Severidad amorosa: disciplinar con amor

Criar un hijo es como cuidar de un jardín. Tienes que arrancar las malezas para impedir que lo malo obstruya lo bueno. Pero debes cuidarte de no aplastar en el proceso el espíritu emergente del niño. La meta de la disciplina es que tu hijo logre el autodominio. No puedes ayudarle a hacer esto a no ser que tú misma ejerzas el control. Y no puedes ejercer el control si tienes una mentalidad de venganza caracterizada por la muy conocida creencia infantil: «Si alguien me hace daño tengo derecho a hacerle lo mismo». Nuestra Tora prohibe la venganza (Vaikrá 17:18), excepto, claro está, al lidiar con un enemigo del pueblo judío, ¡una categoría que desde luego no incluye a nuestros hijos! No obstante, puesto que nos pasamos muchos años de la infancia pensando así, lleva un esfuerzo muy consciente librarnos de este concepto, y recordar que aun si nos sentimos heridos por lo que hacen o dicen nuestros hijos, aquello no significa que debamos hacerles lo mismo.

EN PRIMER LUGAR, TEN LA ACTITUD APROPIADA

Librarte de la mentalidad vengativa no significa que no disciplines a tus hijos. ¡Debes hacerlo! No obstante, puedes disciplinar sin ser hostil. Un modo de hacerlo es tener presente el pensamiento: «¿Qué quiero enseñarle a este niño en este preciso momento?». «¿Qué midot quiero que aprenda?». O «¿Cuál es el mejor modo de ayudarle a cambiar sus patrones de hábito presentes?». Debes aun así contener a un niño que esté fuera de control y reprender a un niño lo suficientemente grande para entender. Pero ya no lo harás con furia y odio si tu única intención es enseñarle las habilidades y conciencia que le han estado faltando.

Otra actitud esencial que adoptar a fin de liberarte de todo deseo de hacerle daño a tu hijo es pensar: «Está haciendo lo mejor que puede con las herramientas que tiene en este momento». Repite esta frase por lo bajo una y otra vez, aun si no la crees. Dila para tus adentros mil veces al día hasta que se vuelva un hábito automático dar a tu hijo el beneficio de la duda. Si te sientes violenta, continúa diciendo las palabras una y otra vez para no ceder ante una conducta destructiva. Entonces, aun si tu reprimenda o castigo le causa dolor, el hecho de que actúes con un corazón amoroso maximizará la posibilidad de cambios positivos en el niño en lugar de infundirle un deseo de venganza contra ti.

Lo cierto es que los niños a menudo no tienen las herramientas para lidiar con los impulsos que los abruman cuando están cansados, hambrientos, celosos, ansiosos, tristes, airados, con miedo o aun aburridos. No son malos, pero tienen algunos hábitos malos. Lo creas o no en el momento, dite para tus adentros que si tu hijo hizo algo para causarte dolor, no fue su intención original. Incluso si así fuera esto no justifica hundirse a su nivel y hacerle lo mismo. Cuando dejes de tratar de hacerles daño a tus hijos por hacerte ellos lo mismo, te encontrarás con que te volverás la estricta, pero amorosa, disciplinaria que todo padre debe ser.

No subestimes el poder de las palabras en la educación de tus hijos. No creas que debes explotar con violencia para transmitir tu mensaje, pues el único mensaje que es probable que transmitas sea que explotar está bien.

Quieres que tu hijo sea ético y se controle, pero sensible a los sentimientos de los que lo rodean. Si quieres hijos receptivos y amorosos tienes que disciplinar de una manera responsable y amorosa. El momento para disciplinar no es cuando te sientes furiosa y agresivamente hostil. Es entonces cuando eres propensa a actuar impulsiva e irracionalmente.

No tengas para tus hijos estándares más estrictos de los que tienes para ti misma u otros adultos. Piensa cómo te sentirías si perdieras las llaves, derramaras algo en tu ropa o te olvidaras de ir al banco. ¿Te gustaría que te gritaran, que te dijeran lo tonta que eres, te abofetearan y te dijeran que mereces sufrir? ¿Cómo te sentirías si te invitaran a una comida y no te gustara lo que sirvieran, pero el anfitrión te dijera que tendrías que obligarte a terminar todo tu plato aun si te diera náuseas? ¿Cómo te sentirías si derramaras algo y la anfitriona te avergonzara delante de todos? ¿Cómo se sentiría tener que pedir la autorización de alguien por cada cosa pequeña, y luego tener que esperar en un suspenso agonizante mientras la persona se tomara su dulce tiempo, ignorando por completo la urgencia de tus necesidades?

Cuando cometes una falta, pierdes algo, te sientes mal, o cometes un error de juicio, quieres perdón y empatia. Si mereces una reprimenda, quieres que se haga con tacto y en privado. No quieres a alguien que te llame la atención de tus defectos noche y día. Odias que te reprendan y critiquen. Odias que te recuerden tus errores.

Pero el niño es aún más sensible que el adulto. No tiene la sabiduría ni el entendimiento del adulto. Cuando está angustiado tiene muchas menos elecciones de acción. Suele olvidarse de las reglas. Cuando se siente aburrido e infeliz no sabe qué hacer consigo mismo. Cuando pierde algo quiere que le ayudes a encontrarlo, no que lo regañes por haberlo perdido. Si tiene tendencia al despiste y la desorganización, necesita instrucciones útiles y práctica en cómo ser más organizado. Que lo envíen a la cama sin cenar o que le den una fuerte palmada no le ayuda a aprender ninguna habilidad ni a desarrollar una mayor conciencia de las necesidades de los demás.

