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Un comienzo de mes diferente

En Simjat Torá de 1977, en medio de las Hakafot, el Rebe sufrió un infarto. Con denodado esfuerzo terminó sus Hakafot. Durante aquellos días fatídicos de Tishrei de dicho año, en el mundo de Lubavitch y más, reinaba una gran confusión. La única persona que se mantenía calma era el Rebe mismo. Hoy en día, sabemos el final feliz de la historia. 

Conocemos los milagros que llevaron a Rosh Jodesh Kislev, el día en el cual el Rebe volvió a su casa; un símbolo de recuperación completa. Hoy, se celebra con reuniones jasídicas y por sobre todo con la acción.

El legado del Rebe está en todas partes. En Argentina y el Congo; en Israel y Europa; en Moscú y Nueva York. 

Sus programas tienen lugar en las escuelas y en la calle, en sinagogas y en casas, en oficinas y prisiones, en el ciberespacio y también uno a uno, de manera formal e informal.

¿Qué hay detrás de estos Jasidim, alumnos y seguidores de Lubavitch y qué los motiva?

El Rebe. El Rebe de Lubavitch, Rabí Menajem Mendel Schneerson.

Aún ahora, a más de dos décadas de su fallecimiento, cientos de parejas jóvenes, inspiradospor su visión y su pasión, se sienten privilegiados de dejar hogares y afectos para asumir posiciones permanentes como emisarios del Rebe, shlujim, lejos de su familias, comunidades, raíces espirituales, confort y diversiones.

Cada vez son más los judíos que en todas partes siguen inspirándose en las enseñanzas y la guía del Rebe.

Un flujo constante de personas Jasidim y no Jasidim, hombres y mujeres, niños y niñas y en general gente de toda clase y condición visitan su lugar de descanso, el Ohel.

Ese fuerte legado se intensificó a partir de ese Rosh Jodesh Kislev, el mes de la luz.

El niño y su héroe

“¿En las vestimentas de quién se viste mi hijo?”…

“¿Quién se está convirtiendo en el héroe tras cuyas pisadas es muy probable que mi hijo transite?”…

La crianza del niño asume dos responsabilidades primarias: proteger a nuestros niños de lo que es malo y darles lo que es bueno. En estas épocas de turbulencia la responsabilidad puede parecer gigantesca a causa de los numerosos obstáculos. En tanto la ciencia médica mejora drásticamente la salud de nuestros niños, la excesiva decadencia moral de la sociedad de hoy amenaza su salud emocional y mental. A fin de bosquejar algunos conceptos de una sólida educación judía, podemos comenzar con una mirada a las necesidades psicológicas del pequeño niño y el modo en que éstas se logran.  El estudio de la psicología infantil es el estudio de un fenómeno ya existente en cada niño. 

Pero éste es subestimado por muchos educadores pues es por demás intangible y difícil de medir. Sin embargo, puede iluminar el cómo y el por qué de la conducta y actitudes del niño — cómo estudia, cómo practica las mitzvot y cómo hace frente a los problemas de la vida cotidiaa.

Dentro de cada niño hay una “habitación secreta”. Allí, él guarda una personalidad especialmente animada — su héroe y modelo en la vida. El juega con su héroe, se viste como su héroe, y se comporta como su héroe. A veces, un nuevo héroe ocupa el lugar de otro anterior, o ambos se sientan uno junto al otro. Es nuestra obligación asegurar que estas “habitaciones secretas” sean llenadas con héroes e ideales judíos.

Los niños se ven fascinados por “figuras heroicas”. Estas actividades y logros de sus héroes los marcan como tan sobresalientes y los hacen aparecer cuasi mágicos, más aún que simples seres humanos. Ellos parecen avanzar hacia sus metas propuestas con saltos; el peso de su personalidad y el de su carácter son en sí suficientes para ocasionar que los obstáculos se disipen. El héroe es cultivado por el niño hasta convertirse en un poderoso gigante que puede desafiar y superar toda restricción. Ser capaz de tales proezas no exige gran brinco de fe para el joven niño, pues él considera la frontera entre lo real y la fantasía como artificial y de fácil remoción.

A veces él vive con su héroe, imitándolo en cada detalle. Juega con entusiasmo igual que su héroe, especialmente en Purím.

Su carácter infantil lo hace convertirse en el mismísimo personaje a quien está imitando. Si observamos a los niños durante sus juegos, vemos con cuánta facilidad pretenden ser ‘alguien’.

Esta actuación externa de ellos tiene una poderosa influencia sobre su conducta. Cuanto más frecuente un niño se comporta durante el juego con cierta modalidad de conducta, es más probable que él habrá de actuar de la misma manera incluso cuando no está jugando. El hábito se convierte en una segunda naturaleza.

Es debido a su propia necesidad psicológica que el niño busca una figura—héroe. En un mundo orientado hacia el adulto, los niños se sienten insignificantes muchas veces. En algunas familias, pueden sentirse aislados o “puestos bajo la sombra” por hijos mayores o más dominantes. Algunas veces se sienten ignorados a causa de la atención que recibe un niño menor que él. En tanto la familia crece, un hijo no puede quedar siempre ante el blanco de enfoque, recibiendo la atención indivisible del padre y la madre simultáneamente. Tarde o temprano, sus hermanos mayores o menores lo empujan a una posición posterior. El niño se siente negado: ¿qué he hecho para merecer semejante trato?

Hay otras frustraciones que el niño experimenta en su crecimiento. Cuando pequeño, su madre lo hace todo por él, calmando todas sus necesidades. Mientras crece, sin embargo, y se van desarrollando sus habilidades, su madre demanda apropiadamente que él asuma cada vez mayores responsabilidades por sus necesidades y bienestar. Pero el niño no entiende, necesariamente, todavía, por qué su madre está haciendo menos por él. Él puede comenzar a preocuparse por esta pérdida de ayuda maternal y su aparente falta de atención. Por supuesto está contento y orgulloso de sus nuevas habilidades adquiridas. Pero é1 no las asocia con la simultánea pérdida de la atención materna. Y naturalmente, siente la falta de atención como la falta de afecto.

Es cierto, ahora es capaz de hacer mucho más que antes. Pero él todavía está concientizado de sus propias inhabilidades. Alrededor de él, todos son gente mayor que él, que hacen más que él y mejor que él. Su tamaño convierte en imposible incluso tareas simples como la de encender la luz, abrir la puerta, o cruzar solo la vía pública.

Estas limitaciones son aceptadas, forzadamente, por los niños. No tienen otra opción. Pero no están contentos con ellas. Vemos como un niño muestra a cualquier adulto interesado incluso sus logros más triviales: ponerse solo los zapatos, o colgarse, sin asistencia, de la rama de un árbol. Para el niño, éstos son éxitos importantes: “¡Mira lo que yo puedo hacer!”.

¡Cuán derrotado se siente el niño ante las más simples actividades cotidianas que él aún no puede realizar!

A fin de ablandar el impacto psicológico de estas dificultades naturales del crecimiento, para compensarlo e infundirlo de optimismo y ánimo, el niño da rienda suelta a su imaginación. Él redibuja al mundo del modo en que él quiere que sea. Y es su héroe el que mejor ejemplifica qué es lo que le gustaría ser a él mismo.

