El lado positivo del stress

La porción de la Torá de esta semana describe el diluvio que inundó la Tierra en el año 2105 A.E.C (1656 de la Creación), ahogando a todos sus habitantes.

Noaj, su familia y dos miembros de todas las especies animales sobrevivían el diluvio por medio de un arca maciza que
Noaj construyó para escudarlos de la destrucción. 

¿Qué relevancia posee esta historia en nuestras vidas?

UN DILUVIO DE TENSIÓN
Rabi Shneur Zalman de Liadi (fundador de Jasidut Jabad), explica el simbolismo de las poderosas aguas del
diluvio. Estas aguas representan las corrientes de ansiedad que constituyen nuestro esfuerzo diario para ganar el sustento y pagar las cuentas. Así como el diluvio abruma todo en su camino, también la carga de tensión financiera y las vicisitudes del mundo comercial pueden consumir nuestras mentes y ahogar nuestros espíritus. Y a medida que progresamos en la vida y nuestros horizontes de éxito se extienden, las presiones de la vida van en aumento. Las montañas dentro de nosotros, que representan lo alto que se hallaba nuestro espíritu del que estábamos orgullosos, se eclipsa por la ansiedad que proviene de nuestro enredo inevitable con el crudo mundo del materialismo. Y nos preguntamos, ¿qué pasó con mi alma? ¿Dónde desapareció mi montaña?

LA ISLA VERBAL
Para sobrevivir el diluvio en nuestras vidas construimos un “arca” en el que podemos encontrar refugio. La palabra hebrea para arca es, teivá, que también significa “palabra” Cuando Di-s le dice a Noaj “Entra en el Arca,” está diciéndole: “Entra en la palabra.”
Cada palabra de la Tefilá- Plegaria- es una mini arca. Si uno “entra” lo escudará de las tremendas presiones de sus horarios.
La Plegaria es una isla verbal, que da la bienvenida al hombre en el mundo sereno del espíritu, aunque sea por 15 minutos.

¿POR QUÉ LA VIDA DEBE SER “ESTRESANTE”?
Momentos después de que concluimos nuestras oraciones somos expulsamos del arca a las aguas rabiosas del diluvio.
¿Cómo reconciliar las dos realidades – la del espíritu con la batalla necesaria para la supervivencia en nuestra vida? ¿Por qué la jornada de la vida debe tener lugar en un diluvio, en lugar de un flujo liso y pacífico de agua?
La respuesta se encapsula en las palabras bíblicas: “Las aguas aumentaron y levantaron el arca para que se alzara sobre la tierra”
En el último esquema de cosas, no sólo que las aguas rabiosas del diluvio no ahogan el arca, sino que lo levantan a niveles inusitados de alturas espirituales.
La tensión creada en nuestras vidas genera un anhelo hacia la espiritualidad y Divinidad más poderoso que el que
podríamos experimentar en una vida de tranquilidad emocional.
El arca de la Tefilá nunca podría ser una experiencia elevada y profunda sin los rabiosos diluvios que la propulsan a tales alturas.
Cuando un ser humano -hundido por una miríada de presiones, frustrado por lo nulo de espiritualidad en su vida, atormentado por las vicisitudes de su condición diaria, entra en el arca de la plegaria y dice, “¡Di-s, libérame de mi interminable tensión!” cumple el propósito para lo que este estresante mundo fue creado: para generar un anhelo más profundo hacia Di-s y más verídico que el que se haya experimentado en el paraíso.

    • Rabi Yossi Jacobson

Bailando con lo divino

Simjat Torá: 13-15 de octubre de 2025

Después de los siete días alegres de Sucot , llegamos a la feliz festividad de Shemini Atzeret/Simjat Torá.

En la diáspora, el primer día se conoce por su nombre bíblico, Sheminí Atzeret. Seguimos viviendo en la sucá, pero sin bendición. 

El izkor , el homenaje a los difuntos, también se reza en este día.

El segundo día se conoce como Simjat Torá, durante el cual completamos e inmediatamente comenzamos el ciclo anual de lectura de la Torá. 

Este alegre hito se celebra con danzas, siguiendo tradicionalmente siete circuitos conocidos como hakafot , mientras se sostienen en alto los rollos de la Torá. Ambos días se celebran con el encendido de velas por la noche, comidas festivas tanto de día como de noche, y el descanso del trabajo . En Israel, toda la festividad se condensa en un emocionante período de 24 horas.

Cuándo:

Comienza en la noche del 13 de octubre y concluye después del anochecer del 15 de octubre de 2025.

Qué:

La festividad de Sucot es seguida por una festividad independiente llamada Sheminí Atzeret. En Israel, esta es una festividad de un día; en la diáspora, es una festividad de dos días, y el segundo se conoce como Simjat Torá. Esta festividad se caracteriza por una alegría desenfrenada, que alcanza su punto culminante en Simjat Torá, cuando celebramos la conclusión y reinicio del ciclo anual de lectura de la Torá.

Cómo:

Estos dos días constituyen una festividad importante ( yom tov ), ​​en la que se prohíbe la mayoría de los trabajos. En las noches anteriores, las mujeres y las niñas encienden velas, recitan las bendiciones correspondientes y disfrutan de comidas festivas, tanto nocturnas como diarias, acompañadas de kidush . No vamos a trabajar, ni conducimos, ni escribimos, ni encendemos ni apagamos aparatos eléctricos. Se nos permite cocinar y llevar objetos al aire libre (a menos que también sea Shabat ).

El primer día, Shemini Atzeret, se realiza la oración por la lluvia, que conmemora oficialmente el inicio de la temporada de lluvias en el Mediterráneo (es decir, Israelí), y la oración del Izkor (suplicando a Dios que recuerde las almas de los difuntos).

Ya no comemos las Cuatro Especies , y ya no mencionamos Sucot en las oraciones del día. Sin embargo, en la Diáspora todavía comemos en la sucá (pero sin recitar la bendición sobre ella).

Shemni Atzeret significa literalmente “octavo [día] de parada”. Proviene del versículo que nos dice que después de los siete días de Sucot, “en el octavo día, será una parada para ustedes”. 

Los sabios explican: Durante los 7 días de Sucot, se ofrecían un total de 70 toros en el altar del Templo , uno por cada una de las 70 naciones. En cierto sentido, la festividad de Sucot incluía a toda la humanidad. Sin embargo, en este día, Di-s nos pide que nos detengamos y celebremos un día más, solo nosotros y Él.

Simjat Torá

El momento culminante del segundo día, Simjat Torá (“La Alegría de la Torá”), son las hakafot , que se celebran tanto la víspera como la mañana de Simjat Torá. En ellas, marchamos y bailamos con los rollos de la Torá alrededor de la mesa de lectura en la sinagoga. (En muchas sinagogas, las hakafot también se realizan la víspera de Sheminí Atzeret).

En este día de alegría, cuando concluimos la Torá, es costumbre que todos los hombres participen en la celebración haciendo aliá . ¡Los niños también hacen aliá!

