
La Parashá de Bamidbar (Números 1:1–4:20) comienza con el censo del Pueblo Judío:
“…un conteo de cada hombre de acuerdo al número de sus nombres. Desde los veinte años en adelante, todos los que están en condiciones de ir al ejército en Israel, debes contarlos según sus legiones…”.
En su sentido simple, este censo tenía como objetivo contar a aquellos que podrían ser convocados para la guerra. Sin embargo, en un nivel más profundo, nuestros Sabios explican que Di-s ordenó contar al pueblo judío porque lo aprecia y lo valora.
Los maestros jasídicos enseñan que el conteo demuestra el valor único de cada individuo. Cada persona fue contada sin importar su nivel de observancia, sus talentos, su nivel de estudio o su situación económica. Cada uno cuenta exactamente como uno, ni más ni menos.
Más allá de cualquier “adorno externo”, el mensaje es claro: cada persona es valiosa por su esencia. Al destacar la identidad individual, el censo fortalece a cada persona para respetar su propia singularidad y permanecer fiel a sí misma.
¿Por qué no todos fueron contados?
Sin embargo, surge una pregunta evidente. En este conteo no fueron incluidos todos. Solo se contaron los hombres y únicamente aquellos a partir de los veinte años.
¿Significa esto que algunas personas valen más que otras?
¿Acaso la contribución de las mujeres no era apreciada?
Los cabalistas explican que la energía masculina en la creación se orienta hacia lo exterior, mientras que la energía femenina se orienta hacia lo interior.
El servicio espiritual del hombre consiste en actuar hacia afuera: enfrentar desafíos externos, transformar el mundo y luchar contra la negatividad presente en él.
El rol espiritual de la mujer, en cambio, es proteger, nutrir y revelar la santidad interior que ya existe en la creación.
Dos formas de transformar el mundo
En la vida espiritual existen dos formas de cumplir nuestra misión en el mundo.
La primera es salir a la batalla: confrontar la oscuridad y la injusticia que nos rodean. Esto puede manifestarse tanto en guerras físicas contra regímenes crueles como en luchas ideológicas contra valores inmorales.
La segunda modalidad consiste en cultivar y fortalecer lo positivo que ya existe. En lugar de imponer orden mediante la confrontación, se trata de descubrir el potencial divino presente en el mundo y ayudarlo a crecer.
Ambos caminos son necesarios.
Hay momentos en los que debemos enfrentarnos a la oscuridad externa, y otros en los que debemos proteger y desarrollar nuestros tesoros internos.
El sentido espiritual de la guerra
El censo comenzó con aquellos mayores de veinte años, personas lo suficientemente maduras física, emocional y espiritualmente para “salir a la guerra”.
En un sentido espiritual, “ir a la guerra” significa exponerse a un entorno que puede desafiar o debilitar nuestros valores.
Para enfrentarse a esos desafíos se necesita una fuerte identidad espiritual y una profunda conciencia del propio valor.
El mensaje del censo
Por esta razón, el censo estaba dirigido específicamente a quienes debían salir al mundo exterior para enfrentar esos desafíos.
Al recordarles que cada uno era contado individualmente, se les daba la fortaleza necesaria para mantener su identidad y sus ideales incluso en ambientes extraños que podían intentar absorberlos.
Tal vez por eso el censo se dirigió principalmente a los hombres, quienes estaban llamados a ese rol externo de confrontación.
Esto no significa que el papel de la mujer sea menos importante o más fácil. Al contrario: su misión es proteger y preservar los tesoros espirituales internos del pueblo judío, una tarea fundamental y esencial.
Pero su valor ya estaba profundamente arraigado en su rol y no necesitaba ser reforzado mediante este tipo de conteo.
(Por Jana Weisberg)


