La rutina diaria y el cordero diario

Imagínate que alguien te detuviera en la calle y te preguntara: “¿Cuál es el versículo más importante de toda la Torá?”.

Probablemente responderías algo como “Shemá Israel” o quizás uno de los Diez Mandamientos. Tal vez elegirías “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ya sabes, la Regla de Oro y todo eso.

Ésas son opciones razonables.

Bueno, ¡tengo noticias para ti!

El versículo más inclusivo de la Torá

Gran parte de la parashá de Pinjás habla de las leyes de los sacrificios para diversos momentos del año. La Torá detalla las ofrendas que debían presentarse en Shabat, en las festividades y en otras ocasiones especiales. Al comienzo de estas leyes, leemos sobre la ofrenda Tamid, el sacrificio que se ofrecía dos veces al día en el Templo:

“El primer cordero sacrificarás por la mañana, y el segundo cordero sacrificarás por la tarde”.

Estas dos ofrendas eran la columna vertebral del servicio diario del Templo: no se permitía ofrecer ningún otro sacrificio antes del Tamid de la mañana ni después del Tamid de la tarde.

Y parecería que ahí termina todo. Una ley simple acerca de los sacrificios en el Templo.

Pero no es así.

Mira este Midrash, en el que varios rabinos proponen el versículo que, según ellos, resume toda la Torá:

Ben Zoma dice: “Hemos encontrado un versículo más abarcativo: ‘Shemá Israel’”.

Ben Nanas dice: “Hemos encontrado un versículo más abarcador: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’”.

Shimon Ben Pazi dice: “Hemos encontrado un versículo más abarcativo: ‘El primer cordero sacrificarás por la mañana y el segundo cordero sacrificarás por la tarde’”.

El rabino Ploni se puso de pie y dijo: “La halajá sigue a Ben Pazi”.

Espera… ¿qué?

¿Qué quiso decir Rabí Shimon ben Pazi? ¿Por qué un versículo acerca de sacrificios diarios sería el más inclusivo de toda la Torá? ¿Cómo puede este detalle técnico del servicio del Templo compararse con gigantes como el Shemá Israel o la propia Regla de Oro?

La constancia es la clave

El Maharal ofrece una explicación fascinante y profundamente simple: la constancia es la clave.

Sí, amar al prójimo como a uno mismo es fundamental. Y la proclamación de fe del “¡Shemá!” es poderosa y conmovedora. Pero quizá no sean tan decisivos como la simple y aparentemente rutinaria idea de “ofrecer los mismos dos sacrificios todos los días”.

La vida espiritual, afortunadamente, está llena de momentos electrizantes. La plegaria, el resplandor de las velas de Shabat o la emoción de ayudar a otra persona son experiencias que elevan el alma. Son esos instantes en los que uno se siente lleno de energía y alegría por su conexión con Di-s y, en realidad, por la vida misma.

Esos momentos son esenciales. Ninguna persona —por más piadosa o devota que sea— podría vivir sin ellos.

El problema es que no son constantes. De hecho, para muchos son escasos.

¿Y entonces qué?

¿Qué haces cuando las oraciones ya no te inspiran? ¿Cuando las velas de Shabat ya no despiertan emoción? ¿Qué haces cuando la energía espiritual se desvanece o parece dormida?

Es precisamente en esos momentos cuando se revela la verdadera fortaleza.

Te despiertas apático y desganado… y aun así sigues adelante.

¿Por qué?

Porque estás comprometido. Porque entiendes tu relación con Di-s como algo estable, firme e incondicional; una conexión que no depende de estados de ánimo pasajeros ni de impulsos momentáneos.

Una relación comprometida

En realidad, así funcionan todas las relaciones profundas.

¿Las buenas relaciones tienen momentos de pasión, alegría y entusiasmo? Claro que sí.

Pero quienes construyen vínculos verdaderos y duraderos saben que el secreto no está sólo en los momentos intensos, sino en el compromiso cotidiano. En la constancia. En la voluntad de seguir presentes hoy, mañana y dentro de diez años, incluso cuando todo parezca rutinario.

Nuestra relación con Di-s no es diferente.

Hay momentos de inspiración desbordante, instantes en los que uno siente que podría ponerse a bailar de pura alegría espiritual. Ésos son los sacrificios festivos descritos más adelante en la Torá.

Pero también existen los otros momentos: aquellos que parecen repetirse una y otra vez, como el sacrificio diario del Templo que se ofrecía cada mañana y cada tarde, todos los días.

¿Y saben qué?

Es justamente allí donde se pone a prueba la fuerza del compromiso. Y, si perseveramos, es allí donde florece toda su belleza.

Por eso, “El primer cordero sacrificarás por la mañana y el segundo por la tarde” es, sin duda, uno de los versículos más importantes de toda la Torá.

Recibe poca atención… y ése es precisamente el punto.

Considérate afortunado de conocer ahora este secreto.

 

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