El cromosoma ¿Por qué?

Los niños son insólitos. 

Todas las cosas que los adultos inteligentes y mundanos, dan por sentado, los niños preguntan.
Qué padre no ha recibido preguntas tales como:
“¿Por qué el cielo es azul?”
“¿Por qué mueren las personas?”
Y uno se detiene a pensar. Se enorgullece de la habilidad del niño, y profundiza en los recovecos de la mente para dragar alguna olvidada explicación. Pensando la mejor manera de decirlo, repasa la idea, recorta algunos detalles, elige las palabras más fáciles, y dice las cosas como esperaba (ingenuamente) que su hijo quedara satisfecho y el asunto felizmente resuelto.


“El cielo es azul debido a que el aire dispersa todo el resto de los colores, pero permite atravesar al azul” “Las personas mueren porque sus cuerpos se agotan”.

Parece que el niño lo absorbe, reflexiona un poco, empuja su coche de juguete, palmea a su muñeca, juega un poco alrededor de la sala y nos permite regresar a nuestras cosas, pensando que el caso está cerrado, hasta que dentro de una o dos horas o días más tarde habrá que hacer frente a la próxima guardia de control de la realidad.

“Pero, ¿por qué el aire no dispersa la luz azul?”
“¿Por qué los cuerpos se agotan?”


En la sincera curiosidad infantil, se halla la necesidad de conocer la explicación de las cosas.
El juego no se limita a los niños. 

El hecho de que la mayoría de nosotros supera su inherente curiosidad sobre el mundo no es tanto porque sabemos las respuestas, sino más bien porque, a medida que la vida pasa, nos acostumbramos al funcionamiento maravilloso del mundo que nos rodea. 

Cuando ya hemos alcanzado nuestra edad madura, la única pregunta que la mayoría de nosotros se formula es: “¿Por qué a mí? Claro, salvo los científicos.


Quizás los científicos son más sensibles. Tal vez nunca crecieron. O tal vez sufren de una sobre‐actividad de su “cromosoma ¿por qué?” en su ADN. Y, la pregunta sigue siendo: ¿Por qué?

Responder a esto resulta ser más importante que lo que parece, porque la notable costumbre humana de buscar explicaciones nos conduce a las dos unidades más poderosas de las fuerzas sociales en actividad hoy: la ciencia y la religión.
Y puesto que las dos parecen en conflicto, merece la pena el esfuerzo de investigar un poco cómo una pequeña pregunta puede generar dos respuestas radicalmente diferentes.

Como ocurre con muchas otras preguntas, podemos usar el “Principio de Abraham” para resolver esto.
El principio de Abraham establece que cuando dos o más entidades tienen una correlación de estructura o comportamiento, esto
es evidencia de la existencia de un tercero o fuerza causal, externa y más poderosa que ellos, lo que determina su forma o modo de
comportamiento.

Para el científico, la pregunta “por qué” es un viaje de causa y efecto y llegar allí es la mitad de la diversión.
La otra mitad es saber que, independientemente de lo que descubrimos, las preguntas siguen existiendo y al mismo tiempo
aparecen nuevos interrogantes.

Para el religioso sincero también la pregunta “por qué” es una exploración, pero que no termina con algún retroceso infinito, ni un sinfín de preguntas, sino más bien con una respuesta definitiva: que hay una Primera Causa que sembró en el mundo el “el cromosoma ¿por qué?” en nuestra psiquis, y nos dio la habilidad lógica de derivar de nuevo a la fuente, el singular

 Porque ante Quien no hay ¿por qué? ¿Y por qué Él haría una cosa así? Bueno, ¿por qué no?

Un precepto que cumplimos cada instante

En el comienzo de Tazria encontramos el versículo acerca de lo que el judío debe hacer cuando le nace un hijo varón.:

“y en el octavo día circuncidará la carne de su prepucio”.


A pesar de que ya habíamos sido ordenados sobre la circuncisión en tiempos de Abraham, cuando el Altísimo le ordenó circuncidarse, “tú y tu descendencia que te sigue, para todas sus generaciones”, la circuncisión que realizamos no se debe a aquel mandato a Abraham, sino al mandamiento dicho en nuestra Parshá.