Mediante su héroe, él abandona sus propias vestimentas y se introduce en las de su propio hombre poderoso favorito, quien es capaz de lograr todas aquellas maravillosas cosas que él no puede lograr aún. Puede ser que aún ignore cómo atar sus propios zapatos o en qué día de la semana se encuentra, pero su héroe puede saltar encima de edificios altos, vencer inmensos ejércitos, o mostrar a cualquiera quién es el que manda.

Educación

La figura del héroe ayuda al niño a llenar una necesidad psicológica, asistiéndole a mitigar sus propios dolores de crecimiento. A través de su héroe se siente estimulado a alcanzar más allá de sus sentimientos de ineptitud.

Empero, el niño es aún inmaduro. Aún no puede distinguir qué héroes son recomendables como modelos funcionales y cuáles no. En nuestra compleja sociedad, donde un vasto número de individuos de variadas culturas, preparaciones y filosofías de vida conviven en largos conglomerados, existe un verdadero peligro de que el niño se vea atraído a imitar a individuos de cuestionable o bajo carácter, a quien él podría buscar emular.

Los padres cargan la responsabilidad de hacer el máximo esfuerzo para proteger a sus hijos de los excesos de la sociedad moderna, los que son evidentes incluso para aquellos que prefieren no mirar. El crimen violento, las drogas, y otros tipos de escapismo, todos vientos fatales que transportan la semilla de la autodestrucción, se han tomado más y más prevalecientes.

Un niño que vive en nuestra “sociedad libre y abierta” está constantemente bombardeado con ideas y oportunidades destructivas y degradantes.
Los niños deben verse protegidos de toda esta calamidad. Así como ninguna madre que se autoestime permite a su hijo cl libre dominio de la selección de qué alimentos comer (de otro modo se alimentaría solo de caramelos…), del mismo modo debe ser al seleccionar alimento. para la nutrición psicológica y espiritual.

Debemos asegurar que la escala de valores y su stimuli, la información que penetra a través de sus ojos y a través de sus oídos sea lo suficientemente nutritiva en el sentido espiritual, a fin de asegurar su bienestar mental y emocional. Pues son estas percepciones las que se convierten en cimientos de los pensamientos y emociones del niño respecto de sí y del mundo exterior.

Los filósofos de antaño solían comparar la mente del niño a una pizarra limpia. Todo lo que el niño oye o ve se registra en su mente y conforma la suma total de su conocimiento. Su conducta corresponderá naturalmente a su conocimiento puesto que ello es la imagen global, para él del mundo. Lo que él ve es, probablemente, lo que hará

Hacer que la tarea funcione

Por Nochum Kaplan

La palabra “tarea” evoca diversas imágenes, desde miedo y ansiedad hasta satisfacción y logro. Muchos recordamos la frustración y las lágrimas al esforzarnos con una tarea que no entendíamos. Los más afortunados recuerdan llegar a casa con frecuencia, disfrutar de galletas y leche, y luego sentarse tranquilamente a hacer la tarea durante una hora. Pero para la mayoría de nosotros, como padres, pensar en la tarea, lamentablemente, no evoca una escena de felicidad familiar. No tiene por qué ser así. Podemos ayudar a nuestros hijos a gestionar las tareas eficazmente, contribuyendo significativamente a su educación.

En los ochenta, cuando las matemáticas nuevas estaban de moda, recibí una llamada de una madre furiosa. Quería saber qué estaba haciendo, como directora, para enseñar a los padres el nuevo enfoque matemático para que pudieran hacer las tareas con sus hijos. Había llamadas de padres que se iniciaban en los estudios de hebreo; hacían las tareas junto con sus hijos para que ellos también pudieran aprender el idioma. Y luego estaban las llamadas de padres preguntando qué deberíamos estar estudiando para los próximos exámenes de rendimiento, o quejándose de que «pasamos horas estudiando y solo sacamos un 80% en el examen». Muchos de estos padres claramente no están haciendo lo mejor para sus hijos; pero ¿cuál es el papel apropiado de un padre con respecto a las tareas de un niño?

Primero, pongámonos todos de acuerdo en un principio básico: ¡la tarea es de los niños!

Recordemos que no somos nosotros quienes estamos en la escuela, sino nuestros hijos. Hay muchas buenas razones educativas para asignar tareas. Enseñar a los padres, o incluso mantenerlos al tanto de lo que aprenden los niños, no es una de ellas. El papel de los padres es facilitar las tareas ; lo que debemos hacer es facilitar que el niño cumpla con su responsabilidad.

Si queremos que nuestros hijos aprendan de forma independiente y disfruten del proceso de aprendizaje, debemos dejarles asumir la responsabilidad de su trabajo. Las tareas pueden ser prácticas guiadas de lo aprendido en clase, estudios independientes o investigaciones previas al aprendizaje en clase, y las múltiples variantes de estos temas. En cualquier caso, nuestro papel como padres es ayudar al niño a aprovechar al máximo su tarea.

A continuación se ofrecen algunas sugerencias:

Proporcione un ambiente tranquilo y apropiado y un lugar apropiado para que su hijo trabaje de forma independiente.

Deja que Sarah se relaje al llegar a casa. Recuerda que ha estado bajo presión todo el día. El horario y el lugar para las tareas deben ser regulares y no variar de un día para otro. Asegúrate de que el lugar y el ambiente sean propicios para el estudio. Esto no significa que el comedor sea un lugar inapropiado. Pero sí significa que debe estar libre de la jalá recién horneada y del correo del día. El bebé debe mantenerse alejado; ahora no es momento para que Sarah esté cuidando niños, ni siquiera entreteniendo a los pequeños. En resumen, la habitación debe estar libre de distracciones. Cualquier música de fondo debe ser propicia para el estudio.

Responda las preguntas de una manera que ayude al niño a pensar la respuesta por sí mismo.

La mayoría de los niños intentarán facilitarse las cosas involucrando a sus padres. Puede ser una pregunta para obtener información o lágrimas que buscan compasión (hace tiempo que saben qué hacer). El papel de los padres es cambiar la situación para que el niño reflexione por sí mismo. “¿Dónde puedes buscar el significado de esa palabra?”. Después de un tiempo, Josh aprenderá que hacer preguntas directas es inútil y se limitará a preguntas como “¿Te parece bien?”.

Anime y elogie al niño con frecuencia por la forma en que hace el trabajo.

El valor de la aprobación y los elogios de los padres es invaluable. Pero los elogios deben ser honestos, merecidos y apropiados. Elogie el comportamiento , no al niño, diciendo cosas como “Tu letra es hermosa” y “Buscar esa palabra en el diccionario fue muy ingenioso”. Evite el genérico “Eres un niño inteligente”. Si quiere que un niño se sienta motivado por los elogios y no que los vea simplemente como un halago, debe sentir que se los ha ganado y que son apropiados para el acto que se elogia; los superlativos no son creíbles.

Si el niño se siente frustrado o no puede realizar su trabajo, dígale que lo deje en blanco.

