El niño y su héroe

“¿En las vestimentas de quién se viste mi hijo?”…

“¿Quién se está convirtiendo en el héroe tras cuyas pisadas es muy probable que mi hijo transite?”…

La crianza del niño asume dos responsabilidades primarias: proteger a nuestros niños de lo que es malo y darles lo que es bueno. En estas épocas de turbulencia la responsabilidad puede parecer gigantesca a causa de los numerosos obstáculos. En tanto la ciencia médica mejora drásticamente la salud de nuestros niños, la excesiva decadencia moral de la sociedad de hoy amenaza su salud emocional y mental. A fin de bosquejar algunos conceptos de una sólida educación judía, podemos comenzar con una mirada a las necesidades psicológicas del pequeño niño y el modo en que éstas se logran.  El estudio de la psicología infantil es el estudio de un fenómeno ya existente en cada niño. 

Pero éste es subestimado por muchos educadores pues es por demás intangible y difícil de medir. Sin embargo, puede iluminar el cómo y el por qué de la conducta y actitudes del niño — cómo estudia, cómo practica las mitzvot y cómo hace frente a los problemas de la vida cotidiaa.

Dentro de cada niño hay una “habitación secreta”. Allí, él guarda una personalidad especialmente animada — su héroe y modelo en la vida. El juega con su héroe, se viste como su héroe, y se comporta como su héroe. A veces, un nuevo héroe ocupa el lugar de otro anterior, o ambos se sientan uno junto al otro. Es nuestra obligación asegurar que estas “habitaciones secretas” sean llenadas con héroes e ideales judíos.

Los niños se ven fascinados por “figuras heroicas”. Estas actividades y logros de sus héroes los marcan como tan sobresalientes y los hacen aparecer cuasi mágicos, más aún que simples seres humanos. Ellos parecen avanzar hacia sus metas propuestas con saltos; el peso de su personalidad y el de su carácter son en sí suficientes para ocasionar que los obstáculos se disipen. El héroe es cultivado por el niño hasta convertirse en un poderoso gigante que puede desafiar y superar toda restricción. Ser capaz de tales proezas no exige gran brinco de fe para el joven niño, pues él considera la frontera entre lo real y la fantasía como artificial y de fácil remoción.

A veces él vive con su héroe, imitándolo en cada detalle. Juega con entusiasmo igual que su héroe, especialmente en Purím.

Su carácter infantil lo hace convertirse en el mismísimo personaje a quien está imitando. Si observamos a los niños durante sus juegos, vemos con cuánta facilidad pretenden ser ‘alguien’.

Esta actuación externa de ellos tiene una poderosa influencia sobre su conducta. Cuanto más frecuente un niño se comporta durante el juego con cierta modalidad de conducta, es más probable que él habrá de actuar de la misma manera incluso cuando no está jugando. El hábito se convierte en una segunda naturaleza.

Es debido a su propia necesidad psicológica que el niño busca una figura—héroe. En un mundo orientado hacia el adulto, los niños se sienten insignificantes muchas veces. En algunas familias, pueden sentirse aislados o “puestos bajo la sombra” por hijos mayores o más dominantes. Algunas veces se sienten ignorados a causa de la atención que recibe un niño menor que él. En tanto la familia crece, un hijo no puede quedar siempre ante el blanco de enfoque, recibiendo la atención indivisible del padre y la madre simultáneamente. Tarde o temprano, sus hermanos mayores o menores lo empujan a una posición posterior. El niño se siente negado: ¿qué he hecho para merecer semejante trato?

Hay otras frustraciones que el niño experimenta en su crecimiento. Cuando pequeño, su madre lo hace todo por él, calmando todas sus necesidades. Mientras crece, sin embargo, y se van desarrollando sus habilidades, su madre demanda apropiadamente que él asuma cada vez mayores responsabilidades por sus necesidades y bienestar. Pero el niño no entiende, necesariamente, todavía, por qué su madre está haciendo menos por él. Él puede comenzar a preocuparse por esta pérdida de ayuda maternal y su aparente falta de atención. Por supuesto está contento y orgulloso de sus nuevas habilidades adquiridas. Pero é1 no las asocia con la simultánea pérdida de la atención materna. Y naturalmente, siente la falta de atención como la falta de afecto.

Es cierto, ahora es capaz de hacer mucho más que antes. Pero él todavía está concientizado de sus propias inhabilidades. Alrededor de él, todos son gente mayor que él, que hacen más que él y mejor que él. Su tamaño convierte en imposible incluso tareas simples como la de encender la luz, abrir la puerta, o cruzar solo la vía pública.

Estas limitaciones son aceptadas, forzadamente, por los niños. No tienen otra opción. Pero no están contentos con ellas. Vemos como un niño muestra a cualquier adulto interesado incluso sus logros más triviales: ponerse solo los zapatos, o colgarse, sin asistencia, de la rama de un árbol. Para el niño, éstos son éxitos importantes: “¡Mira lo que yo puedo hacer!”.

¡Cuán derrotado se siente el niño ante las más simples actividades cotidianas que él aún no puede realizar!

A fin de ablandar el impacto psicológico de estas dificultades naturales del crecimiento, para compensarlo e infundirlo de optimismo y ánimo, el niño da rienda suelta a su imaginación. Él redibuja al mundo del modo en que él quiere que sea. Y es su héroe el que mejor ejemplifica qué es lo que le gustaría ser a él mismo.

Mediante su héroe, él abandona sus propias vestimentas y se introduce en las de su propio hombre poderoso favorito, quien es capaz de lograr todas aquellas maravillosas cosas que él no puede lograr aún. Puede ser que aún ignore cómo atar sus propios zapatos o en qué día de la semana se encuentra, pero su héroe puede saltar encima de edificios altos, vencer inmensos ejércitos, o mostrar a cualquiera quién es el que manda.

Educación

La figura del héroe ayuda al niño a llenar una necesidad psicológica, asistiéndole a mitigar sus propios dolores de crecimiento. A través de su héroe se siente estimulado a alcanzar más allá de sus sentimientos de ineptitud.

Empero, el niño es aún inmaduro. Aún no puede distinguir qué héroes son recomendables como modelos funcionales y cuáles no. En nuestra compleja sociedad, donde un vasto número de individuos de variadas culturas, preparaciones y filosofías de vida conviven en largos conglomerados, existe un verdadero peligro de que el niño se vea atraído a imitar a individuos de cuestionable o bajo carácter, a quien él podría buscar emular.

Los padres cargan la responsabilidad de hacer el máximo esfuerzo para proteger a sus hijos de los excesos de la sociedad moderna, los que son evidentes incluso para aquellos que prefieren no mirar. El crimen violento, las drogas, y otros tipos de escapismo, todos vientos fatales que transportan la semilla de la autodestrucción, se han tomado más y más prevalecientes.

Un niño que vive en nuestra “sociedad libre y abierta” está constantemente bombardeado con ideas y oportunidades destructivas y degradantes.
Los niños deben verse protegidos de toda esta calamidad. Así como ninguna madre que se autoestime permite a su hijo cl libre dominio de la selección de qué alimentos comer (de otro modo se alimentaría solo de caramelos…), del mismo modo debe ser al seleccionar alimento. para la nutrición psicológica y espiritual.

Debemos asegurar que la escala de valores y su stimuli, la información que penetra a través de sus ojos y a través de sus oídos sea lo suficientemente nutritiva en el sentido espiritual, a fin de asegurar su bienestar mental y emocional. Pues son estas percepciones las que se convierten en cimientos de los pensamientos y emociones del niño respecto de sí y del mundo exterior.

Los filósofos de antaño solían comparar la mente del niño a una pizarra limpia. Todo lo que el niño oye o ve se registra en su mente y conforma la suma total de su conocimiento. Su conducta corresponderá naturalmente a su conocimiento puesto que ello es la imagen global, para él del mundo. Lo que él ve es, probablemente, lo que hará

Brit Milá: ¿porque esperar ocho dias?