La superioridad de este mandamiento por sobre la orden a Abraham radica en que aquella fue personal, transmitida por profecía a un individuo, mientras que el mandato en nuestra Parshá es parte de los 613 preceptos dados al Pueblo de Israel en el Monte Sinaí, y el pueblo todo fue testigo de ello. El precepto de la circuncisión es uno de los más importantes. Son muchos los motivos dados a este precepto: El momento principal del ingreso del alma sagrada al cuerpo tiene lugar con la circuncisión.

Previo a la misma, todavía no se completó la unión entre el alma Divina del iehudí y el cuerpo. Es sólo a través de la circuncisión que se genera entre ambos una unificación completa.

Una virtud adicional de la circuncisión es que se trata de un precepto grabado en la carne del cuerpo. 

Todo otro precepto está relacionado fundamentalmente con el alma (aunque se utilizan los órganos del cuerpo para cumplirla), y este precepto genera un cambio visible en la carne del cuerpo, y el ojo físico ve el vínculo entre el judío y Di‐s. Por eso, se practica la circuncisión a un bebé que no está en condiciones de entender lo que ocurre. 

Si sería un pacto del alma, la pregunta tendría lugar. Pero como se trata de un pacto que se sella en la carne del cuerpo, no hay diferencia entre un bebé y un adulto. 

Por lo tanto, en la primera oportunidad que es posible circuncidar al bebé (puesto que ya tiene ocho días) se sella el pacto eterno entre él y Hashem.

Maimónides escribe que uno de los motivos de este precepto es el refinamiento logrado a través del mismo. La circuncisión debilita uno de los deseos más fuertes del hombre y da la fuerza para superarlo y manejarlo correctamente. El Brit‐ Pacto, constituye la señal del Pacto entre Hashem y el Pueblo Judío, una señal eterna sellada sobre la carne que refleja el profundo vínculo entre el Altísimo y el Pueblo de Israel.

La singularidad de este precepto consiste en su condición de precepto constante. El Talmud relata que el rey David entró en cierta oportunidad a bañarse y cuando se vio sin ropas exclamó: “pobre de mí que estoy desnudo sin precepto alguno”.

Pero cuando se recordó de la circuncisión que estaba sellada sobre su carne, se tranquilizó. Aprendemos que este es un precepto permanente, que continúa hasta la eternidad.

Nacimiento y el renacimiento

El nacimiento y el renacimiento son los temas de este Shabat.

Esto se debe tanto al contenido de la lectura de la Torá como a la época del año en el calendario judío.

La Parashá comienza con las leyes relativas a la mujer que concibe y tiene un hijo.

Se explican las ceremonias que rodean el gran evento y la idea del Brit Milá, el pacto de la circuncisión, que acerca al niño judío a su vínculo especial con Di‐s.

Los Sabios nos dicen que se considera que una niña nace circuncidada. Así, cada judío entra al mundo con un vínculo y una responsabilidad Divinos especiales.

La alegría del nacimiento se expresa por el hecho de que en los tiempos del Templo, la madre feliz traía una ofrenda al Templo como acción de gracias a Di‐s, como se describe en la Parashá.
Es apropiado que esta lectura de la Torá se lea en o cerca del mes de Nisán, un mes alegre inextricablemente vinculado con Pesaj y la redención de Egipto.
Este evento fue el nacimiento real del pueblo judío.

El Éxodo lo describe en estos términos el profeta Iejezkel.
Utiliza la alegoría del nacimiento para describir toda la experiencia del pueblo judío al salir de Egipto, vagando por el desierto mientras confiaba sólo en Di‐s, y luego su posterior desarrollo hasta convertirse en una nación madura que sirve a Di‐s a través de la Torá y sus mandamientos.

También encontramos enseñanzas de la Torá que comparan nuestra experiencia del exilio con un estado de embarazo.
El feto está completamente formado, pero aún no funciona como un ser humano normal.

