un nuevo mundo ha sido agregado al lenguaje inglés, y al léxico del mundo: Alcanzar. Traducido en muchos idiomas, connota amor, auto sacrificio, bondad y caridad.

Desafortunadamente, incluso con una perfecta retrospectiva, hay aquellos que no perciben la imagen con claridad. Constantemente buscan por encima de sus hombros para ver lo que el “mundo” dice. No pueden discernir la diferencia entre lo que es real, fantástico o falso. Comparando esto con la perspectiva de la Torá, la perspectiva del Rebe: Mirar siempre hacia adelante, mantén tus ojos firmes en el camino que llevan a la última meta, nunca desviándose a la izquierda ni a la derecha. Entonces, es adquirible e inminente. ¿Cuál es el camino correcto? ¡Examina los hechos! ¡Sé realista!

Por Ben Tzion Rader

La lista

La señora Edith Block y su esposo,  estaban  pasando  unos días en un hotel kosher en Florida poco después del fallecimiento de Rebetzin  Jaia  Mushka,  esposa  del Rebe. La noche del viernes en la cena de Shabat, una mujer sentada a la mesa le dijo a la Sra. Block: “¿Eres una Lubavitcher?” Cuando la Sra. Block respondió  afirmativamente,  la  mujer continuó: “Lamento mucho el fallecimiento  de  la  Rebetzin Schneerson. Tengo algo que contarle sobre ella”.

“Somos Jasidim, aunque no somos Jabad. Algunos  de  mis  amigos, incluidos nosotros, estábamos  casados  durante varios años pero no habíamos sido bendecidos con hijos. Todos éramos so-

brevivientes del Holocausto, los únicos sobrevivientes de familias muy gran-des. Fuimos a nuestro Rebe en busca de bendiciones para tener niños, pero sin éxito.

“Una de las jóvenes decidió ir al Rebe de Lubavitch para recibir una bendición. Una decena de mujeres decidimos unirnos a ella.

“Sabíamos que el Rebe vivía en President Street, que en ese momento estaba cerca del lugar donde vivía nuestro Rebe. Al acercarnos al 1304 de President Street, nos quedamos como paralizadas y no podíamos decidir quién debería ser la que llamaría a la puerta del Rebe”. .

“Estábamos paradas en la acera hablando de eso, cuando un auto salió del camino de acceso. La mujer que lo conducía salió del auto y nos preguntó qué podía hacer por nosotras. Nos tropezamos con nuestras palabras, pero finalmente le contamos sobre nuestro deseo.

“La mujer sacó una libreta y un bolígrafo de su bolso y nos pidió nuestros nombres. Luego procedió a darnos el nombre de un médico de fertilidad en Manhattan  y  nos  dijo que lo llamáramos en unos días”.

La mujer continuó y dijo: “No sé qué les sucedió a las otras mujeres. Cada una siguió su camino. Pero puedo decirte lo que me pasó a mí.

“Llamé al consultorio del médico y la secretaria me dijo que el doctor estaba muy ocupado y que podía concertarse una cita con él en un año. Comencé a llorar y la secretaria me pidió que repitiera mi nombre. Luego me dijo que esperara. Pocos minutos después, volvió al teléfono y me dijo que ya tenían una cita reservada a mi nombre para la semana siguiente.

“A través de ese doctor”, continuó, “Di-s me bendijo con una hija. ¡Y esa hija me ha dado 10 nietos!”

“Más tarde, descubrí que la persona que había hecho las citas para nosotras no era otra que la Rebetzin Jaia Mushka Schneerson”

Relatado por Henya Laine

La jalá correcta

Reb Meirke de Mir, uno de los jasidim de Rabi Mordejai de Lejovitch, una vez interrumpió su viaje para entrar en una posada para decir sus oraciones. 

Mientras estaba allí, llegó una gran caravana de carros, atiborrada de pobres itinerantes con sus esposas y pequeños pordioseros. 

Reb Meirke vio a un hombre en el medio, de apariencia venerable cuyo rostro reflejaba una extraña pureza de mente. Cuando lo estaba mirando más de cerca, vio que la esposa del posadero puso pan y otra comida en la mesa.

