¿Quién creó a Dios?

La respuesta judía clásica
 

La respuesta breve

Hace más de mil años, el gran filósofo Ibn Sina (Avicena) respondió a esta pregunta al describir a Di-s como una existencia absoluta y necesaria, que no depende de ninguna otra causa para existir. Desde esta perspectiva, preguntar: «¿Por qué existe Di-s?» equivale a preguntar: «¿Por qué existe la existencia misma?».

La respuesta completa

Esta pregunta es tan antigua como la humanidad, al igual que su respuesta. Sin embargo, a menudo se formula utilizando conceptos que resultan ajenos a la mentalidad contemporánea. En realidad, se trata de una idea sencilla que requiere únicamente una mente abierta y un poco de imaginación.

Es una pregunta importante, porque nos ayuda a comprender correctamente qué queremos decir cuando hablamos de Di-s.

También es una pregunta sumamente fructífera, ya que al intentar responderla surgen muchas otras cuestiones fascinantes. La más fundamental es: «¿Por qué existe algo en lugar de nada?». Y también: «Si eso es lo que entendemos por Di-s, ¿cómo puede existir una relación entre Él y nosotros?».

Acompáñenos en este recorrido. En este breve artículo exploraremos estas cuestiones y otras relacionadas que nos ayudarán a profundizar en uno de los interrogantes más trascendentales de la existencia humana.

¿Es realmente una pregunta?

Comencemos con un fenómeno asombroso. Quizás uno de los mayores misterios del ser humano sea que un cerebro tan pequeño y limitado sea capaz de formular preguntas acerca de la naturaleza del universo y de las condiciones mismas de su existencia.

Sí, el cerebro humano es el sistema más complejo que conocemos en el universo. Está compuesto por aproximadamente 86 mil millones de neuronas, cada una conectada con miles de otras. Sin embargo, sigue siendo un órgano que pesa poco más de un kilogramo y consume una cantidad de energía comparable a la de una bombilla de 20 vatios. Además, durante la mayor parte de la historia de nuestra especie, este extraordinario órgano estuvo dedicado principalmente a tareas esenciales para la supervivencia: desplazarse, alimentarse, reproducirse e interactuar socialmente.

Entonces, ¿en qué nos basamos para creer que las preguntas que formula nuestra mente acerca del universo pueden conducirnos a respuestas significativas?

La respuesta es sencilla: porque el universo responde.

Responde revelando patrones armoniosos, estructuras profundas y leyes fundamentales que pueden ser descubiertas y comprendidas. El hecho de que podamos utilizar ese conocimiento para construir tecnologías que funcionan en la práctica valida nuestra hipótesis —por sorprendente que parezca— de que el universo es, al menos en cierta medida, accesible a la comprensión humana.

Si la humanidad nunca se hubiera preguntado por qué los objetos caen al suelo, por qué los cuerpos celestes siguen determinadas órbitas, por qué algunos objetos son rojos y otros azules, por qué los imanes atraen ciertos metales o por qué las tormentas producen descargas eléctricas, ninguna de las tecnologías que utilizamos hoy existiría.

Las grandes preguntas son las que impulsan los mayores descubrimientos. Y precisamente por eso, la pregunta acerca de Di-s merece ser tomada en serio.

Si bien muchas preguntas resultan productivas, la mayoría de ellas son variaciones de una misma cuestión fundamental que la humanidad ha formulado una y otra vez de diferentes maneras: «¿Por qué el universo es como es y no de otra forma?». Es una pregunta sencilla, pero ha demostrado ser una herramienta inagotable para descubrir capas cada vez más profundas de comprensión.

¿Por qué el universo es como es y no de otra manera?

Además, se trata de una pregunta recursiva. Cada vez que obtenemos una respuesta, surge una nueva interrogante: «¿Por qué esa es la respuesta y no otra? ¿Por qué esta capa más profunda de la realidad es así y no de otra manera?».