La mayor prueba de lo bien que hayas integrado los ideales de la Tora no es cómo actúas cuando todo está bien sino cómo reaccionas bajo el estrés. Es entonces cuando es más importante actuar con otros como te gustaría que lo hicieran contigo. Piensa en cómo te gustaría que te trataran los demás, cuánto quieres que tengan una actitud de perdón y comprensión, hablen con respeto y desde luego no sean punitivos ni indiferentes cuando estés angustiada.

Hace falta una fuerza interior enorme para no verse arrastrada a la negatividad cuando el niño no se comporta, se halla de mal humor o no está a la altura de tus expectativas. Pero es precisamente ahí cuando haces los mayores progresos espirituales porque es entonces cuando tienes la oportunidad de practicar y manifestar el amor incondicional.

Extraído de Criar Hijos – Editorial Bnei Sholem

¿Cómo saber si mi marido me engaña?

Querida Sara,

Con todas las historias que aparecen en las noticias sobre esposos “coquetones”, estoy comenzando a preocuparme por el mío. ¿Qué puedo hacer para asegurarme que no me engaña? Si todos estos otros hombres engañan a sus bellas y exitosas mujeres, ¿Qué chance tenemos el resto de nosotros?

Sheila.

Querida Sheila,

Lamento escuchar que te sentís insegura y preocupada con tu relación. Para principiantes, esto es lo primero que debe cambiar, como ser tener dudas, miedos y preguntas que puedan destruir las mejores de las relaciones.

Claramente, no te conozco, tampoco tu situación, pero encuentro interesante que mencionás sólo las razones exteriores a tu matrimonio que son las que de hecho te preocupan. Por lo menos de tu mensaje, parece ser que no hay nada que haya sucedido dentro de tu relación que haya que preocuparse.

Si este es el caso, entonces sos el perfecto ejemplo de por qué debemos preservar nuestra vida personal, y asegurarnos de protegerla, no sólo de otras personas sino de otras influencias.

En términos de la infidelidad que mencionás, no importa cuánto pensamos que sabemos sobre los casos que salen en los medios; no sabemos de verdad qué es lo que sucede dentro de las casas. Pero en general, cuando un hombre engaña, especialmente cuando un hombre exitoso en una posición de poder engaña, es un indicador de un tema, o irónicamente una inseguridad que debe trabajarse. Es por eso, que cuando estas historias salen a la luz, siguen con los reportes de terapeutas que atienden a estos hombres, y los ayudan a lidiar con sus “problemas”.

Pero sin analizar sus situaciones, discutamos la tuya. Y es que el centro de cualquier relación sana, es saber comunicar y poder confiar uno en el otro. Si tenés una razón para dudar de tu marido, debés hablarle y compartir tus preocupaciones. Si actúa de manera que te preocupa, debés comunicárselo y discutir las formas de cambiarlo. Sin embargo, si este no es el caso, entonces es esencial que confíes en él.

Nuestras vidas son construidas sobre la confianza. Confiamos que cuando entramos al auto, vamos a llegar a salvo a nuestro destino. Confiamos que cuando comemos algo no nos vamos a ahogar, o cuando vamos a dormir, nos vamos a levantar. Aún así, la confianza debe venir junto con la gratitud y con la conciencia. Es por eso, que el judaísmo nos enseña que debemos tener Emuná (fe) y Bitajón (seguridad); y junto con eso, tenemos bendiciones para pedir seguridad y agradecer cuando todo va bien.

Es por eso, que cuando manejamos, recitamos una plegaria, y tenemos bendiciones para antes y después de comer, y cuando nos levantamos, lo primero que sale de nuestra boca es una frase de agradecimiento a nuestro Creador por devolvernos el alma.

Entonces, ¿Cómo se aplica esto a tu matrimonio?

Te casás con el hombre que amás, con el compromiso de ser sinceros uno con el otro. Debemos confiar que así será. Simultáneamente, debés asegurarte que te comunicás con él y que se comparten el amor, las preocupaciones y los sentimientos. 

Aquí es donde viene la gratitud. De la misma manera en la que confiamos, y aún así bendecimos antes y después, ocurre lo mismo con tu matrimonio. Reconocé las cosas maravillosas que hace tu marido por ti. Agradecele por estar allí, por ayudarte, por hacerte feliz… incluso antes de que haga algo específico. Reconocele su trabajo y su deseo de involucrarse en varios aspectos de tu vida. Vas a encontrar que cuánto más das y compartís, más recibirás a cambio. Y cuando más amor , afecto y reconocimiento recibas, más te ayudará a fortalecer tu relación y a disipar tus temores.

El Judaísmo enseña que en el matrimonio hay tres socios: el marido, la mujer, y Su Creador. Cuando ambos son conscientes que hay un tercer socio que hizo que sus almas se unan y que es parte de su matrimonio, entonces tenés algo más grande y potente que sostiene al matrimonio. Un concepto muy bello es que la palabra Hebrea para marido es “Ish”, y la palabra hebrea para mujer es “Ishá”. Tienen dos letras en común, la Alef y la Shin, que juntan forman la palabra “Esh”, que significa “fuego”. Las dos letras diferentes que tienen son la Yud y la Hei, que ambas juntan, forman el nombre de Di-s. Esto demuestra que el hombre y la mujer juntos, solos, pueden crear fuego. El fuego puede comenzar como una pasión, pero puede crecer e irse de control y consumirse, o enfriarse y apagarse. Pero cuando ambas partes reconocen que hay un tercer socio en su matrimonio, entonces el fuego puede existir, iluminar, calentar y brillar.

