El hombre y el árbol

En Tu B’Shvat celebramos el Año Nuevo de los Árboles (15 de Shvat).
Conozcamos algunas costumbres de este día y la estrecha relación entre los árboles y el ser humano.

Los componentes principales del árbol son: las raíces, que lo anclan al suelo y le suministran agua y otros nutrientes; el tronco, las ramas y las hojas, que conforman su cuerpo; y el fruto, que contiene las semillas a través de las cuales el árbol se reproduce.

La vida espiritual del hombre también incluye raíces, cuerpo y fruto. Las raíces representan la fe, nuestra fuente de disciplina y perseverancia. El tronco, las ramas y las hojas constituyen el cuerpo de nuestra vida espiritual: nuestros logros intelectuales, emocionales y prácticos.

El fruto es nuestro poder de procreación espiritual: la capacidad de influir en los demás, de sembrar una semilla en otra persona y verla germinar, crecer y dar fruto.

Raíces y cuerpo

La raíz es la parte menos visible y menos glamorosa del árbol, pero también la más crucial. Enterrada y prácticamente invisible, no posee la majestuosidad del tronco, el colorido de las hojas ni el sabor del fruto.

Sin embargo, sin raíces un árbol no puede sobrevivir.

A su vez, las raíces deben crecer al ritmo del cuerpo: si el tronco y las hojas se desarrollan sin un fortalecimiento proporcional de las raíces, el árbol terminará derrumbándose bajo su propio peso. Un sistema radicular abundante hace a un árbol sano y fuerte, incluso si su tronco es delgado y tiene pocas ramas, hojas o frutos. Y si las raíces son sólidas, el árbol puede rejuvenecer aun cuando su cuerpo o sus ramas se dañen.

La fe es también la facultad espiritual menos llamativa. Se caracteriza por una convicción simple y un compromiso con una Fuente superior, careciendo de la sofisticación de la inteligencia y del colorido de las emociones. Además, suele estar oculta, enterrada en lo más profundo del ser.

Sin embargo, la fe —nuestro compromiso suprarracional con Di-s— es la base de todo nuestro árbol espiritual. De ella surge el tronco de nuestra comprensión, del cual se ramifican nuestros sentimientos, motivaciones y acciones.

Aunque el cuerpo del árbol también contribuye a su nutrición, la mayor parte de su sustento proviene de las raíces. De la misma manera, gran parte de nuestro sustento espiritual se origina en la fe y el compromiso con nuestro Creador.

Un alma puede desarrollar un tronco majestuoso, numerosas ramas, hojas hermosas y frutos abundantes. Pero todo ello debe estar acompañado —e incluso superado— por raíces profundas y fuertes. Puede haber mucha sabiduría, profundidad emocional, experiencia, logros y numerosos discípulos; pero si no están conectados a una fe y un compromiso aún mayores, se trata de un árbol sin base, destinado a colapsar bajo su propio peso.

Por el contrario, una vida puede estar marcada por un conocimiento limitado, emociones moderadas, pocos logros y escaso fruto. Sin embargo, si sus raíces son extensas y profundas, es un árbol sano: con capacidad de recuperarse de los desafíos de la vida y con el potencial de crecer con el tiempo hasta convertirse en uno más hermoso y fructífero.

Frutos y semillas

El árbol anhela reproducirse y esparcir sus semillas para que echen raíces en distintos lugares. Pero su alcance está limitado a la extensión de sus propias ramas. Por eso, recurre a mensajeros más móviles para transportar sus semillas.

Produce frutos, en los cuales las semillas están envueltas en fibras sabrosas y coloridas, impregnadas de jugos dulces y aromas agradables. Las semillas por sí solas no despiertan interés en animales ni en personas; pero gracias a ese envoltorio atractivo, luego de consumir el fruto, las semillas son depositadas en distintos lugares.

Del mismo modo, cuando nos comunicamos con los demás, utilizamos muchos recursos para hacer nuestro mensaje atractivo. Sin embargo, debemos recordar que eso es solo el envase.

La semilla en sí es esencialmente insípida. La única manera de impactar verdaderamente en otros es transmitir nuestra propia fe en lo que decimos y nuestro compromiso con aquello que enseñamos.

Si la semilla está presente, el mensaje echará raíces en las mentes y corazones. Pero si no hay semilla, no habrá continuidad ni fruto, por más sabroso que resulte el envoltorio.

(Basado en las enseñanzas del Rebe de Lubavitch)

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