Después de la aliá final de la Torá, inmediatamente comenzamos un nuevo ciclo desde el comienzo del Génesis (desde un segundo rollo de la Torá); esto se debe a que tan pronto como concluimos de estudiar la Torá, la sabiduría infinita de Di-s, en un nivel, inmediatamente comenzamos de nuevo, esta vez para descubrir interpretaciones nuevas y más elevadas.

(En la Tierra de Israel, la celebración y las costumbres de estos dos días se comprimen en un solo día.)

 

El significado de Simjat Torá


Simjat Torá significa «alegría de la Torá». El nombre se deriva de que en este día celebramos la finalización de la lectura anual de la Torá y comenzamos de nuevo.

Tenga en cuenta que no se llama «alegría con la Torá» ni «alegría de la Torá», sino «alegría de la Torá». Esto se debe a que la Torá misma se regocija. Y cuando cantamos y bailamos con ella, le damos piernas y participamos en su celebración.

FUENTE

El Arpa del Rey David

El Rey David no dormía toda la noche como el común de la gente. Desde el anochecer hasta cerca de la medianoche estudiaba Torá jubilosamente con voz agradable.

Cuando el cansancio lo vencía, se adormecía. Pero a la medianoche se despertaba y se levantaba como un león para estudiar Torá ininterrumpidamente hasta el amanecer.

¿Cómo sabía el Rey David cuando era exactamente la medianoche?.

Él tenía un despertador original -su arpa-, el mismo instrumento con el que acompañaba sus hermosos cantos de alabanza al Creador. El arpa estaba colgada sobre su cama. A la medianoche, un viento suave del norte soplaba a través de la ventana que estaba abierta y tocaba dulcemente las cuerdas del arpa. Los suaves sonidos lo despertaban y le recordaban que era la hora de servir a su Creador.

Una vez, cuando empezaba a amanecer, los sabios de Israel y sus parnasim (líderes) entraron al cuarto del rey y le dijeron, “Su majestad, el pueblo necesita ganarse la vida. Hay mucha gente que no tiene nada para comer.“

“Vayan a ver a los Judíos ricos y díganles que les den Tzedaká (caridad) a sus hermanos pobres para que mantengan unos a otros”, respondió el rey.

“Perdónenos, Su Majestad, por nuestra insistencia,“ le dijeron los parnasim a modo de disculpa“ pero hay muchas familias numerosas con grandes necesidades. El dinero que recibirán de los ricos no será suficiente, del mismo modo que una pequeña cantidad de carne no alcanzaría para satisfacer a un león hambriento, y así como un pozo nunca se podría llenar con la tierra que se sacó a los costados y que luego se arrojó nuevamente al mismo.“

La compasión de David por los que padecían miseria resurgió. Luego de reflexionar por un momento. respondió, “ustedes saben que nuestros enemigos están oprimiéndonos y tramando destruirnos constantemente. Declarémosle la guerra. Con la ayuda de D’s, triunfaremos. En consecuencia, podremos tomar todo su oro y plata como botín de guerra y repartirlo entre los pobres. Esto les va a alcanzar para un tiempo largo.”

Antes de declarar la guerra, los sabios Judíos consultaron al consejero del Rey, Ajitofel, sobre quien Shemuel Hanaví (el profeta Samuel) declaró que recibió su cargo por ruaj hakodesh (espíritu divino). Ajitofel le enseñó estrategia militar a los judíos. Luego los líderes le pidieron permiso al Sanhedrín (Supremo Tribunal) para hacer la guerra y rezar por el triunfo. También consultaron a los Urim Vetumim, que era un trozo de pergamino sobre el cual estaba escrito el nombre sagrado de Hashem. Este estaba colocado dentro el peto del Kohen Gadol (sumo sacerdote). El joshen (peto) era una vestidura adornada con doce piedras que tenía los nombres de las doce tribus. El Kohén Gadol (Sumo Sacerdote) le preguntaba a los Urim Vetumim si el pueblo debía salir a la guerra o no, y si iban a triunfar. Como respuesta ciertas letras del Joshen se encendían como faroles y el Kohén Gadol ordenaba las letras en palabras. Si el mensaje que se formaba indicaba triunfo, los judíos sabían que del Cielo les permitían salir a la guerra y les otorgarían la victoria.

7 Personas que dejaron su huella en Rosh Hashaná

Adám

Rosh HaShaná coincide con el sexto día de la Creación, cuando Di‐s creó a Adám. Hashem eligió el cumpleaños del primer ser humano como el día que marca el Año Nuevo judío.
¿Por qué celebramos Rosh HaShaná en el aniversario de la humanidad? Porque los descendientes de Adám, jugamos un papel integral en la Creación. Di‐s creó un mundo incompleto.
Depende de nosotros usar el próximo año para llenar ese vacío, infundiendo al mundo Divinidad y santidad.

Sara

Nuestra matriarca Sara fue estéril, hasta que milagrosamente dio a luz a Isaac a la edad de 90 años. Nuestros Sabios dicen que fue en Rosh HaShaná que Di‐s “recordó” a Sara, lo que resultó en la concepción de Itzjak.
La lectura de la Torá del primer día de Rosh HaShaná relata la historia del nacimiento y los años de formación de Itzjak.

Itzjak

La lectura de la Torá del segundo día de Rosh HaShaná presenta a Itzjak. Relata la historia de la atadura, en cuyo mérito oramos para que Di‐s nos juzgue favorablemente y nos conceda un año de bendiciones.
Un detalle de esta historia es el carnero cuyos cuernos estaban enredados en un matorral, recordado por el Shofar, hecho con un cuerno de carnero.

Rajel

Rajel vio cómo su hermana Lea le daba a Iaakov un hijo tras otro, mientras era estéril. Finalmente, en Rosh HaShaná, Rajel fue recordada, y resultó embarazada con Iosef.

Jana

Jana, madre del profeta Shmuel, es parte del trío de mujeres estériles que fueron recordadas en lo alto en Rosh HaShaná.
En conmemoración, leemos la historia de Jana en la Haftará del primer día de Rosh HaShaná.
Este relato subraya el poder de la plegaria.

Guedalia

Después de que se destruyó el primer Templo Sagrado en Jerusalém, se nombró al justo Guedalia como gobernador de los judíos restantes.
Bajo su liderazgo, el pequeño grupo comenzó a recuperar cierta sensación de paz y seguridad. Pero, en Rosh HaShaná, Guedalia fue asesinado por un judío celoso y traidor llamado Ishmael.
Así, las últimas chispas de vida judía en la Tierra de Israel se extinguieron.
Para conmemorar este triste hito en nuestra historia, el día siguiente a Rosh HaShaná es día de ayuno, Tzom Guedalia.

¡Tú!

Rosh HaShaná es un día de Plegaria, para pedirle al Todopoderoso que nos conceda un año de paz, prosperidad y bendición. También es un día alegre, pues proclamamos a Di‐s Rey del Universo. Los cabalistas enseñan que la existencia continua del universo depende del deseo de Di‐s por un mundo, un deseo que se renueva cuando aceptamos Su reinado cada Rosh Hashaná.