¿Cómo sabrá el maestro que su hijo tiene dificultades y necesita ayuda si usted hace las tareas en casa? El maestro asigna tareas para complementar lo que el niño ya ha aprendido o para ayudarlo a prepararse para lo que aprenderá. Si su hijo no las comprende, solo se retrasará aún más, a menos que el maestro descubra cuál es la dificultad y la solucione. El maestro solo se molestará si el niño no se ha esforzado, no si necesita más información o práctica guiada. Así que…

Escriba una breve nota al maestro indicando la dificultad que experimentó su hijo.

Con esta información, el maestro sabrá qué parte de la lección ha aprendido el niño y cuál necesita repasar. Al no hacer la tarea y, en cambio, informar al maestro si encuentra alguna dificultad, le permite trabajar para resolver el problema.

Ningún niño debería sentarse a realizar una tarea que supere su capacidad de concentración.

Dependiendo de la edad y la capacidad de atención del niño, no debería estar sentado más allá del tiempo acordado. Aun así, siempre es mejor tomar un descanso corto y regresar que estar sentado por largos periodos. Si Yossi parece no poder completar sus tareas en el tiempo previsto, coméntelo con su maestro. Él podría darle una idea de los hábitos de trabajo del niño, acortar la tarea o darle a Yossi una ventaja en la escuela.


¿Qué habilidades queremos que nuestros hijos aprendan mientras hacen sus tareas?

Queremos que aprendan responsabilidad personal.

Cuando se les guía adecuadamente para que hagan la tarea por sí solos, los niños aprenderán que son responsables de su trabajo escolar; no es su madre ni el maestro quienes tienen que hacerlo. Mindy aprenderá que cuando se supone que debes hacer algo, debes hacerlo; nadie más es responsable de tu trabajo.

Queremos que el niño adquiera confianza en sí mismo.

Cuando Becky completa una tarea y obtiene la aprobación de sus padres y maestros, desarrolla confianza en su capacidad y tendrá menos miedo de abordar el trabajo de forma independiente.

Queremos que el niño desarrolle la independencia personal.

Un niño que aprende a hacer su propio trabajo con el tiempo se convertirá en un estudiante independiente y aprenderá a disfrutar del proceso. ¿Qué más podemos pedir?

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Enseñar a nuestros hijos a pensar con sensibilidad

 

A Mendel, mi nieto de cuarto grado, le pidieron que anunciara un proyecto de estudio padre-hijo en su clase. Cuando estaba a punto de empezar, su maestra le preguntó: “¿Has pensado en Donny? Su padre falleció el año pasado”.

“¿Debería decir proyecto de estudio para adultos y estudiantes?” preguntó.

“Piensa en lo que te resultará natural”, fue la respuesta.

Mendel anunció “un proyecto de estudio especial en el que se podrá traer a un adulto como compañero”.

“Me gustó su manera sensible de pensar”, me dijo más tarde su maestra.

Me dije a mí mismo que este tipo de pensamiento sensible puede y debe enseñarse.


La idea de que los niños necesitan aprender a pensar, en lugar de aprender materias, no es nueva. Enviamos a nuestros hijos a la escuela a aprender, pero ¿a aprender qué? Por supuesto, esperamos que no solo aprendan muchos conocimientos sobre diversas materias, sino que también desarrollen habilidades en el proceso. Es evidente que la cantidad de conocimientos que uno necesita asimilar para poder desenvolverse eficazmente es abrumadora, y lo es cada vez más.


Cada vez más educadores abogan por que las escuelas enseñen activamente más habilidades de pensamiento que contenido temático. En lugar de aprender información, argumentan, se debería enseñar a los estudiantes a convertirse en “pensadores disciplinados”. Deberíamos capacitar a los niños para que construyan una base de conocimientos generales en un campo específico y ayudarlos a desarrollar las habilidades de pensamiento que les permitan ampliar y profundizar dicha base, afirman.


Cuando leo todo lo que se dice sobre la enseñanza de habilidades de pensamiento, me pregunto: ¿cuáles son los fundamentos éticos y morales de nuestros procesos de pensamiento? ¿Y qué hay del tipo de pensamiento que Mendel necesitaba desarrollar? Parece que no se habla mucho sobre lo que, para mí, es la parte más esencial del proceso educativo: que debemos enseñar a un niño a convertirse en un ” mentch ” (un ser humano decente). No oigo hablar lo suficiente sobre la necesidad de enseñar a los niños a pensar y a ser sensibles a lo que es correcto, apropiado, justo y bueno.


Recientemente leí una serie de artículos sobre “Habilidades de Pensamiento” publicados por una prestigiosa revista y reflexioné sobre el ingrediente esencial que falta en el debate. Al leer varios artículos que invitan a la reflexión escritos por destacados educadores, se me ocurrió que el tema se centra en ayudar a nuestros hijos a pasar de preguntar “qué” a “cómo” y, finalmente, “por qué”. Lo que falta en el debate es la respuesta a un “por lo tanto” existencial. ¿Qué tiene que ver todo esto con el desarrollo del carácter del niño?


Probablemente todos coincidimos en que enviamos a nuestros hijos a la escuela para que adquieran las herramientas que les permitan vivir cómodamente en su mundo. Queremos que aprendan a mantenerse mediante un esfuerzo adecuado. También queremos que aprendan a apreciar las cosas buenas de la vida. O, dicho de forma más sencilla, esperamos que adquieran habilidades que les permitan ganarse la vida y vivir cómodamente. Y queremos que aprendan a tomar decisiones inteligentes que hagan todo esto posible.

Puede que discrepemos sobre la naturaleza de una vida con propósito o sobre qué constituye lo mejor de la vida. Quizás tengamos diferentes puntos de vista sobre el significado de la vida, pero coincidimos en que queremos que nuestros hijos aprendan a vivir una vida recta, ética y moral.


¿En qué parte de su educación los niños aprenderán no solo a ganarse la vida, sino también a vivir? ¿Es responsabilidad de la escuela o del hogar? Se podría suponer que en las escuelas religiosas, este tema es un componente básico del currículo. Sin embargo, creo que esto requiere más que aprender sobre lo que está bien y lo que está mal. Requiere un enfoque educativo disciplinado para promover un pensamiento ético y sensible.

No basta, por ejemplo, que una escuela judía hable de una narración de la Torá y establezca un paralelo con la actualidad, ni bastaría simplemente enseñar el requisito halájico (Ley Judía) sobre un tema en particular sin analizar el razonamiento que lo sustenta. Los niños encontrarán la manera de justificar su propio comportamiento o, peor aún, podrían aprender a eludir la Ley y demostrar su irrelevancia para el asunto en cuestión. Necesitamos ser proactivos al enseñar a nuestros hijos a pensar en términos de comportamiento ético y moral.


Se podría suponer que ayudar a un niño a desarrollar su propia base moral es responsabilidad conjunta de la escuela, el hogar y la sociedad; que la forma en que un niño aprende a actuar se basa en sus experiencias acumuladas. Gran parte de la literatura sobre el desarrollo del comportamiento ético y moral lleva a creer que, sin experiencias de mentoría activas y positivas, un niño puede perder el rumbo por completo. Un niño necesita aprender a pensar en lo que es correcto y lo que no lo es, y a tomar decisiones de comportamiento adecuadas y deseadas, si quiere aprender a vivir una vida recta. Esa es la habilidad de pensamiento más importante que debemos enseñar a nuestros hijos.