El problema es que, si este proceso continuara indefinidamente sin una respuesta última, entonces cada una de las respuestas anteriores perdería su fundamento. Seríamos como el aldeano que intenta explicar cómo funciona una locomotora diciendo: «El vagón número cien es arrastrado por el noventa y nueve, y el noventa y nueve por el noventa y ocho…». Pero cuando finalmente llega a la locomotora, se encoge de hombros y concluye: «Bueno, ya expliqué noventa y nueve de los cien vagones».

No, señor. Si su explicación no tiene una base última, en realidad no ha explicado nada.

¿Cuál es entonces el punto final de nuestra búsqueda? Es la pregunta que el filósofo y matemático francés Blaise Pascal describió como «la única pregunta que realmente importa»: ¿Por qué existe algo en lugar de no existir nada?

Una posible respuesta es: «Porque existe un Creador que eligió que hubiera algo en lugar de la nada».

Pero inmediatamente surge otra pregunta: «¿Por qué existe ese Creador?».

Y esa pregunta parece muy similar a otra muy conocida: «Si Di-s creó todo, ¿quién creó a Di-s?».

Sin embargo, al observarla más detenidamente, notamos que ya no estamos formulando la misma pregunta. Nuestra pregunta original era: «¿Por qué las cosas son así y no de otra manera?». Pero en este punto todavía no existen las cosas. Nada ha sido creado aún. El tiempo, el espacio, la materia, la energía y todo cuanto existe son todavía simples posibilidades.

Todo es posible. Nada tiene por qué existir necesariamente.

Y si en ese instante pudiéramos dirigirnos al Creador con nuestra pregunta, quizás la respuesta sería: «Bueno, ¿Cómo te gustaría que fueran las cosas?».

En otras palabras, el Creador de todos los límites no puede estar sujeto a ninguna definición. De lo contrario, Él mismo requeriría una causa o un creador que explicara su existencia.

Debe tratarse de un Creador que no existe como una cosa entre otras cosas, de modo que no pueda decirse de Él que «es esto» o incluso que «no es esto». No es una existencia definida por las categorías de ser o no ser. Es existencia absoluta, anterior a toda distinción y definición.

El juego del Creador

Existe un sencillo ejercicio mental que puede ayudarnos a comprender esta idea de un Creador que trasciende toda dualidad.

Imaginemos que debemos crear un universo desde cero utilizando únicamente ideas originales. No se permiten sinónimos ni variaciones de un mismo concepto. El desafío consiste en crear un número impar de conceptos fundamentales.

Parece sencillo. Podríamos comenzar creando una sola cosa: «algo». No importa qué clase de algo, simplemente algo que no sea la nada.

Pero enseguida aparece un problema. En el mismo momento en que surge el concepto de «algo», aparece también, por contraste, el concepto de «nada». Antes de que existiera algo, la idea de la nada carecía de significado. Ahora tenemos dos conceptos, no uno.

Intentemos entonces crear la luz. Pero al hacerlo surge automáticamente la oscuridad. Creamos el cielo y aparece la tierra. Creamos la mujer y existe el hombre. Damos nombre a las cosas porque podemos distinguirlas de otras. Toda definición implica una diferencia.

Como suele decirse: «No sabemos quién descubrió el agua, pero ciertamente no fueron los peces».

¿Existe acaso algo dentro de la creación que no venga acompañado de su opuesto?

Sí. Existe aquello que no forma parte de la creación misma: el Creador.

El Creador no es «algo» ni «nada» en el sentido en que utilizamos esos conceptos dentro de la realidad creada. Más bien, es Él quien hace posible que existan ambas nociones. Al crear «algo», surge también, por contraste, la idea de «nada».

Por eso, la famosa pregunta formulada por Blaise Pascal —«¿Por qué existe algo en lugar de nada?»— no puede aplicarse a Di-s de la misma manera que se aplica al universo. Di-s trasciende ambas categorías. No pertenece al ámbito de las cosas creadas.

Esto también ayuda a comprender por qué el relato de la creación en la Torá comienza con la letra bet, la segunda letra del alfabeto hebreo. Todo lo creado existe dentro de una realidad de contrastes y dualidades. La única unidad absoluta es el Creador.