 

Tiene ojos y oídos, pero no puede ver ni oír. De la misma manera nosotros, el pueblo judío, no somos capaces de funcionar adecuadamente con toda nuestra estatura y sensibilidad espiritual.
Mientras estemos en el exilio, es de esperar que cumplamos las Mitzvot, pero en realidad no somos conscientes de su importancia.
Por esta razón, muchas personas aún no cumplen todas las Mitzvot que deberían.

Amor paternal

Una conmovedora historia, contada en primera persona por su protagonista. Y la figura del Rebe como padre de todo judío.

Antes de la Guerra, mi papá estudiaba en la Ieshivá (seminario rabínico) en Hungría. A pesar de que no tuvo una formación Jasídica, se aseguró de que yo la tuviera. Cuando era un niño, me llevó a ver al Rebe de Lubavitch, al de Satmar y al de Bobov. Quería que experimentara todo el espectro del Judaísmo, lo moderno, lo Jasídico, y lo no jasídico. De esa forma, en donde me encontrara iba a estar cómodo.

En 1973, el año de mi Bar Mitzvá, mis padres me enviaron a un campamento de verano en Israel. Cuando regresé, me enteré que mi padre iba a tener una operación. Resultó ser que tenía cáncer de colon, y desde ese momento, su salud comenzó a empeorar.

Dos años más tarde, justo antes de Purim, la condición de mi papá agravó. Fue al hospital, los doctores lo examinaron, y luego me dijeron: “Mejor que vuelvas a casa, tu padre se quedará esta noche en el hospital”. Esa noche vieron que no había mucho para hacer, solamente intentar que el final sea lo menos doloroso posible.

Por supuesto que no queríamos darnos por vencidos, por lo que fuimos a varios Rabinos para bendiciones. También intentamos con medicinas alternativas. Mi padre estaba bajando mucho de peso. Nada estaba funcionando.

Luego, un primo nos dijo: “Deben ir a ver al Rebe de Lubavitch”.

Era invierno, la primera semana del mes de Kislev. Fuimos cinco personas, mi papá y mi mamá, mi abuela, mi hermana y yo. Mi padre estaba muy enfermo…estaba demacrado, su rostro había perdido su brillo.

Entramos a la oficina del Rebe. Me paré atrás, y mi papá habló unos minutos con el Rebe. Cuando terminó, comenzamos a irnos, pero de pronto, el Rebe me dijo: “Tu quédate”.

Ya estaba ansioso por todo lo que estaba ocurriendo. Tenía solo dieciséis años en ese momento, y me puse muy nervioso.

El Rebe me dijo: “Kum…Ven para acá”, haciendo gestos para que me acercara. Se acercó a su estante y sacó de allí dos volúmenes del Talmud, tratado de Berajot, y me dijo en Idish:

“De acuerdo a las leyes de la medicina, tu papá está extremadamente enfermo ahora, está cerca del final. Di-s va a ayudar, pero tu papá va a estar deprimido, y tú también estarás triste. Vas a necesitar de fuerzas. Quiero enseñarte algo que te va a ayudar a seguir”.

Abrió la página 10a, y comenzó a enseñarme la historia de Reyes II (20:1-6), en donde el Talmud está discutiendo. El Rey Jizkiahu está enfermo, y el profeta Isaiah lo visita. El profeta le dice al rey que sus días están contados y que debía prepararse para fallecer, pero Jizkiahu se niega a aceptarlo y le dice: “No, yo tengo fe en Di-s”. A pesar que el profeta dice que es demasiado tarde, Jizkiahu comienza a orar, porque “Incluso si la punta de la espada está apuntando tu cuello, nunca debes renunciar a la esperanza”.

Yo estaba parado frente al escritorio del Rebe, y él se encontraba sentado. Pero en el medio de la historia, el Rebe me hizo gestos para que vaya del otro lado del escritorio, para que veamos juntos. Tradujo el diálogo lentamente en Idish, palabra por palabra, marcando el lugar, así como un padre le enseña a su hijo.

