En el Mishkán había dos altares. La parashá Trumá nos habla del altar de cobre, sobre el cual se ofrecían sacrificios de animales y ofrendas vegetales; y la parashá Tetzave nos habla del altar de oro, sobre el cual se ofrecía el incienso.
La última Mishná del tratado Jagigá (que es también la última Mishná del orden Moed) se refiere a estos dos altares y afirma que no pueden volverse impuros. La razón, según Rabí Eliezer, es que “son como la tierra”; la Torá los llama tierra, y la tierra no puede volverse impura. Según los Sabios, la razón es que “están [solamente] recubiertos [con oro y cobre]”; dado que estos metales son solo un recubrimiento, se consideran secundarios a lo que está debajo. Y como lo que está debajo no puede volverse impuro, tampoco los recubrimientos se vuelven impuros.
Como sabemos, Di-s es infinito, y Su Torá, que es Su sabiduría, también es infinita. Esto significa que se aplica a nosotros en todo momento y en todo lugar. Por lo tanto, se aplica a todos y cada uno de nosotros, como si nos fuera entregada hoy. Asimismo, tiene un número infinito de interpretaciones, ya que cada uno posee un alma distinta y percibe la Torá a través de la lente de su propia alma. También nos acercamos a la Torá desde nuestras circunstancias y nuestro propio paradigma.
¿Cuál es la lección que debemos aprender de esta enseñanza, que los dos altares no pueden volverse impuros?
Los vasos de tu alma
Todos somos un pequeño Templo, donde la Presencia Divina desea residir. Así como el Templo tenía diferentes vasijas en su interior, nosotros también tenemos distintos aspectos en nuestra constitución: mente, pensamientos, emociones, etc.
A veces podemos tener un pensamiento mundano o impropio. También es posible tener un pensamiento pecaminoso o inapropiado. En otras palabras, uno de los “vasos” de la persona —su mente, sus pensamientos o sus sentimientos— puede volverse impuro. Cuando esto sucede, debemos encontrar la manera de purificar ese vaso nuevamente, para que sea digno de ser un recipiente del Templo, donde Di-s pueda residir una vez más. ¿Cómo se logra esto?
Permaneciendo puro
Las personas pueden dividirse en dos categorías, ya sea física o espiritualmente: ricos o pobres. Para los ricos, todo es oro; para los pobres, su moneda es cobre.
Independientemente de cómo nos sintamos por dentro o de cómo actuemos por fuera, la chispa esencial —el pintaleh Yid— nunca puede ser tocada ni volverse impura. Ese es el “altar” interior de la persona, donde sacrificamos la inclinación al mal y nos acercamos a Di-s. Cuando nos conectamos con el pintaleh Yid, nos volvemos totalmente puros.
¿Por qué nos volvemos totalmente puros? Porque “son como la tierra”, y la tierra no puede volverse impura. ¿Cuál es el simbolismo de la tierra? La tierra está subyugada ante todos, ya que todos la pisamos. Cuando nos conectamos con el pintaleh Yid, nos anulamos completamente ante Di-s y, como decimos al menos tres veces al día: “Y mi alma sea como el polvo ante todos”. Cuando hay anulación, no hay ego. Solo existe la voluntad de Di-s revelada en la Torá.
“Porque son como la tierra” son las palabras de Rabí Eliezer ben Hurkanus, conocido como Rabí Eliezer HaGadol (“el Grande”). A pesar de ser considerado más grande que todos los sabios de Israel juntos, no tenía ego, como relata el Talmud: “Nunca dijo nada que no hubiera escuchado de sus maestros”. Era como la tierra, anulado ante Di-s, y ese era el camino de servicio que enseñaba a sus estudiantes. En un nivel más profundo, se encontraba en un plano tan elevado que solo veía la esencia de Di-s en todo. No veía la cáscara externa —oro o cobre— sino únicamente la esencia, la “tierra”.
Los Sabios dicen: “ya que están [solo] recubiertos [de oro y cobre]”. Con esto enseñan que no todos estamos en el nivel de Rabí Eliezer. La mayoría de nosotros sí percibimos el exterior y, en ocasiones, fallamos. Los ricos ven el oro y pueden verse tentados por los deseos que acompañan la opulencia; los pobres, cuyo recurso es el cobre, pueden verse tentados a actuar deshonestamente para salir adelante.
Sea uno rico o pobre, debemos recordar que el oro y el cobre son solo una cáscara exterior, que se anula ante lo que está debajo: el pintaleh Yid. Finalmente, llegaremos a reconocer esta verdad, haremos teshuvá y tendremos el mérito de presenciar la llegada del Mashíaj. Que sea pronto.
Por Yitzi Hurwitz