Esto es algo que depende de todos, al escuchar los toques del Shofar y decidir servir a Di‐s durante el próximo año lo mejor que podamos. El verdadero héroe de Rosh Hashaná eres tú.

Adam y Javá en el Gan Eden

Luego de crear al hombre, a quien llamó Adam, Di-s declaró que no era bueno para él estar solo…

Luego de crear al hombre, a quien llamó Adam, Di-s declaró que no era bueno para él estar solo. Trajo a todos los animales y aves y los colocó frente a él para que recibieran de Adam un nombre. Pero Adam no logró una pareja para sí. Entonces Di-s lo hizo caer en un sueño profundo y removió una de sus costillas. Luego de moldearla, desarrollarla y completarla, emergió de ella una mujer que fue presentada a Adám, quien la llamó Javá. (Esta había sido el plan original de la Creación, pero Di-s decidió que Adám debía tomar parte en su propio desarrollo).

Di-s colocó a Adam y Javá en el jardín del Edén donde podían comer de todo excepto “el fruto del árbol de la sabiduría”. Pero Javá cayó bajo la influencia de una astuta serpiente y comió del fruto prohibido, ofreciéndoselo también a Adán. El castigo no tardó en llegar. Fueron forzados a abandonar el Jardín del Edén, comenzando una nueva vida, como ya sabemos, signada por el arduo trabajo de ganar el sustento y debiendo soportar los sufrimientos del parto. La serpiente también fue castigada viéndose obligada a arrastrarse y a comer el polvo de la tierra.

El propósito del hombre

El judaísmo sostiene que el hombre ha sido dotado de la libertad de optar entre lo correcto y lo incorrecto. En realidad, esa es la razón de haber creado al hombre como expresión máxima de la Creación. El hombre es un mundo en miniatura que contiene en su naturaleza todos los elementos que se encuentran en la Creación en su totalidad.8 El hombre y su Shabat fue la creación final de Di-s. Cada hombre encierra dentro de sí una chispa del Todopoderoso y es, por lo tanto, capaz de reconocer y servir a Di-s. Fue creado con el propósito especifico de imitar la rectitud de Di-s en la tierra impidiendo que la corrupción, la codicia y la violencia dominen por sobre la justicia y la bondad.

Un análisis de las Siete Leyes Noájicas revela que proveen normas de comportamiento a seguir:

1. Establecer tribunales de leyes y orden

2. No blasfemar contra el nombre de Di-s

3. No reverenciar ninguna forma de ídolo o deidad que no sea Di-s

4. No matar

5. No cometer adulterio

6. No defraudar ni robar

7. No comer órgano alguno de animal viviente

Estas siete leyes sirven al propósito de ayudar al hombre a cumplir su misión en este mundo, además de servir de base para la moralidad y la ética. Las prohibiciones referentes a la idolatría y la blasfemia enseñan al hombre a reverenciar y respetar a Di-s como fundamento del universo. Las prohibiciones en cuanto al asesinato, el adulterio, el robo y la corrupción de la justicia son el basamento de la ética humana. La prohibición de comer órganos de un animal vivo enseña al hombre a mostrar bondad hacia los seres inferiores así como a ejercer control sobre sus apetencias animales.

Un gentil que cumple estos siete preceptos por el solo hecho de que Di-s así lo ordenó es conocido como uno de los jasidei umot ha-olam (“gentiles rectos del mundo”.) Tal no-judío, aun cuando nunca abrace el judaísmo, se hace acreedor a la vida en el Olam Ha-Ba (el Mundo por Venir.) Tanto el piadoso no-judío como el piadoso judío pueden aspirar a la vida eterna.

El primer ser humano fue creado luego de haber sido creados

los animales y todo lo vegetal. Hashem quiso que Adam encontraba al mundo bellamente preparado para él. Pero existía además un segundo propósito. El mundo debía servir también de recordatorio de la razón de su creación. El hombre fue creado a semejanza a Di-s, con el intelecto y la sensibilidad necesarios para comprender la Creación y estar al servicio del Amo del Universo.

Dijo entonces Hashem: “Si cumple Mi voluntad, ostentará la imagen de Di-s y reinará sobre los animales; pero, si no lo hace, perderá su imagen divina y será dominado por los animales”.’

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem

El Rey David

Shavuot es el aniversario del fallecimiento del Rey David.
¿Quién fue? ¿Quiénes fueron sus antepasados? 
¿Por qué decimos “DAVID, REY DE ISRAEL, VIVE Y EXISTE”,  “DAVID MELEJ ISRAEL JAI VE KAIAM”?

 

LOS ANTEPASADOS DEL REY DAVID

Cuando David nació en Bet-Lejem en la tierra de Iehudá -Judea- (en el año 2854 luego de la Creación -906 antes de la Era Común) estaba diez generaciones distante de Iehudá, uno de los doce hijos de Iaacov.

David pertenecía a la familia real de su tribu, que dio a Israel muchos príncipes y líderes. Uno de los remotos antepasados de David, Najshon, hijo de Aminadav, se hizo famoso en el Cruce del Mar Rojo, luego de la liberación de Israel de manos de los egipcios.

Fue el primero en saltar al mar, ante lo cual se dividió éste para dar paso a los israelitas.

Desde entonces, Najshón fue el más venerado de todos los príncipes de Israel. También fue el primero en traer sus ofrendas al Mishkán (Santuario Móvil del Desierto) que fue erigido al año siguiente.

El bisabuelo de David, Boaz o Ivtzán, fue el décimo Juez de Israel. Estos fueron los líderes de Israel durante el período que corre entre Iehoshúa y el Rey Shaul. Boaz, siguiente a Iftaj -Ieffe-, fue el décimo y gobernó durante siete años (2785-2792). Fue uno de los hombres más Sabios, grandes y piadosos de su generación. Sus posesiones eran muchas, y su generosidad fue famosa.

Cuando Boaz llegó a los ochenta años, se casó con Ruth, por quien un libro de la Torá (que también se acostumbra leer en algunas comunidades) lleva su nombre. Ruth era miembro de la real familia Moabita.

Su abuelo era el poderoso rey Eglón de Moav y, sin embargo, Ruth prefirió transformarse en una común mujer judía en lugar de en una princesa real de Moav. Todos sus sufrimientos y desgracias no hicieron vacilar la gran devoción que sentía hacia su nuevo pueblo. Aún entre las modestas y hermosas doncellas de lehudá, Ruth sobresalía por sus encantos propios; su modestia, su piedad, su devoción y su desinterés, se hicieron célebres.

¡Cuán ricamente fue recompensada! Se convirtió en una princesa de Israel – la esposa del Juez gobernante y la tatarabuela del Rey David. Vivió lo suficiente como para ver no sólo el glorioso reino del Rey David, sino también a Salomón ascender al trono de un Israel fuerte y glorioso.

A través de los años, las grandes tradiciones de la noble familia, hasta Iehudá y Iaacov, fueron preservadas por la Casa de Ishai, padre de David. He aquí una casa de sabiduría, piedad, bondad, generosidad y riqueza. Y los rasgos más nobles de sus célebres y grandes antepasados, fueron otorgados a David.