“Lo que quiere mostrar el Talmud a través de esta historia, es que no debemos mezclarnos en el trabajo de Di-s. Tenemos que hacer lo que debemos hacer, y Di-s hace lo que Él hace”.

Lo recuerdo señalando las palabras con su dedo, luego me miraba y volvía a señalar. Me hacía repetirlo hasta que lo entendiera. Debido a que mi padre no era muy entendido con el Talmud, el Rebe quería asegurarse de que yo lo entendiera bien para después poder explicárselo: que incluso ante la puerta de la muerte, nunca debes renunciar a la esperanza, nunca debes deprimirte, y debes aceptar la voluntad de Di-s. Llevó un tiempo, como veinticinco minutos.

Lo que me queda en mi cabeza más que cualquier otra cosa, es el amor del Rebe cuando me miraba. Nunca antes había visto este tipo de amor. Aquí estaba yo, un extraño para él, un joven que venía con su padre que necesitaba una bendición. ÉEl dio su Brajá, pero luego dio mucho más. ÉEl vio que este niño precisaba amor paternal, y se lo proveyó.

Cuando salí de la oficina del Rebe, estaba transpirando. Cuando estábamos volviendo a casa, le conté a mi papá lo que había sucedido, y comenzó a llorar. Cuando llegamos, estudiamos esa Guemará por lo menos tres o cuatro veces.

Recuerdo mi padre preguntándome varias veces: “¿Entiendes por qué el Rebe te dijo que estudiaras esto conmigo? ¿Lo entiendes?”

Dos meses y medio luego de nuestra visita al Rebe, mi papá falleció. Era lunes de noche, 18 de Shvat, y lo último que me dijo fue que le había dado muchos Najes.

No tenía parientes. Mi mamá era única hija, la familia de mi padre había fallecido en la guerra, y yo tenía sólo dieciséis años.

No se cómo agradecerle al Rebe por esto, él me sentó y me dijo los hechos de la vida. Todos los demás me hubieran dicho: “No, va a estar bien, va a estar bien”. El Rebe me miró y me dijo cómo estar preparado para ello.

Tuve momentos en que las cosas se ponían difíciles. Dejé la Ieshivá por un tiempo, y me alejé. Pero luego recordé lo que el Rebe me había enseñado. A través de esos años, probablemente había estudiado esa parte del Talmud unas treinta veces, y me puso de nuevo en marcha.

El hecho de que soy un judío religioso y he formado una hermosa familia, es por esa noche que el Rebe pasó tanto tiempo explicándome que cuando tienes un problema, y sientes que estás tocando el fondo, recuerda que nunca debes darte por vencido, porque Di-s está allí. Abre tu corazón hacia Él, y te ayudará.

Los hijos son una bendición

Incluso el mejor de los niños en el mejor de los tiempos a veces necesita un poco de disciplina. Un reciente viaje por la carretera, en donde los tiempos de la comida se habían retrasado, transformó el humor de mi hijo de cuatro años. Olvidando el llanto el cual podíamos controlar, cuando insistió en correr demasiado cerca del borde del muelle, no tuve más remedio que levantarlo y llevarlo de nuevo al coche.

Digamos que no lo había tomado tan amablemente el repentino cambio de planes.

Parcialmente ensordecidos por sus gritos y luchando en agarrarle sus brazos y piernas, todo lo que pude ver en mi caminata por el muelle fueron las miradas de un pequeño grupo de pescadores que se encontraban en mi camino hacia la disciplina.

Se veían tan cómodos y sin preocupaciones. Bronceados por el sol, con la botella de cerveza fría al lado de sus cañas de pescar. No pude dejar de reflexionar sobre la discrepancia entre mi experiencia de vacaciones y la de ellos.

Mientras luchaba para pasar por allí, todos se dieron vuelta a la misma vez para verme.

Teniendo la paciencia casi agotada, y sintiéndome un poco avergonzado por su atención, pregunté: ¿alguno tiene hijos?, y todos respondieron felices “no”.

“¿Quieren uno?”, pregunté luego, señalando al paquete que llevaba en mis brazos.