Eso es precisamente lo que queremos decir cuando afirmamos que «Di-s es Uno».

Volver a los fundamentos

Así entendía esta idea el gran sabio y codificador judío Maimónides. Aunque filósofos como Ibn Sina habían desarrollado conceptos similares, consideraban que estas enseñanzas estaban destinadas principalmente a los eruditos. Maimónides, en cambio, colocó este principio al comienzo de su Mishné Torá, en la sección titulada «Fundamentos de la Torá», destinada a todo hombre, mujer y niño del pueblo judío.

Para él, la idea de una existencia absoluta e incontingente no era una innovación filosófica, sino una formulación racional de aquello que el pueblo judío siempre había creído.

Di-s es Uno. No es uno en el sentido numérico, como una unidad que puede contarse junto a otras. Tampoco es una categoría general que abarque múltiples individuos. No es como un cuerpo que pueda dividirse en partes o dimensiones.

Más bien, Su unidad es absolutamente única. No existe en toda la realidad ninguna otra unidad comparable a la Suya.

En capítulos posteriores, Maimónides explica que esta existencia absoluta carece de límites y definiciones. Hablamos de Di-s como poderoso, sabio, compasivo o bondadoso, pero estos atributos no existen separados de Él. Están completamente integrados en Su perfecta unidad.

Por ello, explica Maimónides, incluso expresiones como «Di-s es omnisciente» pueden resultar imprecisas, porque sugieren la existencia de dos entidades: Di-s y Su conocimiento. En realidad, Di-s y Su conocimiento son una misma cosa. De ese conocimiento indivisible surge toda la existencia.

Siglos más tarde, el rabino Schneur Zalman de Liadi ilustró esta idea mediante una analogía. Los atributos divinos existen dentro de su fuente de manera semejante a como la luz existe dentro de la luminaria antes de manifestarse. En términos contemporáneos, podríamos compararlo con potencialidades que existen dentro de su fuente antes de expresarse de forma visible.

Estas analogías son limitadas, pero ayudan a acercarnos a una idea fundamental del pensamiento judío: la existencia absoluta de Di-s trasciende todas las categorías, definiciones y dualidades que conocemos en el mundo creado.

 

En su obra Guía de los Perplejos, Maimónides explica además que incluso afirmar que «Di-s existe» o que «Di-s es» resulta, en cierto sentido, impreciso. Podemos decir que una persona existe porque primero definimos qué es esa persona y luego afirmamos que posee existencia. Existe una dualidad: por un lado está el individuo y, por otro, el hecho de que existe.

Con Di-s ocurre algo completamente diferente. Su existencia no es una característica añadida a Su ser. Más bien, Su ser y Su existencia son una misma realidad indivisible.

Por eso Maimónides explica que utilizamos una forma del verbo «ser» como uno de los nombres de Di-s. Si intentáramos expresarlo en términos filosóficos, podríamos describirlo como la Existencia misma o como Aquel que hace posible toda existencia.

Desde esta perspectiva, la pregunta «¿Quién creó a Di-s?» pierde sentido. Es similar a preguntar: «¿Quién creó la existencia?». La pregunta presupone una categoría que no puede aplicarse a aquello que constituye el fundamento mismo de toda realidad.

Maimónides expresa esta idea de forma magistral en la Guía de los Perplejos. Todo aquello que existe por una causa posee una existencia que puede distinguirse de su esencia. Pero aquello cuya existencia no depende de ninguna causa externa —Di-s— no posee una existencia añadida a Su ser. Su existencia es Su propia esencia, y Su esencia es Su existencia.

Por ello, no es correcto pensar en Di-s como un ser que posee el atributo de la existencia. Si así fuera, existirían dos realidades: Él y Su existencia. En cambio, Di-s es una unidad absoluta e indivisible.

¿Por qué existe algo?