Sí, hay matrimonios que lamentablemente fallan, y en donde el hombre y/o la mujer engañan. Pero no tenés razón para creer que el tuyo es uno de estos casos. Así que, en vez de leer las noticias y preocuparte porque quizá lo mismo pueda estar sucediéndote, aprendé de estas historias la importancia de trabajar todos los días en tu relación para fortalecerla y darle todo lo que tenés. Y junto con el trabajo, asegurate que tenés confianza y gratitud, para que el fuego continúe ardiendo fuertemente.

¡Te deseo todo lo mejor en tu matrimonio!

Sara.

Respondida por Sara Esther Crispe

El “cromosoma ¿Por qué?

Los niños son insólitos. Todas las cosas que los adultos inteligentes y mundanos, dan por sentado, los niños preguntan.
Qué padre no ha recibido preguntas tales
como:
“¿Por qué el cielo es azul?”
“¿Por qué mueren las personas?”
Y uno se detiene a pensar. Se enorgullece de la habilidad del niño, y profundiza en los recovecos de la mente para dragar alguna olvidada explicación. Pensando la mejor manera de decirlo, repasa la idea, recorta algunos detalles, elige las palabras más fáciles, y dice las
cosas como esperaba (ingenuamente) que su hijo quedara satisfecho y el asunto felizmente resuelto.
“El cielo es azul debido a que el aire dispersa todo el resto de los colores, pero permite atravesar al azul”
“Las personas mueren porque sus cuerpos se agotan”.

Parece que el niño lo absorbe, reflexiona un poco, empuja su coche de juguete, palmea a su muñeca, juega un poco alrededor de la sala y
nos permite regresar a nuestras cosas, pensando que el caso está cerrado, hasta que dentro de una o dos horas o días más tarde habrá que hacer frente a la próxima guardia de control de la realidad.

“Pero, ¿por qué el aire no dispersa la luz azul?”
“¿Por qué los cuerpos se agotan?”
En la sincera curiosidad infantil, se halla la necesidad de conocer la explicación de las cosas.
El juego no se limita a los niños. El hecho de que la mayoría de nosotros supera su inherente curiosidad sobre el mundo no es tanto
porque sabemos las respuestas, sino más bien porque, a medida que la vida pasa, nos acostumbramos al funcionamiento maravilloso del
mundo que nos rodea. Cuando ya hemos alcanzado nuestra edad madura, la única pregunta que la mayoría de nosotros se formula
es: “¿Por qué a mí? Claro, salvo los científicos.
Quizás los científicos son más sensibles. Tal vez nunca crecieron. O tal vez sufren de una sobre‐actividad de su “cromosoma ¿por qué?”
en su ADN. Y, la pregunta sigue siendo: ¿Por qué?

Responder a esto resulta ser más importante que lo que parece, porque la notable costumbre humana de buscar explicaciones nos
conduce a las dos unidades más poderosas de las fuerzas sociales en actividad hoy: la ciencia y la religión.
Y puesto que las dos parecen en conflicto, merece la pena el esfuerzo de investigar un poco cómo una pequeña pregunta puede generar dos respuestas radicalmente diferentes.

Como ocurre con muchas otras preguntas, podemos usar el “Principio de Abraham” para resolver esto.
El principio de Abraham establece que cuando dos o más entidades tienen una correlación de estructura o comportamiento, esto
es evidencia de la existencia de un tercero o fuerza causal, externa y más poderosa que ellos, lo que determina su forma o modo de
comportamiento.

Para el científico, la pregunta “por qué” es un viaje de causa y efecto y llegar allí es la mitad de la diversión.
La otra mitad es saber que, independientemente de lo que descubrimos, las preguntas siguen existiendo y al mismo tiempo
aparecen nuevos interrogantes.

Para el religioso sincero también la pregunta “por qué” es una exploración, pero que no termina con algún retroceso infinito, ni un sinfín de preguntas, sino más bien con una respuesta definitiva: que hay una Primera
Causa que sembró en el mundo el “el cromosoma ¿por qué?” en nuestra psiquis, y nos dio la habilidad lógica de derivar de nuevo a la fuente, el singular Porque ante Quien no hay ¿por qué? ¿Y por qué Él haría una cosa así?
Bueno, ¿por qué no?

El hogar comienza en la caridad

Como preparación para Purim y Pesaj, comenzamos un régimen de superación personal de 4 pasos, cuando leemos una sección adicional de la Torá en Shabat.
Estas son:
Shekalim: Sobre el mandamiento de donar anualmente medio siclo a las arcas del Templo.
Zajor: Sobre nuestra obligación de aniquilar la malvada
nación de Amalek.
Pará: Sobre la purificación ritual que se logra mediante
la aspersión de las cenizas de la novilla roja.
HaJodesh: Sobre la mitzvá de santificar la luna nueva y el requisito de comer Matzá y hierbas amargas en el Seder
de Pesaj.
Esta semana leemos Shekalim, el primer paso necesario para lograr la redención personal: caridad.
El proceso de redención personal comienza ayudando a los demás. ¿No es más importante limpiar la propia casa
antes que ayudar a los demás?

