
Lograr la libertad implica tener una visión clara de un nuevo paradigma para un mundo mejor.
La historia nos habla de muchas revoluciones que comenzaron con ideales sublimes y visiones de libertad, pero que luego fueron seguidas por profundas desilusiones, tiranías aún mayores y nuevas formas de opresión.
La Revolución Francesa comenzó con la magnífica proclamación de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, pero rápidamente derivó en el Reinado del Terror y, más tarde, en las devastadoras Guerras Napoleónicas que sacudieron Europa. El pueblo francés cambió la opresión que sufría bajo los monarcas borbones por otra forma de esclavitud bajo el poder revolucionario. La verdadera libertad seguía siendo tan esquiva como siempre.
Los habitantes de Rusia habían sufrido durante siglos bajo el dominio autocrático de los zares Romanov. Cuando se rebelaron en 1917, ellos y gran parte del mundo estaban llenos de esperanza por una vida de libertad y por una sociedad nueva, más justa. Sin embargo, esa esperanza fue destruida en los sótanos y cámaras de tortura de la policía secreta soviética y congelada en los campos de trabajo del Gulag. La opresión bajo los Romanov parecía un paraíso comparada con la falta total de libertad y la muerte de millones bajo el nuevo régimen soviético.
Lograr la libertad no consiste solamente en abandonar el yugo de la esclavitud; requiere también una visión clara de un nuevo paradigma para un mundo mejor. De lo contrario, la revolución no será verdaderamente revolucionaria: girará en círculo y los mismos patrones terminarán reafirmándose, a veces de forma aún peor. Una verdadera revolución debe ser de 180 grados, un cambio completo de dirección.
Este concepto aparece claramente en la historia de Pésaj. Di-s le dice a Moshé, cuando se le revela en la zarza ardiente, que le diga al Faraón:
“Shalaj et amí veiaavduni” —“Deja salir a Mi pueblo para que puedan servirme”.
Simplemente permitir que el pueblo salga de Egipto no sería suficiente si no avanzaban hacia algo nuevo, una alternativa que fuese la antítesis de Egipto. De hecho, el encuentro de Moshé con la zarza ardiente ocurre frente al Monte Sinaí, donde el pueblo judío recibiría más tarde la Torá, un documento verdaderamente revolucionario que, a través del pueblo judío, transformaría y fortalecería a toda la humanidad.
Durante el viaje de los Hijos de Israel por el desierto, encontramos que cada vez que algunos evitaban su responsabilidad, repetían el lamento: “Volvamos a Egipto”. ¿Acaso deseaban volver a ser esclavos?
Ciertamente no. Lo que la Torá nos enseña es que cuando abandonamos la nueva visión y la misión que debemos cumplir, terminamos regresando a Egipto. Quizás a un nuevo Egipto, pero a la misma esclavitud.
Todo lo que es cierto para las naciones y la historia del mundo también es cierto para lo que el Talmud llama el “pequeño mundo” de cada persona individual. Pésaj no es solo una conmemoración histórica. Es la oportunidad de volver a vivir y experimentar el poder liberador de la Divinidad en nuestras propias vidas.
La palabra hebrea para Egipto, Mitzraim, significa “limitaciones” o “restricciones”. Muchas veces vivimos bajo la coerción de hábitos que repetimos simplemente porque existían ayer. Somos esclavos de rutinas arraigadas en nuestras vidas porque estamos demasiado ocupados como para abrir el “libro de nuestra vida” y leer sus páginas con atención.
En Pésaj, y especialmente durante el Séder, dejamos de lado todo lo demás para concentrarnos en recibir la energía de libertad que Di-s transmite a cada uno de nosotros. Pero para que esa experiencia tenga un efecto duradero debemos recordar que no basta con abandonar los viejos hábitos —“deja salir a Mi pueblo”—, sino que necesitamos una nueva visión —“para que puedan servirme”—. De lo contrario, no estaremos realmente lejos de donde comenzamos.
El término veiaavduni, “para que puedan servirme”, también puede entenderse como “para que puedan transformarse a través de Mí”. Cuando miramos a la Torá, cuyo recibimiento fue el verdadero propósito del Éxodo, descubrimos que la libertad consiste en desarrollar el potencial de cada aspecto de nuestro ser a través de las mitzvot.
Cada área de la vida puede alcanzar propósito, significado y plenitud si nos atrevemos a ser verdaderamente libres.
La verdadera libertad no es solamente liberarse de la opresión de un Faraón, un rey o un zar. La verdadera libertad es liberarse de los límites que nosotros mismos imponemos a nuestra capacidad de revelar nuestro potencial Divino.


