
Por Rabbi Mendel Kalmenson
Una reflexión para Yizkor sobre el amor, la gratitud y las palabras que no deberíamos dejar para después.
Hay momentos que dividen la vida en dos.
Todo lo que vino antes y todo lo que vendrá después. Para mí, uno de esos momentos ocurrió hace exactamente un año.
Había sido un hermoso Rosh Hashaná: las oraciones, las melodías, la comunidad, la sensación de renovación. Y entonces llegó la noticia de que mi padre había fallecido repentinamente la mañana de Rosh Hashaná.
De un día para otro, mi padre —mi modelo a seguir, mi pilar, mi todo— desapareció. Tenía setenta años.
A pesar de las numerosas dificultades, logré realizar el viaje al extranjero y llegar justo a tiempo para el entierro de mi padre. Pero no a tiempo para hablar con él.
Y esa diferencia ha permanecido dentro de mí desde entonces.
En las semanas y los meses siguientes, el dolor llegó por oleadas, como suele suceder. Una voz. Un gesto. Una fotografía. Un recuerdo que aparecía de la nada.
Pero un pensamiento seguía rondando en mi cabeza.
Había intentado llamar a mi padre en la víspera de Rosh Hashaná. No logramos hablar.
Y seguía pensando: Si tan solo lo hubiera sabido.
Si hubiera sabido que no habría otra llamada, no me habría detenido ante nada.
¿Qué habría dicho yo?
Nada dramático.
Simplemente:
Gracias por darme la vida.
Gracias por la persona que fuiste.
Gracias por las innumerables bondades, sacrificios, días y noches de silenciosa dedicación y amor.
Gracias por los valores que viviste, no solo por los que enseñaste.
Gracias por las partes de vos que se convirtieron en parte de mí.
Gracias por ser mi padre.
Hasta el día de hoy, el mayor arrepentimiento de mi vida es no haber tenido esa última conversación.
No porque mi padre no supiera que lo amaba. Sí lo sabía.
Y no porque nunca le hubiera expresado mi gratitud. Sí lo hice.
De hecho, si hay algo positivo en medio del dolor, es esto: la última vez que toda nuestra familia se reunió fue para celebrar su septuagésimo cumpleaños, apenas un mes antes de su fallecimiento.
Nos habíamos reunido desde distintos lugares del mundo para compartir un fin de semana de celebración, que culminó con la dedicación de un nuevo Séfer Torá en su honor.
Ese fin de semana, cada uno de nosotros tuvo la oportunidad de compartir palabras de amor y gratitud con él.
Y hoy, ese recuerdo es uno de los mayores consuelos en medio de nuestro dolor: mi padre partió de este mundo envuelto en el cálido abrazo del amor de su familia.
Él lo sabía.
Y, sin embargo, si hubiera sabido que el telón estaba a punto de caer, ¿qué no habría dado por una conversación más?
No habría dejado nada sin decir.
Y hoy, un año después, quiero tomar ese dolor y convertirlo en una súplica para todos nosotros:
Por favor, no esperes.
Hacemos una suposición extraña sobre las personas que amamos.
Suponemos que lo saben.
Por supuesto que mi esposa lo sabe. Mi esposo lo sabe. Mis padres lo saben. Mis hijos lo saben.
Y tal vez sí.
Pero hay una enorme diferencia entre el amor conocido y el amor expresado con palabras.
Una de las necesidades más profundas del corazón humano es, sencillamente, sentirse apreciado.
Escuchar a otro ser humano decir:
Mi vida es diferente porque vos estás en ella.
Partimos de otra suposición extraña: que nuestras vidas simplemente continuarán exactamente como están, cuando en realidad, nada está garantizado.
Lo sabemos intelectualmente. Pero rara vez vivimos como si realmente lo supiéramos.
Siempre habrá otro Shabat.
Otro cumpleaños.
Otra oportunidad para disculparse.
Otra oportunidad para dar las gracias.
Otra oportunidad para decir: «Hay algo que quería contarte».
Hasta que, de repente, ya no existe.
Quizás esto forme parte del mensaje de una de las piezas más conocidas de la liturgia de las Altas Fiestas, que se recita tanto en Rosh Hashaná como en Iom Kipur: Mi iijé umí iamut — «Quién vivirá y quién morirá».
El propósito de Unetané Tokef no es asustarnos con la fragilidad de la vida, sino hacernos conscientes de su valor y recordarnos que no debemos dejar nada sin decir.
Junto al mayor arrepentimiento de mi vida, llevo conmigo quizás el mayor regalo.
La última vez que mi padre nos visitó aquí, en Londres, fue pocos meses antes de su fallecimiento. Mis padres habían venido a pasar Shavuot con nosotros.
Mi padre no era un hombre de muchas palabras.
Creció en otro mundo, en otra época, entre una generación marcada por los catastróficos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial; una generación que sentía profundamente, pero que no siempre expresaba sus sentimientos.
Y, sin embargo, cuando se marchaba de nuestra casa por última vez, sucedió algo que jamás olvidaré.
Se quedó parado en la puerta principal. La luz del sol iluminaba su rostro.
Y, con la dulzura, la calidez y la ternura más profundas, me miró y me dijo:
«Mendel, que tengas tanta alegría y najás con tus hijos como yo tengo de vos».
No te imaginás cuántas veces he repetido esas palabras en mi mente.
Aún puedo ver la luz del sol en su rostro.
Aún puedo oír su voz.
Él no podía imaginar lo valiosas que se volverían esas palabras.
Yo tampoco.
Así pues, me llevo dos cosas de este último año:
el dolor de las palabras que nunca pude decirle a mi padre
y el inmenso regalo de las palabras que mi padre sí me dijo.
Y ambas me han enseñado la misma lección:
El amor no solo debe sentirse. El amor debe tener voz.
¿Cuántas palabras viven en nuestros corazones bajo la premisa de que siempre habrá otra oportunidad?
Así que, al comenzar a recitar Yizkor por primera vez en memoria de mi padre, permítanme pedirles algo en su recuerdo.
Algo sencillo, pero trascendental.
Demostrá tu amor con generosidad.
Cuando sientas gratitud, no te limites a sentirla: exprésala.
Cuando tu pareja tenga un gesto amable, decíselo en voz alta.
Deciles a tus hijos no solo que estás orgulloso de lo que han logrado, sino también qué es lo que más amás de ellos.
Llamá a tus padres.
Contales lo que has heredado de ellos.
Contale a un hermano o a una hermana lo que ha significado recorrer la vida juntos.
Contale a un amigo qué te ha aportado su amistad.
Ponete en contacto con un profesor, un mentor o alguien que te haya inspirado hace años, y decile:
Mi vida es diferente gracias a vos.
Un día, darías cualquier cosa por cinco minutos más con alguien a quien amás.
Hoy, esos cinco minutos siguen siendo tuyos y su voz sigue estando a solo una llamada de distancia.
No esperes las palabras perfectas.
El amor no requiere elocuencia.
Requiere valentía.
No esperes a que solo te quede el recuerdo.
Decilo mientras puedan oírlo.
Abrazalos mientras puedan sentirlo.


