
¿Cómo es posible que, después de cada plaga, el Faraón prometiera acceder al pedido de Moisés, pero tan pronto como la presión de la plaga cesaba, se obstinara y renegara de su promesa?
Cuando Moisés le advertía acerca de las plagas venideras, el Faraón permanecía indiferente, hasta que ocurría el desastre anunciado. Entonces, una vez más prometía cambiar, solo para retractarse nuevamente cuando la presión desaparecía. ¡Esto se repitió diez veces! ¿Era el Faraón tan necio e incapaz de aprender de la experiencia?
El rabino Twerski escribe:
«No comprendí completamente al Faraón hasta que me dediqué al tratamiento de alcohólicos y presencié un fenómeno similar que ocurre con gran regularidad.
El alcohólico sufre graves consecuencias como resultado de su adicción; experimenta un profundo dolor y, en ocasiones, incluso se acerca a la muerte. Su reacción es invariable: “¡Eso es! Ya he tenido suficiente con el alcohol. ¡Nunca más beberé, nunca!”. Sin embargo, es habitual que, al cabo de unas pocas semanas —o incluso de solo unos días—, vuelva a beber.
Las personas le advierten cuán peligroso es el alcohol y le recuerdan las amargas consecuencias que ha sufrido… pero todo resulta inútil. Vuelve a beber».
Lo que parece tan ilógico tanto en el caso del Faraón como en el del alcohólico no es, en realidad, algo extraño. Muchas personas fracasan al aprender de la experiencia. Cuando el profeta Isaías utilizó la metáfora: «Estáis ebrios, pero no de vino» (Isaías 29:9), no hablaba en forma vaga.
Nuestra historia bíblica demuestra cómo, una y otra vez, nos hemos apartado de la observancia de la Torá y, cada vez, hemos sufrido graves consecuencias. Sin embargo, con la misma rapidez olvidamos y regresamos a nuestros caminos equivocados.
Lo que es cierto de nuestro pueblo en el plano histórico suele ser también cierto para muchos individuos en la actualidad: simplemente, no aprendemos de la experiencia.
¿Qué es lo que vuelve al alcohólico incapaz de aprender de ella? Probablemente el hecho de que no desea cambiar su estilo de vida ni renunciar a la sensación que el alcohol le proporciona. ¿Y qué fue lo que volvió al Faraón incapaz de aceptar el testimonio de sus propios sentidos? Muy probablemente, su negativa a admitir que estaba equivocado.
Sentimientos egoístas como estos impiden a las personas aprender de experiencias dolorosas y, de ese modo, evitar la repetición de errores.
¿Qué es lo que nos impide a nosotros aprender de la experiencia? Probablemente alguna idea o sentimiento egoísta al que nos negamos a renunciar.
Dado que el egoísmo es lo que nos vuelve ciegos ante lo evidente, ¿qué podemos hacer para cambiar esta situación? Uno de los caminos más efectivos es contar con un maestro y guía confiable, alguien que, al no estar afectado por nuestras distorsiones emocionales, pueda ayudarnos a ver la realidad con mayor claridad y a aprender de nuestras experiencias.
«Hazte de un maestro» (Ética de los Padres 1:16) es un consejo de valor incalculable.
De Viviendo Cada Día, Editorial Bnei Sholem


