Bó: La oscuridad por dentro

Las últimas tres plagas ocurrieron en Egipto poco antes de que el pueblo de Israel abandonara la esclavitud. La novena plaga, la oscuridad, es descrita en la porción semanal de la Torá de esta semana:
“Ningún hombre vio a su hermano, ni nadie se levantó de su lugar”.

Con esta descripción, un acontecimiento histórico se vuelve contemporáneo y actual. La plaga de la oscuridad pasa a formar parte de la historia atemporal del ser humano, como símbolo de aflicciones análogas frente a las cuales no existe inmunidad.

La simple oscuridad física de la noche se transforma en una enfermedad del individuo, una afección del alma. No hay ceguera más profunda que el egoísmo, que distorsiona nuestra percepción de los demás; una oscuridad que impide ver al prójimo. Esta es la plaga dirigida hacia afuera.

Existe, además, otro aspecto de la oscuridad como aflicción: la complacencia con lo que uno es, el estancamiento que impide el crecimiento personal y evita que el ser humano se eleve de su lugar. Hay una arrogancia presuntuosa en la afirmación tan común que muchos hacen: “Soy una buena persona”. Quienes piensan así, ciegos a sus propias deficiencias, se vuelven insoportables, pues jamás consideran la posibilidad de ser imperfectos.

Estos son los rasgos universales de la plaga de la oscuridad: el egocentrismo que excluye al prójimo de nuestra consideración y la autosatisfacción que nos convence de haber alcanzado ya la plenitud moral.

La oscuridad nos impide ver a los demás y también vernos a nosotros mismos.


Por Zalman Posner

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