
Ionatan, un joven de poco más de treinta años, novio de una amiga mía, dejó la cómoda casa de su madre.
Desde su departamento en el piso 17, Ionatan no sabía que esa semana correspondía a la lectura de la porción semanal de la Torá, Parashat Lej Lejá («Vete de tu tierra»), que relata cómo Di-s le ordena a Abraham, nuestro patriarca, dejar su tierra, su parentela y la casa de su padre para dirigirse al lugar que Él le señalaría.
Ionatan no estaba desconectado de su identidad judía. Todavía no la vivía plenamente, pero estaba en camino…
Aquella pequeña coincidencia era un testimonio tangible de su conexión con su esencia, con su alma judía, su neshamá. Sin embargo, Ionatan seguía un poco distraído.
Pasaron algunas semanas y, a instancias de su novia, aceptó ir a visitar a un rabino. Iría solo, con la mirada un poco velada. Pero iría, dispuesto a develar, a revelar…
Comenzó a estudiar Torá. Una mañana, mientras contemplaba el amanecer desde el balcón de su departamento, fue testigo de una imagen inesperada: ¡tenía los tefilín puestos!
Poco después, comenzó a guardar monedas para su pushka (alcancía). Cumplía con enorme devoción la mitzvá de tzedaká.
Lentamente, Ionatan buscaba el «código fuente». Quería escuchar qué mensaje tenía la Creación para él y comunicarse desde un corazón que albergara la unión con lo Divino.
Con el paso del tiempo, regresó de la oficina cansado y desanimado.
—Todos los días tengo la misma sensación —decía—. Ya no me siento contento allí. No crezco ni profesionalmente ni como persona… Tampoco crece mi judaísmo. No me queda tiempo para estudiar.
¡Ionatan estaba haciendo su balance personal! Era Erev Rosh Hashaná. Llegó al Templo para la última de las plegarias y, con sus propias palabras y el corazón abierto, se entregó a Di-s.
Al comenzar el nuevo año, Ionatan decidió tomarse un tiempo para sí mismo. Quería reencontrarse, detener la vorágine del mundo y ver dónde estaba parado; reconocer cuáles eran sus prioridades, qué le hacía falta y qué estaba de más, y tomar conciencia de sus «deudas» con los demás y consigo mismo.
Se acercaba Iom Kipur e Ionatan estaba haciendo teshuvá.
En Shabat, hizo Kidush y, al terminar de agradecer por el fruto de la vid, supo que no debía temer, que nada le faltaría. Había decidido cambiar el rumbo de su vida.
Cada año, cuando volvemos a leer Parashat Lej Lejá, Ionatan vuelve a emprender un nuevo camino, más vital, con una salud espiritual renovada. Ahora sabe que está viviendo su propio Lej Lejá y trata de estar más atento, más en sincronía con la vida judía, con las mitzvot y con la Torá, que enriquecen su día a día.
Busquemos esa sincronía, esa sintonía. Descubramos la huella judía ancestral que está marcada en nuestra vida cotidiana.
Shula Banchik