El desarrollo del comportamiento moral y ético comienza con la imposición de normas por parte de una figura de autoridad y finalmente conduce al reconocimiento de la necesidad de normas personales de comportamiento basadas en principios universalmente aceptados. Cuando nuestros hijos son pequeños, les establecemos normas de comportamiento aceptables. Les enseñamos a respetar la propiedad ajena, a ser considerados con sus sentimientos y a tratar a todos con justicia. Robert Fulghum escribió un éxito de ventas titulado “Todo lo que realmente necesito saber lo aprendí en el jardín de infancia” y ganó mucho dinero diciéndonos lo obvio.


A medida que nuestros hijos crecen y empiezan a buscar la aprobación de sus compañeros, imponerles un sistema de comportamiento se vuelve inútil. Buscan cada vez más la aceptación de sus amigos y compañeros, y menos de una figura de autoridad. Necesitan adquirir las herramientas para tomar decisiones de comportamiento adecuadas por sí mismos. Debemos ayudar proactivamente a nuestros hijos a desarrollar la sensibilidad y las habilidades necesarias para pensar en términos de ética personal. Si les hemos enseñado a examinar su comportamiento en función de una autoridad moral superior y a pensar por sí mismos, tenemos derecho a esperar que “hagan lo correcto”. Si esperamos que aprendan a pensar en términos éticos indirectamente, podemos esperar decepcionarlos.


El desafío, por supuesto, es poder hacerlo de manera efectiva.

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¿Por qué enviamos a nuestros hijos a la escuela?

¿Por qué enviamos a nuestros hijos a la escuela?
¿No tienen derecho a saber?
 

¿Por qué mandamos a nuestros hijos a la escuela? Bueno, todos los padres sabemos la verdad: en cuanto arranca el autobús escolar, cambiamos los trajes de negocios por trajes de baño y nos dirigimos al parque acuático, con cuidado de volver a casa a tiempo para cambiarnos antes de que regresen los niños.

Pero ¿por qué los niños tienen que ir a la escuela? ¿Es solo para memorizar datos y cifras, con la esperanza de darles una oportunidad de triunfar en este mundo despiadado?

Los niños tienen derecho a saber el propósito de las horas que pasan en la escuela. Lamentablemente, a menudo el mensaje que reciben es engañoso.

Quizás reconozcan la escena. Un pedagogo bienintencionado, con chaqueta de tweed remendada hasta los codos (las pipas ya no son “políticamente correctas”), sube al podio y, en su mejor intento por inspirar, anima a los estudiantes a soñar a lo grande, a aspirar a lo más alto, a imaginar dónde quieren estar dentro de diez años y a trazar el camino para llegar allí. Son comunes las metáforas de viajes exóticos y, ocasionalmente, los símiles de espadachines; los gestos dramáticos son opcionales.

Obedientemente, los estudiantes empiezan a visualizar dónde quieren estar. (A decir verdad, la mayoría visualiza cuándo empieza el recreo, pero síganme el juego). Imágenes mentales de casas de vacaciones y coches de lujo, la parafernalia del “éxito”, danzan en sus mentes. Captan el mensaje: si quieres conseguir lo que quieres, abre los libros y ponte manos a la obra.

Aquí radica el problema. El mensaje se resume en esto: determina lo que tu corazón desea y luego aplica tu mente a trazar el camino para lograrlo.

Malas noticias. Esto es un error. La educación debe enseñar a los niños a tomar decisiones morales básicas en la vida. Las tres R fundamentales deberían capacitarlos para ser justos, responsables y reverentes, además de competitivos en el mercado.

Un principio básico del pensamiento jasídico es que la mente puede —y debe— dirigir las propias pasiones, primero para entender lo que es virtuoso y luego para obligar, o (preferiblemente) convencer, al lado emocional a entusiasmarse también con ello.

En su Tania (capítulo 9), el rabino Schneur Zalman de Liadi describe la batalla entre el «alma animal» instintiva y el «alma Divina» trascendente. Cada una reclama su propio hogar: el alma animal se encuentra más cómodamente ubicada en el corazón reactivo, fácilmente persuadida por las modas y la atracción, dispuesta a seguir el siguiente capricho. El alma Divina se asienta en la mente racional, encontrando su propósito a través del proceso racional.

No contentos con “vivir y dejar vivir”, cada uno busca conquistar el cuerpo, y así comienza la batalla. Son tan obstinados que incluso intentan infiltrarse en la base del oponente. El alma animal anhela controlar la astucia de la mente para hacer realidad sus deseos, mientras que el alma divina busca aprovechar la pasión del corazón para un servicio más entusiasta a Dios y el mejoramiento de la humanidad.

Entonces, ¿cómo puede alguien atrapado en el fuego cruzado de estos dos combatientes determinar si su impulso es divino o egoísta? Busque la fuente. Si se origina en el intelecto, es una pista de que es un impulso divino del alma; si el remitente dice “corazón”, probablemente provenga del alma animal.

Debemos enseñar a los escolares a continuar sus estudios para formar un código moral y ético que les permita marcar una verdadera diferencia en el mundo, no solo ser la siguiente “mejor ratonera”. Agudiza tu mente con la esperanza de hacerla más resistente a las artimañas del alma animal.

Cuando la administración recomienda buscar en el corazón “lo que deseas” y luego involucrar la mente para “descubrir cómo conseguirlo”, transmite el mensaje de que el deseo es el rey y la inteligencia su sirviente. Dios creó a los seres humanos con la cabeza por encima del corazón, recordándonos que debemos desarrollar nuestra capacidad emocional bajo la tutela de la mente para ser de mayor servicio a Dios y a la humanidad.

La campana de la escuela sonará por última vez en la carrera de cada estudiante, y la tarea de traducir la educación en vida recaerá sobre ellos. La escuela debe dotar a sus alumnos de las herramientas necesarias para defenderse del bombardeo de la tentación mediante la divinidad que domina la mente sobre el corazón.

¡Ahora sal y haz algo realmente bueno!

Y padres, apresuraos a secaros con las toallas, que los niños llegarán a casa en cualquier momento…

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Léale a tus hijos; es bueno para ti

Léale a tus hijos; es bueno para ti

 

Caminos Educativos | Por Nochum Kaplan

Tenemos una biblioteca infantil en casa. Nuestros hijos ya son mayores y ahora son nuestros nietos quienes la disfrutan. Como era habitual, el pasado Janucá, mientras nuestra familia compartía una noche festiva con canciones tradicionales y comida festiva, una nieta de diez años brillaba por su ausencia. La encontré acurrucada y absorta en un libro. Le dije a su madre que le sugiriera que se uniera a los demás cuando terminara el capítulo. Debo admitir, sin embargo, que disfruté muchísimo viéndola leer, ajena al mundo.