¿Por qué el brit milá se realiza al octavo día?

En un nivel fundamental, circuncidamos a un bebé judío a los ocho días porque eso es lo que Di-s nos instruye a hacer:

“Y al octavo día, se circuncidará la carne de su prepucio”.

Aunque el versículo no explica por qué se nos ordena realizar la circuncisión específicamente al octavo día, los sabios ofrecen diversas interpretaciones llenas de sentido espiritual.

El poder de la Reina del Shabat

Realizar la circuncisión al octavo día garantiza que el bebé haya experimentado al menos un Shabat antes de entrar en el pacto.

El Midrash lo compara con un rey que decretó que cualquiera que deseara visitarlo debía primero presentar sus respetos a la reina.
Los sabios y místicos suelen llamar al Shabat “la Reina del Shabat”.
Así, antes de entrar en el pacto con Di-s, el bebé debe “saludar a la Reina” viviendo la santidad de su primer Shabat.

Esta es también la razón por la que cualquier ofrenda que se presentaba en el Templo debía tener al menos ocho días de antigüedad.

Un tiempo de sanación y equilibrio espiritual

Garantizar que el bebé viva su primer Shabat trae sanación al alma, que acaba de ingresar a este mundo físico y material.
El contacto con la energía del Shabat lo fortalece y lo prepara espiritualmente para unirse al pacto de Di-s con el pueblo judío.

El significado de los ocho días del brit milá

El brit milá (circuncisión) es una señal del pacto eterno entre el pueblo judío y Di-s, nuestro Creador. Pero ¿por qué este acto sagrado se realiza específicamente al octavo día de vida del bebé?

A lo largo de los siglos, los sabios han ofrecido diversas explicaciones que combinan lo físico, lo espiritual y lo simbólico.

Expiación

Así como la sangre de una ofrenda trae expiación, también lo hace la circuncisión.
Del mismo modo que un animal ofrecido debía tener al menos ocho días de nacido, el bebé también debe haber vivido ocho días antes de ser circuncidado.

De esta manera, el brit milá refleja la idea de purificación, renovación y conexión con lo divino.

Salud del bebé

Maimónides enseña que se espera ocho días para que el niño se fortalezca físicamente y pueda atravesar el procedimiento sin riesgo.
El tiempo permite que el cuerpo se adapte a la vida fuera del útero y alcance un equilibrio natural antes del brit.


Alegría compartida

El Talmud explica que, después del nacimiento de un varón, la madre atraviesa un período de siete días de impureza ritual, durante el cual la pareja no puede tener intimidad física.

Esperar hasta el octavo día asegura que, en el momento del brit, los padres puedan compartir juntos la alegría de este pacto sagrado, sin estar sumidos en la tristeza o el aislamiento.


El duelo del alma por el aprendizaje perdido

El Talmud también enseña que mientras el bebé está en el vientre materno, un ángel le enseña toda la Torá.
Al nacer, el ángel lo toca en el labio y le hace olvidar todo lo aprendido.

Por eso, algunos sabios explican que los primeros siete días de vida son un tiempo de duelo espiritual por ese conocimiento perdido.
El brit milá se realiza recién después, cuando el alma ya se ha adaptado a su nueva existencia en el mundo físico.


Natural y sobrenatural

El brit milá representa el vínculo suprarracional entre el pueblo judío y Di-s.
No es una práctica basada en la lógica humana ni en la elección personal, sino un acto de fe y conexión trascendente.

Por eso, no se espera a que el niño crezca y decida por sí mismo: la relación con Di-s comienza más allá del intelecto, desde el inicio de la vida.


El simbolismo del número ocho

Los místicos explican que el número siete representa el mundo natural, el orden de la creación:
Di-s creó el mundo en siete días, y muchos aspectos de la Torá reflejan ese patrón —las siete semanas del Ómer, los siete años del ciclo de Shemitá, las siete Shemitot del Yovel (jubileo)—.

El ocho, en cambio, simboliza lo infinito, lo que trasciende el orden natural.
Por eso, el bebé es circuncidado al octavo día: porque entra en una fe que está más allá de la razón, en una historia de milagros, eternidad y propósito divino.


Más allá de toda razón

En definitiva, no conocemos la verdadera razón por la cual el brit milá debe realizarse al octavo día.
Y justamente en ese misterio reside su profundidad: al igual que el propio pacto, el octavo día es suprarracional.
Nos recuerda que nuestra conexión con Di-s supera los límites del entendimiento y nos une con lo eterno.

 

Por Yehuda Shurpin

Fuente

Acerca del Brit Milá

¿Qué hacer con el brit milá?  ¿Mohel o cirujano?

Por Aron Moss

Nuestro bebé nació ayer y estamos decidiendo si realizar el brit tradicional con un mohel o que lo haga un cirujano en el hospital. Mi pregunta es: ¿nos aceptarían a mí y a mi hijo en su comunidad si no lo realiza un mohel?

Respuesta

¡Mazel Tov por ser padre!
Espero que tu esposa esté bien y les deseo a ambos mucha felicidad.

Déjenme decirles sin rodeos que ustedes y sus hijos siempre serán bienvenidos, sin importar lo que elijan. No impongo ningún impedimento para que alguien forme parte de nuestra comunidad.

Como padre, hay muchas decisiones importantes que afectan el futuro de un hijo. Esta es una de ellas.

Circuncisión quirúrgica vs. bris tradicional

Una circuncisión quirúrgica no es un bris.
Además de la ausencia de bendiciones y oraciones, el corte puede ser diferente. Esto significa que, algún día, cuando tu hijo se dé cuenta de que no tuvo un bris, podría necesitar un procedimiento desagradable para corregirlo.

Como mínimo, necesitará que le extraigan una gota de sangre y se recite una bendición. No es gran cosa cuando se es un bebé, pero no es tan sencillo de mayor.

El rol del mohel

Un mohel no es un aficionado. Todo lo contrario.
El cirujano promedio podría realizar algunas de estas operaciones de vez en cuando, mientras que un mohel experimentado las realiza casi a diario y ha hecho cientos, o incluso miles, a lo largo de los años.

Muchos mohels también tienen formación médica. Algunos incluso son cirujanos y, si se prefiere, pueden realizar el bris en un centro médico.

Riesgos y significado espiritual

Los riesgos en ambos procedimientos son mínimos, pero podría decirse que la circuncisión quirúrgica es más riesgosa que un bris tradicional, ya que pueden surgir más complicaciones por el uso de anestesia en un bebé.

El brit es una tradición que se remonta a casi 4.000 años.
Nos conecta a nosotros y a nuestros hijos con todas las generaciones pasadas de judíos, quienes ofrecieron un brit a sus hijos en toda clase de circunstancias.

Su hijo entrará en el pacto que comenzó con el primer judío, Abraham, y continúa hasta nuestros días.
El poder espiritual de un brit no se puede comparar con una cirugía esencialmente cosmética.

 

Una decisión para toda la vida

Piénsalo bien. No querrás que dentro de unos años tu hijo te pregunte:

“¿Por qué no me hiciste un brit con mohel? ¡Ahora tengo que hacerlo correctamente!”

Por otro lado, si lo haces bien ahora, nunca te dirá:

¿Por qué no me circuncidaste en el hospital? ¡Ahora tengo que pasar por anestesia local para compensarlo!”

Dale a tu hijo un brit y le darás 4.000 años de identidad judía que lo acompañarán para siempre.
No dejes que lo arregle después. Esta es una de esas cosas que solo se hacen una vez.

El lenguaje del alma

El lenguaje del alma

Comunicarse con los niños es un desafío incluso en las mejores circunstancias. Y cuando intentamos hablar de lo más importante —sus sentimientos y rasgos de carácter—, la tarea parece casi abrumadora. ¿Cómo les hablamos de cosas como el amor y la bondad, la fe y la valentía, la honestidad y la confianza? Aunque estas son las cosas que más queremos comunicarles, son las más difíciles de abordar.