Obviamente estaba bromeando, ya que no cambiaría a mis hijos por nada. Sin embargo, no podía dejar de pensar en la respuesta unánime de rechazo que recibí de los pescaderos. Claramente no tenían idea de lo que se estaban perdiendo.

Algunas personas simplemente no aprecian la bendición que traen los hijos. Muchos esperan a que las cosas se pongan serias para poder empezar a armar una familia.

Pero, ¿quién dijo que cuando estés listo para la bendición de Di-s, Él los mandará tan libremente? He tenido varias conversaciones con personas que comparten su desilusión por no haber comenzado una familia antes. Ahora se arrepienten, pero ya es tarde.

Cualquier otro placer se hace insignificante cuando se compara con el privilegio de tener hijos.

Cuando nuestro ancestro Iaakov se dio cuenta que su vida estaba llegando al final, convocó a su hijo Iosef, y a sus nietos a que se acercaran.

Y él bendijo a Iosef y dijo: “El Di-s el cual mis padres, Abraham e Itzjak caminaron, el Di-s que me sostuvo todo el tiempo de mi vida, que sea el ángel que me liberó de todo mal, el que bendiga a estos jóvenes (Génesis 48:16-17)

Parece no tener sentido. Iaakov comenzó prometiendo bendecir a Iosef, pero de la continuación de la bendición parece que ignoró completamente a su hijo y se concentró en sus nietos. Seguro que Iosef tenía una razón para quejarse. ¿En dónde estaba su bendición prometida?

Pero ningún padre preguntaría eso. Cuando Iaakov bendijo a los hijos de Iosef, él también se sintió bendecido.

Los hijos son un regalo de Di-s, y cada uno es otro regalo de nuestro amado Padre en el Cielo. Nadie puede prometer que no se van a portar mal en público, o que la decisión de tener hijos no te va a interrumpir mientras te sientas a pescar. Pueden ser caros, pero valen la pena.

Puede que no sea la forma más sencilla o confortable de vivir, pero tener el privilegio de criar a los hijos de Di-s, es la mayor bendición que uno puede aspirar.

 Por Elisha Greenbaum

El derecho de no saber

“El saber otorga poder”, dice el conocido cliché. Como la mayoría de los clichés, este es cierto. Si hubiéramos sabido que nuestro nuevo socio estaba a punto de quebrar antes de firmar un trato con él; si supiéramos si nuestro amado realmente nos quiere o no, nos sentiríamos más al mando de nuestro destino.

Pero todo tiene un límite. Imaginemos saberlo todo. Supongamos que la persona puede saber exactamente cuándo y cómo morirá. Que conozca con anterioridad cada detalle de su matrimonio; la razón de cada discusión y el momento de la reconciliación. Imaginemos que todas las acciones que tomarán lugar a lo largo de nuestra vida estarían registradas en un “diario de abordo” gigante, con las consecuencias de cada una de ellas anotada a su lado. ¿Sentiríamos que dominamos nuestra vida? ¿O nos consideraríamos marionetas que son llevadas paso a paso? Es posible que “el saber es poder”, pero el saber absoluto puede provocar impotencia y dificultad de reacción.

***

En el capítulo 49 de Bereshit leemos que Iaakov, antes de fallecer, convocó a sus hijos alrededor de su lecho, prometiendo revelarles “lo que sucederá al final de los días”.

Pero al estar todos allí, los bendijo y les asignó el rol de padres de las tribus del Pueblo de Israel. Sin embargo, nada dijo sobre lo que sucederá “en el final de los días”. Nuestros Sabios nos explican que Iaakov tenía la intención de revelarles la fecha de la llegada del Mashíaj, pero en ese momento la Presencia Divina se apartó de él, y nuestro Patriarca comprendió que no debía contar nada de ello. Y por eso una de las cuestiones más vitales permanece en el misterio.

¿Pero por qué es importante no saber?

Es preciso el desconocimiento porque Di-s desea un socio creativo e independiente en Su empresa, por lo cual hizo de la vida un misterio. Si fuésemos conscientes del significado final y absoluto de cada una de nuestras acciones, éstas carecerían de vida, y nos parecerían aburridas letras de una obra, que toda la audiencia ya ha leído.