Me encantaría deslumbrar sobre todos los maravillosos beneficios de enseñar a nuestros hijos a leer por placer, pero todo esto ya se ha escrito antes y es mucho mejor de lo que puedo expresar. Se ha dicho que enseñar a un niño a disfrutar de los libros es abrirle una ventana a un mundo de maravillas; al pasado y al futuro imaginado. Es darle a un niño un regalo para toda la vida.

Quiero hablar brevemente sobre las virtudes de leerles en voz alta a nuestros hijos. Todos podemos hacerlo y enriquecernos con el proceso. He aquí por qué. Algunas de las preguntas que me hacen con frecuencia los padres se relacionan con fomentar y facilitar el proceso de aprendizaje, otras con el desarrollo de relaciones saludables. El hilo conductor es universal: el deseo de ser padres eficaces. Los padres jóvenes descubren rápidamente que los niños no vienen con un manual de instrucciones y que ser buenos padres es una tarea difícil. Las autoridades escolares, el psicólogo local, los amigos curiosos, los vecinos y los padres quieren compartir su método infalible para convertirlos en mejores padres. Me gustaría simplemente compartir una idea, y no es nueva.

Creo que los padres necesitan dedicar tiempo a leerles a sus hijos. Es una experiencia maravillosa para ellos; fortalece la relación entre padres e hijos y es una experiencia conmovedora para el padre/lector.

En las primeras etapas, significa sentar al bebé en el regazo y hojear un libro ilustrado. El padre o la madre pueden indicarle al niño o niña que explore la página. En cualquier caso, para el niño es un momento de atención especial y una experiencia individual de calidad con el padre o la madre.

A medida que el niño crece, aprenderá a equiparar el placer de la lectura con el placer de la atención especial que recibe de sus padres. Esta placentera experiencia de “transferencia” la recordará incluso mucho más adelante en su vida.

A medida que un niño crece y aprende a leer, la experiencia también puede ser a la inversa. Que un niño lea en voz alta, con sentimiento y entonación, a sus padres también se convertirá en una experiencia preciada y placentera. También puede ser una maravillosa experiencia familiar. Recuerdo haber entrado en casa de un buen amigo y haber encontrado a su familia leyendo y representando las experiencias grabadas del anterior Rebe de Lubavitch , el rabino Joseph I. Schneerson, mientras estaba en una cárcel de la Rusia comunista. Los ojos de los niños mayores estaban llenos de lágrimas mientras los pequeños, boquiabiertos, lo asimilaban todo. Recuerdo haber quedado profundamente impresionado por la singularidad de aquel momento tan especial.

El primer mensaje que recibe el niño al sentarse en un sillón con una madre o un padre relajados es que importa; es importante. Mamá/Papá está dejando todo lo demás para estar conmigo. El padre, a su vez, apreciará los pocos minutos de placer con un niño atento y receptivo. No solo el niño creará recuerdos, sino también el padre.

Permítame compartir algunos consejos útiles para leerle a un niño más pequeño.

Relájate. El niño debe sentir a un padre relajado e interesado. Debe sentir que todas sus demás preocupaciones se han dejado de lado y que el padre está completamente concentrado en él. Tu lenguaje corporal le dirá más de lo que puedes verbalizar; un abrazo y una sonrisa son fundamentales para transmitirle que cuenta con tu atención plena. Siéntate en un lugar donde no te interrumpan durante los diez minutos que pasarán juntos.

Manténganse concentrados.

Ambos disfrutarán más si se concentran en el libro o la historia. No debe convertirse en un momento de calidad que lo abarque todo; más bien, debe centrarse en la experiencia de la lectura. Dependiendo de la edad del niño, pueden leer o contar la historia a partir de las imágenes. Si ya está leyendo, dejen que el niño siga su lectura; permítanle preguntar o contar qué cree que sucederá después. Anímenlo a involucrarse plenamente en la historia.

Establezcan un horario regular

Háganlo todos los domingos por la tarde o reserven tiempo libre durante la semana laboral. Un buen momento, que funciona para muchos padres, es antes de acostarse (aunque es difícil si tienen hijos). Dejen que el niño aprenda a disfrutar del tiempo especial que pasan juntos. Nunca usen el tiempo de lectura como un obstáculo para el buen comportamiento ni lo nieguen como un castigo. Este tiempo es sagrado.

Para niños mayores:

Relájate.

Es igual de importante que el niño mayor se sienta impresionado con tu atención y se sienta especial. La receptividad y la participación de un niño de, digamos, nueve años, pueden ser mucho más estimulantes para un padre que las de un niño en edad preescolar. Pero el niño necesita sentir que lo tiene todo para poder darte todo lo que es.

Deja que el niño guíe.

Deja que indique si quiere escucharte leer, leerte, comentar lo que ya has leído o, incluso, dramatizar un pasaje. Nada arruinará más rápidamente este momento especial que una frase como: «Si no te interesa escuchar, tengo mejores cosas que hacer».

Un tiempo de lectura en familia también es una buena idea. Mamá, papá, hermanos mayores y menores pueden disfrutar de la lectura en voz alta. Fomenta la dramatización y la creatividad, y asegúrate de que todos tengan la oportunidad. Al principio, un niño introvertido podría mostrarse reticente; no lo presiones demasiado. Cuando se sienta más cómodo, también aportará lo que quiera. Un pasaje estimulante no sólo capturará la magia de la página sino que también capturará la magia de la familia.

 

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Educación judía

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Por Tzvi Freeman

La educación judía (חִנּוּךְ, “jinuj”, en hebreo) ha sustentado al pueblo judío incluso antes de que nos convirtiéramos en pueblo. Según la tradición, Jacob hizo que su hijo Judá fundara una academia de estudio de la Torá incluso antes de que él y sus descendientes se mudaran a Egipto. «Y se las enseñaréis a vuestros hijos», exhortó Moisés al pueblo en Deuteronomio , y así continuó a lo largo de los siglos. Padres y maestros enseñaban a sus hijos, quienes enseñaban a la siguiente generación.

En nuestros tiempos, cientos de miles de niños judíos reciben una educación judía que los prepara para ser eruditos, compasivos e inspiradores portadores de la tradición judía.

La educación judía, cuando se imparte según las reglas, no es exactamente lo que uno esperaría.

Tengan en cuenta que hablamos de la institución más vital del judaísmo. Los judíos toman decisiones importantes en sus vidas (como dónde vivirán y cuánto necesitarán ganar) centradas en la educación de sus hijos. También gastan grandes sumas en matrículas universitarias, a menudo más de lo que gastan en vivienda.

Sin embargo, a pesar de los costos, a partir de 2014, las escuelas judías de tiempo completo estaban en auge, con un aumento del 37% en la matrícula desde 1998. ha sido una fuerza importante, creciendo de 44 a 80 escuelas en el mismo período, con un aumento del 50% en la matrícula desde 2003.2 Se han observado tendencias aún más fuertes en Canadá, el Reino Unido, Francia, Rusia, Brasil, Argentina y otras grandes comunidades judías diásporicas.

Porque para un judío, la educación judía de sus hijos es lo que importa en la vida.