EL REY DAVID – AUTOR DE LOS SALMOS

No fue como el gran guerrero o el poderoso monarca que David ganó el eterno cariño de nuestro pueblo, y de todos los pueblos de la Tierra, sino como autor del Libro de los Salmos (Tehilim) “ Poesía Más Dulce de Israel”.

El Rey David continuó el aprendizaje tradicional de la Torá, siendo el sucesor espiritual del profeta Shmuel -Samuel-. Se rodeó de un grupo de profetas y sabios, y juntos estudiaron la Torá. No se preocupó de los placeres de la vida y el confort que su palacio real le brindaba y, a diferencia de otros reyes, se levantaba antes de la salida del sol para orar y cantar salmos de alabanza a Di-s, el Rey de los Reyes.

Los Salmos son himnos de alabanza al Di-s Todopoderoso, Creador del Universo. Hablan de la grandeza de Di-s, Su bondad y misericordia; Su poder de justicia. David derrama todo el contenido de su corazón en estos Salmos y da fe de su sincera y pura confianza depositada únicamente en Di-s. Muchos de los Salmos son oraciones y súplicas a Di-s que el Rey David decía en tiempos de peligro.

Algunos contienen buenos consejos, mostrando el verdadero camino de la felicidad a través de la virtud y el cumplimiento de los mandamientos de Di-s. De esta manera, los Salmos reflejan con asombrosa exactitud todos los variados incidentes que pueden ocurrir en la vida, tanto al individuo, como a toda la nación judía en carácter de sociedad. Verdaderamente, a través de la historia de David, su exilio y persecución, sus luchas y eventual triunfo, el pueblo judío, colectiva e individualmente puede encontrar un ejemplo y una profecía de su propia vida. No es de extrañar que el Libro de los Salmos ha servido, pues, a través de las edades y hasta el día de hoy, como fuente infinita de inspiración, coraje y esperanza.

LOS SALMOS

Entre los veinticuatro libros que componen el Tanaj, el Libro de Tehilím – Salmos- es el primero de los “Ketuvim” -la tercer parte del Tanaj, los Hagiógrafos-.

El orden de este último sector del Tanaj es el siguiente: Tehilím -Salmos-, Mishlei -Proverbios-, Iyov -Job-, las 5 Meguilot -Rollos (de Ester, Rut, etc.)- Daniel, Ezra -Esdras-, Nejemia -Nejemías- y Dibrei Haiamim—Crónicas-.

El Libro de los Salmos contiene, en su mayoría, cánticos de alabanza al Creador del mundo. Expresan la maravillosa e infinita Sabiduría Divina, y Su inmenso poderío, revelados a través de la naturaleza, a cada paso.

“Los cielos narran la gloria de Di-s y la obra de Sus manos dice el firmamento” expresa el Salmista en su plegaria y mientras continúa profundizando en las maravillas de la naturaleza, arriba a la conclusión de que “¡Cuán incontables son Tus obras, oh Di-s, todos las has hecho con sabiduría!”.

Muchos capítulos de esta obra hablan de la rectitud y equidad de Di-s, otros expresan el reconocimiento humano por el bien que emana del Creador, Su bondad y misericordia. Su constante Supervisión individual con cada una de Sus criaturas, desde la más grande hasta la más insignificante. A la par que medita sobre los intrínsecos caminos de la Supervisión Divina, el hombre se impregna de un sentimiento de seguridad, consciente de que el Todopoderoso no conoce descansos, estando siempre preparado y dispuesto a ayudarle. Este sublime pensamiento es reflejado por el Rey David cuando dice: “Di-s es mi pastor, nada ha de faltarme” o “Di-s es mi luz y mi salvación, ¿de quién he de temer?”.

Siguiendo este curso de pensamientos, el hombre llega a una concepción de su pequeñez. Empero, mano a mano, reconoce su responsabilidad como corona de la Creación, descubriendo cómo cada uno de sus actos tiene una resonancia en todos los planos del universo.

“Cuando he de observar Tus cielos, obra de Tus dedos, la luna y las estrellas que has establecido ¿qué es el hombre para que lo recuerdes, qué significa el ser humano para que lo rememores? (Salmos 8:5-6) Este tipo de pensamientos lleva al hombre a sentir un temor reverencial, un profundo amor a Di-s, incentivándolo en la búsqueda de la superación, imponiéndole metas más elevadas y puras, hasta que éste llega a un estado de éxtasis espiritual.

Otro de los aspectos que se detallan en los Salmos es el que comprende al arrepentimiento proveniente de lo más recóndito del corazón; la súplica acompañada de pedidos de perdón por las acciones que no son bien vistas a los ojos del Creador.

En otros capítulos se recalca la importancia que denota el fiel cumplimiento y observancia de los preceptos de la Torá, la perseverancia del hombre en la adquisición de buenas cualidades, llevadas a la práctica.

El capítulo 119 de los Salmos, el más largo de todos los libros del Tanaj, sigue el orden correlativo de las letras del abecedario hebreo, repitiéndose cada versículo -que comienza con una letra específica del abecedario- ocho veces.

Este capítulo tiene 176 versículos. Cada uno de estos versículos expresan, de algún modo, un aspecto de la Torá y las Mitzvot, utilizando diferentes expresiones: testimonio, camino, ordenanzas, decretos, preceptos, leyes-, etc.

En adición a los Salmos de orden individual, muchos de ellos son manifestaciones colectivas, en nombre de todo Israel, como cántico de agradecimiento ante situaciones históricas específicas, como el Éxodo de Egipto, la Revelación Divina ante el Monte Sinaí, etc.

El Libro de Tehilim contiene 150 capítulos y está dividido en cinco sublibros, cada uno correspondiente a uno de los libros del Pentateuco.

Asimismo, este Libro está también dividido -independientemente de la división mencionada- en siete partes, de acuerdo a los días de la semana.

La vaca y el becerro

El hijo de una sirvienta una vez ensució el Palacio Real. Dijo el Rey: “Que venga la madre y limpie la suciedad de su hijo”. Así mismo, Di-s dijo: “Que venga la vaca (roja) a expiar el pecado del becerro (de oro)” Midrash Tanjuma, Jukat.

La Torá define “vida” como un lazo con Di-s. Por ello, los hombres justos son llamados vivos incluso luego de su muerte física, mientras que los transgresores (del deseo Divino), incluso durante sus vidas son considerados muertos. Una vida desconectada de su fuente es una vida falsa, una vida desprovista de su esencia y razón de ser.

Esto explica la conexión entre la “vaca roja”, que está prescrita Divinamente como antídoto para la impureza ritual causada por el contacto con los muertos, y para el pecado del becerro de oro.

Inmediatamente luego de la creación del mundo, Adán, el primer hombre, reconoció este compromiso con Di-s como esencia de su vitalidad. Pero aquél mismo día, una brecha apareció en el lazo entre la criatura y el Creador. El hombre transgredió el deseo Divino (al comer de la fruta del Árbol del Conocimiento); y como resultado, el fenómeno de la muerte se hizo parte de la experiencia humana.

