
Koraj
Por Chana Weisberg
Sue buscaba un camino hacia una vida plena. Su búsqueda la había llevado a conocer diversas comunidades, religiones, costumbres y culturas.
Conoció a personas muy santas que vivían recluidas, completamente desprovistas de cualquier placer mundano y alejadas de la humanidad. También conoció a personas hedonistas y materialistas cuyo único objetivo era perseguir un lujo tras otro.
¿Es posible fusionar con éxito lo físico con lo espiritual, y lo sagrado con lo mundano?
La parashá Koraj narra la historia de un hombre y la caída de sus seguidores en su rebelión contra Moshé.
“Koraj, hijo de Itzhar, hijo de Kehat, hijo de Leví, tomó consigo a Datán y Aviram, hijos de Eliav, y a On, hijo de Pélet, descendientes de Reuvén.
Se enfrentaron a Moshé junto con doscientos cincuenta hombres de entre los hijos de Israel, jefes de la congregación, representantes de la asamblea y hombres de renombre. Se reunieron contra Moshé y Aarón y les dijeron: «Os habéis arrogado demasiado, pues toda la congregación es santa, y Di-s está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, os eleváis por encima de la asamblea de Di-s?»” (Números 16:1-3).
La base de la queja de Koraj era que toda la nación era santa y, por lo tanto, no había necesidad de que Moshé sirviera como líder ni Aarón como Sumo Sacerdote.
Esta sección sigue al episodio de los espías. Ellos creían erróneamente que alcanzar la santidad significaba apartarse de lo material y centrarse exclusivamente en lo espiritual. Por eso no querían entrar en la Tierra de Israel: hacerlo implicaría vivir en el “mundo real”, ocupados por las necesidades materiales. Consideraban la realidad material como algo profano y veían únicamente el reino del espíritu como un camino hacia la Divinidad.
Los espías se equivocaron al no comprender que incluso dentro del ámbito físico debemos encontrar lo sagrado. Di-s quiere que utilicemos la realidad física y la elevemos, en lugar de alejarnos de ella.
Koraj y sus seguidores llevaron la lección de los espías al extremo opuesto. Koraj cuestionó si existía algo verdaderamente mundano en lo mundano. Su argumento era: «Todos somos santos». Todos nosotros, a través de nuestras actividades cotidianas, estamos al servicio de Di-s. ¿Por qué es necesaria una jerarquía de sacerdotes y un Sumo Sacerdote cuando, en realidad, cada judío puede servir a Di-s? ¿Por qué la hora o dos diarias que una persona dedica al estudio de la Torá o a la plegaria serían más elevadas o más santas que el resto de su jornada?
Koraj tenía razón al afirmar que todos somos santos y que la realidad física posee el potencial de ser elevada para propósitos divinos. La santificación de la vida material es, de hecho, el objetivo último de la creación, pues «Di-s deseó una morada en los mundos inferiores».
Sin embargo, Koraj se equivocó al no comprender que, aunque la santidad existe en potencia, debe ser constantemente dirigida y elevada para manifestarse en la práctica. Intrínsecamente hay bondad en todas las personas y en toda la creación, pero esta solo se actualiza cuando vivimos una vida material al servicio de un propósito espiritual superior.
Solo cuando seguimos una jerarquía —en la que la esfera material está subordinada a la espiritual— podemos comprobar la autenticidad de nuestros objetivos. Al dedicar lo mejor de nuestros recursos y energías materiales a la espiritualidad, demostramos que eso es verdaderamente importante para nosotros y que no utilizamos la realidad física simplemente para nuestra satisfacción personal.
Sin prioridades claramente establecidas, es fácil caer en el error de pensar que estamos utilizando la realidad física con un propósito divino cuando, en realidad, la estamos empleando para promover nuestros propios objetivos y ambiciones egoístas.
Dos mujeres desempeñaron un papel fundamental en la revuelta de Koraj. Sin embargo, sus diferentes enfoques respecto de la realidad material condujeron a resultados opuestos: una provocó la destrucción total de su hogar, mientras que la otra salvó a su familia.
El Midrash (Midrash Hagadol, Bamidbar 18:1) relata que Koraj conversaba frecuentemente con su esposa acerca de la envidia que sentía por las posiciones de Moshé y Aarón.
Un día, al regresar a casa después de estudiar, su esposa le preguntó:
—¿Qué ley te enseñó hoy Moshé?
Koraj respondió:
—Nos enseñó las leyes de los tzitzit, que consisten en llevar flecos anudados, uno de los cuales debe ser de tejelet.
La esposa de Koraj preguntó:
—¿Qué es el tejelet?
Koraj respondió:
—Moshé dijo: “Aten flecos a sus vestiduras; uno de ellos deberá ser de lana azul, teñida con la sangre del jilazón”.
