
El Rebe usó como ejemplo el Mishkán, el santuario móvil que acompañó al pueblo de Israel en sus viajes a través del desierto.
Dos historias, entonces.
La primera historia nos retrotrae a unos 50 años atrás. Un joven estudiante de ieshivá estaba a punto de embarcarse en un viaje y le escribió al Menachem Mendel Schneerson para pedirle una bendición. El Rebe le respondió que aprovechara la oportunidad de hacer algo positivo en cada lugar donde se detuviera durante su viaje.
El Rebe utilizó como ejemplo el Mishkán, el santuario móvil que acompañó al pueblo de Israel en sus travesías por el desierto. En cada lugar donde acampaban, el pueblo levantaba una estructura formidable —compuesta por centenares de piezas y que requería a más de 8.000 personas para armarla— aun cuando permanecieran allí solo una noche.
Para un judío, concluyó el Rebe, no existe tal cosa como simplemente “atravesar” un lugar. Cada momento de la vida posee permanencia, en virtud de que la Providencia Divina nos ha guiado a ese momento y a ese lugar precisos con un propósito específico.
La segunda historia habla de un visitante que, al pasar por la casa del gran maestro jasídico Dov Ber of Mezeritch (fallecido en 1772), se sorprendió de la pobreza que encontró allí. La casa del rabino no tenía muebles, salvo algunos tablones de madera y bloques que servían como bancos para sus estudiantes durante el día y como camas para su familia por la noche.
“¿Cómo puede vivir así?”, preguntó el visitante. “Yo no soy un hombre rico, pero al menos en mi casa usted encontrará, gracias a Di-s, las necesidades básicas: algunas sillas, una mesa, camas…”
“¿De veras?”, dijo Rab DovBer. “Pero yo no veo ninguno de sus muebles. ¿Cómo se arregla sin ellos?”
“¿Qué quiere decir? ¿Usted cree que llevo todas mis posesiones conmigo a donde quiera que voy? Cuando viajo, vivo con lo que está disponible. ¡Pero en mi casa… la casa de una persona es algo muy diferente!”
“Ah, sí”, respondió Rab DovBer. “En casa, es absolutamente algo diferente…”