La tarea se vuelve aún más difícil porque estas virtudes y rasgos de carácter no son consistentes. Tienden a ser fluidos y abstractos. No se comportan de la misma manera en todas las situaciones. La bondad desenfrenada, aunque generosa y fluida, no siempre es sabia. La lealtad, aunque una cualidad exquisita, puede desviar a nuestros hijos si se aplica a ciegas.

Pero ¿cómo comprender estas sutilezas con la suficiente claridad como para empezar a hablar de ellas con nuestros hijos? ¿Cómo, por ejemplo, distinguir entre el horror de la violencia y la necesidad de la guerra, la pureza de la honestidad y la crueldad que conlleva decir verdades innecesarias, la asertividad productiva y la agresividad hostil?

Para hacerlo sabiamente se requiere comprender estas cualidades y un lenguaje, un vocabulario para expresar sus sutilezas.

Pero ¿dónde encontrar este lenguaje? ¿Cómo explicar estos matices?

Hay una fuente que se nos revela específicamente en esta época del año. Se trata de un lenguaje contenido en la Cuenta del Ómer , una mitzvá que realizamos durante los cuarenta y nueve días entre Pésaj y Shavuot .

Tras la salida de Egipto de los hijos de Israel , transcurrieron cuarenta y nueve días antes de que recibieran los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí. La tradición enseña que cada uno de estos días fue necesario para que los hijos de Israel se perfeccionaran y fueran merecedores de este don. Cada día, examinaban y corregían una nueva cualidad de sus rasgos y cualidades. Fueron cuarenta y nueve en total.

Estos cuarenta y nueve rasgos se componían de siete atributos básicos. Cada uno de ellos contenía todos los otros siete, formando así cuarenta y nueve.

Los cabalistas nos dicen que el alma del hombre incluye estos siete atributos básicos:

  • Amor/Bondad ( Chesed )
  • Vigor/Disciplina ( Gevura )
  • Belleza/Armonía/Compasión ( Tiferet )
  • Victoria/Resistencia/Determinación ( Netzach )
  • Humildad/Devoción ( Hod )
  • Fundación/Vinculación/Conexión ( Yesod )
  • Majestad/Dignidad ( Maljut )

A medida que cumplimos con la mitzvá de contar los días y las semanas desde Pésaj hasta Shavuot , cada una de las siete semanas está dedicada a un atributo diferente: una semana para la Bondad, otra semana para la Disciplina, otra para la Compasión, etc. En cada uno de los siete días de la semana refinamos otro de los siete aspectos del atributo de la semana. Por ejemplo, en la semana dedicada a la bondad, dedicaremos un día a refinar ese aspecto de la bondad que requiere disciplina y otro día a refinar ese aspecto de la bondad que requiere compasión, y así sucesivamente. Durante la semana en que estamos refinando la belleza, pasamos un día refinando ese aspecto de la belleza que requiere dignidad y otro día en ese aspecto de la belleza que requiere humildad, hasta que hayamos refinado los siete aspectos de la belleza.

En definitiva, todos los rasgos de carácter se derivan de combinaciones de estos siete rasgos básicos. Cada cualidad interactúa continuamente con las demás y, al hacerlo, tiene la capacidad de modificar su expresión y efecto. Para ser completo, un rasgo de carácter debe incorporar los siete; la falta o el exceso de incluso uno de ellos lo vuelve corrupto y, en algunos casos, dañino. La disciplina, por ejemplo, puede fácilmente convertirse en crueldad con solo una ligera exageración.

Sabiendo esto, podemos usar estos atributos para empezar a distinguir y explicar el carácter y el comportamiento de nuestros hijos y el nuestro. Estos atributos, que contabilizamos y perfeccionamos en nuestro viaje de cuarenta y nueve días, pueden servir como base de un nuevo lenguaje: el Lenguaje del Alma.

Este lenguaje nos proporcionará un vocabulario que nos permitirá nombrar e identificar, y luego hablar con nuestros hijos, sobre cualidades que no son tangibles, que no se pueden tocar ni ver, pero que se pueden expresar en acciones.

Si aprendemos a hablar de estas cualidades internas con nuestros hijos de maneras claras, específicas y concretas, tenemos la posibilidad de penetrar en sus corazones y mentes y abrir su propia capacidad de comunicarse con nosotros desde una parte más profunda de ellos mismos.

Usando los siete atributos como guía, podemos hablar con nuestros hijos no solo sobre qué es algo, sino también cómo lo es. No solo podemos definir la bondad, sino también describir cómo se manifiesta en acción. ¿Siempre se manifiesta igual? ¿Puede un mismo acto ser bondadoso en una situación y cruel en otra? ¿Puede un acto parecer cruel y, sin embargo, ser bondadoso? ¿Cómo y por qué?

La expresión de cualquiera de estos siete atributos requiere modificación dependiendo de las circunstancias y da como resultado una variedad de formas en las que una cualidad particular puede expresarse de manera diferente para satisfacer una situación específica.

Si ser servicial es bueno, ¿por qué no lo es ayudar a alguien a robar? Si ser valiente es importante, ¿por qué hacer algo peligroso está mal? Si ser leal es meritorio, ¿por qué no seguir a la corriente incluso cuando creo que hacen algo perjudicial? Si la tolerancia da como resultado un mundo más pacífico, ¿por qué a veces debo oponerme a lo que alguien hace o distinguir entre el bien y el mal?

A medida que explora cada una de estas siete cualidades y comprende cómo se afectan entre sí, comienza a ver que la falta o la adición de cualquiera de ellas cambia dramáticamente el significado o la expresión de las demás.

Aunque la esencia del “amor” es dar, ¿sería un niño amoroso si le diera una caja de fósforos a un amigo de siete años, o si regalara, sin preguntar, un juguete que pertenece a su hermano o hermana, o si dijera una mentira para evitar que un amigo se meta en problemas?

Si dedica tiempo a reflexionar sobre cada una de estas siete cualidades (amabilidad, disciplina, compasión, perseverancia, humildad, conexión y dignidad) y cómo interactúan entre sí, puede usarlas como una lista de verificación para ver cuáles, si alguna, faltan o sobran en una situación dada. Esto le permitirá hablar más fácilmente de ellas con sus hijos.

Tomemos como ejemplo la asertividad. Muchos deseamos fomentar este rasgo en nuestros hijos. Es una cualidad interior necesaria para el éxito y la independencia (ir contra la corriente). Sin embargo, sabemos que la asertividad roza la agresividad y puede convertirse fácilmente en una cualidad mal utilizada o abusada, lo que resulta en rasgos de carácter potencialmente negativos. Pero ¿cómo explicarles esta distinción a nuestros hijos? Intentemos aplicar nuestra lista de siete atributos.

Por ejemplo, ¿cómo se vería la asertividad si careciera del atributo del amor o la disciplina? ¿Cuántas veces has conocido a alguien que dice ser asertivo, pero destila hostilidad? ¿Puede tu hijo ser asertivo y compasivo (comprensivo y considerado con las necesidades de los demás) al mismo tiempo?

Por un lado, ser asertivo puede ayudar a tu hijo a ser independiente y a no seguir a la multitud. Puede evitar que sufra acoso. Pero sin inculcarle humildad y compasión, ¿cómo puedes estar seguro de que no se convertirá en el próximo acosador? Sin humildad, aunque la asertividad de tu hijo pueda traerle éxito, ¿podría también derivar en arrogancia y orgullo?

¿Qué tan efectiva será la asertividad de tu hijo si le falta perseverancia? ¿Por qué algunas personas muy asertivas, apasionadamente dedicadas a su valiosa meta, aún carecen de la capacidad de lograr mucho? ¿Será que, con toda su fuerza y ​​entusiasmo, les falta perseverancia y disciplina?