Entonces la esposa de Koraj replicó:
—¿Por qué deberías tener solamente un hilo de tejelet en tu prenda? Yo puedo confeccionarte una prenda completamente de tejelet.
Los tzitzit deben contener un hilo azul (tejelet) para asemejarse al cielo y recordarnos constantemente que debemos dirigir todos nuestros esfuerzos hacia Aquel que está por encima de nosotros (Sotá 17a).
La esposa de Koraj lo provocaba preguntándole: si una prenda es completamente azul, ¿seguiría necesitando tzitzit con tejelet? Con ello insinuaba que toda la congregación es santa; la realidad física misma es santa, todo es tejelet. Entonces, ¿para qué sería necesaria esa única hebra de tejelet, representada por Moshé y Aarón y por la jerarquía espiritual que ellos encarnaban?
La esposa de Koraj sostenía que, si todo y todos son inherentemente sagrados y pueden utilizarse para fines divinos, entonces no era necesaria una representación especial de santidad.
No comprendió que una vida sin el recordatorio constante de orientar nuestros deseos y necesidades hacia un propósito divino es una vida en la que lo material termina convirtiéndose en el objetivo final. Con el tiempo, las metas y ambiciones personales se descontrolan y conducen a la ruina; del mismo modo que las ambiciones desmedidas de Koraj terminaron provocando su destrucción.
“Koraj reunió a toda la congregación contra ellos a la entrada de la Tienda de Reunión, y la gloria de Di-s apareció ante toda la congregación.
La tierra abrió su boca y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres que estaban con Koraj y a todas sus posesiones.
Ellos, y todo lo que poseían, descendieron vivos al abismo; la tierra los cubrió y desaparecieron de en medio de la congregación” (Números 16:19, 32-33).
El Midrash (Midrash Hagadol, Bamidbar 16:32) relata que otro seguidor de Koraj, On ben Pélet, también fue guiado por su esposa, aunque llegó a una conclusión muy diferente.
On, vecino de la familia de Koraj, se vio arrastrado a la rebelión. Cuando regresó a casa y le contó a su esposa que participaría en ella, ella le respondió:
—¿Qué ganarás con eso? Tu posición será la misma, ya sea que Aarón o Koraj sea el Sumo Sacerdote.
On reconoció la lógica de sus palabras, pero explicó que ya había jurado unirse a la rebelión al día siguiente.
Para salvar a su esposo, la esposa de On le preparó una bebida fuerte para que se quedara dormido. Luego se descubrió el cabello y se sentó a la entrada de la tienda. Cuando Koraj envió mensajeros para buscar a On, estos retrocedieron al verla en aquella situación.
Cuando la muerte alcanzó a Koraj y a sus seguidores, la cama de On comenzó a moverse. Su esposa la sujetó y oró a Di-s pidiendo el perdón de su marido.
Después de que On fue perdonado, ella le dijo:
—¡Ahora ve a pedirle disculpas a Moshé!
Cuando On se negó por vergüenza, su esposa acudió a Moshé, llorando y rogándole que lo perdonara. Entonces Moshé fue personalmente a la tienda de On y lo animó, diciéndole:
—¡Sal! ¡Que el Todopoderoso te perdone!
Durante el resto de su vida, On lamentó y se arrepintió de su pecado, agradecido por el milagro de haber sido salvado gracias a la sabiduría de su esposa. Su nombre refleja esta experiencia. On significa “duelo”, pues vivió con el pesar de lo ocurrido. Ben Pélet significa “hijo” o “hombre” que fue rescatado milagrosamente de la destrucción.
La esposa de On convenció a su marido de no unirse a Koraj explicándole que él no era Sumo Sacerdote ni llegaría a serlo. Comprendió que, a pesar de nuestras mejores intenciones al utilizar la realidad física para un propósito superior, necesitamos una jerarquía espiritual que nos recuerde constantemente nuestras prioridades.
Esta es la conexión entre la rebelión de Koraj y los dones sacerdotales registrados al final de la parashá.
“Di-s le dijo a Aarón: He aquí que te he dado la responsabilidad de Mis ofrendas…
Lo mejor del aceite, lo mejor del vino y del grano, lo primero que entregan a Di-s, a ti te lo he dado.
Las primicias de todo lo que crezca en su tierra, que ellos traigan a Di-s, serán tuyas…
Todo primogénito de cualquier criatura que presenten a Di-s, sea hombre o animal, será tuyo” (Números 18:8-15).
Las ofrendas entregadas a los sacerdotes nos recuerdan la importancia de mantener siempre claras nuestras prioridades. Solo dedicando lo mejor de nuestro tiempo, energía y recursos a las causas sagradas podemos asegurarnos de que nuestros motivos no sean egoístas, como los de Koraj, impulsados por ambiciones personales.
Solo cuando ofrecemos lo mejor de nuestras bendiciones materiales como una ofrenda a Di-s podemos estar seguros de que nuestras vidas están alineadas con Su voluntad.


