¿Creen los judíos en la naturaleza?

¿Qué es la naturaleza?

A veces, la mejor manera de abordar una pregunta es darle la vuelta.

En lugar de preguntarnos si los milagros realmente existen, podríamos preguntarnos algo diferente:
¿existe realmente la naturaleza?

¿Quién es, después de todo, esa llamada Madre Naturaleza?

La palabra naturaleza proviene del latín natura, que significa literalmente “nacimiento”. Está relacionada con palabras como natal o innato. Cuando los antiguos hablaban de naturaleza, se referían a la idea de que las cosas tienen formas de comportarse que les son propias.

Según esta idea, las aves vuelan no porque una fuerza externa las empuje por el aire, sino porque hay algo en las aves y en el aire que les permite volar.

Lo mismo se aplica al fuego, al agua, a las rocas, a las plantas, a los animales, a los ecosistemas, a los planetas y a las galaxias: cada cosa posee un comportamiento intrínseco, arraigado en su propia esencia.

Suena razonable. Y además es una idea muy fértil, porque invita a estudiar esas propiedades y clasificarlas. En otras palabras, abre el camino a lo que llamamos ciencia.

Pero esta idea no siempre fue aceptada.


Cuando la “naturaleza” era considerada herejía

Algunos pensadores medievales del mundo islámico, conocidos como mutazalitas, rechazaban completamente la idea de la naturaleza.

Para ellos, cada evento ocurre solo por la voluntad del Creador.

Decir que el fuego quema la madera por sí mismo, o que un pájaro vuela por el movimiento de sus alas, sería negar el dominio absoluto de Di-s, porque implicaría que otras cosas poseen poder propio.

Entonces, ¿por qué quema el fuego?
¿Y cómo vuelan los pájaros?

Según estos pensadores, la realidad funciona como una película. Cada instante del universo es creado nuevamente. El momento siguiente no surge del anterior; existe únicamente porque el Creador decide que exista.

La causalidad, en realidad, no existe. Solo parece existir porque los eventos se suceden en una secuencia lógica.

El pájaro no vuela por sus alas, del mismo modo que un personaje animado en la pantalla no vuela por las propiedades de sus píxeles. Cada instante de su vuelo es recreado por la voluntad divina.

Desde esta perspectiva, tampoco hay verdaderos milagros. Todo ocurre por la misma causa: la voluntad del Creador.

Cuando los eventos siguen un patrón lógico los llamamos “naturales”.
Cuando no entendemos el patrón, lo llamamos “milagro”.

Curiosamente, la idea de que el universo se renueva constantemente no era extraña para las religiones monoteístas. En la tradición judía también afirmamos algo parecido en la oración diaria:

Di-s renueva constantemente el acto de la creación.

Entonces surge la pregunta:

¿Cuál es la postura del pensamiento judío sobre la naturaleza?

¿Existe la naturaleza en el judaísmo?

Si observamos la Biblia, especialmente los Salmos, pareciera que todos los fenómenos naturales provienen directamente de Di-s:

Él envía Su palabra a la tierra.
Da la nieve como lana.
Esparce la escarcha como ceniza.
Envía Su viento y el agua fluye.

De hecho, en el hebreo bíblico ni siquiera existe una palabra para “naturaleza”.

Más tarde, el hebreo adoptó la palabra teva, pero su origen sigue siendo enigmático.

Esto podría llevarnos a pensar que el judaísmo debería rechazar la idea de naturaleza.

Pero no es así.


El enfoque de los pensadores judíos

En el siglo XII, el rabino Yehudah HaLevi escribió una obra fundamental del pensamiento judío: El Kuzari.

El libro presenta un diálogo entre el rey de Jazaria y un sabio judío. El rey había consultado primero a filósofos, cristianos y musulmanes en busca de la verdad religiosa. Finalmente dialoga con un rabino.

En cierto momento, el rey plantea la misma objeción que los mutazalitas:
si solo Di-s merece poder absoluto, ¿deberíamos dejar de hablar de “naturaleza”?

El rabino responde con una distinción importante.

No hay problema en afirmar que cada criatura posee propiedades propias. Pero si decimos que el sol brilla porque quiere brillar, o que las nubes deciden llover por sí mismas, entonces estamos cayendo en una forma de politeísmo.

Todo lo que ocurre está dirigido por una única voluntad: la del Creador.

Las criaturas no tienen poder independiente. Son herramientas en manos del Maestro.


Maimónides y la ciencia

Maimónides desarrolla esta idea aún más profundamente.

Él acepta el principio de que el universo depende constantemente de su Creador. Pero rechaza la idea de que cada evento individual sea recreado sin relación causal.

Si todo funcionara así —dice— sería imposible hacer ciencia.

La razón humana funciona observando la realidad, identificando patrones y extrayendo principios generales. Si cada evento fuera completamente independiente, el conocimiento científico sería imposible.

Por eso, Maimónides considera que negar completamente la causalidad natural termina siendo una distorsión de la razón.

En otras palabras, el judaísmo clásico no ve ningún problema en hablar de orden natural.


La antigua idea de naturaleza

Parte del problema estaba en la antigua concepción griega de la naturaleza.

En el mundo antiguo, la naturaleza se entendía como un sistema de poderes distribuidos. Cada cosa poseía una esencia que le daba cierta autonomía.

Las montañas, los ríos, los árboles o las estrellas parecían tener su propia vitalidad.