La persona va a trabajar todos los días y se esfuerza por obtener un ingreso cómodo. La mayoría de las veces, esto da como resultado que se sumerja y absorba por completo en la búsqueda de riqueza, y que cada fibra de su ser esté involucrada en la carrera de la vida.
Por eso el sueldo es tan valioso; después de todo, la sangre se pone en cada centavo que ganamos.
Cuando tomamos parte de esto y lo donamos a organizaciones benéficas, aportamos significado a toda nuestra semana laboral.
Estamos demostrando que estamos dispuestos a darle a Di‐s nuestra esencia.

Nuestros Sabios ensalzan la virtud de la caridad, llegando incluso a decir que es “igual a todas las demás mitzvot combinadas”!
Rabi Schneur Zalman de Liadi (fundador del jasidismo de Jabad, 1745–1812) explica que si bien cada mitzvá está diseñada para introducir santidad en una parte específica de nuestro ser (el miembro particular que realiza la mitzvá), la caridad es la única excepción a esta regla.

Lo que uno pone en caridad, o el cheque que escribe a una organización caritativa, tienen la capacidad de santificar todo el ser.
En este aspecto, la caridad monetaria es mucho mayor que ofrecer tiempo como voluntario para una causa benéfica.
El voluntariado implica donar una cierta cantidad de tiempo a Di‐s, al prójimo o a ambos.
Cuando concluyen una o dos horas, uno regresa a su rutina diaria normal y ensimismada.

La caridad eleva todo el trabajo que generó las ganancias y a todo el individuo que trabajó —física y mentalmente— para ganarse la vida.
Para iniciar el proceso de redención, primero es necesario dar el paso más importante de infundir todo el día con un aura de santidad.
Sólo entonces podrá afrontar con éxito todas las luchas y tribulaciones que encontrará en este desafiante pero gratificante viaje.
La caridad tiene la capacidad de infundir un propósito santo en la reunión de negocios más mundana.

Y tengamos presente que nunca se pierde dando caridad. En palabras del profeta Malají (3:10):
“Traed todos los diezmos al tesoro para que haya alimento en Mi Casa.
Pruébame, si quieres, con esto, dice Hashem de los ejércitos: [mira] si no te abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre ti bendiciones hasta que no haya lugar suficiente para ellas”.

¿Por qué honramos a nuestros padres?

Esta Mitzvá tiene tanto peso que es considerada una de los Diez Mandamientos. La importancia de honrar a los padres es enfatizada por el hecho que es el número cinco de éstos.

Como muchos saben los Diez Mandamientos fueron dados en dos tablas con cinco mandamientos en cada una. La primera fue reservada para aquellas leyes que tienen que ver con la relación entre la persona y Di-s, mientras que la segunda tabla se ocupa de las leyes que gobiernan la interacción humana. Los Sabios notan que incluir el mandamiento de honrar a los padres en la primera tabla nos muestra su importancia. Se trata de un aspecto tan fundamental de nuestra existencia que sólo mediante el cumplimiento de esta ley, podemos apreciar plenamente nuestra relación con el Todopoderoso.

Los 10 Mandamientos son recordados en la Torá dos veces. La primera aparece en Itró y la segunda en Vaetjanán. Cuando aparecen por segunda vez, las palabras cambian un poco, por ejemplo: las palabras “El Eterno, tu Dios, te ha ordenado “se añaden. Las palabras adicionales subrayan el hecho de que, aunque tenemos una tendencia natural a honrar a nuestros padres, esta tendencia puede disminuir dependiendo de las circunstancias. Sin embargo, cuando se nos recuerda que esto es una orden directa de Di-s, nos hace entender que el cumplimiento de esta obligación no tiene nada que ver con nuestros sentimientos o experiencias personales. En cambio, la idea se ve reforzada a honrar a nuestros padres, no sólo por nuestros sentimientos naturales, sino porque el “Comandante en Jefe” ha ordenado así.

Esta ley en particular se remonta a un tema recurrente. La filosofía judía afirma que hay tres socios en la creación de una nueva vida, y estos son Di-s, la madre y el padre. Estamos obligados a ver a nuestros padres, no sólo con amor, pero con respeto también. Colocamos a nuestros padres sobre un pedestal y los mantenemos allí.

Esta filosofía nos recuerda un componente crítico en la fe judía. En contraste directo con el punto de vista secular, entendemos que cuanto más atrás vamos en la historia judía, mayores nuestros predecesores se consideran. Es cierto que pudimos avanzar en el campo del conocimiento secular, pero cuando se trata de la esfera de lo espiritual nos palidecemos en comparación a aquellos que vinieron antes que nosotros. Nosotros los Judíos también sabemos que aquellos que se destacan en el ámbito espiritual son nuestro modelo a seguir y los “superhéroes” de cualquier Judío.

Como Rabino, recibo muy frecuentemente la pregunta: “¿Festeja el día del padre o de la madre?”. A esto yo respondo: “En el Judaísmo, cada día debemos honrar y apreciar a nuestros padres”

Son por estas razones que cada uno de nosotros debemos esforzarnos para honrar verdaderamente a nuestros padres. Eso significa que debemos hacer un esfuerzo activo para cuidar de sus necesidades (tanto física como espiritual), así como tratarlos con el máximo respeto. No es sólo una cosa agradable o sensata de hacer, sino que es un mandamiento directo de Di-s!

Por Yerujem Eilfort

¿Estás celoso?