Veintiséis generaciones después; la muerte fue vencida una vez más. Di-s descendió sobre el Monte Sinai, reestableciendo Su original e íntimo lazo con Su creación; el hombre se comprometió inequívocamente a cumplir con el deseo Divino; reestableciendo su original y absoluta conexión con la fuente de su vida y liberándolo de los embragues del ángel de la muerte.

Pero también en esta ocasión, el flujo puro del cielo a la tierra duró poco. Cuarenta días luego de que el pueblo de Israel estuvo parado en el Sinai, transgredieron el Divino decreto “No tendrán otros dioses frente a Mí”, al adorar a un becerro de oro. La pestilencia de la muerte, introducida al mundo por el pecado de Adán y eliminada en el Sinai, fue reintroducida por el pecado del Becerro de Oro.

Tres Niveles de Relación:

Cómo último síntoma de la desconexión del hombre con Di-s, la muerte es el “padre de todos los padres de impurezas”. La Torá trae diferentes formas de impurezas rituales, pero la más severa es generada por un cuerpo muerto. Mientras que otras formas de impureza son transmitidas al tocar o mover un objeto impuro, la impureza de la muerte es única en el sentido que también puede ser transmitida a través de un “toldo”: si una persona se encuentra, ya sea por un momento muy breve, bajo el mismo techo que una persona muerta, se vuelve ritualmente impuro hasta que le salpiquen las cenizas de la Vaca Roja.

Las enseñanzas Jasídicas hablan de tres niveles generales de relación: interno, inmediatamente abarcadoras y distantemente abarcadoras (Pnimí, Makif Hakarov y Makif Harajok).Un ejemplo son las tres necesidades básicas del hombre: comida, vestimenta y refugio. La comida es “interna”, entra en el cuerpo y se convierte en parte de él. La vestimenta es el “abarcador inmediato”, envuelve el cuerpo pero no tiene un relación directa con él (cuanto más grande sea la persona, ropas más grandes necesitará, cuanto más chica sea la persona, precisará vestimentas más chicas). Un hogar en “distantemente abarcador” de la persona, lo rodea de forma que no mantiene una relación directa con él.

En el psiquis humano, éstos corresponden al intelecto, voluntad y deseo. El intelecto es la “comida” de alma: verdades racionales son ingeridas y digeridas por la persona e incorporadas en él como parte de su forma de pensar y ver las cosas. Más “abarcador” es la voluntad, que es esencialmente supra racional, y por lo tanto va “más allá” de la persona, imponiéndose sobre su ser interno y externo. Aún así, la voluntad es un “abarcador inmediato”, adecuándose al ser racional como una vestimenta se adecúa al cuerpo (por ello, una persona dará explicaciones racionales sobre porqué quiere algo; estas “razones” no son la verdadera causa de su voluntad, pero el mismo hecho que puede ser explicado significa que la voluntad no está completamente removida del ser racional). El “abarcador distante” es el deseo, que va más allá de la razón y es inexplicable, portando ninguna relación visible con la composición interna del alma.

Paradójicamente, cuanto más “distante” se encuentre algo, más se integra a la auto definición de la persona. Por ello, la personalidad de una persona se refleja más en sus vestimentas que en lo que come, y su casa es más integral a su identidad que sus ropas. La voluntad de una persona sacrifica más por lo que quiere que por lo que entiende, y sus “deseos” supra racionales lo tocan aún más profundamente y son incluso más esenciales para él. En verdad, esto no es una paradoja: ya que los elementos más “abarcadores” en la vida de una persona son generados en lo más profundo de su esencia, son tan profundos que no pueden ser asimilados por las facultades finitas de su ser conciente.

En esto se encuentra el significado del hecho que la impureza generada por la muerte es conducida a través de un “toldo”, impregnando de impureza el lugar en el que se encuentra y contaminando todo lo que se encuentre bajo su techo. Otras impurezas afectan sólo el aspecto “interno” de la persona, o como mucho, las áreas “inmediatamente abarcadoras” de su ser: correspondientemente, son conducidas por contacto directo o de segunda mano. Es una marca de la primacía de la impureza de la muerte que se inflitra también en los aspectos “distantemente abarcadores” de la persona y correspondientemente se extienden también a través de “abarcadores distantes”: la casa o el “toldo” que lo alberga.

El Antídoto:

Para purificar a alguien que ha sido contaminado al tener contacto con un muerto, la Torá nos ordena que una vaca roja debe ser faenada y quemada, y sus cenizas ser mezcladas con “aguas vivas”, aguas de una fuente que nazca de la tierra. Estas “aguas de purificación” son luego salpicadas a la persona contaminada en el tercer y séptimo día de su perído de siete días de purificación.

Ya que si la muerte es un síntoma de desconexión con Di-s, la mitzvá, o el mandamiento Divino, es la manera que conseguimos conectarnos y unirnos con Él. Y la ley de la vaca roja es la mitzvá ejemplar: el mandamiento que inviste a todos los 613 mandamientos de la Torá.

La ley de la vaca roja es un Jok- un decreto Divino supra racional. El Midrash relata que cuando Di-s le enseñó esta ley a Moshé, el recibidor de la Torá estaba incrédulo. “¡Dueño del Universo”, gritó, “¿Esto es una purificación?. A lo que Di-s respondió: “Moshé, es un jok, un decreto que He decretado, y ninguna criatura puede comprender completamente Mis decretos”.

Aún así, la Torá introduce la ley de la vaca roja con la frase, “Éste es el decreto de la Torá”, implicando que es el prototipo de todos los mandamientos de la Torá. Ya que en esencia, cada mitzvá, incluyendo estas mitzvot supra racionales como “No matar” y “Honra a tu padre y a tu madre”, es un decreto supra racional de Di-s. Las varias razones y explicaciones que pueden darse acerca de una mitzvá no son sino una racionalidad superficial que encierran profundidades supra racionales.

Pero la ley de la vaca roja es más que un ejemplar de la supra racionalidad de las mitzvot. Los detalles de esta mitzvá invisten las variadas formas y funciones que la mitzvá asume, haciéndola un microcosmo de los 613 mandamientos de la Torá.

La ley de la vaca roja está repleta de temáticas contradictorias y provisiones. Las cenizas de la vaca roja remueven la más severa de las impurezas, pero aquellos que se ocuparon de la preparación de la misma (los matarifes de la vaca roja, los encarcados en quemarla y en recolectar las cenizas) se impurifican ritualmente. 

La cada misma es una paradoja de lo más bajo y lo más elevado: debe ser completamente roja (un color que tiene connotaciones negativas en la Torá y la ley de la Torá); la Torá nos ordena que debe ser faenada fuera de la santa ciudad de Jerusalem (en contraste a otras ofrendas, que debían ser faenadas en el patio del Templo Sagrado); y por el otro lado, debe ser “perfecta” sin ninguna falla; es faenada dentro de la vista del Templo Sagrado y su sangre es salpicada “en dirección al Sancto Sanctórum”, es preparada por un Kohen (sacerdote), y de acuerdo a una opinión por el Kohén Gadol (el Sumo Sacerdote) visitiendo ropas blancas, que son generalmente reservadas para los servicios de Iom Kipur en el Sancto Sanctórum. 