¿Y con qué frecuencia nos hemos encontrado con personas asertivas, disciplinadas y comprometidas que carecen de apertura a nuevas ideas o de la flexibilidad para responder a situaciones cambiantes? ¿Será que les falta conexión con un mundo vasto y en constante cambio? ¿Acaso no ven que sus acciones afectan a este mundo de maneras más profundas que ellas mismas, y que el mundo al que están conectadas las afecta constantemente a ellas y a sus metas? ¿O, al carecer de esta cualidad, tienden a un enfoque egocéntrico de la vida que puede impulsarlas hacia sus metas individuales a expensas de los demás, sin un impacto positivo en el mundo que las rodea?

Y finalmente, al adquirir asertividad, su hijo debería tener un sentido de dignidad: un sentido de autoestima y de ser digno del respeto de los demás. Cuando lo piensa, ¿no se lograría esto a menos que su hijo fuera capaz de ser asertivo de una manera amorosa, disciplinada y compasiva, ejerciendo resistencia y humildad, y reconociendo las consecuencias de sus acciones tanto para sí mismo como para los demás? ¿No conocemos todos a personas asertivas que carecen de una de estas cualidades y, en consecuencia, no se ganan nuestro respeto? ¿No tiene su hijo un compañero de escuela que parece siempre conseguir lo que quiere, pero que no es querido ni respetado por los demás niños? ¿Podría identificar uno o más de los siete atributos que le faltan a este niño? ¿Puede ver cómo la falta de cualquiera de los siete atributos básicos puede convertir rápidamente una cualidad positiva en una negativa? ¿Puede explicárselo a su hijo?

Después de leer el párrafo anterior, ¿puede usted imaginar una conversación con su hijo en la que intente explicarle la diferencia entre un comportamiento asertivo y agresivo utilizando los siete atributos como vocabulario?

FUENTE

La vista desde la ventana de mi hijo

Por Jay Litvin

Como padres, sabemos más que nuestros hijos. Somos mayores y más sabios. Tenemos más experiencia, y esta experiencia a menudo nos hace más prácticos y más inteligentes ante las cosas del mundo.

En nuestro deseo de ayudar a nuestros hijos, a menudo nos inclinamos a compartir este conocimiento con ellos, a darles consejos o simplemente a decirles lo que sabemos cuando pensamos que les será útil.

Pero al reflexionar sobre nuestras propias vidas, podríamos descubrir que recibir el conocimiento de otra persona, que nos contara la sabiduría de su experiencia, no fue lo más útil. En cambio, preferimos descubrir la verdad por nosotros mismos. Y agradecemos a quienes nos ayudaron en este proceso de descubrimiento, en lugar de interrumpirlo.

Como padres, desempeñamos muchos roles y podemos establecer diversas formas de relación con nuestros hijos. Entre ellas, la de maestro, guía y mentor; amigo, aliado, compañero y apoyo. Debemos ser, con delicadeza, portadores de sabiduría, autoridad y disciplina, a la vez que fuente de amor incondicional, calidez y aceptación.

Creo que estos roles se complementan, no se contradicen. La cercanía con nuestros hijos no debilita nuestra autoridad, cultivar la amistad no disminuye el respeto, y aceptarlos tal como son no les niega la oportunidad de mejorar. Es más bien cuestión de tiempo y discernimiento, de evaluar cada oportunidad para determinar qué aspecto de nuestra relación queremos fomentar y será más beneficioso en cada momento.

En nuestro afán por educar y guiar a nuestros hijos, podemos pasar por alto demasiado rápido un paso esencial: conocerlos y aceptarlos tal como son, tal como perciben y comprenden el mundo que los rodea. Sin este paso, nuestros esfuerzos por educarlos y guiarlos podrían no solo ser inútiles, sino también generar rebeldía. Conocerlos y aceptarlos tal como son, explorar con ellos cómo ven el mundo y compartir la admiración mutua por las múltiples maneras en que el mundo puede percibirse y comprenderse, contribuirá a nuestros esfuerzos de educación y orientación y, al mismo tiempo, nos acercará más a ellos.

En lugar de ver a nuestros hijos como recipientes vacíos esperando ser llenados, y a nosotros mismos como fuentes rebosantes de conocimiento ansiosas por llenarlos, imaginemos por un momento que nuestros hijos poseen sus propios niveles de conocimiento y experiencia. Y aunque no seamos recipientes vacíos, al menos dejemos de lado las ideas preconcebidas sobre quiénes son y qué saben, y acerquémonos a ellos con genuina curiosidad y asombro.

Los niños no siempre tienen sentido, pero suele haber algo de sentido tras lo que a primera vista puede parecer absurdo. Si usted, como padre, cree esto, su conversación con sus hijos tendrá como objetivo descubrir su sentido, el significado o la lógica que se esconde tras sus palabras. Al hacerlo, formará parte de una encantadora aventura al descubrir qué y cómo piensa su hijo y cómo entiende el mundo. Y si logra hacerlo sin intentar corregir su pensamiento, se adentrará cada vez más en la realidad de su hijo tal como es, comenzará a conocerlo tal como es y a ver el mundo como él lo ve, independientemente de si esto se ajusta a la percepción adulta de la realidad tal como la experimenta usted.

Por lo tanto, un ingrediente clave para este viaje hacia el yo interior de su hijo es una curiosidad genuina sobre quién es. Esta curiosidad, libre de segundas intenciones, surge tanto del cariño por su hijo como de la afirmación de que la realidad, para ambos, es más una cuestión de percepción que de hechos. En otras palabras, el mundo es lo que nosotros creamos de él. Lo que vemos y pensamos en la realidad a menudo depende de la perspectiva a través de la cual cada uno ve el mundo de forma única.

Simplemente buscas vislumbrar el mundo a través de la perspectiva de tu hijo. Será una perspectiva única. Cada uno de nosotros, niños y adultos, ve y comprende el mundo de forma única.

¿Esto generará confianza y cercanía? Analiza tus relaciones con quienes te rodean. En un entorno tolerante, con personas que sienten una genuina curiosidad por cómo vemos el mundo y que nos animan a compartir nuestras percepciones, ¿quién no querría ser franco? A menudo, nos sentimos halagados por tal atención, satisfechos de que nuestras opiniones y puntos de vista sean considerados y valorados.

Los niños no son la excepción. Ellos también florecerán gracias a tu genuina curiosidad e interés, a tu aceptación y aprecio por su visión del mundo. Percibirán no solo tu interés y cariño, sino también cómo te enriquece el privilegio de compartir la visión del mundo de otra persona, especialmente la de alguien a quien amas.

¿ Te enriquecerás ? Sin duda. Porque uno de los grandes placeres de este viaje de descubrimiento es el don de compartir el mundo de otro. Es como si se te diera la capacidad de ver el mundo con nuevos ojos, de descubrir un mundo tan auténtico como el tuyo, pero hasta ahora completamente desconocido para ti. No estás descubriendo el mundo de un niño, sino el mundo que experimenta tu hijo. Y es tan real como el tuyo o el de tu esposo, esposa o mejor amigo. Es tan fresco como el de Rembrandt, tan trascendental como el de Einstein, tan inusual como el de Van Gogh, tan aterrador y macabro como el de Edgar Allan Poe. Tiene su propia armonía y lógica, si tan solo pudieras detenerte lo suficiente para escucharlo y comprenderlo.

Un padre relata:

Al mirar por la ventana, mi hijo vio un árbol cuyas ramas se balanceaban vigorosamente hacia adelante y hacia atrás.

“¿Cómo hace el árbol para mover sus ramas de esa manera?” preguntó.