El décimo y último de los Diez Mandamientos de la Torá dice: “No codiciarás la casa del tu vecino; no codiciarás a la esposa de tu vecino, ni a su sirviente, ni a su sirvienta, ni a su buey, ni a su burro, ni a nada que le pertenezca a tu vecino” (Éxodo 20:14)

La estructura de este versículo parece extraña. Al principio, la Biblia especifica seis cosas que no debemos codiciar “No codiciarás la casa del tu vecino; no codiciarás a la esposa de tu vecino, ni a su sirviente, ni a su sirvienta, ni a su buey, ni a su burro”. Pero luego, al concluir el versículo, la Biblia establece:“Ni nada que le pertenezca a tu vecino” ¿Por qué es necesaria la redundancia? ¿Por qué no establecer de una “No codiciarás nada que le pertenezca a tu vecino”, que incluye todo? Y si la Torá no quiere fiarse de las generalizaciones y quiere especificar los detalles, entonces ¿por qué no especifica algunas cosas y luego se vuelca a la generalización, “Y todo lo que le pertenezca a tu vecino?”

En hebreo, la palabra utilizada para “nada” y “todo” es la misma. “Kol”. Por lo tanto, el ver-sículo también puede ser traducido como “No codiciarás la casa del tu vecino; no codiciarás a la esposa de tu vecino, ni a su sirviente, ni a su sirvienta, ni a su buey, ni a su burro, ni todo que le pertenezca a tu vecino”. Al concluir el versículo con estas palabras, la Torá no nos está ordenando “no codiciar”, sino, nos está ayudando a alcanzar este estado difícil de conciencia.

¿Cómo puedes demandarle a alguien que no esté celoso? Cuando voy a tu casa y observo tu estilo de vida, ¿Cómo no puedo ponerme celoso?

La respuesta es: “No codicies todo lo que le pertenezca a tu vecino”. Lo que la Torá está insinuando es que de hecho es fácil codiciar la casa y la esposa de tu vecino, sus sirvientes, su buey y su burro; pero lo que debes preguntarte es: ¿estoy celoso de “todo lo que le pertenece a mi vecino”? ¿Estás preparado de asumir su vida completamente? ¿De ser él?

No puedes ver a la vida como miríadas de eventos incoherentes y experiencias. No puedes arrancar un aspecto de la vida del otro y decir: “Hubiera deseado su matrimonio, su casa, su carrera, su dinero…”.

La vida es una experiencia holística e integrada. Cada vida, con sus bendiciones y desafíos, con sus obstáculos y oportunidades constituyen una sola historia, una historia que comienza con el nacimiento y finaliza con la muerte. Cada experiencia en la vida de uno representa un capítulo de nuestra historia individual y no tenemos el lujo de arrancar un capítulo de la historia de otro sin tomar la historia completa.

Cuando aíslas uno o pocos aspectos de la vida de otro, es natural sentirse celoso. Pero cuando te das cuenta de “todo lo que le pertenece a tu vecino”, tu percepción se altera. ¿Realmente quieres adquirir todo lo que le sucede en la vida?

Así que la próxima vez que sientas celos por la vida de otro, pregúntate si realmente quieres ser el otro.

Ralph Waldo Emerson estaba en lo cierto cuando observó que “La envidia es ignorancia”

Por Yosef  Y. Jacobson

La Rebetzn

En el año 1950, después de la desaparición física de  Rabí Iosef Itzjak Schneerson, el liderazgo del movimiento de Jabad-Lubavitch mundial pasó a manos de su ilustre yerno, Rabí Menajem Mendel Schneerson, marido de su hija menor, la Rebetzn Jaia Mushka. 

Es bien conocido el hecho que a pesar de la negativa inexorable inicial del Rebe de aceptar la responsabilidad del puesto, fue su esposa, la Rebetzn Jaia Mushka que, a pesar del gran sacrificio personal que esto traería consigo, influyó en él para aceptar el puesto con todas sus adversidades públicas y privadas. 

Ella fue firme: “Es absolutamente inconcebible que los treinta años de total auto- sacrificio y logros de mi padre fueran, Di-s no lo permita, en vano…”

Erudita y mujer sabia, la Rebetzn Jaia Mushka ocupó el venerado y exaltado lugar de un modo absolutamente humilde y modesto. Toda su vida cumplió el ideal del Salmista: “Todo el honor de la hija de un rey está dentro”. Al llamar a la oficina del Rebe a “770” (Central Mundial de Jabad Lubavitch) o llamando por teléfono a una muchacha de la escuela secundaria enferma al internado para saber cómo se sentía, siempre se refería a sí misma simplemente como: “La Señora Schneerson, de President Street”.

Afectuosa y atenta a todos, la Rebetzn vio su papel como totalmente consagrado al trabajo de su marido. Incluso cuando transmitía los consejos de su esposo a aquellos que buscaban su guía a través de ella, repetía sus palabras con precisión, asegurándose que se entendió exactamente cómo el Rebe pensó.

Jaia quiere decir vida; Mushka, es una especia aromática.

Acerca de la importancia de colocar el nombre a una niña en honor de la Rebetzn, el Rebe dijo una vez: “Se puede demostrar que ‘sus hijos están vivos’ tomando una lección de su conducta, y conduciéndose en su espíritu, en su actitud de mesirut nefesh (auto-sacrificio)”.

“Más aún, al nombrar a una niña en su honor, y educandola para seguir su ejemplo. Después de todo, éste es el aspecto más básico de ‘sus hijos están vivos, y también ella está viva’…”

La Rebetzn no tuvo hijos propios, pero cuando un niño que la visitaba en su casa le preguntó: “¿Dónde están sus hijos?” ella contestó: “¡Los Jasidim son mis hijos!”.

Miles de mujeres y niñas alrededor del mundo llevan orgullosamente su nombre.