Mientras que toda la otra gente pobre agarró sus rodajas para aliviar su hambre, el pobre anciano caminó determinadamente hacia las cubetas de agua, y examinó una jarra cuidadosamente para ver si era apta para realizar el Netilat Iadaim (lavado ritual de las manos).
Antes de lavar sus manos, sin embargo, tomó la rodaja de pan sobre la que debería luego decir la bendición‐ pero la volvió a colocar inmediatamente, tomó un poco de otro pan que estaba allí en cambio, recitó la bendición sobre él, y se sentó para comer.

Los pobres abandonaron la posada poco después, y el hombre anciano salió con ellos.
Pero a lo largo de sus oraciones y de su comida de la tarde, Reb Meir no podía alejar sus pensamientos del anciano mendigo. ¡¿Por qué no comió esa rodaja de pan?!
Él tenía que averiguarlo. 

Se acercó a la propietaria y le preguntó: “Excúseme, pero ¿cuándo amasó y horneó ese pan?”
“¿Por qué?. Ayer o anteayer…” ella contestó.
“¿Y usted me certifica” él continuó, “si recordó en ese momento separar un trozo de Jalá de la masa (de cada masa es debido retirar un trozo y quemarlo‐ hafrashat jalá)?”
“¡Oh! ¡Qué barbaridad!” Exclamó a la mujer. “¡Me olvidé de quitar la masa!”

Ahora estaba claro para Reb Meirke que el hombre estaba Divinamente inspirado. Ensilló sus caballos y a toda prisa salió inmediatamente para alcanzar al grupo de viajeros. Los encontró pronto, pero su hombre no estaba entre ellos.
“¿Dónde está ese hombre anciano que estaba con ustedes?” Preguntó.
“¿Por qué preguntas por ese viejo loco?” Contestaron. 

“Él se nos unió hace unas semanas, y viaja dondequiera que viajemos, y duerme dondequiera que dormimos. Pero se comporta como si estuviera chiflado.

Cada día nos deja durante un tiempo y se para solo, entre los arbustos en el bosque. Y una vez, en pleno invierno, cuando vio un lago helado cerca nuestro, rompió el hielo y se zambulló en el agua congelada.”
Cuando Reb Meirke siguió la dirección que le indicaron, descubrió a este hombre extraño que estaba de pie bajo un árbol, extasiado en sus pensamientos,y su cara encendida como un leño.
“¡Rebe, bendígame!” Exclamó Meir.

El pobre le pidió una moneda de cobre, y le dio su bendición.
Cuando en el momento debido, Reb Meirke visitó Lejovitch de nuevo para ver su Rebe y le contó toda la historia, el tzadik dijo: “¡Cuán afortunado eres! ¡El hombre que te dio su bendición no es otro que el santo Rabi Leib Sarahs!”

Realmente grande

Rabi Moshe Feinstein fue uno de los más grandes ‘Poskim’ (legislador de las leyes de la Torá) contemporáneos.
Debido a su habilidad para entender y determinar las preguntas legales más difíciles, le “llovían” preguntas constantemente, día y noche. 

Los más grandes Rabinos de los cuatro puntos del planeta venían a escuchar sus opiniones acerca de los problemas legales más difíciles. Innecesario es decir, pues, que era una persona muy ocupada.
Además de esto, era también el Director de una Academia de Torá (Rosh Ieshivá) y era el mentor espiritual de miles de judíos. Así que dispuso ciertos tiempos para recibir visitantes y el martes era el día abierto a todo público, para que puedan hacer sus preguntas.


Así fue su costumbre por decenas de años hasta, que en el año 1986 a la edad de 91 después de una larga y agotadora enfermedad, falleció. El mundo judío entero lo lamentó y lloró.
Pero parece que no todos se enteraron.