Y la mezcla purificadora de las cenizas y el agua es una combinación de dos fuerzas contradictorias: fuego, que representa el poder de ascención, y agua, que personifica la cualidad de “asentarse” y saturación.

Esta es la paradoja de la mitzvá, con la que Di-s se nos une descendiendo a este mundo físico para santificarlo, y al mismo tiempo mantienéndose apartado de su materialidad y profanación. En general, esta es la función de las dos categorías de las mitzvot: las 365 “prohibiciones”, con las cuales nos santificamos al rechazar la corporalidad del estado físico, y los 248 “mandamientos positivos”, con los cuales interactuamos y desarrollamos el mundo físico convirtiéndolo en un recipiente para la Divinidad. 

En particular, cada mitzvá individual es un acto “positivo” y “prohibitivo”: un acto de rechazo y aceptación, de trascendencia y participación, un amalgama de fuego ascendiente y agua descendiente. Una mitzvá es un hombre que vive una vida física, aceptando el estado físico como un medio para conectarse con Di-s, y al mismo tiempo, se mantiene como un ser espiritual, no dejando que el estado físico defina su vida y dictamine sus prioridades.

¿Cómo actúa uno en el mundo físico sin que sea absorvido por él? ¿Cómo uno puede asegurarse que el elemento “agua” de uno no se embarre al descender? 

La respuesta se encuentra en la estipulación de la Torá que el agua mezclada con las cenizas de la vaca roja debe ser “agua viva”, “agua que se ha filtrado a través de los canales de la tierra…y de esa forma es refinada y rectificada”.

“Tierra” representa la humildad y auto abnegación. Cuando la participación de una persona con lo material se filtra a través de la tierra de la auto abnegación con Di-s (o sea, la ausencia de todos los motivos y aspiraciones salvan el cumplimiento de Su voluntad), sus aguas son “aguas vivas”, no contaminadas por los gravámenes negativos de la vida material. 

Mezcladas con el fuego de los esfuerzos espirituales, limpia al mundo de los vestigios de la meurte, de la separación y desconexión de Di-s, y reestablece la armonía primordial entre el Creador y la creación.

Basado en una entrada del diario del Rebe, en el año 5700 (1940).

Una identidad transformada

PEQUEÑOS PROFETAS

La vida se había complicado para los hijos de Israel en Egipto. Cada día traía consigo un nuevo decreto del Rey Paró, haciéndoles la vida miserable a los Hebreos. Pero había por lo menos una familia que le daba esperanzas a los demás. Era la familia de Amram, el hijo de Kehot y bisnieto de Iaakov. Él y su esposa Iojeved, tenían dos hijos pequeños, Miriam y Aharón.

Un día, Miriam comenzó a aplaudir y dar vueltas por toda su casa diciendo: “Voy a tener un hermanito que salvará a nuestro pueblo de las manos de los Egipcios”.

Las palabras de Miriam pronto se hicieron realidad.

El séptimo día de Adar, Amram y Iojeved tuvieron un hijo varón, el cual inmediatamente llenó de luz el hogar. Las nubes se despejaron y el sol brilló más que nunca. Amram se acercó a su pequeña hija y la besó diciéndole: “Mi querida hija, ahora veo que tenías razón. Tu pequeño hermano no es un bebé común. Él va a ser nuestra salvación”.

Por tres meses, los alegres padres escondieron al bebé de los oficiales de Paró, quienes iban de casa en casa buscando bebés judíos para tirarlos al río. Al final de los tres meses, los oficiales comenzaron a buscar en la casa de Amram, y él, junto con Iojeved, sabían que no podían esconderlo por mucho tiempo más. Entonces Iojeved dijo: “No puedo proteger más a mi bebé, sólo Di-s puede hacerlo. Voy a dejarlo en Sus manos”.

Diciendo esto, Iojeved hizo un pequeño cesto de hierba y lo cubrió con brea por fuera para que resista el agua. “Haz que mi bebé no sufra el olor a brea”, dijo, es por eso que no le puso brea por dentro. Luego puso al bebé en el cesto, lo llevó a Río Nilo y lo escondió entre los juncos.

EL FATÍDICO DÍA

Con lágrimas en los ojos, volvió a casa. La pequeña Miriam permaneció cerca del río para ver qué le podría pasar a su hermano.

En ese preciso momento, los Ángeles se reunieron ante Di-s suplicándole por el pequeño bebé. “Oh Di-s”, dijeron, “Tú has prometido que llegaría el día cuando los hijos de Israel serían liberados de Egipto, y dada tu sagrada Torá eso sería el sexto día de Siván. Hoy es ese día, ¿dejarás que este niño tenga hambre y esté expuesto en las aguas del Nilo?”

Inmediatamente, Di-s ordenó al sol que brillara fuertemente, provocando que todas las mujeres y niños Egipcios vayan al río Nilo a refrescarse.

La princesa Batia, hija del Rey Paró, llamó a sus sirvientas, quienes también fueron a bañarse al río.

De pronto, la princesa notó un pequeño cesto en los juncos del río. Envió a una de sus sirvientas para que lo recogiera, pero la malvada dijo: “¿Para qué molestarse, princesa, con un pequeño cesto que seguramente hay un bebé Judío escondido? ¿Acaso nuestro rey no ordenó que todos los bebés sean arrojados al río sin lástima?

La princesa había perdido el uso de sus brazos por una enfermedad, y pensó: “Si sólo pudiera usar mis mandos, podría agarrar el cesto yo misma”. En ese preciso momento, aquél pensamiento provocó que algo extraordinario ocurriese. De pronto pudo sentir que sus manos estaban fuertes nuevamente. La princesa se acercó hasta los juncos y tomó el pequeño cesto con sus propias manos.

Cuando lo abrió, encontró un pequeño bebé con una cara iluminada, que brillaba como el sol. La princesa tuvo lástima de él y dijo: “Seguramente es uno de los infortunados bebés judíos. No seré tan malvada como mi padre, yo lo salvaré”.

EN LOS BRAZOS DE SU MAMÁ

La princesa le ordenó a una de sus sirvientas egipcias que lo alimentara, pero en el momento en el que la señora lo agarró, comenzó a llorar y se rehusó a ser alimentado. La princesa le ordenó a otra sirvienta que lo hiciera, pero nuevamente no pudo.

En ese mismo momento, Miriam se encontraba a muy poca distancia de allí, mirando atentamente todo lo que estaba pasando con su hermano, sin decir una palabra. Cuando escuchó a su pequeño hermano llorar, se acercó y le dijo a la princesa: “¿Llamo a alguien para que alimente al niño?”

“Por favor, hazlo”, dijo la princesa, “y te recompensaré”.

Miriam volvió a su casa, y le dijo a la mamá todo lo que había pasado en el río. “¡Rápido madre” dijo, “la princesa está esperando, el bebé tiene hambre!”.