Técnicas de venta para mejorar la autoestima

A veces, entro en un comercio y en  medio de la conversación con el vendedor sé que no voy a comprarle nada. Sin embargo, hay otros que pueden venderme cualquier cosa…

¿Qué hace a un buen vendedor? En mi experiencia, es alguien con el talento de hacerme creer que yo, el cliente, soy la persona más importante en esta transacción, y que la venta se realizará sólo si es de mi interés. Incluso en caso que termine no haciéndola, siento que el vendedor interpreta mi “no” como: “no estoy todavía listo, pero pruebe de nuevo en el futuro”. Este reconocimiento y la focalización en el cliente y sus necesidades hacen a un vendedor exitoso.

Estas técnicas de ventas pueden ser adoptadas por padres que desean mejorar sus habilidades en relacionarse con sus hijos. Nuestro trabajo como padres es venderles a nuestros hijos su propia imagen. El primer punto de referencia para la autoestima de un niño –o la falta de ella- viene de lo que el niño cree que los padres piensan de él. Es por consiguiente importante convencer al niño que aunque no puede ser perfecto, igualmente es especial y está trabajando continuamente para adquirir más habilidades.

Un niño que no hace la tarea o tiene el cuarto desarreglado y se le dice repetidamente: “nunca haces la tarea” o “eres muy desarreglado” podría empezar a creerlo y es probable que empiece, tarde o temprano, a mantener esa expectativa. Por otro lado, podríamos decirle al mismo niño: “Eres una persona responsable, y estás aprendiendo nuevas habilidades cada día ejercitando cómo asumir tus responsabilidades para hacer tu tarea y cuidar que tu cuarto esté limpio”. Cuando fallan, debemos animarlos diciendo: “Intentaremos mañana de nuevo, para que puedas adquirir más habilidades en el futuro y ser la persona responsable que eres capaz de ser”. Declaraciones como estas animarán el ego positivo – la estima y el deseo de intentar la próxima vez con más fuerza.

Debemos tener presente que los niños tienen una habilidad especial de percibir si nuestra interacción con ellos es sincera o no.

Este principio de creer en la persona y no juzgar su futuro por sus conductas pasadas también es la llave a un buen matrimonio y a una relación de patrón-empleado eficaz. La actuación de las personas está normalmente basada en la fe y las expectativas que otros tienen de ellos. He visto calificaciones de niños en la escuela que suben o bajan drásticamente basadas en lo que percibieron que era la opinión del maestro acerca de ellos. Cuanto más positiva sea la opinión, mejor será la actuación del niño.

¡Pruébelo—funciona!

Por Yaakov Lieder

Aborto: ¿Cuándo comienza la vida?

Este artículo presenta un somero análisis de la posición judía, basado en una serie de conferencias dictadas durante el Seminario Judicial Judío de Detroit.

Aclaración: cada caso es particular y debe ser consultado con un rabino ortodoxo. 

Determinación de la vida:

Antes de analizar la interrupción de la vida, debemos establecer primero cuándo ésta comienza. Cierta vez se realizó un debate público con la presencia de tres panelistas: un médico, un filósofo y un rabino. La discusión era: “¿Cuándo comienza la vida?”.

El médico se puso de pie y expuso que la ciencia médica ha demostrado inequívocamente que la vida comienza una vez que el óvulo ha sido fertilizado. El filósofo, extremadamente pragmático, propuso que la vida no puede ser considerada como tal hasta tanto el niño no fuera una entidad viable por sí misma, es decir, una vez retirado de la madre.

El rabino se acercó lentamente al podio y, muy confiado, dijo: “Señores, ¡la vida comienza cuando los niños han crecido y se mudan a otra casa!”

Risas aparte, la verdadera posición del judaísmo en cuanto al aborto es un enfoque que combina la opinión del médico y el filósofo: bajo circunstancias normales, es decir, cuando la fertilización tuvo lugar tal como lo fue en el curso de los últimos 5780 años, la vida comienza con la concepción.

A ello se debe que la ley judía jamás autorizará el uso de un dispositivo intrauterino como forma de contracepción. Este dispositivo impide que el óvulo, fertilizado en las Trompas de Falopio, pueda implantarse en el útero. Esto, por definición, no es contracepción sino anticoncepción.

La ciencia moderna ha posibilitado que aquellas parejas desafortunadas que durante años desearon infructuosamente tener hijos puedan recurrir a la “fertilización in vitro” (FIV). Y entonces, surge la pregunta: “Esta cosa que está en el platillo del laboratorio,¿es un organismo viviente?

La ley judía responderá: “Si”; la vida comienza con la concepción.

El procedimiento usual en FIV es que se toman varios óvulos de la madre, de manera que la mayor cantidad de ellos sean fertilizados e implantados. Si, por ejemplo, se han fertilizado diez de estos óvulos, resultaría contraproducente implantar los diez. Probablemente morirían todos. Lo más probable es que el médico implante tres o más, con la esperanza de que uno “prenda”.

Entonces, surge el problema en cuanto al correcto modo de proceder con los óvulos restantes. La ley judía dirá que no podemos matarlos, pero tampoco, tenemos la obligación de implantarlos. Entonces, deberán ser preservados por un proceso de congelamiento profundo hasta que venza su propia vida, unos tres años.

Restricciones:

Hace unos años se preguntó al ex-presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, cuál era su opinión acerca del aborto. Respondió que se oponía, salvo en casos de violación, incesto, o amenaza a la vida de la madre.

