La prueba definitiva de Abraham

¿Por qué le damos a Abraham el mérito de haber superado la prueba de la Akedá, la unión de Isaac? Después de todo, fue Isaac quien estuvo dispuesto a entregar su vida.

El rabino Mendel de Horodok explicó:

Para almas nobles como Abraham e Isaac, entregar la vida para cumplir el mandato de Di-s no constituía una gran prueba. La verdadera prueba para Abraham fue abstenerse de intentar «sopesar los caminos de Di-s».

El Rebe, Rabino Menajem M. Schneerson, explicó:

Abraham había construido durante muchos años una escalera basada en la razón. Era un escéptico, un hombre guiado por aquello que le parecía lógico y que rechazaba lo irracional.

Las personas que lo rodeaban vivían en un mundo caótico, poblado por muchos dioses. Adoraban al sol, la luna y las estrellas, además de numerosos seres míticos. Abraham se dedicó a comprender estas creencias y llegó a rechazarlas todas.

El Midrash compara a Abraham con un hombre que viajó por un bosque, encontró una mansión completamente iluminada y exclamó:

«¡Seguramente debe haber un dueño de esta mansión!».

Donde otros veían una jungla, él veía un universo ordenado. Comprendió que debía existir algo que trascendiera ese orden, que lo hubiera creado y que lo dirigiera. Con su intelecto agudo e independiente, llegó a la conclusión de que existe un único Di-s, que está más allá del intelecto. Y proclamó esta verdad ante el mundo entero, sin temor.

Y entonces Di-s le quitó la escalera de debajo de los pies.

El mismo Di-s que le había prometido que Isaac sería su heredero, ese mismo Di-s le ordenó:

«Toma a tu hijo, a tu único hijo, a quien amas, a Isaac, y llévalo como ofrenda a uno de los montes que Yo te mostraré».

La razón ya no tenía cabida. Si en ese momento le hubieras preguntado a Abraham: «¿Cómo tiene sentido esto? ¿Cómo puede resolverse esta contradicción?», no habría tenido respuesta.

Porque no había respuesta.

No había ninguna escalera que llegara hasta allí.

Y, aun así, Abraham —el escéptico, el pensador independiente, el hombre de razón que se había rebelado contra toda una civilización porque sus creencias no tenían sentido para él— siguió caminando hacia un lugar que desafiaba toda lógica y toda razón.

Porque no se trataba de la razón. No se trataba de la escalera.

Se trataba de permanecer unido a Aquel que creó la razón; a Aquel para quien nada tiene que ser de una determinada manera y todo es posible.

En ese lugar no existen contradicciones.

En ese lugar, todo es Uno.

Por eso, cuando Abraham finalmente llegó al punto culminante de su desafío, cuando extendió su mano para tomar el frío cuchillo del sacrificio, todo el desafío desapareció.

«Lo has subido a esta montaña», le dijo Di-s. «Eso es todo lo que te pedí. Ahora, bájalo».

De repente, ya no había ningún desafío.

De repente, la escalera no se había caído.

Porque en ese lugar no hay desafíos.

No hay nada más que el Único.

Las torres que construimos

También vos, con tu mente, podés construir una escalera muy alta. Incluso podés construir una torre.

Si sos suficientemente inteligente, podés construir tu torre tan alto que desde allí llegues a contemplar cosas incomprensibles, incluso a Aquel que creó la mente.

Pero una torre construida por la mente siempre será precaria.

Basta con que alguien tenga una mente más inteligente que la tuya para quitar una viga de aquí, otra de allá, y pronto comenzarás a tambalearte, dudando de que exista algo más allá de lo que podés comprender y preguntándote si tus creencias son realmente ciertas.

Tu torre necesita tener cimientos construidos por Aquel que te dio la mente.

Profundizá en lo más profundo de vos mismo y descubrí tu verdadera identidad: ese lugar en el que estás unido, de manera inseparable, con Aquel que te creó.

Entonces, los soportes de tu torre serán fuertes.

Y si alguien los cuestiona, podrás decir:

«Hay muchas cosas que no comprendo. Esta es simplemente otra de ellas».

Y permanecerás conectado con lo Alto.

Al igual que Abraham, también vos llegarás a experimentar algo similar.

Cuando te mantengas firme aunque nada parezca correcto, cuando nada tenga sentido, cuando el Di-s en el que creés parezca haber desaparecido y se haya llevado consigo tu escalera, y aun así continúes ascendiendo, llegará un momento en que mirarás hacia atrás y dirás:

«¿En qué estaba pensando? No había ningún desafío. Todo había estado en su lugar desde el principio».

Por Tzvi Freeman

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