Iojeved corrió hasta el río, y a penas sostuvo al bebé en brazos, este paró de llorar y comenzó a sonreír. La princesa también comenzó a sonreír, y le dijo a Iojeved: “Te pagaré dos shekels cada día si le das de comer a este bebé por mi”.

“Estaré sumamente contenta de hacerlo”, dijo Iojeved.

“Bien, te confío al bebé por dos años” dijo la princesa, “pero recuerda que al final de los dos años, deberás traerlo al palacio, sano y salvo”

“Será el niño de mis ojos”, dijo Iojeved, y si lo llevó a su casa.

LOS SIETE NOMBRES

Iojeved cumplió con su promesa, y al final de los dos años, le llevó el bebé a la princesa. Batia estaba contenta de verlo. Nunca antes había visto a un niño tan lindo.

“¿Cómo lo llamas?”, le preguntó Batia.

“Le dimos seis nombres” dijo la mamá. “Jered, Javer, Yekutiel, Avigdor, Avi-Sojo y Avi-Zonoaj”

“Le daré un séptimo nombre” dijo Batia. “Lo llamaré Moshé, porque lo saqué del agua”.

Di-s dijo: “Debido a que Batia fue tan amable y misericordiosa, el niño será llamado por el nombre dado por ella”.

Desde ese día, Moshe se quedó en el palacio, y la princesa lo amaba tratándolo como si fuera su propio hijo. Cada uno que venía al palacio y veía a Moshe, admiraba su inusual belleza y buenos modales. Incluso el malvado Paró lo amaba y jugaba con él.

Por: Nissan Minde

La vista desde la ventana de mi hijo

Por Jay Litvin

Como padres, sabemos más que nuestros hijos. Somos mayores y más sabios. Tenemos más experiencia, y esta experiencia a menudo nos hace más prácticos y más inteligentes ante las cosas del mundo.

En nuestro deseo de ayudar a nuestros hijos, a menudo nos inclinamos a compartir este conocimiento con ellos, a darles consejos o simplemente a decirles lo que sabemos cuando pensamos que les será útil.

Pero al reflexionar sobre nuestras propias vidas, podríamos descubrir que recibir el conocimiento de otra persona, que nos contara la sabiduría de su experiencia, no fue lo más útil. En cambio, preferimos descubrir la verdad por nosotros mismos. Y agradecemos a quienes nos ayudaron en este proceso de descubrimiento, en lugar de interrumpirlo.

Como padres, desempeñamos muchos roles y podemos establecer diversas formas de relación con nuestros hijos. Entre ellas, la de maestro, guía y mentor; amigo, aliado, compañero y apoyo. Debemos ser, con delicadeza, portadores de sabiduría, autoridad y disciplina, a la vez que fuente de amor incondicional, calidez y aceptación.

Creo que estos roles se complementan, no se contradicen. La cercanía con nuestros hijos no debilita nuestra autoridad, cultivar la amistad no disminuye el respeto, y aceptarlos tal como son no les niega la oportunidad de mejorar. Es más bien cuestión de tiempo y discernimiento, de evaluar cada oportunidad para determinar qué aspecto de nuestra relación queremos fomentar y será más beneficioso en cada momento.

En nuestro afán por educar y guiar a nuestros hijos, podemos pasar por alto demasiado rápido un paso esencial: conocerlos y aceptarlos tal como son, tal como perciben y comprenden el mundo que los rodea. Sin este paso, nuestros esfuerzos por educarlos y guiarlos podrían no solo ser inútiles, sino también generar rebeldía. Conocerlos y aceptarlos tal como son, explorar con ellos cómo ven el mundo y compartir la admiración mutua por las múltiples maneras en que el mundo puede percibirse y comprenderse, contribuirá a nuestros esfuerzos de educación y orientación y, al mismo tiempo, nos acercará más a ellos.

En lugar de ver a nuestros hijos como recipientes vacíos esperando ser llenados, y a nosotros mismos como fuentes rebosantes de conocimiento ansiosas por llenarlos, imaginemos por un momento que nuestros hijos poseen sus propios niveles de conocimiento y experiencia. Y aunque no seamos recipientes vacíos, al menos dejemos de lado las ideas preconcebidas sobre quiénes son y qué saben, y acerquémonos a ellos con genuina curiosidad y asombro.

Los niños no siempre tienen sentido, pero suele haber algo de sentido tras lo que a primera vista puede parecer absurdo. Si usted, como padre, cree esto, su conversación con sus hijos tendrá como objetivo descubrir su sentido, el significado o la lógica que se esconde tras sus palabras. Al hacerlo, formará parte de una encantadora aventura al descubrir qué y cómo piensa su hijo y cómo entiende el mundo. Y si logra hacerlo sin intentar corregir su pensamiento, se adentrará cada vez más en la realidad de su hijo tal como es, comenzará a conocerlo tal como es y a ver el mundo como él lo ve, independientemente de si esto se ajusta a la percepción adulta de la realidad tal como la experimenta usted.

Por lo tanto, un ingrediente clave para este viaje hacia el yo interior de su hijo es una curiosidad genuina sobre quién es. Esta curiosidad, libre de segundas intenciones, surge tanto del cariño por su hijo como de la afirmación de que la realidad, para ambos, es más una cuestión de percepción que de hechos. En otras palabras, el mundo es lo que nosotros creamos de él. Lo que vemos y pensamos en la realidad a menudo depende de la perspectiva a través de la cual cada uno ve el mundo de forma única.

Simplemente buscas vislumbrar el mundo a través de la perspectiva de tu hijo. Será una perspectiva única. Cada uno de nosotros, niños y adultos, ve y comprende el mundo de forma única.

¿Esto generará confianza y cercanía? Analiza tus relaciones con quienes te rodean. En un entorno tolerante, con personas que sienten una genuina curiosidad por cómo vemos el mundo y que nos animan a compartir nuestras percepciones, ¿quién no querría ser franco? A menudo, nos sentimos halagados por tal atención, satisfechos de que nuestras opiniones y puntos de vista sean considerados y valorados.

Los niños no son la excepción. Ellos también florecerán gracias a tu genuina curiosidad e interés, a tu aceptación y aprecio por su visión del mundo. Percibirán no solo tu interés y cariño, sino también cómo te enriquece el privilegio de compartir la visión del mundo de otra persona, especialmente la de alguien a quien amas.

¿ Te enriquecerás ? Sin duda. Porque uno de los grandes placeres de este viaje de descubrimiento es el don de compartir el mundo de otro. Es como si se te diera la capacidad de ver el mundo con nuevos ojos, de descubrir un mundo tan auténtico como el tuyo, pero hasta ahora completamente desconocido para ti. No estás descubriendo el mundo de un niño, sino el mundo que experimenta tu hijo. Y es tan real como el tuyo o el de tu esposo, esposa o mejor amigo. Es tan fresco como el de Rembrandt, tan trascendental como el de Einstein, tan inusual como el de Van Gogh, tan aterrador y macabro como el de Edgar Allan Poe. Tiene su propia armonía y lógica, si tan solo pudieras detenerte lo suficiente para escucharlo y comprenderlo.