Como suele ocurrir con las grandes preguntas, una buena respuesta genera nuevas preguntas. Si entendemos a Di-s como la existencia absoluta y necesaria, entonces surge una nueva cuestión:

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

Los grandes pensadores judíos explican que cuando hablamos de un Creador original, en realidad estamos describiendo un punto donde todas las posibilidades permanecen abiertas. Nada obliga a que exista un universo. Nada exige la existencia del tiempo, el espacio, la materia o la vida. Todo surge únicamente porque una Voluntad absolutamente libre eligió que así fuera.

El cabalista rabí Meir ibn Gabbai señala que incluso afirmar que «de una perfección absoluta no podría surgir nada» sería una limitación impuesta al Creador. Y todo límite contradice la noción misma de perfección infinita.

Un antiguo Midrash expresa esta idea con una frase enigmática:

«Antes de que el mundo fuera creado, solo existían Él y Su Nombre».

¿Por qué menciona «Su Nombre»? ¿No bastaría con decir simplemente «Él»?

El rabino Ieshaia Horowitz explica que «Su Nombre» no se refiere a algo separado de Di-s. Alude a Su capacidad ilimitada de querer cualquier posibilidad o de no querer ninguna. Es la potencialidad absoluta de toda existencia.

¿Qué quiso entonces Di-s?

La tradición judía enseña que deseó crear un mundo que pareciera independiente de Él. Un mundo poblado por criaturas capaces de sentirse autónomas, actuar por voluntad propia y descubrir gradualmente a su Creador a través de la vida, la Torá y las mitzvot.

Deseó un universo en el que los seres humanos pudieran participar activamente en el perfeccionamiento de la creación y transformar el mundo material en una morada para la presencia divina.

Podemos seguir preguntando: ¿por qué debía comenzar todo con una elección libre? ¿Por qué tiene que haber un propósito? ¿Por qué no puede existir simplemente una cadena infinita de causas y efectos?

La filosofía judía responde que una regresión infinita no explica realmente nada. Si cada respuesta depende indefinidamente de otra respuesta anterior, entonces ninguna respuesta posee un fundamento real.

La idea de un Creador original afirma dos principios fundamentales.

El primero es que nuestra comprensión del universo tiene validez. La realidad posee estructura, significado y coherencia.

El segundo es que, en el núcleo más profundo de todo lo que existe, no encontramos una fuerza impersonal, una ecuación matemática ni un accidente cósmico, sino la voluntad libre de un Creador ilimitado. Esa voluntad sigue siendo el fundamento permanente de toda existencia.

¿Cómo nos conectamos con un Di-s infinito?

Esto nos lleva a una pregunta aún más importante: si Di-s es absolutamente infinito e indefinible, ¿cómo podemos relacionarnos con Él? ¿Cómo podemos rezarle, confiar en Él o seguir Sus caminos?

Precisamente porque esa pregunta es tan importante, los grandes maestros de la Cabalá y el pensamiento judío dedicaron extensas explicaciones a responderla.

El rabino Moshé Cordovero señala que existe una especie de interfaz entre lo infinito y lo finito, un puente entre la unidad absoluta del Creador y la diversidad del universo creado.

Algo similar ocurre en la experiencia humana. Cada persona posee una profundidad interior imposible de abarcar por completo, pero necesita relacionarse con los demás. Para ello desarrolla formas de expresión: pensamientos, emociones, palabras y acciones.

De manera análoga, la tradición cabalística describe una serie de atributos divinos mediante los cuales la unidad infinita de Di-s se manifiesta dentro de la creación. A través de la sabiduría, el entendimiento, el conocimiento, la bondad, la justicia, la compasión, la perseverancia, la humildad, la conexión y la majestad, la realidad finita puede relacionarse con la infinitud de su Creador.

Ese puente entre lo infinito y lo finito constituye uno de los conceptos más profundos y fascinantes de toda la tradición mística judía.

«Tú eres Uno» —es decir, Di-s es Uno—, pero no en un sentido numérico. Su unidad no puede compararse con ninguna otra unidad que conozcamos. Él trasciende toda definición, toda categoría y toda comprensión. Ningún pensamiento humano puede abarcar plenamente Su esencia.