Sin levantarme de la silla ni apartar la vista del libro, empecé a responder: «El árbol no mueve las ramas, hijo. El viento sí…». Pero antes de que pudiera pronunciar las palabras, me contuve. En lugar de eso, me levanté y me acerqué a la ventana para reunirme con mi hijo. Miré el árbol. Desde dentro de nuestra habitación, tras la ventana, no podía sentir ni oír el viento. Vi, en cambio, un árbol con sus ramas moviéndose silenciosamente y pensé: «Desde esta habitación, ¿cómo podía estar seguro de que las ramas se movían por el viento y no por voluntad propia?».

Mientras estaba allí con mi hijo observando el árbol, quedé fascinado por el movimiento de las ramas y el brillo de las hojas. Mi mente se aquietó y perdí la certeza de qué causaba el movimiento de las ramas. ¿Era el viento o algún movimiento expresivo e independiente del árbol?

“Ya entiendo”, le dije a mi hijo. “El movimiento del árbol es muy hermoso”.

¿Crees que el árbol está bailando?, preguntó mi hijo.

“¿Por qué estaría bailando?” pregunté.

“Tal vez sea feliz porque brilla el sol”, dijo.

“Quizás”, dije.

“O porque es primavera”, añadió, “y ya no hace frío”.

“Quizás”, dije.

Mientras seguíamos observando el árbol juntos, yo también comencé a percibir su danza. Disfrutaba del movimiento y el balanceo de las ramas, percibiendo pequeños matices que no había notado antes. Parecía haber un ritmo en el movimiento, primero fuerte y enérgico, luego ligero y suave, luego más vigoroso, a veces casi violento.

¿Están vivos los árboles?, preguntó mi hijo.

Sí, respondí, están vivos.

“¿Sienten cosas?” preguntó.

—No lo sé —dije—. ¿Por qué lo preguntas?

“Porque este árbol parece feliz”, respondió. “¿Puede un árbol estar feliz o triste?”

“¿Qué quieres decir?” pregunté.

“En invierno, los árboles parecen tristes”, dijo. “Sus ramas cuelgan y se ven fríos y solitarios. Pero ahora, con las hojas, el sol brillando y los pájaros volando, parece feliz”.

“Déjame mirar”, dije.

Miramos por la ventana en silencio. Observé otros árboles y, aunque también se movían con el viento, cada uno se movía a un ritmo diferente, y parecía expresar algo singular y único en su movimiento. No todos los árboles danzaban.

“Mira ese roble enorme de allá”, dije. “¿Qué crees que estará sintiendo?”

“También está contento”, dijo. “Pero no baila tanto. Creo que es porque es más viejo y quizá sus ramas están rígidas. O quizá no le entusiasman tanto el sol y la primavera. Ya los ha visto demasiadas veces y está acostumbrado.”

“Sí”, dije sonriendo por dentro.

Para entonces, amaba este árbol. O al menos sentía tanto amor que me era imposible excluirlo de mis sentimientos. Y comencé a preguntarme si el árbol me causaba estos sentimientos. ¿O era simplemente un catalizador, como el viento, que generaba una respuesta en mí, al igual que el viento generaba una respuesta en el árbol?

“¿De verdad crees que el árbol está bailando?”, le pregunté a mi hijo.

“No lo sé”, respondió.

“¿No lo sabes?” pregunté, sorprendida por su repentina incertidumbre.

“Si fuera baile”, dijo, “necesitaría música”.

“Ah, ya veo”, dije. “Necesitaría música”.

Y luego dijo:

“Pero quizá la música esté en el viento. Quizá el viento traiga una música que solo los árboles puedan oír.”

—Sí, hijo —dije—, quizá el viento lleve una música que sólo los árboles puedan oír.

Y comencé a soñar con científicos con oídos e instrumentos para oír la música del viento y que escuchan su cambiante armonía.

Mi hijo interrumpió mis pensamientos.

“¿Papá?” dijo.

“Sí, hijo.”

“Realmente no me gusta mi profesora en la escuela.”

Y luego hablamos de esto un rato, de pie junto a la ventana. Y aunque no podía saberlo con certeza, presentía que el árbol nos observaba y me preguntaba si nosotros —el árbol, mi hijo y yo— compartíamos la satisfacción de ese momento.

Oportunidades

Por Chana Weisberg

Ayer vi a mi hija comer una rebanada de su pastel de chocolate favorito. Saboreó cada bocado y se lamió los labios, disfrutando de cada migaja.

Hoy observé a mi hija dibujar, concentrada en perfeccionar su obra maestra con brillantina y pegamento. Con la cara llena de concentración, disfrutaba de cada línea, de cada brillo dorado.

Hace poco, vi a mi hija subir a la cima del tobogán alto, amarillo y sinuoso. Se reía con ilusión mientras subía, y luego se reía a carcajadas con alegría al deslizarse hacia abajo. Disfrutó cada bache de su aventura.

Observo el rostro de mi hija. Siento sus emociones. Irradia una alegría optimista por la vida, amor por estar viva, gratitud por estar aquí y poder disfrutar de estos momentos.

El suyo no es un placer narcisista ni egoísta. La observo y percibo la misma alegría radiante mientras se prepara para obsequiarme algo de su trabajo o para “ayudarme” con una tarea diaria.

Es alegría de vivir . Es simplemente un placer por los momentos que la vida nos regala, las oportunidades y los desafíos que se nos presentan. No intenta ser alguien especial. Simplemente se complace en ser y, al serlo, en crecer como persona a través de las oportunidades diarias.

A medida que maduramos, nos privamos de esta simple alegría al centrarnos en nuestras metas y logros ambiciosos, en nuestros éxitos y fracasos. Construimos parámetros rígidos para definir nuestro éxito como personas. Competimos en nuestras carreras, en nuestros gimnasios; competimos con nuestros colegas, con nuestros amigos y con los modelos a seguir de nuestra vida.

Siempre hay alguien o algo que me hace sentir insignificante. Hay alguien que hace algo mucho mejor, o incluso más, que yo. Y cuando no es otra persona, soy yo mismo, con una nueva meta autoimpuesta que me dice que debo preocuparme por lo que aún no he logrado o por lo que no puedo hacer.

El deseo de hacer y lograr es positivo si nos impulsa a traer más bien a nuestro mundo. Pero si ese fuera realmente el incentivo, acogeríamos con agrado cualquier oportunidad, ya sea que conduzca a un ascenso o a un beneficio futuro, o simplemente a servir a Di-s en nuestro mundo.

Recuerdo cómo, hace años, mi hijo mayor llegó un día de la escuela con una mirada melancólica. Debía de tener siete u ocho años por aquel entonces.

“Me gustaría no tener el pelo rubio”, confiesa.

¿Por qué?, pregunté con asombro.

Porque no creo que el rubio sea cosa de erudito. No creo que Moshe Rabbeinu ( Moisés ) tuviera el pelo rubio.

Recuerdo sentirme triste al ver que su optimismo infantil comenzaba a erosionarse. Fue la primera mella en su inocencia innata de poder “ser la mejor versión de uno mismo” a través de cualquier carácter, talento, recursos intelectuales o apariencia única con la que uno haya sido dotado.

En las cajas artificiales e inflexibles de definición de logros que nuestra sociedad ha construido, perdemos no solo nuestra individualidad, sino también nuestro optimismo a la hora de forjar nuestro propio camino para hacer de nuestro mundo un lugar mejor, a nuestra manera única.

En la búsqueda de esta forma rígida de éxito, ¿quizás hemos olvidado que hay muchos caminos para contribuir?

El camino más grande, creo yo, es el que llevamos innato cuando somos niños: la simple alegría de aprovechar cada oportunidad como medio para crecer y, de ese modo, servir a nuestro Creador tal como Él nos ha dotado.

No por adónde nos llevará. No porque quede bien en el currículum ni porque mejore nuestra reputación o perspectivas comunitarias. No porque se considere importante o se tenga en alta estima. Ni siquiera porque nos guste hacerlo.