Un padre relata:

Al mirar por la ventana, mi hijo vio un árbol cuyas ramas se balanceaban vigorosamente hacia adelante y hacia atrás.

“¿Cómo hace el árbol para mover sus ramas de esa manera?” preguntó.

Sin levantarme de la silla ni apartar la vista del libro, empecé a responder: «El árbol no mueve las ramas, hijo. El viento sí…». Pero antes de que pudiera pronunciar las palabras, me contuve. En lugar de eso, me levanté y me acerqué a la ventana para reunirme con mi hijo. Miré el árbol. Desde dentro de nuestra habitación, tras la ventana, no podía sentir ni oír el viento. Vi, en cambio, un árbol con sus ramas moviéndose silenciosamente y pensé: «Desde esta habitación, ¿cómo podía estar seguro de que las ramas se movían por el viento y no por voluntad propia?».

Mientras estaba allí con mi hijo observando el árbol, quedé fascinado por el movimiento de las ramas y el brillo de las hojas. Mi mente se aquietó y perdí la certeza de qué causaba el movimiento de las ramas. ¿Era el viento o algún movimiento expresivo e independiente del árbol?

“Ya entiendo”, le dije a mi hijo. “El movimiento del árbol es muy hermoso”.

¿Crees que el árbol está bailando?, preguntó mi hijo.

“¿Por qué estaría bailando?” pregunté.

“Tal vez sea feliz porque brilla el sol”, dijo.

“Quizás”, dije.

“O porque es primavera”, añadió, “y ya no hace frío”.

“Quizás”, dije.

Mientras seguíamos observando el árbol juntos, yo también comencé a percibir su danza. Disfrutaba del movimiento y el balanceo de las ramas, percibiendo pequeños matices que no había notado antes. Parecía haber un ritmo en el movimiento, primero fuerte y enérgico, luego ligero y suave, luego más vigoroso, a veces casi violento.

¿Están vivos los árboles?, preguntó mi hijo.

Sí, respondí, están vivos.

“¿Sienten cosas?” preguntó.

—No lo sé —dije—. ¿Por qué lo preguntas?

“Porque este árbol parece feliz”, respondió. “¿Puede un árbol estar feliz o triste?”

“¿Qué quieres decir?” pregunté.

“En invierno, los árboles parecen tristes”, dijo. “Sus ramas cuelgan y se ven fríos y solitarios. Pero ahora, con las hojas, el sol brillando y los pájaros volando, parece feliz”.

“Déjame mirar”, dije.

Miramos por la ventana en silencio. Observé otros árboles y, aunque también se movían con el viento, cada uno se movía a un ritmo diferente, y parecía expresar algo singular y único en su movimiento. No todos los árboles danzaban.

“Mira ese roble enorme de allá”, dije. “¿Qué crees que estará sintiendo?”

“También está contento”, dijo. “Pero no baila tanto. Creo que es porque es más viejo y quizá sus ramas están rígidas. O quizá no le entusiasman tanto el sol y la primavera. Ya los ha visto demasiadas veces y está acostumbrado.”

“Sí”, dije sonriendo por dentro.

Para entonces, amaba este árbol. O al menos sentía tanto amor que me era imposible excluirlo de mis sentimientos. Y comencé a preguntarme si el árbol me causaba estos sentimientos. ¿O era simplemente un catalizador, como el viento, que generaba una respuesta en mí, al igual que el viento generaba una respuesta en el árbol?

“¿De verdad crees que el árbol está bailando?”, le pregunté a mi hijo.

“No lo sé”, respondió.

“¿No lo sabes?” pregunté, sorprendida por su repentina incertidumbre.

“Si fuera baile”, dijo, “necesitaría música”.

“Ah, ya veo”, dije. “Necesitaría música”.

Y luego dijo:

“Pero quizá la música esté en el viento. Quizá el viento traiga una música que solo los árboles puedan oír.”

—Sí, hijo —dije—, quizá el viento lleve una música que sólo los árboles puedan oír.

Y comencé a soñar con científicos con oídos e instrumentos para oír la música del viento y que escuchan su cambiante armonía.

Mi hijo interrumpió mis pensamientos.

“¿Papá?” dijo.

“Sí, hijo.”

“Realmente no me gusta mi profesora en la escuela.”

Y luego hablamos de esto un rato, de pie junto a la ventana. Y aunque no podía saberlo con certeza, presentía que el árbol nos observaba y me preguntaba si nosotros —el árbol, mi hijo y yo— compartíamos la satisfacción de ese momento.

El viaje del alma

Esta semana, en Vaieizé, comienza con el viaje de Iaakov a Jarán; Y Iaakov salió de Beersheva y se dirigió hacia Jarán. ¿Es necesario que sepamos de dónde venía?
Rashi nos da una explicación basada en el Midrash.
Esto enseña que la partida de una persona justa de cualquier lugar causa un impacto.

Durante el tiempo que la persona justa está en una ciudad, constituye su gloria, él es su esplendor, él es su corona.
Cuando se va, se va su gloria, se va su esplendor, se va su corona”.

Esta explicación es sorprendente, ya que cuando Iaakov dejó Beersheva, sus padres, Itzjak y Rivka, ambos tzadikim, todavía vivían allí.
¿Cómo podría Rashi afirmar que con la partida de Iaakov, de Beersheva también se fueron la gloria y el esplendor?
La respuesta se revela al observar más de cerca la explicación de Rashi, que no es una cita exacta del Midrash.
El Midrash afirma que una persona justa constituye el esplendor y la corona de una ciudad.
Rashi, sin embargo, presenta sus comentarios con la palabra gloria.

Según él, la influencia de la persona justa en su entorno tiene tres elementos: 1) corona, en el sentido de honor y respeto; 2) esplendor, la luz espiritual que emana de la persona justa y sus obras; y 3) gloria, un nivel aún más alto de iluminación que emana del tzadik que provoca asombro.Incluso después de que Iaakov dejó Beersheva, todavía había dos personas justas viviendo allí, sus padres.


Pero para entonces Itzjak era muy viejo y ciego, y estaba confinado en su casa. Rivka también mayor, se ocupaba de cuidar a su esposo.

No hay duda de que su presencia continua en la ciudad trajo honor y protegió a sus habitantes.
Para entonces, Itzjak y Rivka ya no podían iluminar sus alrededores con el tipo de luz que promueve asombro.
Este nivel de luz, gloria, emanaba de su hijo, Iaakov.
Así, cuando salió de Beersheva, su gloria también se fue.

Además de su significado literal, el viaje de Iaakov desde Beersheva a Jarán alude al descenso del alma del mundo espiritual al mundo físico, que también causa un impacto. De hecho, el alma demuestra un gran sacrificio perso nal al ser investida en un cuerpo físico.
En el mérito de este sacrificio personal, cada judío merece ser restaurado a su verdadero estado de regocijo en la luz de Di‐s, con la redención completa con Mashíaj.

Adaptado de Likutei Torá, vol. 32