Digamos que se te ha encomendado la tarea de crear un sistema de educación judía. Quieres formar judíos educados, comprometidos con el pueblo judío y sus valores, que nunca dejarán de aprender durante toda su vida.

La sociedad judía siempre ha sido atípica, principalmente porque su principal actividad religiosa y social es la educación. En la cultura judía tradicional, lo más impresionante que se puede decir de un hombre no es que sea rico, guapo o poderoso, ni siquiera que sea médico. Lo más importante que se puede decir de una persona es que “sabe aprender”.

Esa es una actitud sobre la educación que comienza en la infancia, en casa y en la escuela. Y tiene raíces profundas y antiguas.

 

¿Qué encontró Di-s tan especial en Abraham ?

 ¿Intrépido? ¿Fiel? ¿Visionario? ¿Un orador brillante? Ninguna de las anteriores. Di-s mismo dice: «Es querido para mí, porque sé que ordenará a sus hijos y a su familia después de él que sigan los caminos de Di-s, que practiquen la caridad y la justicia».  Abraham , abuelo del pueblo judío, fue ante todo un educador de su familia, así como del mundo. Lo mismo con Moisés . Las diez plagas y la división del Mar Rojo fueron impresionantes, pero su principal tarea en la vida fue enseñar al pueblo. 

En efecto, creó una sociedad que solo podía funcionar mediante la educación. Y una y otra vez, insiste: “¡Pueblo! ¡Enseñen a sus hijos!” Probablemente hayas escuchado esto antes, y con frecuencia, que la visión única del pueblo judío sobre la educación es lo que distingue al antiguo Israel

En la antigüedad, nadie más obligaba a educar a los hijos a ser un requisito religioso. Claro, si eras pagano griego, romano o zoroastriano, tenías que aprender a hacer ofrendas a tus deidades favoritas. O tal vez te iniciabas en los misterios y la magia, porque tu padre era aficionado a uno de esos cultos órficos, dionisíacos o mitraicos. 

Si tenías la suerte de tener un padre maniqueo (una antigua religión inspirada en Star Wars), aprendías a ayunar, rezar y ayunar 

Pero en el judaísmo, la educación no se trataba tanto de “Así es como hacemos las cosas aquí” sino de “Lee estos libros, conócelos bien, aprende los comentarios y participa en la discusión”.

Sorprendentemente, incluso las religiones monoteístas que surgieron del judaísmo, como el cristianismo y el samaritanismo, no insistieron en que los padres enseñaran a sus hijos.

Esto explica en parte por qué, en el siglo anterior a la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C., los principales sabios de Israel establecieron el primer sistema de escuelas públicas del mundo. Intuían la llegada de una diáspora y se atrincheraron ante ella formalizando el proceso de educación judía.

También determinaron los niveles de edad para cada etapa de la educación: lectura, comprensión y razonamiento (bueno, más bien argumentación). (La escritura no era una prioridad en el mundo antiguo. Las artes de la escritura eran un oficio especializado debido a los recursos que requería).

El primer sistema de educación pública del mundo
Así es como sucedió, según lo registraron las personas que lo dirigieron:

En verdad, ese hombre es recordado por su bondad, y su nombre es Yehoshua ben Gamla. De no ser por él, la Torá habría sido olvidada por el pueblo judío.

Inicialmente, quien tenía un padre, hacía que su padre le enseñara Torá , y quien no tenía padre, no estudiaba Torá en absoluto…

Cuando los sabios vieron que no todos eran capaces de enseñar a sus hijos, instituyeron que se establecieran maestros de niños en Jerusalén …

Pero los que tenían padres vinieron a Jerusalén y fueron enseñados, pero los que no tenían padre, no vinieron.

Así pues, los sabios instituyeron que se establecieran maestros de niños en una ciudad de cada región. Y reclutaron a los estudiantes a la edad de dieciséis y diecisiete años.

Pero a esa edad, un estudiante cuyo maestro se enojaba con él se rebelaba contra él y se iba.

Hasta que llegó Yehoshua ben Gamla (65 d.C.) e instituyó que se establecieran maestros de niños pequeños en todas y cada una de las provincias y en todas y cada una de las ciudades, y que trajeran a los niños para que aprendieran a la edad de seis y de siete años. 7

Estos mismos sabios se dedicaron entonces a compilar un currículo. Se trata básicamente de un compendio fácil de memorizar de toda la ley judía que, de otro modo, podría olvidarse, ya que los judíos estaban ahora dispersos por los imperios romano y persa, y nadie tenía idea de cuándo recuperarían su tierra. Ese currículo tardó varias generaciones en consolidarse, y se llama Mishná .

La educación judía desde el nacimiento hasta los diez años: el judío alfabetizado

Los primeros años no son tan sorprendentes. Te cuentan las historias básicas en cuanto empiezas a entender de qué hablan los adultos y aprendes las oraciones básicas en cuanto tú también sabes hablar. 8 Una vez al año, te acercas y les preguntas a todos los adultos: “¿Qué tiene de diferente esta noche con respecto a las demás?”, y te cuentan una historia completa, con comida incluida.

A los cinco años, se supone que tu papá debe comenzar a enseñarte los fundamentos de la lectura en hebreo. 

A los seis o siete años, dependiendo de tu madurez, te envían a la escuela.

Allí te cargan con más historias, solo que ahora tienes que aprender a leerlas tú mismo, en voz alta, con las melodías prescritas, desde “En el principio…” pasando por los Cinco Libros de Moisés , los Profetas, los Salmos , Proverbios, Job, Rut , Ester … toda la Biblia hebrea, todo ello cuando tengas diez años de edad.

Aún no es tan sorprendente, salvo que contiene información realmente jugosa a la que uno no pensaría que un niño de tan tierna edad debería estar expuesto. Pero mira, todo es la Torá de Di-s y toda tu herencia. Así que deja que el maestro encuentre la manera de explicarle las cosas de la vida adulta a un niño ingenuo e inocente.

La cosa se pone realmente interesante a los diez años. Ahí es cuando empieza la Mishná

 

La educación judía de los diez a los quince años: el judío erudito
A los diez años, los fundadores de nuestro sistema educativo determinaron que hay que saber qué hacer si un buey cornea al buey de otro o si camina por el mercado y destroza la cerámica de alguien con el rabo.

Debe saber qué hacer si encuentra un objeto perdido: cómo determinar si fue colocado allí a propósito o simplemente se cayó por descuido, si el propietario podrá identificarlo, si aún podría estar buscándolo o si ya se dio por vencido (en cuyo caso, bien podría ser suyo) y cómo saber si la persona que afirma haberlo perdido dice la verdad.

También determinaron que un niño de diez años necesita  saber cómo escribir un contrato sólido que se sostenga en un tribunal, cómo ser testigo en un contrato, cómo asegurarse de que no está estafando a nadie con este contrato y qué condiciones podrían aplicarse que de otra manera podría no conocer.

Luego está cómo casarse. Cómo divorciarse. Cuánto tendrás que desembolsar si optas por el divorcio y por qué no es buena idea.

Existen leyes sobre garantías, sobre gravámenes sobre la propiedad, sobre arrendamientos, sobre préstamos y sobre las responsabilidades de ambas partes en todos estos casos.