Un martes, después de unas semanas, una señora anciana vino a la casa del gran Rabino y preguntó por qué no había ninguna larga fila de personas aguardando, al igual que todos los martes. ¿Acaso el Rabino cambió su horario de atención?
Claro que cuando la pobre mujer oyó las amargas noticias, empezó a llorar.
Pero cuando se tranquilizó, uno de los jóvenes Rabinos presentes allí, le dijo que si ella tenía una pregunta, él trataría de ayudarla.
Después de todo, razonó, ¿cuán difícil sería la pregunta que semejante simple mujer podría tener?
Probablemente deseaba saber si su pollo era kasher o algo similar.
“¡Oy!” La mujer contestó. “¡¡¡Qué hombre maravilloso!!! No sé si existe otra persona igual. Era de gran ayuda para mí. Pero supongo que tiene razón, quizás pueda ayudarme. ¿Usted entiende ruso?”
“¿Ruso?”, le preguntó el Rabino.
“Sí, el idioma ruso”
“No” contestó el joven Rabino. “No creo que ninguno de nosotros sepa ruso. ¿Pero qué diferencia hace a la pregunta que usted tiene?”
“¡¡¡Ahh!!! Supongo que usted no puede ayudarme”, la anciana respondió tristemente.
“Usted verá, durante los últimos veinte años, cada 2 o 3 semanas, recibo una carta de mi hermana en ruso. Pero no entiendo una palabra de ese idioma, y es por eso que yo venía tan seguido aquí y el Rabino, siempre tan amable la traducía para mí.

¡Semejante hombre maravilloso!”


Aguas de bondad

Un posadero llegó a la corte del famoso rabino Tzvi Elimelej de Dinov, conocido como “Bnei Isajar”, quejándose de que su casero planeaba desalojarlo de su posada.
El Rebe preguntó al judío si vivía en cierta ciudad y si su posada estaba diseñada de cierta manera. Cuando el judío respondió que sí, el Rebe preguntó si todavía había un pozo con agua de buen sabor en el patio.
Cuando el posadero volvió a asentir, el Rebe dijo que no había nada de qué preocuparse y que todo saldría bien.
Como respuesta al desconcierto del hombre, el Rebe le contó la siguiente historia:
Una vez un joven rabino viajó a ver a su Rebe. Después de tres días llegó a una posada. El posadero estaba ocupado con sus clientes y nadie se fijó en él. Esperó un rato y luego se levantó para irse.

Mirando por la ventana, el hijo del posadero notó que el joven se alejaba. Corrió tras él y le dijo que pronto su padre podría atenderlo.
Al joven rabino le dieron comida deliciosa para comer y luego pidió de beber. Esperó bastante tiempo por agua, pero el agua no llegó. El posadero le explicó que aunque tenían un pozo en el patio, su agua era amarga, por lo que había enviado a alguien a traer agua del pozo de la ciudad. El joven dijo que probaría agua del pozo de la posada, porque tenía mucha sed. Probó y dijo que, de hecho, era bastante agradable.

Sorprendidos, los demás clientes también probaron el agua. Era cierto: se había producido una transformación. Pronto se corrió la voz de que el posadero tenía agua deliciosa en su pozo. Vender el agua limpia con una buena ganancia le hizo prosperar.


Después de contar su historia, el Rebe le dijo al aldeano que él había sido el niño de la historia. En ese momento, el aldeano también recordó el episodio, ya que él había sido el joven que le había suplicado al futuro Rebe que regresara a la posada y disfrutara de la hospitalidad de su familia.

El Rebe explicó que cuando escuchó que el pozo todavía estaba suministrando agua sabrosa, entendió que la mitzvá de recibir invitados, que fue la fuente del cambio de fortuna de la familia, todavía se estaba cumpliendo. Por eso pudo asegurarle al hombre
que todo estaría bien.


*¿Qué tan generosos somos con nuestro hospedaje? ¿Buscamos personas que puedan necesitar hospitalidad? 

Si experimentamos bondad en nuestras vidas, ¿reconocemos el comportamiento positivo por el cual estamos siendo recompensados y nos aseguramos de continuar con esas buenas obras?