En el judaísmo no hay pregunta. Puesto que la vida se inicia con la concepción, no podemos permitir el aborto simplemente porque no nos gusta el padre. Es cierto que la situación ocurrida es desafortunada, pero no podemos tomar nuestra venganza en el feto.

En el caso de una mujer que fue sometida a amniocentesis, y se ha descubierto que el feto que lleva en su vientre sufre del Síndrome de Down, Tay Sachs, o alguna enfermedad debilitante, nos veremos nuevamente forzados a decir que la vida comienza con la concepción, y el aborto no es viable.

Si una mujer que tiene diez hijos enfrenta dificultades para manejar la situación y se encuentra con que está esperando a su hijo número once, ella del mismo modo, tiene prohibido someterse a un aborto.

El punto central detrás de estas restricciones, y detrás de toda la ética judía, es nuestra poderosa creencia y fe en Di-s. Como judíos, estamos convencidos de que Di-s tiene el control de todo. El nacimiento de cada hijo responde a la Providencia Divina y éste tiene su lugar en el mundo. Para aquellos que se quejan de cuán superpoblado y súper estresado está el mundo, respondo que estaba superpoblado cuando yo era un niño y había tres mil millones de habitantes, estaba superpoblado en mi adolescencia con cuatro mil millones, y lo está ahora con cinco mil millones, y lo seguirá estando con seis mil millones. Parecería que Di-s siempre tiene lugar para uno más.

Circunstancias permisibles:

El judaísmo se diferencia de las éticas cristianas, entre otras cosas, por el hecho de que si sólo tenemos una única posibilidad de salvar a la madre o al feto, la vida de la madre tiene prioridad. La madre es una entidad viva y viable que, con la ayuda de Di-s, tendrá otros hijos y llevará una vida productiva. El feto, por su parte, es un ente incierto. No sabemos si vivirá o morirá. Si como hemos propuesto, la vida comienza con la concepción,¿cómo podemos medir la importancia de una vida por sobre otra?

El Talmud cita dos respuestas lógicas:

1) Si una persona es perseguida por un asesino, no sólo tenemos permitido matar al perseguidor sino que estamos obligados a hacerlo. El feto que pone en peligro la vida de la madre, es considerado un perseguidor y debe ser eliminado.

2) La persona tiene prohibido mutilar su propio cuerpo. En recientes épocas de guerra se hizo hábito común entre los hombres cercenar un pequeño trozo del dedo índice para evitar así el reclutamiento. Semejante práctica, sin lugar a dudas, está prohibida.

Di-s ha prestado a cada uno de nosotros un cuerpo del que debemos cuidar. Tal como sucede con el alquiler de un automóvil, cuando la empresa espera recibirlo de vuelta en perfectas condiciones. Sin embargo, si Di-s libre, una persona tiene una pierna engangrenada, no sólo tiene permitido ver que ésta sea amputada, sino que está obligado a hacerlo para salvar su vida.

Hay una historia del primer Rebe de Lubavitch, Rabí Shneur Zalman de Liadí, que enfatiza cuán crítica es la preservación de la vida. Cierta vez, mientras estaba entregado a sus oraciones de Iom Kipur, el Rebe se quitó el Talit, salió de la Sinagoga y se dirigió al extremo del pueblo. Allí cortó leña, encendió un fuego, y cocinó una sopa con la que alimentó a una mujer que acababa de tener familia.

La preservación de la vida supera a la ley.

El Shabat, Iom Kipur, e incluso una parte del propio cuerpo, pueden ser sacrificados para salvar la vida. Nuestros Sabios nos dicen: “profaná un Shabat para salvar una vida, para que puedan preservarse muchos Shabat”. En este caso, el feto será observado como un órgano enfermo de la madre y, en consecuencia, puede ser amputado para salvar la vida de la madre.

Conclusión:

Si la óptica del judaísmo parece tan próxima a la de los que defienden el “derecho a la vida”, ¿por qué no se ve a ningún rabino estacionándose en protesta frente a las clínicas dedicadas a abortos en los Estados Unidos y otros países? ¿por qué no hay demostraciones masivas de judíos frente a los edificios gubernamentales? ¿por qué no hay marchas auspiciadas por las Ligas Ortodoxas?

En verdad, la visión del judaísmo respecto del aborto es la exacta antítesis del Movimiento “Derecho a la Vida”.

Los judíos creen en la Maternidad. Cada hijo nacido es una bendición única, una que traerá sólo la mayor de las alegrías a la madre. Los judíos no desalientan el aborto, sino que alientan a cada mujer a realizar su sueño, sea éste declarado o latente, de criar una familia.

Con mucha frecuencia, cuando ya es demasiado tarde, una mujer mayor se arrepentirá de no haber tenido aquel niño. Pero una mujer a la que se convenció para que no hiciera el aborto, jamás se arrepentirá por tener ahora aquel niño.

Amor paternal

Una conmovedora historia, contada en primera persona por su protagonista. Y la figura del Rebe como padre de todo judío.

Antes de la Guerra, mi papá estudiaba en la Ieshivá (seminario rabínico) en Hungría. A pesar de que no tuvo una formación Jasídica, se aseguró de que yo la tuviera. Cuando era un niño, me llevó a ver al Rebe de Lubavitch, al de Satmar y al de Bobov. Quería que experimentara todo el espectro del Judaísmo, lo moderno, lo Jasídico, y lo no jasídico. De esa forma, en donde me encontrara iba a estar cómodo.