Es únicamente porque cada uno de nuestros actos, elecciones y decisiones están allí frente a nosotros, y sus consecuencias permanecen en la oscuridad del futuro desconocido, que las elecciones son realmente nuestras, las decisiones son un verdadero ejercicio de voluntad, y que cada una de nuestras acciones son una contribución a nuestra sociedad con Di-s en la Creación.

* Yanky Tauber

¿A qué edad las niñas deberían comenzar a encender las velas de Shabat?

Rabi Menajem Mendel Schneersohn, el Rebe de Lubavitch, pidió firmemente que las niñas comenzaran a encender las velas de Shabat tan pronto como puedan recitar la bendición de la misma, lo cual generalmente ocurre a los tres años. A esa edad nuestra Matriarca Rivka comenzó a encender las velas.

El Rebe señaló que en Europa, antes de la guerra, era la costumbre de muchas comunidades que las jóvenes encendieran velas de Shabat. Debido a la guerra, la escasez de velas, los apagones, etc., esta costumbre se suspendió. Por lo tanto, el hecho de que las chicas jóvenes encienden las velas, es en realidad un regreso a una hermosa costumbre milenaria.

Cuanto antes se le enseñe a la niña la belleza de la luz de la Torá y de las Mitzvot, mejor. Algunos opinan que comenzar a esta edad no es necesario, o que la mujer debería comenzar a encender cuando se casa y comienza su propio hogar, sin embargo, una luz adicional nunca lastima a nadie. La necesidad de luces adicionales se siente especialmente hoy en día, ya que nos encontramos en una época en la que lamentablemente todo tipo de influencias seculares “oscuras” se impregnan a la sociedad, muchas de las cuales se infiltran en el hogar también.

Claro está que una niña de tres años no puede encender la vela por su propia cuenta. Cuando una madre con su hija encienden las velas, primero se debe asistir a la niña y luego encender las suyas. 

El hijo violento y el niño de mamá

¿Cómo es que Iaakov y Esav terminaron siendo tan diferentes? Mismos padres, misma crianza, la misma leche materna, y sin embargo, son drásticamente diferentes entre ellos.

De hecho, proveen una metáfora para la batalla interminable que reina en nosotros: El Divino Iaakov y su deseo de trascendencia versus el instinto Esav, con su insaciable auto satisfacción.

Todos tenemos nuestros temas, nuestros lugares a los que preferimos no volver. Esav nace pelirrojo y tan peludo como un adulto, y así quedó: Edom: rojo, intenso, impulsivo, violento. Desde el día de su nacimiento, se ve a sí mismo como una creación estática; y eso es lo que es, y eso es lo que será hasta muera. No ve otra razón para solucionar las cosas con su hermano, para dirigirse al “otro lado”. Él es simplemente Esav.

Iaakov también nace con sus cosas. Tímido, ratón de biblioteca, el “niño de mamá”. Pero, está dispuesto a reconocer y a enfrentar a Esav. Se viste con las vestimentas de Esav, y le dice a su padre que él le va a cazar la carne. Iaakov lo mira a Esav a los ojos.

Es tenebroso. ¿Puede uno vestirse como Esav y sin embargo, no convertirse en Esav?

Iaakov lo logra, impresionando a su padre lo suficiente como para asegurarse la bendición, y es dejado sólo, para hacer frente al nuevo ser que acaba de descubrir, a traerlo al mundo cruel y bruto que está fuera de la carpa, en donde Esav está cómodo. Pasa años como un pastor en la casa de Laban. Prospera, a pesar de las dificultades en el camino. Eventualmente, se siente lo suficientemente poderoso para encontrarse con su hermano, aquél al cuál una vez temió.

Todos tenemos nuestros temas, nuestros lugares a los cuales preferimos no ir. La forma más fácil es dejar a los perros durmiendo, y dejarlos ser lo que son. Heridas descubiertas sólo parecen evocar sentimientos dolorosos. Pero, si no nos dirigimos a nuestros temas, simplemente van a la deriva. Si no hacemos frente a Esav, nos convertimos en Esav.