Salvar a un amigo

Guedalia Moshe Goldman, que después se convirtió en Gran Rebe de Zvhil y Jaim Shaul Bruk, renombrado mentor de Jabad, estuvieron cautivos en la misma época en un campamento de trabajos forzados de la prisión soviética.
¿Su ‘detestable’ crimen? Observar y difundir Judaísmo bajo el régimen comunista.
Un Shabat, el sádico comandante del campamento llamó a Guedalia Moshe a su oficina. “Tengo aquí los papeles para tu descargo” dijo mientras ondeaba algunos papeles en el aire, “y si los firmas ahora, serás un hombre libre”
“¡Pero es Shabat!” contestó Guedalia Moshe. “No puedo y no firmaré en Shabat”

El comandante ‐quién por supuesto sabía de antemano que Guedalia Moshe no transgrediría el Shabat‐ gritó:M “¡Si no firmas los papeles ahora, permanecerás aquí otros ocho años!”
“No obstante, no firmaré y no profanaré el Shabat” respondió Guedalia Moshé.
“Muy bien,” sonrió con desprecio al comandante. “No firmes. Estarás en esta prisión durante ocho años más. Y veremos cómo tu Di‐s te ayuda…”
“Si mi Di‐s quiere ayudarme, Él lo hará sin usted. Y si Él quiere que yo esté en esta prisión ocho años más, estaré aquí otros ocho años aun cuando usted decida permitirme marchar” contestó serenamente Guedalia Moshe.

“No tiene nada que ver con usted.” El comandante ya enfurecido, estaba rojo. ¡Sacó su pistola fuera del estuche, apuntó al corazón de Guedalia Moshe, y gritó: “¡Veamos quién te ayudará ahora!” Jaló el arma…
Y en ese momento, su hija entró en la oficina.
Vio a su padre apuntando con la pistola a Guedalia Moshe y dijo con voz aburrida:
“Padre, es una lástima la pérdida de una bala…”
Despacio, el comandante bajó el arma.
“¡No pienses que ha sido tu Di‐s que te salvó!” gritó a Guedalia Moshe que permanecía de pie serenamente.
“¡Si no hubiera sido por mi hija, serías ahora carne muerta!”

El comandante se volvió a un ayudante y gritó: “Traiga al otro judío escandaloso, Jaim Shaul!”
Pasaron unos momentos, y Jaim Shaul estaba parado en la oficina al lado de Guedalia Moshe.
El comandante le hizo la misma oferta que a Guedalia Moshe: “Firma estos papeles y serás hombre libre”
“Pero no puedo firmar los papeles” contestó Jaim Shaul “Es Shabat, y yo no violo el Shabat”
“¡Entonces permanecerás aquí otros ocho años!”
“¡No escribiré en Shabat!”
De repente, Guedalia Moshe dijo: “Déme los papeles. Yo firmaré por él”
El comandante quedó enmudecido.
“¡¿Qué?! Acabas de decir que no escribirías en Shabat! ¡Vas a estar aquí ocho años más por esa razón! ¿Y ahora firmarás por él?”
“Claro que no firmaría en Shabat para ganar mi libertad,” Guedalia Moshe contestó.
“Pero esto es diferente. Yo soy fuerte, y puedo resistir las condiciones en esta prisión otros ocho años.
Pero Jaim Shaul es más débil, y no puede resistir este lugar.
Sería peligroso para su salud permanecer aquí ocho años más.
Déme los papeles y permítame firmar…”
Ambos hombres fueron liberados de la prisión a los pocos días.
Y después de todo, no fue el comandante quien estaba al mando

La donación de las mujeres

Hay una interesante historia con respecto a la intención de las mujeres de donar sus espejos de cobre pulido para la construcción del mishkán (tabernáculo).

Cuando Moisés anunció que se necesitaban donaciones para construir el Tabernáculo, las mujeres llevaron sus espejos de cobre pulido. Moisés no quiso aceptarlos, diciendo que no era apropiado construir una casa para Di-s con elementos de vanidad. Di-s intervino y le dijo a Moisés que los aceptara, ya que no eran símbolos de vanidad sino de sacrificio personal. De no haber sido por esos espejos, hoy no habría pueblo judío: durante los momentos más difíciles de la esclavitud egipcia, las mujeres utilizaban los espejos para embellecerse, coquetear y animar a sus esposos desalentados, provocando de esta manera la continuidad del pueblo judío.

Moisés recibió entonces los espejos y confeccionó con ellos la pileta que contenía las aguas con las que los cohanim purificaban sus manos y pies antes de entrar a realizar el servicio en el Tabernáculo.

Es este un poderoso ejemplo de cómo a Di-s se puede llegar por medio de lo más mundano siempre y cuando se sepa cómo utilizarlo para tal fin.