Por ello, la literatura cabalística enseña que Di-s emana diez modalidades o canales a través de los cuales dirige y sostiene todos los mundos. A través de estas modalidades se revela, y al mismo tiempo se oculta, permitiendo que las criaturas puedan percibir Su influencia sin acceder directamente a Su esencia infinita.

Podríamos compararlas, de manera muy limitada, con una especie de «personalidad divina», es decir, las formas mediante las cuales la infinitud de Di-s se expresa dentro de la creación. Los cabalistas las denominan las Diez Sefirot, los atributos divinos del Mundo de Atzilut (Emanación).

Se las llama «emanación» y no «creación» porque no constituyen algo separado de Di-s. Son como una luz pura que fluye sin barreras ni interrupciones desde la unidad absoluta del Creador. No representan una nueva existencia, sino la manera en que la infinita luz divina se hace accesible a los mundos.

El núcleo de este sistema de emanaciones es una sabiduría interior completamente unificada con Di-s. Como se explicó anteriormente, la voluntad divina no es algo separado de Su esencia. Nuestros sabios enseñan que «Él y Su voluntad son uno». La voluntad original del Creador, el deseo que dio origen a toda la existencia, se expresa a través de esta sabiduría primordial.

Esa sabiduría es la Torá en su estado más elevado y esencial: el plano interno de la creación, la clave de su significado y la expresión de la voluntad divina para cada aspecto de la realidad. A través de ella, el propósito del universo y el deseo de Di-s para Su creación se manifiestan y se revelan gradualmente dentro del mundo.

¿Cómo nos conectamos con un Di-s sin fronteras?

La respuesta que hemos desarrollado hasta aquí plantea una pregunta aún más profunda: si Di-s es absolutamente infinito e indefinible, ¿cómo podemos rezarle, confiar en Él y seguir Sus caminos?

Y sí, se trata de una pregunta fundamental. De hecho, formularla es una señal de que estamos avanzando en la dirección correcta. El rabino Moshé Cordovero (Tsfat, siglo XVI) escribió que toda persona reflexiva merece recibir una explicación clara sobre este tema.

La respuesta a la que se refiere consiste en una especie de puente entre lo infinito y lo finito, una interfaz entre la esencia ilimitada de Di-s y el mundo limitado que experimentamos.

Curiosamente, este problema tiene cierto paralelismo con cuestiones que han ocupado a filósofos, matemáticos y científicos durante siglos. Ya Zenón, el filósofo griego, observó que cualquier segmento del espacio puede dividirse indefinidamente. Esto plantea una pregunta fascinante: ¿cómo surge el mundo finito que observamos a partir de una realidad que, en teoría, parece no tener límites?

De manera similar, la tradición judía se pregunta cómo la infinitud absoluta de Di-s puede manifestarse dentro de una creación finita sin dejar de ser infinita. La respuesta a esta cuestión constituye uno de los conceptos más profundos de la Cabalá y del pensamiento judío.

Podríamos describir este sistema como la forma en que la infinitud divina se manifiesta dentro de la creación. Los cabalistas lo denominan las Diez Sefirot, o atributos divinos, del Mundo de Atzilut (Emanación). Se habla de emanación —y no de creación, ni siquiera de un mundo en el sentido convencional— porque se trata de una luz pura que fluye sin obstáculos ni filtros desde la unidad original del Creador.

El elemento central de este ámbito es una sabiduría interior que es una con Di-s. Como explicamos anteriormente, la voluntad de Di-s no es algo separado de Su esencia y de Su ser; nuestros sabios enseñan que «Él y Su voluntad son uno». Esa voluntad primordial se expresa a través de esta sabiduría interior, que es la Torá en su estado más elevado y esencial: la clave del significado de la creación y de la voluntad divina para cada aspecto de la realidad.

La dimensión exterior de esa sabiduría refleja su dimensión más profunda, y de ella surge toda la creación. Por ello, cada detalle de nuestro mundo guarda correspondencia con su significado y propósito en ese plano superior y dentro de la Torá.