Pero simplemente porque esta es una oportunidad que Di-s nos ha proporcionado en nuestra vida, para usarla, como todas las otras experiencias, para descubrir algún crecimiento.

La próxima vez que tu hijo disfrute del momento, sea cual sea su actividad, observa su rostro con atención. Observa cómo usa su actividad para traer más alegría a nuestro mundo.

Y luego intenta descubrir la alegría radiante en sus ojos reflejada en los tuyos.

Mantené tu palabra

“Pero papá… VOS DIJISTE…”

“Sí, yo sé, pero ¡no sabía que la casa se quemaría ayer!”

“¡No me importa! VOS DIJISTE que me arreglarías la bicicleta ¡¡¡HOY!!!”

“Pero Susi, tu bicicleta ¡¡¡se DERRITIÓ con el fuego!!!”

“Pero vos DIJIIIIISTEEEE….”

¿Es Susi irracional? Tal vez. Pero el grado de desilusión de Susi y el inevitable berrinche consecuente sucedió mucho antes del incendio.

La expectativa para su desilusión es criada, no nacida. Y una vez que surge en la personalidad del niño, es como gasolina que se almacenó pobremente en un garaje atestado…le lleva poco tiempo encenderse. Y así como un incendio puede ser prevenido a través de pasos simples y prácticos, también puede suceder con escenas volátiles de frustración y culpa.

¿Cómo? Siguiendo una regla básica de oro: Mantené tu palabra.

Esto puede ser un consejo bastante obvio pero imposible, dado al curso cambiante de la realidad entre una promesa y su cumplimiento. Pero con siete niños he hecho miles de promesas. Y aún así, he encontrado posible mantener la regla de “cuida tu palabra” la mayoría del tiempo. He aquí algunas maneras que me han ayudado.

1) Mira el futuro

A pesar de que las desilusiones inevitablemente ocurran, es posible para los niños aceptarlas sin culpas ni enojo, manteniendo una mirada optimista y bien orientada que los ayudará mucho en alcanzar las metas de sus vidas, tanto en el futuro distante como en el cercano. Pero primero, nuestros hijos deben aprender a confiar en los padres y a creer que cuidar nuestras palabras es una preocupación vital para nosotros. Al hacer esto, podemos crear en nuestros hijos una expectativa que lo que nosotros prometemos, lo cumplimos.

2) Hacé tu propio compromiso

Primero, tenemos que hacer un compromiso, para nosotros mismos más que para nuestros hijos, de cuidar con nuestra palabra. Esto es una decisión moralmente correcta y práctica. Cuidar nuestra palabra con nuestros hijos es simplemente la mejor política.

Ningún niño quiere enojarse con sus padres. Amor y confianza son las tendencias naturales del niño. Quieren creer en nosotros. Precisan confiar en nosotros para sentirse seguros y a salvo. Cada cosa, depende de nosotros. Desconfianza y desilusión son criadas internamente, no congénitas. Las engendramos con nuestros “pequeños” actos de comportamiento inapropiado.

Cuando no puedes cumplir con la promesa de llevar a tu hijo al zoológico, por ejemplo, tu desilusión de no poder cumplir con tu palabra debería ser tan grande como la desilusión del niño de no poder ir al zoológico.

3) Mantené tu Palabra

Una vez que te has comprometido en cumplir con tu palabra, intenta cumplirla siempre que puedas, especialmente cuando es fácil. Ya habrán varias veces en las que no podrás hacerlo, o en las que te será difícil.

Si decís que leerás un cuento, entonces hacelo. Si deciís que irás a caminar, también hacelo. Si decís que arreglarás la bicicleta (y la casa no se incendió), hazlo.

Hay que acordarse de nuestro compromiso y visualizar estos surcos del carácter. Forzar el futuro entero de nuestro hijo a que aparezca en nuestra mente. Imaginar que todo su futuro está sostenido en el balance de nuestra elección. Decirnos a nosotros mismos: “Ya sea si cumplo mi palabra o no, en este momento es otra gota de agua que talla la ranura del futuro crecimiento y desarrollo de mi hijo”.

Puede ser una exageración. Pero las exageraciones siempre ayudan cuando probamos nuevos comportamientos en nosotros, especialmente cuando estos comportamientos compiten con nuestros propios deseos.

Mantener nuestra palabra a nuestro hijo en ese momento debe ser más importante que el resto de las cosas.

4) Llamate vos mismo  la atención

“Papá, anoche le leíste una historia a Dovid, ¡dijiste que hoy me leerías a mí una!” “Por supuesto que lo haré querida, si Papá dijo que lo haría, entonces lo va a hacer”

“Mamá, ¿puedo tomar un vaso de leche?” “Estoy en el teléfono querida, pero te lo daré apenas corte”. Si la mamá de Sara ha creado confianza, Sara va a creer en su mamá. No va a esperar una hora, pero probablemente tolere unos quince o veinte minutos.

Cuando cumplimos con nuestra palabra, nuestros hijos se relajan. Saben que les estamos diciendo la verdad y que haremos lo mejor. Tienen fe en nosotros. Y la fe permite relajarse, tener paciencia y auto controlarse.

Cuando esto sucede, nuestros hijos paran de intentar controlarnos y manipularnos con su enojo y berrinches. Ellos creen en lo que decimos, no solo para darles lo que quieren, sino porque cumplir con nuestra palabra es importante para nosotros, sus padres.

5) Si no puedes hacerlo cuando dijiste, hacelo después

En caso de que algo te prevenga de cumplir con tu palabra, busca la primera oportunidad para poder cumplir con la frustrada promesa. Y si queremos ser conocidos como el hombre o la mujer que cumple con su palabra, lo mejor sería no arruinarlo la próxima vez.

Pregúntate: ¿Realmente tendré tiempo el próximo jueves? ¿Podré encontrar a alguna niñera? Si llevo de compras a Jaim el próximo miércoles, ¿Qué haré con los otros niños?

Es importante prever los obstáculos, y no comprometerse con los niños cuando hay dificultades potenciales que puedan alterar la habilidad de realizar las promesas. ¿Estaré demasiado cansado? ¿Podré conseguir los boletos? ¿Realmente podré salir temprano del trabajo? ¿Precisará mi esposa el auto?

Le llevará tiempo a nuestros hijos desarrollar la fe en nosotros que queremos establecer. En los primeros pasos de la construcción de la confianza, podemos encontrarnos con algunas frustraciones cuando nuestros planes interfieren con las pequeñas sorpresas de la vida, y no podemos hacer lo que les hemos dicho a los niños que haríamos. Así que, se precisa de paciencia, mezclada con nuestro compromiso de construir aquellos surcos para el futuro.

Beneficios y Conclusiones

Cambiar las expectativas de nuestros hijos y la respuesta a su desilusión y cultivar el carácter de la confianza en ellos, son dos de los beneficios de cumplir con nuestra palabra. Pero si esa es nuestra motivación principal, entonces no va a funcionar, ni para nosotros ni para ellos.

Los niños son muy sensibles a nuestra autenticidad. Saben inmediatamente cuando nuestro comportamiento es una máscara que vestimos para su beneficio. Si la confianza y el cumplimiento de la palabra es importante sólo como un mecanismo para desarrollar ésta característica en ellos, entonces sabrán y se sentirán manipulados. Pero si la característica la valoramos realmente, y es muy importante para nosotros, entonces ellos también percibirán esto, y querrán ser como nosotros.

Seremos el espejo en lo que ellos verán su ser digno de confianza.

El ingrediente más importante para el éxito es la entrega del corazón,  el verdadero deseo y compromiso de ser una persona que cuida su palabra.

Siempre les estamos diciendo a nuestros hijos (y a nosotros mismos) cómo ellos (y nosotros) “deberíamos” ser: Más virtuosos, más honestos, más confiables, pacientes, y sensibles con los otros.