Extraído del libro “Una voz sin eco” del Rabino Eliezer Shem Tov

Un juego de platos

Antes de encontrarnos al Rabino Moshé Feller en 1962, éramos considerados judíos activos e incluso comprometidos. La mayoría de nuestros amigos eran judíos, nuestras familias eran judías, nuestros intereses incluían “cosas” judías, y nuestra perspectiva era judía. Leíamos libros judíos, escuchábamos música judía, poseíamos cuadros de Chagall en nuestra casa, y éramos miembros de una sinagoga Conservadora. Gail era la soprano principal en el coro de la sinagoga y yo era uno de los pocos miembros que asistía en las noches del viernes sin tener que ver con qué Bar Mitzvá se festejaba ese fin de semana. Probablemente éramos Sionistas, también. Contribuíamos regularmente con CUJA, etc.

Antes de que nos encontráramos al Rabino Feller, no me recuerdo haciendo algo deliberadamente, o absteniéndome deliberadamente de algo, porque y sólo porque era un Mandato de la Torá. Tales pensamientos nunca entraron en mi mente. Íbamos a la sinagoga, encendíamos las velas, comíamos gefilte fish y vestía un Talit porque era una tradición muy agradable. No hacerlo hubiera sido una declaración de rechazo, desinterés, o apatía. No me interesaba negar o ser desinteresado. No era parte de mi propia imagen. Por otro lado, no guardábamos el cashrut, ni nos abstuvimos de manejar en Shabat, o ninguna de esas cosas. No eran asuntos pertinentes. No jugaban ningún rol en mi sistema de valores. No protestábamos ni transgredíamos conscientemente, como se oye hablar de los socialistas judíos o los libre pensadores. Éramos, simplemente, “buenos judíos” que no deseaban alardear. Claro, sabíamos que algunos judíos evitaban la comida no casher y no manejaban en Shabat. (Había algunos de ellos en nuestra ciudad, entonces.) Y esas eran sus tradiciones y sus opciones. No pensábamos que estaban equivocados, sólo ligeramente atrasados en la evolución social.

Mirando atrás, pienso que nuestras vidas reflejaban la paradoja característica del judío secular moderno: interesado en las cosas judías pero básicamente ignorante; activo en círculos judíos pero limitado en la opción; comprometido con la comunidad, familia, profesión y el “pueblo judío” pero desconociendo la corporación que indica este compromiso. Y más que nada, bastante desprovisto de aprendizaje y experiencia que le permita discriminar entre lo importante y lo trivial, lo real y el fraude. Debe de haber habido miles como yo. Hay todavía.

El Rabino Feller me buscó porque yo era una estrella potencialmente creciente de la comunidad judía. Estaba intentando organizar su primer banquete y quiso que mi nombre -así como el de otros como yo- figurara en el comité de sus patrocinadores.

La historia de nuestra primera reunión se ha contado bastante a menudo (incluso se mencionó en la revista Time). Un extraño joven, barbado, de sombrero negro, recuerda antes del ocaso que no ha dicho sus oraciones de la tarde. Desatendiendo el hecho de que está en mi oficina y que él había pedido la cita, que estaba pidiendo un favor -se pone de pie, camina a la pared, se coloca un cordón negro alrededor de su cintura y procede a balbucear. Nunca olvidaré mi desconcierto y turbación. No sabía lo que él estaba haciendo o por qué. No sabía que los judíos oraban fuera de una sinagoga. No sabía que los judíos oraban por la tarde. No sabía que oraban en días de semana. ¡Y no sabía cómo alguien podía orar sin que le indicaran la página!

Había muchas cosas que no sabía. Pero desarrollé un interés concreto y afecto especial por este hombre que era tan agradable y tan diferente. Tenía reglas completamente diferentes para guiarse -tan esenciales y tan arcaicas. Ante todo, era comprometido y estable. Me agradaba eso.

En poco tiempo nos hicimos amigos -su familia y la nuestra. Discutimos, debatimos, nos visitamos, socializamos. Gail y yo nos impresionamos con la sinceridad y el calor genuino, pero pensábamos en ellos como anacrónicos – remanentes de un pasado, como fuera de tono con las realidades y necesidades del mundo americano moderno. No cambiamos nuestro estilo de vida por ellos. En cambio, seguíamos esperando que ellos cambien el suyo. Después de todo, casi todos los demás que habían tenido barba y sombrero lo hicieron finalmente.