Y esa es la diferencia entre ellos. Iaakov y Esav cada uno tiene “el otro lado”; Iaakov estaba dispuesto a reconocerlo y a lidiar con él, mientras que Esav optó por ignorlarlo.

Nosotros tenemos la elección. Como Shem le dijo a Rivka cuando estaba embarazada de los mellizos. “Dos fuerzas dominantes hay dentro de ti; cuando uno se eleva, el otro cae” (Comentario de Rashi, Génesis 25:23). Si elegimos mover el bote, podemos madurar con nuestras peleas y salir todavía más fuertes. Si barremos nuestras fuerzas opositoras dentro nuestro, debajo de la alfombra, se van a acumular y nos vamos a terminar tropezando.

Cuando vamos a donde más tememos, salimos del otro lado como “Israel”, hemos peleado y hemos ganado. Como el ángel derrotado le dice a Iaakov (Génesis, 32:29): “Tu nombre no será más Iaakov, sino Israel, porque tú has dominado el poder con el ángel de Di-s y con el hombre, y has prevalecido”.

Seamos Iaakov, no Esav.

Por Baruj Epstein

Bar Mitzvá

Bar y Bat Mitzvah

Un niño en su cumpleaños número 13 y una niña en su cumpleaños número 12 alcanzan la mayoría de edad y están obligados a cumplir todas las mitzvot.

Bar Mitzvá es la palabra hebrea que significa “hijo del mandamiento” 

Cuando un niño judío cumple 13 años, tiene todos los derechos y obligaciones de un adulto judío, incluidos los mandamientos de la Torá.

A partir de esa fecha, usará tefilín a diario, participará en los servicios de la sinagoga y ocupará su lugar en la comunidad judía. Este hito, llamado Bar Mitzvá, a menudo se celebra con una ceremonia en la sinagoga, el uso de tefilín y fiestas.

Desde tiempos inmemoriales, la costumbre judía ha sido marcar este hito con una ceremonia en la sinagoga que da la bienvenida al niño Bar Mitzvá al mundo de la adultez judía e iniciarlo en las oportunidades y responsabilidades que vienen junto con su nuevo estatus.

La ceremonia del Bar Mitzvá varía un poco entre comunidades, pero los componentes básicos siguen siendo los mismos. 

Es una mitzvá organizar un banquete el día del Bar o Bat Mitzvá, 
para celebrar la nueva obligación del niño de cumplir con todas las mitzvot
Un niño no se pone los tefilín hasta que se acerca a los trece años.
Por esta razón, más que cualquier otra práctica, los tefilín siempre han servido como la marca de honor que un niño recibe en su Bar Mitzvá.
La definición de madurez espiritual es la capacidad de experimentar la profundidad y complejidad de la vida.
Con la madurez llega la capacidad de percibir la sutileza y los matices. Nuestra mente se expande para poder apreciar que, aunque algo parezca doloroso, hay un bien más profundo. 

 

 

A partir de los trece años en adelante, un niño es considerado un hombre y, por lo tanto, está obligado a cumplir todas las mitzvot

Los nuevos derechos del niño que celebra el Bar Mitzvá


Como resultado de ser considerado adulto, el niño está habilitado para realizar y/o participar en los siguientes rituales:

Dirigir los servicios de oración.
Ser considerado miembro de un minián 
Bendecir a la congregación con la Bendición Sacerdotal si es un Kohen.
Servir como lector de la Torá en las lecturas públicas de la Torá.
Para recibir una aliá.
Dirigir la oración después de las comidas (conocida como zimun ) y contar como una de las tres personas requeridas para realizar un zimun.

Como adulto, un joven se vuelve responsable no solo de sus propias acciones, sino también de las acciones de todos sus compañeros judíos.
Este concepto se llama arvut , o responsabilidad compartida.

Saber elegir el momento

Educar a los hijos es algo que requiere una importante inversión de nuestro tiempo.

