
El motivo por el cual el precepto de la circuncisión se define como «el pacto de Abraham, nuestro patriarca» es que, en el resto de las mitzvot, de alguna manera están involucradas la conciencia y el sentimiento de la persona que las cumple.
El hecho de que un precepto haya sido practicado durante generaciones consolida y estimula a la persona que lo cumple, tanto en el aspecto emocional como en el mental.
No es lo mismo quien fue el primero —o uno de los primeros— en asumir un mandato que quienes lo hicieron después, para quienes resulta más fácil, ya que cuentan con el ejemplo y la experiencia de las generaciones anteriores.
Diferente es el caso de la brit milá, donde no participan ni la conciencia ni el sentimiento del niño, ya que su objetivo esencial es dejar una señal en el cuerpo. Por eso, cada niño —o adulto— judío que se circuncida tiene el mismo valor y la misma fuerza que si fuera el primero.
Cada uno es exactamente como Abraham, quien fue el «cabecera de los circuncidados».
Por eso enfatizamos en la bendición que se trata del ingreso al pacto de Abraham, nuestro patriarca. De esta manera señalamos que cada niño ingresa al pacto exactamente de la misma manera en que lo hizo Abraham, el primero en ingresar en el pacto con el Altísimo.


