
¿Por qué la vaca roja es llamada “Jukat HaTorá”, el decreto de la Torá?
Es como si la Torá estuviera diciendo: “Este es el núcleo de toda la Torá”.
Sabemos que la esencia de toda la Torá es el amor al prójimo.
Está la famosa historia del sabio Hilel y una persona que deseaba convertirse, con la condición de que Hilel le enseñara toda la Torá mientras permanecía parado sobre un solo pie. Hilel respondió:
“Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a tu prójimo; esto es toda la Torá, el resto es comentario…”
¿Qué quiso decir con esta afirmación?
Quiso decir que el amor al prójimo es la clave de toda la Torá. Eso es lo que Di-s desea, ante todo. Y cuando una persona ama a su compañero judío, ese amor la conduce naturalmente a la Torá y al amor a Di-s.
El camino inverso no funciona. Si una persona dice amar a Di-s, pero no ama a su prójimo, está cometiendo un grave error.
¿Cuál es, entonces, la paradoja de la vaca roja?
Los judíos dedicaban horas de su tiempo para preparar la vaca roja con el fin de beneficiar a otros. No lo hacían para sí mismos, sino para judíos que se habían vuelto ritualmente impuros. Además, los sacerdotes que realizaban la preparación no solo invertían un largo y complejo proceso, sino que también se impurificaban ellos mismos.
Uno podría preguntarse:
“¿Por qué debería dar mi tiempo para ayudar a una persona que ni siquiera conozco? No sé quiénes serán los beneficiarios de esta vaca roja. Tal vez ni siquiera se use hasta dentro de diez años. ¿Acaso la mezcla de la vaca roja se utilizaba todos los días?”
La respuesta es que se la conservaba en un área especial del Templo Sagrado, y se utilizaba únicamente cuando era necesario. No era necesariamente para el vecino, ni para la madre o el hermano del sacerdote. Tal vez era para un completo desconocido.
Entonces, ¿por qué un judío haría algo así?
¿Acaso una persona común estaría dispuesta a perjudicarse a sí misma para ayudar a otro judío?
“Este es el decreto de la Torá.”
Una persona no debería ayudar al prójimo solo cuando espera recibir una recompensa, un honor público, o un reconocimiento —como convertirse en el “Hombre del Año” o aparecer en el periódico. Eso no es necesariamente amor al prójimo; muchas veces se parece más a servirse a uno mismo. ¿Quién puede saber si la acción fue realmente altruista o motivada por el deseo de reconocimiento?
Pero cuando alguien hace algo por el otro sin recibir recompensa alguna —y más aún, cuando incluso se ve afectado negativamente por ello— eso es verdadero autosacrificio. Cuando uno se sacrifica por el otro, no solo no recibe premio, sino que incluso sufre por ello.
Eso es “el decreto de la Torá”.
Si alguna vez asiste a un funeral judío (que nunca tengamos que hacerlo), notará que en el vehículo que transporta al fallecido aparecen cuatro letras hebreas: guímel, jet, shin y álef. Estas son las iniciales de las palabras “Guemilut Jésed shel Emet”, actos de verdadera bondad.
¿Por qué se los llama “verdadera bondad”?
Porque cuando uno hace un acto de bondad, generalmente recibe agradecimientos, elogios o reconocimiento. Pero cuando alguien se ocupa de enterrar a un fallecido, nadie le dice “gracias”. No hay retribución posible. Se hace únicamente por el otro.
Eso es verdadera bondad.
Por Nejoma Greisman


