
Hace más de 30 años, a un hombre de negocios le ofrecieron una oportunidad comercial que podía generarle grandes ganancias, pero para concretarla debía invertir una importante suma de dinero. El hombre se sentía inseguro y no sabía si debía seguir adelante con el emprendimiento.
Para tranquilizarse, decidió consultar con algunos amigos.
Entre ellos había un jasid de Lubavitch que le recomendó escribir al Rebe y pedirle consejo. El hombre escribió al Rebe, describió su dilema y le preguntó qué debía hacer.
Esperó varias semanas una respuesta, pero no recibió ninguna.
Finalmente, después de muchas dudas, decidió seguir adelante con el negocio. Todo salió tal como lo había previsto y el hombre prosperó enormemente.
Un día, al regresar a su casa, encontró en el buzón una carta del Rebe.
Pensó: “Cuando necesitaba su consejo, el Rebe no estuvo allí para ayudarme. Y ahora que soy mucho más rico, ¿quiere ponerse en contacto conmigo?”.
El hombre ni siquiera abrió la carta. La guardó en un cajón y se olvidó de ella.
Ese mismo año, su esposa dio a luz a una hija.
Pasaron veinte años. Cuando la joven llegó a la edad de casarse, conoció a un hombre de una familia sefardí. Después de un tiempo, decidieron casarse.
El padre de la joven pertenecía a una distinguida familia ashkenazí y se opuso firmemente al matrimonio.
Su hija, sin embargo, no estaba dispuesta a abandonar al joven que amaba. No encontraba ninguna razón para renunciar a su felicidad por una cuestión relacionada con el entorno familiar.
El padre le advirtió que, si se casaba contra su voluntad, rompería los vínculos con ella.
La joven insistió. Amaba a su padre y no quería causarle dolor, pero entendía que era su vida y no estaba dispuesta a permitir que nadie decidiera por ella, ni siquiera su propio padre.
El exitoso comerciante quedó completamente absorbido por aquel conflicto familiar.
Un día, mientras ordenaba un cajón de su escritorio, encontró, para su sorpresa, la carta sellada del Rebe que había recibido hacía 21 años.
La reconoció inmediatamente.
Recordó perfectamente el asunto sobre el que había escrito y decidió que, finalmente, abriría la carta para leer qué le había respondido el Rebe.
Al comienzo, el Rebe expresaba una bendición para que tuviera éxito en su nuevo negocio y le indicaba que debía utilizar su dinero de manera apropiada, para obtener idishe najas, satisfacción y alegría judías, de sus hijos.
Al final de la carta, el Rebe había agregado una posdata:
“Se sabe que no somos tan estrictos con respecto al linaje cuando el temor al Cielo es como debe ser. Ha habido muchas bodas entre ashkenazíes y sefardíes y, gracias a Di-s, han tenido éxito y han construido un hogar eterno sobre los fundamentos de la Torá y las mitzvot”.
Decir que el hombre quedó sin palabras sería poco.
“¡Hace veintiún años, el Rebe vio lo que ocurriría ahora!”, pensó. “¡Ya entonces me había escrito, indicándome que no debía hacer infelices a mi familia ni a mí mismo!”.
Comprendió que debía dar su consentimiento al matrimonio.
Sin perder tiempo, se apresuró a tranquilizar a su hija y a su futuro yerno.
La boda se celebró con gran alegría, para satisfacción y felicidad de toda la familia.