Dentro de estas Diez Sefirot y dentro de la Torá se encuentra presente la unidad absoluta de Di-s, de manera análoga a como una persona está presente dentro de su cuerpo. Cuando abrazamos a una persona, no abrazamos solamente su cuerpo, sino a la persona misma. Del mismo modo, cuando nos vinculamos con Di-s a través de una mitzvá, del estudio de la Torá o de una plegaria sincera, nos conectamos con Su voluntad, Su sabiduría y Su esencia, que permanecen absolutamente unificadas.

El salmista declara: «Di-s está cerca de todos los que Lo invocan». Nuestros sabios explican que Él está cerca de quienes Lo invocan a Él, y no únicamente a Sus atributos o manifestaciones.

Esto significa que, así como cuando hablamos con una persona nos dirigimos a su ser interior y no simplemente a su apariencia o personalidad, también cuando invocamos la compasión, la justicia o la bondad divina, nos dirigimos a la unidad esencial de Di-s que se expresa a través de esos atributos.

Cuando invocamos la compasión de Di-s, Su justicia o Su bondad amorosa, nos dirigimos a Su esencia infinita, que se revela a través de esas modalidades sin quedar limitada por ellas.

Para quienes se interesan por los fundamentos de la realidad

Quizás alguien podría preguntarse: ¿qué importancia tiene todo esto si uno está satisfecho con la descripción del universo que ofrece la física moderna? Si el mundo puede explicarse mediante átomos, partículas y energía, ¿sigue siendo relevante la idea de un Creador ilimitado en el núcleo de la existencia?

La respuesta es sí.

Para comprender por qué, vale la pena considerar una historia.

John Hertog era un brillante estudiante de la Universidad de Cambridge. Tras destacarse en un examen decisivo, fue invitado al despacho de Stephen Hawking. Años más tarde relató aquel encuentro.

Encontró a Hawking sentado detrás de su escritorio, con la cabeza apoyada en el soporte de su silla de ruedas. Una ventana permanecía abierta pese al frío intenso. Sobre una pizarra había ecuaciones antiguas, posiblemente algunas de las últimas que Hawking había escrito de su puño y letra.

Entonces Hawking formuló una pregunta inesperada:

«El universo parece diseñado. ¿Por qué el universo es como es?».

Sorprendido, Hertog respondió:

«¿No es esa una cuestión filosófica?».

Hawking replicó:

«La filosofía ha muerto».

La anécdota ilustra un problema fundamental de la física moderna. Las teorías actuales describen el universo mediante elegantes estructuras matemáticas, pero contienen una serie de constantes fundamentales cuyos valores no pueden derivarse de las ecuaciones mismas. Solo pueden medirse experimentalmente.

Entre ellas se encuentran la velocidad de la luz, la carga del electrón, las masas de diversas partículas y otras constantes esenciales para la existencia del universo tal como lo conocemos.

Lo sorprendente es que muchos de esos valores parecen estar ajustados con una precisión extraordinaria. Si variaran mínimamente, las estrellas, los elementos químicos complejos e incluso la vida serían imposibles.

Un ejemplo célebre es la constante de estructura fina, representada por la letra griega alfa (α). Se trata de una constante fundamental para la física moderna y, hasta el día de hoy, no existe una explicación definitiva de por qué posee exactamente el valor que observamos.

El físico Richard Feynman la describió como uno de los mayores misterios de toda la ciencia. Sabemos medirla con enorme precisión, pero no sabemos por qué tiene ese valor y no otro.

Lo más llamativo es que una pequeña variación en esta constante alteraría radicalmente la estructura del universo. Si su valor fuera apenas diferente, las estrellas no podrían sintetizar carbono. Y sin carbono, la vida tal como la conocemos no existiría.

Otro ejemplo es el bosón de Higgs, la partícula asociada al mecanismo que otorga masa a las demás partículas fundamentales. En términos de la física de partículas, su masa resulta sorprendentemente elevada. Sin embargo, nada dentro de la mecánica cuántica exige que posea precisamente ese valor. De hecho, durante mucho tiempo se esperaba que fuera considerablemente mayor.