En 1973, el año de mi Bar Mitzvá, mis padres me enviaron a un campamento de verano en Israel. Cuando regresé, me enteré que mi padre iba a tener una operación. Resultó ser que tenía cáncer de colon, y desde ese momento, su salud comenzó a empeorar.

Dos años más tarde, justo antes de Purim, la condición de mi papá agravó. Fue al hospital, los doctores lo examinaron, y luego me dijeron: “Mejor que vuelvas a casa, tu padre se quedará esta noche en el hospital”. Esa noche vieron que no había mucho para hacer, solamente intentar que el final sea lo menos doloroso posible.

Por supuesto que no queríamos darnos por vencidos, por lo que fuimos a varios Rabinos para bendiciones. También intentamos con medicinas alternativas. Mi padre estaba bajando mucho de peso. Nada estaba funcionando.

Luego, un primo nos dijo: “Deben ir a ver al Rebe de Lubavitch”.

Era invierno, la primera semana del mes de Kislev. Fuimos cinco personas, mi papá y mi mamá, mi abuela, mi hermana y yo. Mi padre estaba muy enfermo…estaba demacrado, su rostro había perdido su brillo.

Entramos a la oficina del Rebe. Me paré atrás, y mi papá habló unos minutos con el Rebe. Cuando terminó, comenzamos a irnos, pero de pronto, el Rebe me dijo: “Tu quédate”.

Ya estaba ansioso por todo lo que estaba ocurriendo. Tenía solo dieciséis años en ese momento, y me puse muy nervioso.

El Rebe me dijo: “Kum…Ven para acá”, haciendo gestos para que me acercara. Se acercó a su estante y sacó de allí dos volúmenes del Talmud, tratado de Berajot, y me dijo en Idish:

“De acuerdo a las leyes de la medicina, tu papá está extremadamente enfermo ahora, está cerca del final. Di-s va a ayudar, pero tu papá va a estar deprimido, y tú también estarás triste. Vas a necesitar de fuerzas. Quiero enseñarte algo que te va a ayudar a seguir”.

Abrió la página 10a, y comenzó a enseñarme la historia de Reyes II (20:1-6), en donde el Talmud está discutiendo. El Rey Jizkiahu está enfermo, y el profeta Isaiah lo visita. El profeta le dice al rey que sus días están contados y que debía prepararse para fallecer, pero Jizkiahu se niega a aceptarlo y le dice: “No, yo tengo fe en Di-s”. A pesar que el profeta dice que es demasiado tarde, Jizkiahu comienza a orar, porque “Incluso si la punta de la espada está apuntando tu cuello, nunca debes renunciar a la esperanza”.

Yo estaba parado frente al escritorio del Rebe, y él se encontraba sentado. Pero en el medio de la historia, el Rebe me hizo gestos para que vaya del otro lado del escritorio, para que veamos juntos. Tradujo el diálogo lentamente en Idish, palabra por palabra, marcando el lugar, así como un padre le enseña a su hijo.

“Lo que quiere mostrar el Talmud a través de esta historia, es que no debemos mezclarnos en el trabajo de Di-s. Tenemos que hacer lo que debemos hacer, y Di-s hace lo que Él hace”.

Lo recuerdo señalando las palabras con su dedo, luego me miraba y volvía a señalar. Me hacía repetirlo hasta que lo entendiera. Debido a que mi padre no era muy entendido con el Talmud, el Rebe quería asegurarse de que yo lo entendiera bien para después poder explicárselo: que incluso ante la puerta de la muerte, nunca debes renunciar a la esperanza, nunca debes deprimirte, y debes aceptar la voluntad de Di-s. Llevó un tiempo, como veinticinco minutos.

Lo que me queda en mi cabeza más que cualquier otra cosa, es el amor del Rebe cuando me miraba. Nunca antes había visto este tipo de amor. Aquí estaba yo, un extraño para él, un joven que venía con su padre que necesitaba una bendición. ÉEl dio su Brajá, pero luego dio mucho más. ÉEl vio que este niño precisaba amor paternal, y se lo proveyó.

Cuando salí de la oficina del Rebe, estaba transpirando. Cuando estábamos volviendo a casa, le conté a mi papá lo que había sucedido, y comenzó a llorar. Cuando llegamos, estudiamos esa Guemará por lo menos tres o cuatro veces.

Recuerdo mi padre preguntándome varias veces: “¿Entiendes por qué el Rebe te dijo que estudiaras esto conmigo? ¿Lo entiendes?”

Dos meses y medio luego de nuestra visita al Rebe, mi papá falleció. Era lunes de noche, 18 de Shvat, y lo último que me dijo fue que le había dado muchos Najes.

No tenía parientes. Mi mamá era única hija, la familia de mi padre había fallecido en la guerra, y yo tenía sólo dieciséis años.

No se cómo agradecerle al Rebe por esto, él me sentó y me dijo los hechos de la vida. Todos los demás me hubieran dicho: “No, va a estar bien, va a estar bien”. El Rebe me miró y me dijo cómo estar preparado para ello.

Tuve momentos en que las cosas se ponían difíciles. Dejé la Ieshivá por un tiempo, y me alejé. Pero luego recordé lo que el Rebe me había enseñado. A través de esos años, probablemente había estudiado esa parte del Talmud unas treinta veces, y me puso de nuevo en marcha.

El hecho de que soy un judío religioso y he formado una hermosa familia, es por esa noche que el Rebe pasó tanto tiempo explicándome que cuando tienes un problema, y sientes que estás tocando el fondo, recuerda que nunca debes darte por vencido, porque Di-s está allí. Abre tu corazón hacia Él, y te ayudará.