Pero debemos ser nosotros los que enseñemos y practiquemos los valores porque es la mejor manera para nosotros de ser.

Habrá muchos beneficios a este enfoque de “cumplir con tu palabra”. Habrá resultados rápidos y prácticos, como ser, evitar rabietas. Y habrán resultados agradables a largo plazo cuando veamos a nuestros hijos crecer, siendo pacientes, honestos y gente confiable. Nosotros no inculcamos estas características en nuestro hijo: Sólo Di-s puede hacerlo. Pero nuestro ejemplo les permite sacar adelante estas muy recomendables características de ellos mismos.

Por Jay Litvin

Un hogar sano

Hay que hacer todo lo posible por asegurar la paz en casa. Hay tres elementos clave en la construcción de una vida de hogar pacífica: la relación entre los miembros de la familia, la atmósfera del hogar mismo, y el modo en que el hogar funciona.

El tono de las relaciones dentro de la familia lo dan los padres: cómo se aman y respetan, cómo realizan juntos las actividades diarias, cómo se comunican. 

Marido y mujer deben hacer de su relación su más alta prioridad. Deben pasar tiempo juntos, tener charlas significativas y disfrutar cada uno de la compañía del otro. Sí, deben compartir las responsabilidades hogareñas y financieras, pero también deben compartirse a, sí mismos, es decir, los temas personales y filosóficos que son importantes para ellos.

Todo el mundo reconoce la tragedia del derrumbe de la familia y sus efectos devastadores sobre hijos y padres por igual. Ahora estamos presenciando una vuelta a creencias más tradicionales. Se están haciendo mayores esfuerzos por lograr matrimonios duraderos; las parejas están decidiendo tener más hijos y pasar más tiempo con ellos.

Pero el deseo de pasar tiempo juntos no basta. Aun cuando los padres aman genuinamente a sus hijos, pueden tener problemas de comunicación. Los motivos pueden ser obvios: cuando las discusiones más importantes de una familia tratan del tamaño del televisor que comprarán, por ejemplo, la familia se desintegrará naturalmente. Esto es producto tanto de nuestra sociedad materialista como de nuestro egoísmo natural.

Cuando cada miembro de una familia se preocupa principalmente por sí mismo, la familia está destinada a sufrir. Cuando el padre se queda hasta tarde en la oficina, cuando la madre está absorta en su carrera o en su trabajo comunitario, cuando los hijos se preocupan sobre todo por fiestas o proyectos escolares, no pueden mantener relaciones profundas dentro de la familia. Pueden dormir bajo el mismo techo y comer en la misma mesa, pero estarán a mundos de distancia.

Cuando una familia comparte principios y valores, en cambio, crecen juntos. El hogar se vuelve un fundamento del sentimiento compartido de finalidad de la familia, a la vez que da la plataforma de lanzamiento para que cada miembro procure sus propios objetivos

En esos hogares, las familias se quedan hasta tarde en la noche hablando sinceramente de lo que los ocupa. Los niños juegan y leen libros. Los jóvenes debaten cuestiones importantes entre ellos y con sus padres. Los niños sienten la libertad de hablar de sus miedos y presiones. Toda la familia se reúne para pasar veladas de canciones, juegos y recuerdos. El hogar cobra vida, se vuelve una fuente de energía y esperanza, de urgencia y amor y de tradición. No es el silencio de un hogar lo que lo hace pacífico; es la vida que hay dentro.

Un empresario joven trabajaba mucho y tenía mucho éxito, pero parecía muy triste. Su padre lo notó y fue a hablar con él; el joven se sorprendió cuando, en lugar de preguntarle por su trabajo, su padre le preguntó cuánto tiempo estaba pasando con su familia.

“Con todas las exigencias de este trabajo, tengo muy poco tiempo para eso”, respondió.

“Eso era lo que mi padre solía decir”, dijo su padre. “Todos los días yo esperaba junto a la ventana que él volviera a casa, y todos los días me dormía antes de que llegara. Por el bien de tus hijos, y por el bien de los hijos de ellos, no importa cuánto trabajo tengas, trata de llegar a casa todas las noches a tiempo para darles un beso. No puedes imaginarte cuánto estarás haciendo por ellos… y por ti mismo. “

El segundo elemento de un hogar sano es su atmósfera. Una casa debe ser cálida e invitante tanto para la familia como para los visitantes. Piensen en lo desplazados que nos sentimos cuando estamos de viaje, separados de todas las cosas que conocemos y las personas que amamos. Nuestro hogar debe ser un sitio donde cada invitado se sienta en paz.

Un verdadero hogar es más que una simple casa; un verdadero hogar es una casa hermosa, un jardín. La dinámica de una familia sana es, por supuesto, el ingrediente clave de una casa hermosa, pero el ambiente físico también es importante: el espíritu y el aspecto de la casa. Esto no significa que debamos tener una casa grande y costosamente amueblada, sino que debe reflejar el espíritu de la familia. Un museo puede tener hermosos muebles, pero nadie querría vivir ahí.

Un hogar hermoso también debe estar libre de las influencias que pueden contaminar su plenitud y su gracia espiritual. Por ejemplo: hoy todos reconocemos los efectos dañinos que en la televisión sobre niños impresionables, y, en realidad, sobre jóvenes y adultos. No debemos permitir que la televisión gobierne el hogar. Aunque pueda ser muy difícil de aceptar por algunos, sería mejor no tener televisor, antes que tratar de ver sólo programas positivos.

La máxima belleza de un hogar, por supuesto, es su calidez emocional y espiritual. Hay muchos modos de embellecer una pisa espiritualmente, de invitar a Di-s a nuestro hogar. Pon una alcancía de caridad en cada cuarto. Habla con tu familia sobre Di-s y nuestras responsabilidades como personas de buen corazón. Invita gente a tu casa, y permite que sea usada como lugar de estudio y plegaria, o para reuniones de caridad o asambleas comunitarias.

Esas son las cosas que hacen la casa realmente hermosa; y cuestan mucho menos que los muebles caros o un aparato de televisión. Piensen en cómo reaccionarán los niños a esa atmósfera. Crecerán y recordarán su hogar como un sitio de calidez y bondad, donde la gente se reunía con gusto para hablar de cosas que les importaban. Con toda probabilidad, estos niños se volverán adultos que crearán la misma clase de hogar.

Por último, el modo en que es administrado un hogar es muy importante. Esto incluye todos los aspectos “triviales” del mantenimiento de la casa: horarios y tareas, limpieza y compras, etcétera. Un hogar sano debe ser dirigido suavemente, y no por impulsos de intereses independientes.

Todos deben compartir estas responsabilidades: no por deber sino por amor, porque un hogar sano es una búsqueda de unidad, y todos los miembros de la familia son socios iguales en su éxito.

Extraído de “Hacia una vida plena de sentido” por Simon Jacobson, basado en las enseñanzas del Rebe de Lubavitch. Editorial Kehot.

Severidad amorosa: disciplinar con amor

Criar un hijo es como cuidar de un jardín. Tienes que arrancar las malezas para impedir que lo malo obstruya lo bueno. Pero debes cuidarte de no aplastar en el proceso el espíritu emergente del niño. La meta de la disciplina es que tu hijo logre el autodominio. No puedes ayudarle a hacer esto a no ser que tú misma ejerzas el control. Y no puedes ejercer el control si tienes una mentalidad de venganza caracterizada por la muy conocida creencia infantil: «Si alguien me hace daño tengo derecho a hacerle lo mismo». Nuestra Tora prohibe la venganza (Vaikrá 17:18), excepto, claro está, al lidiar con un enemigo del pueblo judío, ¡una categoría que desde luego no incluye a nuestros hijos! No obstante, puesto que nos pasamos muchos años de la infancia pensando así, lleva un esfuerzo muy consciente librarnos de este concepto, y recordar que aun si nos sentimos heridos por lo que hacen o dicen nuestros hijos, aquello no significa que debamos hacerles lo mismo.