Pero no es así. Y eso resulta crucial. Si el valor de ciertos parámetros relacionados con el campo de Higgs fuera apenas diferente, la complejidad química necesaria para la vida podría no existir. En un escenario extremo, el universo estaría compuesto casi exclusivamente por los elementos más simples, imposibilitando la formación de estructuras complejas.

Algo similar ocurre con la constante cosmológica. El físico Steven Weinberg señaló que su valor observado es extraordinariamente pequeño en comparación con el valor que predicen algunas teorías de la física de partículas, una discrepancia que ha sido descrita como uno de los mayores problemas teóricos de la física moderna. Sin embargo, si esa constante fuera apenas unos órdenes de magnitud mayor, el universo se habría expandido tan rápidamente que nunca se habrían formado galaxias, estrellas ni planetas capaces de albergar vida.

Hace décadas, el cosmólogo Fred Hoyle observó que muchos de estos parámetros parecen estar ajustados con una precisión extraordinaria. Llegó incluso a comentar que el universo daba la impresión de haber sido cuidadosamente calibrado por una inteligencia superior. Stephen Hawking, sin embargo, buscó una explicación alternativa dentro del marco de la cosmología moderna.

Con ese objetivo, Hawking y Thomas Hertog desarrollaron modelos que exploraban nuevas formas de comprender la historia del universo. Entre otras ideas, propusieron analizar la evolución cósmica partiendo de la existencia actual de observadores conscientes y considerando cómo las distintas historias posibles del universo podrían converger hacia esa realidad presente.

Se trata de una hipótesis fascinante y con profundas implicancias filosóficas. Sin embargo, incluso si pudiera describir cómo se seleccionan determinadas trayectorias cósmicas, seguiría abierta una pregunta fundamental: ¿por qué existe la vida consciente capaz de observar el universo?

Desde la perspectiva que hemos desarrollado hasta aquí, la cuestión adquiere un matiz diferente. Si en el origen de la realidad encontramos una voluntad libre y creadora, entonces la aparición de seres dotados de voluntad propia deja de parecer un accidente extraño. La vida misma puede entenderse como un reflejo de esa voluntad primordial.

Después de todo, los seres vivos poseen impulso, deseo, iniciativa y capacidad de elección. Buscan crecer, desarrollarse, perpetuarse y transformar su entorno. En cierto sentido, la vida es una expresión de la voluntad de existir.

Desde esta perspectiva, la estructura del universo adquiere una notable coherencia. El origen de la realidad sería una voluntad libre y creadora, y el resultado sería un mundo poblado por seres capaces de ejercer, aunque sea de manera limitada, su propia voluntad.

La vida también constituye una extraordinaria expresión de la sabiduría del Creador. Es una síntesis de aparentes opuestos: materia y espíritu, cuerpo y conciencia, necesidad y libertad. Podría decirse que un ser vivo es una realidad material que constantemente trasciende sus propios límites.

Tal armonía resulta posible precisamente porque su origen se encuentra en Aquel que trasciende todas las dualidades y puede integrarlas en una unidad superior.

Nada de lo expuesto pretende servir como una demostración definitiva de la fe ni como una prueba concluyente del monoteísmo. La fe no nace de una ecuación ni de un razonamiento lógico irrefutable. Es una convicción interior que forma parte de la experiencia más profunda del ser humano.

La razón puede ayudar a descubrir esa convicción, fortalecerla y darle estructura intelectual, pero no puede crearla por sí sola.

Por ello, estas reflexiones deben entenderse como una observación significativa: la creencia en un Creador absolutamente Uno no solo es compatible con la búsqueda científica moderna, sino que también dialoga de manera profunda con muchas de las preguntas fundamentales que la ciencia continúa formulando.

De hecho, la filosofía de Jabad dedica una atención especial a estas cuestiones. Gran parte de las enseñanzas jasídicas exploran la unidad divina, la naturaleza de la existencia y la relación entre el Creador y Su creación con un rigor intelectual extraordinario, invitando a la mente humana a reflexionar sobre los fundamentos mismos de la realidad.

 

FUENTE

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