Los tesoros del Beit Hamikdash

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué sucedió con todos los elementos sagrados realizados con materiales como el oro y las piedras preciosas?

En el libro Elef Dor (recopilado por Ierujam Horowitz), un compendio de datos extraídos de la Biblia, los exégetas, la Mishná, el Talmud, los midrashim, las responsas de los Rishonim y Ajaronim, entre otras fuentes, encontramos interesantes respuestas a esta pregunta y otros datos quizás poco conocidos.

Allí se afirma que “no existe número para cuantificar el oro, la plata y los tesoros que los romanos sustrajeron de Jerusalén”. El historiador Iosef Ben Matitiahu (Flavio Josefo) relata que tan grande era la cantidad de oro hallada por los soldados en la ciudad y en el Templo, que provocó un marcado descenso en su precio en la región, llegando incluso a reducirse a la mitad de su valor habitual.

La gigantesca vid de oro realizada por el rey Herodes, que Josefo describe, también fue llevada a Roma. Según su relato:

“Era de oro puro. Estaba colocada sobre una de las columnas y pesaba mil piezas de oro. Había sido realizada por orfebres profesionales. Las hojas estaban hechas de oro verdoso y los frutos tenían incrustadas piedras preciosas. Era una pieza extraordinaria que deleitaba a todo aquel que la observaba”.

Uno de los cohanim, amenazado de muerte, reveló a los romanos depósitos de lana turquesa y roja, hilos de lino y enormes cantidades de fragancias costosas utilizadas para el incienso del Templo. Además, entregó a Tito dos menorot (candelabros) de oro, similares en tamaño al candelabro del Beit HaMikdash. También fueron halladas mesas, tenedores y fuentes de gran peso realizadas en oro puro. Asimismo, descubrieron el lugar secreto donde se guardaban las vestimentas del Sumo Sacerdote, junto con numerosas piedras preciosas.

Otra fuente de oro para los romanos fueron los propios habitantes de Jerusalén. Muchos utensilios importantes fueron llevados por los soldados y, tiempo después, podían verse entre los tesoros de Roma: el Tzitz —la placa de oro del turbante del Sumo Sacerdote—, un candelabro de oro y el Parójet, la cortina que separaba el Kodesh (el Santo) del Kodesh HaKodashim (Santo de los Santos).

Incluso el famoso trono de oro del rey Shlomó, o partes de él, habría sido llevado a Roma.

Rabí Itzjak Abarbanel testifica:
“También fueron sustraídas piedras preciosas de Ierushalaim. Muchas de ellas aún se encuentran en Roma, en la ciudad de Pisa y en otras localidades”.

Cuando Tito llegó a Roma, se organizó en su honor una gran marcha de victoria. Iosef Ben Matitiahu la describe detalladamente en La guerra de los judíos (tomo VII). Entre otras cosas relata:

“Entre todos los tesoros del botín sobresalían los utensilios que fueron llevados del Beit HaMikdash de Ierushalaim: la pesada mesa de oro puro, la gran Menorá —el candelabro de oro— y, como trofeo, desfiló también un Sefer Torá (Rollo de la Torá) de los judíos…”

En varios pasajes, nuestros Sabios señalan que ese Sefer Torá llevado como botín a Roma habría sido, aparentemente, de la época de los primeros profetas o incluso del tiempo de Ezrá HaSofer.

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