Si intentó influir en nosotros durante esos primeros meses, debe haber sido un esfuerzo muy sutil. No había presión o demanda. Claro, ellos no comían en nuestra casa. Pero no era un signo de que algo estaba equivocado. Empezamos a estudiar juntos, pero nuestro progreso era imperceptible. Yo hacía demasiadas preguntas, demasiados axiomas desafiantes. No era un estudiante dócil.

Podría haber seguido así por mucho tiempo, si no fuera por nuestro viaje a Varsovia.

En el verano de 1963 fui invitado a participar, como miembro de la comisión americana, a una conferencia internacional en la investigación del espacio, en Polonia. En mi investigación había descubierto microorganismos viables en la estratosfera en un momento en el que el campo de exobiología estaba demasiado colmada de especulación y penosamente falta de datos biológicos. Cualquiera haya sido la razón real para la invitación, era una oportunidad. En 1963, visitar Varsovia y Europa Oriental era muy raro. Algunos de mis colegas profesionales no habían estado en Varsovia desde la guerra. Ninguno de mis amigos judíos tampoco.

Gail y yo dejamos a los tres niños con mis padres en Canadá y volamos a Varsovia. Era una visita triste. Por esos años la ciudad no se había recuperado aún de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción física era evidente en los montones de cascote que cubrían grandes secciones de la ciudad. La destrucción emocional era peor. El antisemitismo polaco que se había alimentado generosamente durante la ocupación alemana estaba nutriéndose ahora con el odio a los judíos de los nuevos amos: los rusos. Nos dijeron que había unos mil judíos en Varsovia: un grupo de comunistas judíos, algunos de los que nos encontramos en la oficina del periódico yiddish, más de un manojo de hombres viejos que asistía a los servicios en la única sinagoga que permaneció en pie; varios en las artes; y el resto que había vuelto de los campamentos después de la guerra y no quiso dejar sus muertos o sus recuerdos. Habían sobrevivido a la guerra y ahora estaban sobreviviendo a la paz.

Incluso veinte años después, todavía recuerdo el frío cuando atravesamos el área dónde estaba el ghetto judío. Se habían nivelado las paredes y todos los edificios. Los montones de piedra y maderas quemadas estaban allí. Pero uno podría ver las huellas del tranvía. Y era posible, con la ayuda de mapas que habíamos copiado de la literatura del Holocausto, reconocer las líneas callejeras originales, e incluso sus identidades. Podíamos encontrar nuestro camino al Umschlagge Platz, a la Calle de Mila y al antiguo cementerio judío.

Me recuerdo llorando en la tumba de I.L. Peretz, el gran escritor judío. Recuerdo haber llorado a los montones de tierra que cubrían las tumbas colectivas. Recuerdo haber caminado mucho y llorado mucho. Ésta, después de todo, era la herencia judía que conocía. Allí estaba mi casa o mi tumba. Éste era el fin del Socialismo idishista sionista que el Judaísmo europeo conoció. Me había afectado más Varsovia que Iad Vashem, Museo del Holocausto, en Jerusalén, diez años después. Ese es un museo, una lección de historia, una urna, un despliegue aséptico. Varsovia era muerte y aniquilación cultural.

Sobre todo, me pregunté cómo se sentía Gail. Después de todo, yo era producto de una cultura más tradicionalista de Winnipeg. Ella venía de la cultura estéril de los templos Reformistas de California del sur. Peretz, Sholem Asch y Varsovia eran parte de mi educación.

Lo supe el sábado a la tarde. Tuvimos visitas -un judío polaco y sus dos niños- que habíamos encontrado en el cementerio e invitamos para el té. Habíamos oído que había una escuela judía y queríamos saber más. El niño de siete años no sabía nada. El de once, orgullosamente recitó la suma total de su conocimiento judío: las cuatro preguntas de la Hagadá de Pesaj. Bebimos el té. Les di un regalo y mi tarjeta comercial y se fueron. Nosotros dos lloramos. El fin de siglos de la creatividad judía de Varsovia era un muchacho que apenas podía tartamudear “Ma Nishtaná”.