EN PRIMER LUGAR, TEN LA ACTITUD APROPIADA

Librarte de la mentalidad vengativa no significa que no disciplines a tus hijos. ¡Debes hacerlo! No obstante, puedes disciplinar sin ser hostil. Un modo de hacerlo es tener presente el pensamiento: «¿Qué quiero enseñarle a este niño en este preciso momento?». «¿Qué midot quiero que aprenda?». O «¿Cuál es el mejor modo de ayudarle a cambiar sus patrones de hábito presentes?». Debes aun así contener a un niño que esté fuera de control y reprender a un niño lo suficientemente grande para entender. Pero ya no lo harás con furia y odio si tu única intención es enseñarle las habilidades y conciencia que le han estado faltando.

Otra actitud esencial que adoptar a fin de liberarte de todo deseo de hacerle daño a tu hijo es pensar: «Está haciendo lo mejor que puede con las herramientas que tiene en este momento». Repite esta frase por lo bajo una y otra vez, aun si no la crees. Dila para tus adentros mil veces al día hasta que se vuelva un hábito automático dar a tu hijo el beneficio de la duda. Si te sientes violenta, continúa diciendo las palabras una y otra vez para no ceder ante una conducta destructiva. Entonces, aun si tu reprimenda o castigo le causa dolor, el hecho de que actúes con un corazón amoroso maximizará la posibilidad de cambios positivos en el niño en lugar de infundirle un deseo de venganza contra ti.

Lo cierto es que los niños a menudo no tienen las herramientas para lidiar con los impulsos que los abruman cuando están cansados, hambrientos, celosos, ansiosos, tristes, airados, con miedo o aun aburridos. No son malos, pero tienen algunos hábitos malos. Lo creas o no en el momento, dite para tus adentros que si tu hijo hizo algo para causarte dolor, no fue su intención original. Incluso si así fuera esto no justifica hundirse a su nivel y hacerle lo mismo. Cuando dejes de tratar de hacerles daño a tus hijos por hacerte ellos lo mismo, te encontrarás con que te volverás la estricta, pero amorosa, disciplinaria que todo padre debe ser.

No subestimes el poder de las palabras en la educación de tus hijos. No creas que debes explotar con violencia para transmitir tu mensaje, pues el único mensaje que es probable que transmitas sea que explotar está bien.

Quieres que tu hijo sea ético y se controle, pero sensible a los sentimientos de los que lo rodean. Si quieres hijos receptivos y amorosos tienes que disciplinar de una manera responsable y amorosa. El momento para disciplinar no es cuando te sientes furiosa y agresivamente hostil. Es entonces cuando eres propensa a actuar impulsiva e irracionalmente.

No tengas para tus hijos estándares más estrictos de los que tienes para ti misma u otros adultos. Piensa cómo te sentirías si perdieras las llaves, derramaras algo en tu ropa o te olvidaras de ir al banco. ¿Te gustaría que te gritaran, que te dijeran lo tonta que eres, te abofetearan y te dijeran que mereces sufrir? ¿Cómo te sentirías si te invitaran a una comida y no te gustara lo que sirvieran, pero el anfitrión te dijera que tendrías que obligarte a terminar todo tu plato aun si te diera náuseas? ¿Cómo te sentirías si derramaras algo y la anfitriona te avergonzara delante de todos? ¿Cómo se sentiría tener que pedir la autorización de alguien por cada cosa pequeña, y luego tener que esperar en un suspenso agonizante mientras la persona se tomara su dulce tiempo, ignorando por completo la urgencia de tus necesidades?

Cuando cometes una falta, pierdes algo, te sientes mal, o cometes un error de juicio, quieres perdón y empatia. Si mereces una reprimenda, quieres que se haga con tacto y en privado. No quieres a alguien que te llame la atención de tus defectos noche y día. Odias que te reprendan y critiquen. Odias que te recuerden tus errores.

Pero el niño es aún más sensible que el adulto. No tiene la sabiduría ni el entendimiento del adulto. Cuando está angustiado tiene muchas menos elecciones de acción. Suele olvidarse de las reglas. Cuando se siente aburrido e infeliz no sabe qué hacer consigo mismo. Cuando pierde algo quiere que le ayudes a encontrarlo, no que lo regañes por haberlo perdido. Si tiene tendencia al despiste y la desorganización, necesita instrucciones útiles y práctica en cómo ser más organizado. Que lo envíen a la cama sin cenar o que le den una fuerte palmada no le ayuda a aprender ninguna habilidad ni a desarrollar una mayor conciencia de las necesidades de los demás.

La mayor prueba de lo bien que hayas integrado los ideales de la Tora no es cómo actúas cuando todo está bien sino cómo reaccionas bajo el estrés. Es entonces cuando es más importante actuar con otros como te gustaría que lo hicieran contigo. Piensa en cómo te gustaría que te trataran los demás, cuánto quieres que tengan una actitud de perdón y comprensión, hablen con respeto y desde luego no sean punitivos ni indiferentes cuando estés angustiada.

Hace falta una fuerza interior enorme para no verse arrastrada a la negatividad cuando el niño no se comporta, se halla de mal humor o no está a la altura de tus expectativas. Pero es precisamente ahí cuando haces los mayores progresos espirituales porque es entonces cuando tienes la oportunidad de practicar y manifestar el amor incondicional.

Extraído de Criar Hijos – Editorial Bnei Sholem

Puedes repetir eso?

Habla a los kohanim y diles… (Levítico 21:1)
¿Tautológico? Es decir, ¿es una repetición innecesaria? ¿Por qué la doble expresión “hablar y decir” Obviamente debe haber una implicación más profunda en esta doble expresión.

Rashi, el más grande de los comentaristas, explica que Di‐s está enseñando un punto sutil pero muy significativo: no es suficiente simplemente instruir a la gente sobre cómo actuar.
Más bien, uno debe asegurarse de que ellos también transmitirán estas mismas instrucciones a la próxima generación.

Habla y di: Les hablas de tal manera que ellos, a su vez, dirán a sus hijos.
Cuántos grandes sistemas filosóficos han desaparecido, cuántos movimientos renovadores se han extinguido porque no se prestó suficiente atención a iniciar a los jóvenes en la belleza y el propósito de la existencia de sus mayores.
La única manera de asegurar con seguridad la propagación de una forma de vida es formar a la próxima generación mientras son jóvenes, inoculando así contra las dudas que inevitablemente surgirán.

La nación judía nació en el Éxodo de Egipto. Así como un niño es arrojado repentinamente al mundo, desnudo y chillando, así también nosotros fuimos arrojados al desierto, sin estar preparados para la libertad, desnudos de Mitzvot y aun sufriendo con nuestra mentalidad de esclavos.

Así como un niño recién nacido no está física y mentalmente preparado para una vida independiente, y depende de otros para su protección y entrenamiento, también esta nueva nación necesitaba pasar por un proceso de maduración.
Durante las siguientes siete semanas pasamos por un proceso de educación para la vida, de formación para vivir y pensar como hombres libres.

Reproducimos este viaje todos los años durante el período de Sefirat HaOmer, un pasaje anual de siete semanas de duración para la rectificación espiritual.

Cada día es una nueva etapa en nuestro viaje emocional e intelectual hacia la libertad, contando ansiosamente los días hasta que alcancemos la Torá en el Sinaí.
Para asegurar la supervivencia, no es suficiente simplemente traer niños a este mundo.

Se necesita guiar y nutrir a los jóvenes hasta que sean autosuficientes, capaces de pensar de manera
independiente e imbuida de la capacidad de tomar sus propias decisiones.
La verdadera educación es cuando el instructor logra transmitir tal amor y devoción que aún más tarde, cuando se le deja a su suerte, el alumno elige por su propia voluntad seguir ese camino y enseñar esas lecciones a sus propios hijos.