Una casa de libros

El Departamento de Educación de los Estados Unidos publicó recientemente un informe titulado Estudio Longitudinal de la Primera Infancia. El trabajo siguió a más de 20.000 niños estadounidenses desde el jardín de infantes hasta quinto grado, recopilando sus calificaciones e información demográfica. Los padres de cada niño respondieron numerosas preguntas sobre hábitos familiares, estilo de vida y actividades. El informe final constituye una extraordinaria fuente de información que, analizada rigurosamente, ofrece importantes indicios sobre los factores fundamentales de la educación.

Una de las conclusiones más interesantes del estudio es que un niño que tiene cincuenta libros en su hogar obtiene un rendimiento académico aproximadamente un 5 % superior al de un niño que no tiene ninguno. Más aún, un niño que vive en una casa con cien libros obtiene resultados aún mejores que uno que tiene cincuenta. Muchas personas podrían suponer que esto se debe a la cantidad de tiempo que los padres dedican a leerles a sus hijos. Sin embargo, la conclusión del estudio es diferente: independientemente del tiempo que se pase leyendo a un niño, la mera presencia de libros en el hogar influye positivamente en su desempeño académico. En otras palabras, ser padres tiene tanto que ver con quiénes somos como con lo que hacemos.

La crianza es, quizás, uno de los desafíos más complejos que una persona puede asumir. Las teorías abundan y, en el intento de formar niños prodigio, muchos padres someten a sus hijos —y a sí mismos— a agendas repletas de clases, conciertos, visitas a museos y actividades extracurriculares. Desde antes de nacer, el bebé escucha música clásica; luego es inscrito en jardines especializados y, más tarde, en clases de deportes, música, ajedrez, matemáticas y otras disciplinas. Todo parece formar parte de un programa diseñado para producir al niño perfecto.

Probablemente resulte una sorpresa para muchos descubrir que la calidad del ambiente familiar es mucho más significativa para el éxito de un niño que la cantidad de actividades a las que asiste.

El rey Salomón escribió en el Libro de Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol”. El pueblo judío siempre ha sido conocido como “el pueblo del libro”, no solamente por su reputación como estudioso, sino porque la Torá entregada en el Monte Sinaí nos ha unido a lo largo de las generaciones. Esa Torá ha sido explicada, desarrollada e iluminada por miles de libros escritos y publicados durante siglos. En muchos hogares judíos, los libros de Torá son más numerosos de los que una persona podría estudiar en toda una vida. Aun así, los conservamos en nuestros hogares, irradiando la espiritualidad y la pureza contenidas en sus páginas.

Una de las diez campañas de mitzvot promovidas por el Rebe de Lubavitch fue Bait Male Sfarim (“una casa llena de libros”). El Rebe alentó a los judíos a adquirir libros de Torá y exhibirlos en sus hogares, inspirando así a familiares e invitados a estudiar sus enseñanzas y permitiendo que su influencia impacte positivamente en el pensamiento, la palabra y la acción.

Incluso cuando los libros permanecen cerrados en los estantes, el Rebe enseñó que su sola presencia impregna toda la casa e influye favorablemente en quienes viven en ella, tanto cuando están dentro del hogar como cuando se encuentran fuera de él. Del mismo modo que la mezuzá protege a los habitantes de la casa tanto al entrar como al salir, la influencia de los libros sagrados también se extiende mucho más allá de sus paredes.

El ambiente determina en gran medida los resultados. Llevar libros al hogar puede influir en el desempeño académico de los niños porque transmite, de manera natural, que la educación es un valor importante para la familia.

Los libros judíos sagrados, visibles en una casa, expresan de forma subconsciente una valoración y un respeto por sus enseñanzas, su historia y su contenido. De esta manera, inspiran a toda la familia y a sus visitantes a leerlos y estudiarlos.

El ambiente de Torá que se crea a través de estos libros genera una atmósfera constante, sutil pero poderosa, de santidad. Esa atmósfera inspira el pensamiento y la práctica judía y, finalmente, nos impulsa a estudiar sus enseñanzas y mejorar nuestras vidas, un libro a la vez.

Por Jani Goldman

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