Gail reaccionó. Sentada en su cama donde había estado llorando, como un rayo pronunció las palabras más firmes que le había oído decir en nuestros siete años de matrimonio:

“No sé lo que piensas y en realidad no me importa, pero yo he tomado una determinación. En cuanto volvamos, voy a pedirle a Moishe que haga casher nuestra casa. Somos los únicos que quedamos. No hay nadie más. Si lo perdemos, si no lo hacemos, si nuestros niños no saben sobre ello, no habrá más judíos. Puedes hacer lo que quieras. Pero nuestra casa va a ser casher.” 

Era una proclamación desafiante. Los cuadros, los libros y la música no eran suficiente. Ella pensó transformar la casa orgánicamente, en su mismo ser. Es más, cumplió con su palabra. Cuando llegamos a Minneapolis, a la primer persona que llamó fue al Rabino Feller, y él estaba dispuesto a cumplirla también.

No recuerdo todo los detalles. Pero recuerdo la mirada asustada en su cara cuando miró por primera vez dentro de nuestro refrigerador. Para este dulce hombre joven, recién salido de la Ieshivá, no casher significaba una cicatriz en la pleura de un animal faenado; o una gota de leche en cincuenta gotas de sopa del pollo. La presencia de carne de cerdo real y mariscos debe haber sido shockeante. Pero poco a poco “puso nuestra casa en orden”. Nos presentó a un carnicero casher; nos enseñó a buscar el sello de cashrut en la comida empaquetada; pasó horas hirviendo los cubiertos de plata y utensilios de metal; supervisó el ‘sopleteo’ de nuestro horno; la señora Feller ayudó a Gail a comprar platos nuevos.

Un solo ítem le dio problemas: un carísimo juego de loza inglesa que habíamos recibido como regalo de boda de mis hermanas de Canadá. Era un juego bonito y sin duda, una de nuestras posesiones más preciosas. Gail estaba deseosa de “casherizar” los platos. Deseaba usarlos para Shabat. Estoy seguro de que el proyecto entero habría fracasado si le hubieran dicho entonces que la única manera de casherizar la loza, incluso la loza inglesa, es rompiéndola. Él no tenía corazón para destruir nuestra loza. O quizá fue un buen psicólogo. Cuando descubrió qué comidas se habían servido en ellos, sugirió que los guardáramos. “No los usen hasta que pregunte por esto en Nueva York. Alguien en Nueva York debe tener más experiencia que yo con cosas así.”

Los platos fueron guardados. Cada vez que él volvía de un viaje de Nueva York, Gail preguntaba si había averiguado. Y cada vez se había “olvidado”. Pero lo recordaría la próxima vez. Entretanto, “Guárdenlos en un lugar seguro. No los usen”

Esto siguió durante meses; durante años. La loza estaba guardada pero nunca fue usada. Seguimos esperando el consejo del experto que nunca vino. De algún modo, la vida siguió adelante sin los platos.

Nos acercamos mucho a los Feller durante esos años. Despacio la transformación que empezó en la cocina pasó a otras áreas de nuestra vida. Rabi Feller nos presentó al Rebe de Lubavitch, y empezamos a crecer en la observancia de las mitzvot. Gail dejó de cantar en el coro de la sinagoga; Yo empecé a ponerme -al principio esporádicamente- los Tefilín, después más regularmente. Dejé de manejar en Shabat. Dejamos de comer en McDonalds. Un Shabat, no encendimos la televisión. Compramos un par de tzitzit para nuestro hijo pequeño. Nos cambiamos a una sinagoga con mejitzá que separa a los hombres de las mujeres. Gail empezó a ir a la mikve ( baño ritual). Unos pasos adelante; un poco recayendo; y más pasos adelante. 

Pero la loza inglesa permanecía en el armario. Hasta que un día, vine a casa de la universidad, y se había ido. Sucedió después de una serie de abortos traumáticos y melancólicos. Antes de observar las leyes de pureza familiar, no teníamos ninguna dificultad para tener niños saludables y normales. Pero cuando comenzamos con la mikve empezamos a tener problemas -tres abortos en cuatro años. Gail estaba triste; Yo estaba triste. Nuestros amigos nos confortaron. El Rebe escribió cartas de estímulo a Gail -cartas privadas que todavía no he leído. Pero cuando vine a casa aquel día singular, ella estaba sonriendo otra vez:

“Tomé la loza y se la vendí a Dorothy (nuestra vecina no judía).Tomé el dinero y compré este sheitel (peluca). ¿Qué piensas?”