Con respecto a eso, no tenemos elección. Pero podemos elegir cuándo usar ese tiempo.

Podemos escoger usar ese tiempo a una edad temprana, cuando podemos formar en nuestros niños carácteres positivos y actitudes que les servirán en su vida adulta. O podemos invertirlo después- para salvarlos de los problemas y travesuras en las que puedan meterse cuando son ya mayores. Definitivamente, usaremos el tiempo. Lo que depende de nosotros es cuando lo pasaremos mejor.

Una pareja me relató que su hija de nueve años vino un día a casa de la escuela bañada en lágrimas. “No regresaré a la escuela”, dijo. “Mi maestra me odia. Ella me castigó porque no hice mi tarea”.

Como padres ocupados que viven en el siglo 21 y teniendo muchas demandas en nuestro tiempo, podemos escoger empujar lejos el problema. “Comienza a hacer su tarea desde hoy en adelante”. “No te preocupes, el próximo año tendrás una maestra buena”. “Haz tu tarea, o si no…” Algunos padres dirán cualquier cosa con tal de sacar este problema del camino para poder enfocar lo que perciben que son cosas más importantes.

La pareja con la que yo estaba hablando había escogido detener todo lo que estaban haciendo y comprometerse en una discusión con su hija. Eligieron utilizar ese tiempo en este instante.

“Parecés muy disgustada” el padre le dijo a su hija. “Por favor explicame, ¿cómo te sentís?. Cuándo decís que tu maestra te odia, ¿qué significa exactamente para vos? ¿Pensás que ella te odia todo el tiempo, o sólo cuándo hiciste algo contra las reglas escolares?. Pensás que la maestra estaba disgustada con vos como persona, o estaba disgustada con lo que hiciste o no hiciste?”. La ayudaron a separar la historia del significado y la interpretación que ella le dio.

Después de una hora y media de preguntas y conversación, la niña de nueve años llegó a la propia conclusión. “Eran mis acciones a las que detestó, no a mi, y yo tengo que asumir la responsabilidad por mis acciones”. La niña había tomado una decisión firme de hacer su tarea a tiempo.

Los padres estaban muy emocionados a la mañana siguiente al encontrar una carta de disculpa de la niña dirigida a la maestra, diciendo que, de hoy en adelante, ella haría su tarea y obedecería las reglas escolares. La madre continuó, “me sentí obligada a compartir esta experiencia con la maestra de mi niña, y a agradecerle por mostrar interés por mi hija. Ella apreció mi apoyo y estímulo, y ambas sentimos que estábamos en el mismo equipo”.

Al elegir usar el tiempo ahora, tomando la iniciativa, en lugar de optar por una salida rápida, estos padres lograron implantar en su niña cinco valores importantes:

1) RESPONSABILIDAD – “Si ha de ser, depende de mí”. Insistieron en que su hija tomara la responsabilidad de su propia acción. No culpés a otros; hacete cargo de tu vida.

2) AUTOESTIMA POSITIVA – Le dieron el sentimiento a su hija de que ella es muy importante para ambos padres, ya que detuvieron todo para escucharla y dedicarse a ella.

3) DISCRIMINACIÓN DE HISTORIA/INTERPRETACION – Le enseñaron a su hija a entender la diferencia entre la historia real- lo que pasó, y la interpretación que ella había dado a lo sucedido. Muy a menudo, nuestra interpretación nos afecta más que la propia historia.

4) TRATAR UN PROBLEMA – La niña aprendió que es importante tratar con un problema cuando es pequeño, en lugar de permitir que se convierta en algo que ya está fuera del alcance de nuestras manos.

5) CONFIANZA – La niña aprendió que, cuando se comporta mal, puede confiar en sus padres y convertirlos en sus confidentes. Estaba tranquila porque sabía que no se la juzgaría, y a pesar de lo que pasó entre ella y su maestra, el amor de sus padres por ella es incondicional. Aprendió que no necesita ir a buscar ese apoyo en otra parte.

Probalo. ¡Funciona!

De Rabí Iaakov Lieder