Necesitará saber quién puede sentarse en un tribunal para juzgar un caso monetario, quién puede sentarse en un tribunal de 23 jueces para juzgar un caso capital, cómo juzgan un caso, qué evidencia se considera creíble y cuál no, y qué sucede si no pueden llegar a una conclusión.

Entre los diez y los quince años, también habrás aprendido a construir una mikve (una piscina para la inmersión ritual) . Aprenderás sobre los ciclos menstruales femeninos y cómo afectan a la vida marital. Descubrirás qué relaciones están prohibidas y cuáles están permitidas. Recibirás un mapa de relaciones familiares de alta complejidad, que abarca desde primos hermanos y primos segundos hasta primos terceros, para que sepas cómo

esto afecta al matrimonio, el testimonio en los tribunales y la herencia.

Por supuesto, también están los aspectos rituales, como la matanza kosher de un animal o ave, cómo revisar sus órganos internos para asegurarse de que no estén contaminados y cómo salarlos para eliminar la sangre. Están las leyes de la circuncisión, las ofrendas en el Templo y los diezmos a los kohanim y levitas . Hay muchas reglas sobre la impureza ritual, para que al entregar esos diezmos, quienes los reciban puedan comerlos.

Memorizarás y comprenderás algunas matrices y paradigmas básicos, como 39 formas de trabajo en Shabat , cuatro tipos de daños, cuatro categorías de líquidos que pueden caer en una mikve .

Básicamente, toda la gama de la ley judía en cinco años. Memorizada hasta tenerla en la punta de la lengua, con la comprensión que se puede esperar de un joven de quince años.

Como lo expresó Josefo, quien vivió la destrucción de Jerusalén, si a cualquier niño judío se le preguntara sobre las leyes del judaísmo, “estaría más dispuesto a contarlas todas que a decir su propio nombre”. 

Junto, por supuesto, con las opiniones disidentes. Porque hay muy poco en la ley judía sobre lo cual no haya al menos dos opiniones. Y los sabios que compilaron la Mishná consideraron conveniente preservar muchas de esas opiniones —aunque perdieron la votación— y asegurarse de que ustedes, los adolescentes, también las comprendieran.

Tres conclusiones sobre la educación judía


Sean cuales sean sus conclusiones, aquí hay tres cosas que personalmente saco de todo esto:

La educación judía tiene que ver con la vida en la Tierra: con toda ella.

Algunos piensan que la educación religiosa se trata de Dios, el cielo y llegar al cielo. Claro, necesitamos alimentar el alma de nuestros hijos. Debe haber algo trascendental y misterioso en su vida. Pero lo esencial de la educación judía no es llegar al cielo. Se trata de hacer que el cielo llegue a la tierra.

Así que la educación judía que brindamos a nuestros hijos hoy debería lograr lo mismo. Queremos que cada niño judío aprenda a ser un mentsch, a operar con integridad y a encontrar a Dios en todos sus asuntos cotidianos.

La educación judía trasciende el tiempo.

El tiempo es para la educación judía lo que la geografía es para otros. Está todo ahí, al mismo tiempo, y es necesario conocer los caminos que conectan los puntos. Cuando estudias la Torá, Abraham, Sara , Moisés , Débora , David , el Templo de Jerusalén, Ester, Hillel , Akiva, Maimónides , el Arizal , el Baal Shem Tov , todos viven juntos en el mismo espacio.

Así que queremos que nuestros hijos tengan ese mismo sentido, no de la historia, sino de mi propia historia. De dónde encajo en esta gran historia y adónde debo llevarla. Porque todo avanza en una sola dirección: hacia un mundo como su Creador lo quiso.

La educación judía consiste en ser parte de la discusión.

Incluso si conoces toda la halajá del Código de la Ley Judía , toda la historia judía, y dominas el hebreo, el arameo, el ladino , el yidis y el judeoárabe, eres un ignorante. Hasta que puedas participar en la discusión. Claro, necesitas conocimiento para participar. Pero, más que eso, necesitas sentarte en un lugar donde ese conocimiento se intercambia constantemente en un partido de hockey a toda velocidad.

Ese es un lugar que llamamos yeshivá . Y todo judío, sin importar su edad, debería tener la oportunidad de pasar al menos unos meses en una yeshivá .

Porque todo judío necesita ser un judío educado.

Jinuj

Según la ley bíblica, un niño no está obligado a observar mitzvot hasta la edad adulta. Sin embargo, existe una mitzvá de origen rabínico, conocida como jinuj , que exige que los padres eduquen a sus hijos para que cumplan las mitzvot y eviten hacer lo que la Torá prohíbe.

La mitzvá de jinuj entra en vigor para cada mitzvá tan pronto como el niño es capaz de observarla. Tradicionalmente, comenzamos a enseñar a los niños a recitar las bendiciones sobre diversos alimentos y algunas oraciones básicas desde los tres años. Es entonces cuando el niño pequeño comienza a cubrirse la cabeza y a usar tzitzit , y aproximadamente a esa edad las niñas comienzan a encender las velas de Shabat .

Aunque el método de la “zanahoria y el palo” se menciona en la literatura judía como una técnica de jinuj eficaz , en última instancia el objetivo es enseñar a los niños a valorar cada mitzvá por sí misma y la conexión con Di-s que engendra.

Existe una obligación de la Torá para un padre de enseñar Torá a sus hijos.

Tan pronto como un niño empieza a hablar, se le enseñan pasajes clave de la Torá, como el versículo «La Torá que Moisés nos ordenó es la herencia de la congregación de Jacob » y el Shemá . Y a partir de ahí, la educación despega…

Quien no pueda cumplir personalmente con esta obligación puede delegar el honor a un maestro o escuela. No obstante, como proclamó un sabio: «Es un deber absoluto para toda persona dedicar media hora diaria a pensar en la educación de los niños según la Torá y hacer todo lo que esté a su alcance —y más allá de él— para inspirarlos a seguir el camino que se les guía».

Aunque técnicamente la obligación de enseñar la Torá recae en el padre, la educación más eficaz suele ser asumida por la madre. Dado que ella es quien suele pasar más tiempo con sus hijos y tiene la ventaja de un enfoque más delicado y femenino al impartir información, es quien mejor puede transmitir la moral y los valores judíos.

Fuente

Oportunidades

Por Chana Weisberg

Ayer vi a mi hija comer una rebanada de su pastel de chocolate favorito. Saboreó cada bocado y se lamió los labios, disfrutando de cada migaja.

Hoy observé a mi hija dibujar, concentrada en perfeccionar su obra maestra con brillantina y pegamento. Con la cara llena de concentración, disfrutaba de cada línea, de cada brillo dorado.

Hace poco, vi a mi hija subir a la cima del tobogán alto, amarillo y sinuoso. Se reía con ilusión mientras subía, y luego se reía a carcajadas con alegría al deslizarse hacia abajo. Disfrutó cada bache de su aventura.

Observo el rostro de mi hija. Siento sus emociones. Irradia una alegría optimista por la vida, amor por estar viva, gratitud por estar aquí y poder disfrutar de estos momentos.