Todos esto pasó hace aproximadamente 15 años. En 15 años se compra y desecha muchos sheitlaj. Nuestras dos hijas mayores crecieron y se casaron. Viven con sus maridos y sus propios niños en Jerusalén. Nuestro hijo pequeño completó sus estudios rabínicos recientemente en la Ieshivá de Lubavitch en Montreal. Tuvimos dos niños más desde entonces – y son el deleite de nuestra edad madura. Hemos crecido, ambos, personal y “profesionalmente”.

Y tenemos otro juego de loza inglesa del que comemos cada Shabat.

Por el Profesor Velvl Greene

Artifices de la revolución de nuestra generación

…Recuerdo perfectamente el rostro del Rebe cuando descendió del barco a orillas de los estados unidos de Norteamérica. Sus ojos se destacaban, su mirada penetraba hasta el corazón. Creímos que descansaría unos días luego del viaje, pero al llegar nos aclaró la razón de su llegada aquí: “no he venido a descansar, sino a trabajar, y muy duro, para darle renovada vida al judaísmo de américa”… Así describe el Rabino Tzvi Iehuda Foguelman, hoy enviado del rebe en Worcester – Massachusets- acerca de la llegada de Rabí Iosef Itzjak Schneerson, el sexto Rebe de Jabad a Nueva York, el 19 de marzo (9 de Adar II) de 1940.

En ese entonces el Rabino Foguelman, era un joven alumno de la Ieshivá “Torá Vadaat”, y recuerda la sorpresa con que fueron recibidas las palabras del Rebe entre el público, sobre sus intenciones de convertir a América en un lugar de Torá como lo había sido Europa. “el Rebe nos pidió que no nos avergoncemos de caminar por las calles con barba y peot, pero eso se veía peor que circular con sombreros típicos de Turquía. Gracias al Rebe comenzaron a verse judíos con barba en las afueras de Nueva York, y con el pasar de los años esto se popularizó en todos los círculos en donde se estudiaba la Torá”.

Dos días después de su llegada dijo Rabí Iosef Itzjak: “ya hace 48 hs que llegué aquí y todavía no se fundó la Ieshivá Tomjei Tmimin (de lubavitch)”. Y ciertamente el Rebe instituyó la Ieshivá, y luego decenas de ellas se extendieron a lo largo de todo Estados Unidos.- Rabinos y personalidades judías vinieron a convencerlo de que sus planes eran irrealizables.

El Rebe les contestó “¡América no es diferente!”. 

En medio de esta revolución falleció, el 10 de shvat de 5710 (1950). Su alma se elevó a los cielos, y la tarea quedó en manos de su yerno, Rabí Menajem Mendel Schneerson, séptimo Rebe de la dinastía de jabad, conocido simplemente como “el Rebe”. El Rebe realzó y difundió el estudio y el cumplimiento de la torá de una manera increíble, hasta lograr que la luz del judaísmo brille en cada rincón del planeta.

El Rabino Foguelman recuerda la llegada del Rebe a América: “no lo conocíamos de antes; pero inmediatamente reconocimos su grandeza. Había sobre él un halo de santidad. Desde el primer instante el Rebe Rabí Iosef Itzjak le entregó la dirección de todas las instituciones que convertirían a América en un lugar de Torá”.

A pesar de su extremada modestia, el Rebe Anterior lo obligó a “revelar un poco de su grandeza”.

Una vez dijo el Rebe Iosef Itzjak de su yerno: “mi yerno nunca duerme a las 4 de la mañana; ó que recién se levanta o que todavía no se fue a dormir”.

Y se cumplió lo que está escrito: “se ocultó el sol y salió el sol”. El 10 de shvat de 5711 (1951) comenzó a brillar el sol del Rebe, y en su luz se refugian miles de judíos, en todo el mundo.

Luego de 70 años de liderazgo podemos decir: “dichosa la generación del Rebe”. ¡que pronto Di-s nos permita marchar hacia la redención verdadera y completa!