Para un monoteísmo estricto, esta idea era problemática. Si cada cosa tiene poder propio, entonces el poder divino parece fragmentarse en múltiples entidades.

Por eso muchos pensadores rechazaron esa concepción.

El surgimiento de una nueva idea de naturaleza

Con el desarrollo de la ciencia moderna, la noción de naturaleza cambió radicalmente.

En lugar de atribuir comportamientos a la esencia individual de cada objeto, los científicos comenzaron a buscar leyes universales.

La naturaleza ya no se entendía como las cualidades internas de cada cosa, sino como patrones y fuerzas que gobiernan todo el universo.

Este nuevo paradigma permitió avances extraordinarios.

Un ejemplo clásico es el descubrimiento de la gravedad por Isaac Newton. Newton mostró que la caída de una manzana y el movimiento de los planetas obedecen a las mismas leyes.

El mismo principio gobierna tanto el cielo como la tierra.

Más tarde, científicos como James Clerk Maxwell y Albert Einstein revelaron una armonía aún mayor entre las fuerzas del universo.

Hoy los físicos siguen buscando una teoría unificada que explique todas las fuerzas de la naturaleza como manifestaciones de un único principio.

Desde una perspectiva monoteísta, esta búsqueda tiene mucho sentido.


¿La vida viene de dentro?

Sin embargo, hay algo que los antiguos intuían correctamente.

La vida no se siente como una fuerza externa que mueve objetos inertes. Cada ser parece tener vida desde dentro.

Sentimos que nuestra vida es realmente nuestra. Lo mismo parece ocurrir con cada célula, con cada organismo.

Incluso los elementos parecen poseer una identidad propia. El agua es agua por lo que es; la roca es roca por lo que es.

Hay algo de verdad en esa idea de naturaleza como algo innato.


La perspectiva mística

El rabino Schneur Zalman de Liadi desarrolla esta idea de una manera sorprendente.

Basándose en las enseñanzas del Arí, afirma que cada criatura tiene un alma, incluso una roca.

Esto no significa que la roca tenga conciencia. Significa que existe una energía divina que sostiene su existencia.

Sin esa energía, no solo desaparecerían sus propiedades: la propia materia dejaría de existir.

La “alma” de la roca es la chispa divina que la crea y la mantiene en cada instante.


La naturaleza como nombre de Di-s

Esto nos lleva a una idea fascinante.

En cierto sentido, la naturaleza misma es un nombre de Di-s.

En la Torá aparecen dos nombres principales: Havayeh y Elokim.

El nombre Elokim se relaciona con poder, juicio y estructura. Representa la manera en que la divinidad se manifiesta creando orden, límites y regularidad en el mundo.

Por eso este nombre aparece repetidamente en el relato de la creación.

La tradición cabalística incluso señala que la guematría de la palabra Elokim es la misma que la de teva (naturaleza).

La naturaleza, entonces, no es algo separado de Di-s.

Es Di-s expresándose a través de un orden consistente.

La naturaleza como arte

Podemos entender esto con una metáfora artística.

Un músico puede expresar emociones profundas, pero necesita disciplina: ritmo, armonía y técnica.

La creatividad y la restricción trabajan juntas.

De manera similar, la naturaleza puede verse como la “mano izquierda” de Di-s: la mano de la disciplina y la moderación.

Es el marco que hace posible la expresión.

Como un dramaturgo que establece el escenario y los personajes de una obra, Di-s crea un mundo coherente donde cada criatura tiene una naturaleza definida.

Solo así puede existir una historia real.


La naturaleza como drama

Podemos imaginar a Di-s como el autor de una historia.

Para que los personajes sean creíbles, deben actuar de acuerdo con su carácter. El autor no puede hacer que un personaje sabio actúe de forma absurda sin motivo.

Del mismo modo, para que el mundo sea real, sus criaturas deben comportarse de acuerdo con su naturaleza.

Eso es lo que llamamos las leyes de la naturaleza.

A menos, claro, que el Autor decida hacer un cameo en la historia.
A eso lo llamamos milagro.

Milagros en seis cuerdas

Existe otra manera de entender la relación entre milagro y naturaleza.

No que los milagros existan para explicar la naturaleza, sino que la naturaleza existe para permitir milagros.

Es el escenario donde pueden ocurrir.

¿Y cuál es el propósito de un milagro?

El mismo que el de cualquier gran obra de arte:
expresar lo inefable.

Imagina el universo entero como un instrumento musical extraordinario.

¿Por qué un maestro artesano crearía un instrumento así?

¿Para demostrar su habilidad?
¿Para mostrar su maestría?

O tal vez para poder expresar algo que de otro modo sería imposible expresar.

Los filósofos se preguntan desde hace milenios por qué una unidad infinita y perfecta crearía un mundo material limitado.

El músico entiende la respuesta de otra manera:

Di-s creó un instrumento para la música de Su alma.

En resumen

La naturaleza no es una realidad independiente de Di-s.

Es el orden constante mediante el cual Di-s sostiene el universo.

Materia, energía y las fuerzas que las gobiernan son manifestaciones de una misma fuente.

La naturaleza es, en cierto sentido, un patrón de milagros constantes.

Es el escenario, la partitura, el guion.

Y está esperando al artista que lo interprete.

En la próxima parte veremos algo aún más sorprendente:
cómo la naturaleza misma puede ser más asombrosa que un milagro manifiesto.

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