El suyo no es un placer narcisista ni egoísta. La observo y percibo la misma alegría radiante mientras se prepara para obsequiarme algo de su trabajo o para “ayudarme” con una tarea diaria.

Es alegría de vivir . Es simplemente un placer por los momentos que la vida nos regala, las oportunidades y los desafíos que se nos presentan. No intenta ser alguien especial. Simplemente se complace en ser y, al serlo, en crecer como persona a través de las oportunidades diarias.

A medida que maduramos, nos privamos de esta simple alegría al centrarnos en nuestras metas y logros ambiciosos, en nuestros éxitos y fracasos. Construimos parámetros rígidos para definir nuestro éxito como personas. Competimos en nuestras carreras, en nuestros gimnasios; competimos con nuestros colegas, con nuestros amigos y con los modelos a seguir de nuestra vida.

Siempre hay alguien o algo que me hace sentir insignificante. Hay alguien que hace algo mucho mejor, o incluso más, que yo. Y cuando no es otra persona, soy yo mismo, con una nueva meta autoimpuesta que me dice que debo preocuparme por lo que aún no he logrado o por lo que no puedo hacer.

El deseo de hacer y lograr es positivo si nos impulsa a traer más bien a nuestro mundo. Pero si ese fuera realmente el incentivo, acogeríamos con agrado cualquier oportunidad, ya sea que conduzca a un ascenso o a un beneficio futuro, o simplemente a servir a Di-s en nuestro mundo.

Recuerdo cómo, hace años, mi hijo mayor llegó un día de la escuela con una mirada melancólica. Debía de tener siete u ocho años por aquel entonces.

“Me gustaría no tener el pelo rubio”, confiesa.

¿Por qué?, pregunté con asombro.

Porque no creo que el rubio sea cosa de erudito. No creo que Moshe Rabbeinu ( Moisés ) tuviera el pelo rubio.

Recuerdo sentirme triste al ver que su optimismo infantil comenzaba a erosionarse. Fue la primera mella en su inocencia innata de poder “ser la mejor versión de uno mismo” a través de cualquier carácter, talento, recursos intelectuales o apariencia única con la que uno haya sido dotado.

En las cajas artificiales e inflexibles de definición de logros que nuestra sociedad ha construido, perdemos no solo nuestra individualidad, sino también nuestro optimismo a la hora de forjar nuestro propio camino para hacer de nuestro mundo un lugar mejor, a nuestra manera única.

En la búsqueda de esta forma rígida de éxito, ¿quizás hemos olvidado que hay muchos caminos para contribuir?

El camino más grande, creo yo, es el que llevamos innato cuando somos niños: la simple alegría de aprovechar cada oportunidad como medio para crecer y, de ese modo, servir a nuestro Creador tal como Él nos ha dotado.

No por adónde nos llevará. No porque quede bien en el currículum ni porque mejore nuestra reputación o perspectivas comunitarias. No porque se considere importante o se tenga en alta estima. Ni siquiera porque nos guste hacerlo.

Pero simplemente porque esta es una oportunidad que Di-s nos ha proporcionado en nuestra vida, para usarla, como todas las otras experiencias, para descubrir algún crecimiento.

La próxima vez que tu hijo disfrute del momento, sea cual sea su actividad, observa su rostro con atención. Observa cómo usa su actividad para traer más alegría a nuestro mundo.

Y luego intenta descubrir la alegría radiante en sus ojos reflejada en los tuyos.

Tres situaciones en la educación

En el comienzo de nuestra Parshá, la Torá ordena a los Cohanim (los sacerdotes), que no deben impurificarse y se les prohíbe permanecer bajo el mismo techo que un muerto. Lo llamativo es que el texto parece redundante: “Dile a los Cohanim hijos de Aarón y les dirás a ellos”. Rashi, el gran comentarista de la Torá, explica que el “les dirás” es para “responsabilizar a los adultos por los pequeños”. Esta no es la única oportunidad en que la Torá encomienda a los mayores por la conducta de los niños. Nuestros Sabios indican que esta regla aparece en tres oportunidades: en la prohibición de comer bichos e insectos, en la prohibición de comer o beber sangre y en la prohibición a los Cohanim de impurificarse.

NO DARSE POR VENCIDO

¿Por qué la Torá ve necesario acentuar la importancia de la educación justo en estos tres temas? Esto se debe a que en estas tres situaciones el educador puede pensar que en este caso no es posible educar a un niño en el alto standard de exigencia de la Torá. Por eso la Torá lo alienta ya que aquí también es responsable de educar al menor para que no transgreda.

Lo característico en la prohibición de comer bichos y reptiles es que, es algo que de por sí produce repugnancia.

En cuanto al consumo de sangre, era una conducta a la que los judíos estaban acostumbrados a ver en los egipcios, y que imitaban. Y con respecto a las leyes de los Cohanim, su particularidad es que el concepto de la impureza es algo no racional. Del hecho que la Torá acentúa velar por la conducta de los niños en estos tres casos especialmente, aprendemos tres reglas fundamentales en la educación.

EDUCAR A QUIEN COME ABOMINACIONES

Cuando nos enfrentamos a una situación escabrosa, o frente a una reacción grosera o poco amable del educando, podemos pensar que en este caso es imposible lograr una mejora. Por eso viene la Torá y nos enseña que aunque se trate de una persona que come tarascas – un nivel de degradación moral grave – de todos modos debemos educarlo y encaminarlo en la senda correcta.

Algunos opinan que la educación es aplicable mientras la persona no esté acostumbrada a transitar el mal camino, pero si sus malas costumbres se convirtieron en hábitos, es en vano todo esfuerzo por instruirlo. La Torá nos guía entonces, mostrándonos que incluso cuando los iehudim se encontraban totalmente habituados a la ingesta de sangre como lo hacían los egipcios, pudieron abandonar esta conducta por mandato de la Torá. También con los niños, por medio de una educación adecuada, podemos revertir los malos hábitos.

ENSEÑAR A TENER FE

Otros sostienen que la Torá y el judaísmo pueden instruirse a los jóvenes y principiantes sólo con conceptos racionales posibles de ser explicados con la lógica, pero los temas de fe, supra-racionales, son imposibles de transmitir a los niños en edad o en preparación espiritual. Nos puntualiza la Torá que incluso un tema como el de la impureza, que es irracional, más allá del intelecto humano, debe ser enseñado y cumplido por los niños. Los temas de la fe judía se pueden y deben enseñar y transmitir. En su fuero íntimo, todo judío es creyente, y la enseñanza que le proporcionamos sirve para revelar esta fe que ya se encuentra en él (aunque sea en forma potencial).

El solo hecho que la Torá nos ordena algo, nos demuestra que esto es posible. Pero además, la orden de Di-s nos otorga las fuerzas necesarias para llevar a cabo la Mitzvá. Di-s no pide de la persona cosas que no están a su alcance, y si Él nos manda en la Torá y en el Shulján Aruj, actuar de cierta manera, ya nos ha dado las energías necesarias para lograrlo.

Igrot Kodesh, tomo 1 Pág. 119