Sara

Sara

Para mí un nombre hermoso.

El nombre de mi madre. Siempre escuché cómo la llamaban. Claro, nunca la llamé por su nombre. Sara, mezcla dulzura con personalidad segura. Sara es el nombre de cuatro de mis nietas. Lo llevan en honor a mi madre. ¡Y qué bien que les queda! Cada una de ellas es diferente, incluso físicamente, pero todas son, gracias a Di-s, brillantes, como lo era su bisabuela. El nombre, la esencia, las une. Mi madre, mis nietas y todas las Sara de todas las épocas, que conocimos y conoceremos se llaman así en honor a la primera Sará, nuestra matriarca. Mucho se habla de su esposo, Abraham Avinu, quién forjó el pueblo de Israel y difundió el monoteísmo en el mundo.

Pero que algo quede claro: No hubiese podido lograr su cometido sin la ayuda, apoyo y asistencia absoluta y fiel de Sara. Qué mejor entonces, que conocer un poco más de cerca la vida y personalidad de la mujer más famosa e influyente de nuestra historia. 

Llamada en un principio Sarai, Di-s le cambia el nombre reemplazando la letra Iud por la Hei. A partir de ese momento es llamada Sará. En hebreo significa “Princesa” “Ilustre” y en arameo “Princesa” “Guardián” “Ángel” y “Genio”. Todas estas características son aplicables a nuestra matriarca. Nieta de Teraj, sobrina de Abraham queda huérfana a muy temprana edad y su abuelo la adopta. Años más tarde contrae matrimonio con Abraham. Era una mujer alegre. Todos sus días fueron felices. Sará se encuentra entre las cuatro mujeres que la Biblia menciona como hermosas. También la llamaban Iská- pues todos se sentían acariciados por su hermosura.

Otros atribuyen este nombre a su poder de profecía. Todos los maltratos del camino desde Jarán a Israel no estropearon  su belleza. Su hermosura opacaba a las demás a punto de decirse que cualquier otra mujer frente a Sará era como un mono frente al ser humano. Fue codiciada por reyes y faraones. Su inmensa modestia y fidelidad a su esposo ayudaron a que fuera reconocida además como una mujer santa. Su atractivo físico era insignificante frente a su profundidad espiritual. Fue una de las siete profetizas que nombra la Biblia. De todas formas, sólo con ella Di-s habló en forma directa y no a través de algún ángel.

Cuando tenía cien años estaba tan limpia de pecados como una joven de veinte. Era muy recatada y el cántico compuesto por el rey Salomón “Eshet Jail”- Mujer Virtuosa- define a Sará desde el comienzo hasta el final. Ella apoyó y secundó a Abraham en la difusión del monoteísmo en el mundo, llevando el mensaje entre las mujeres de su generación. Sará era estéril y Di-s la recordó el día de Rosh Hashaná. Cuando logró concebir, también lo lograron muchas otras mujeres en mérito a ella y muchos enfermos se curaron. Al dar a luz a su hijo Itzjak a los 90 años, numerosas mujeres de la nobleza vinieron a visitarla con sus propios bebés. Todos sospechaban que el nacimiento de su hijo era un fraude y en realidad Itzjak era un niño adoptado. Pero Sará amamantó a todos esos infantes demostrando que era la madre legítima de Itzjak.

Explican nuestros Sabios que todos los hombres temerosos del Cielo y todos los prosélitos descienden de aquellos bebés que Sará amamantó. Durante todos los días de su vida una nube de honor posaba sobre su tienda, sus puertas abiertas a los cuatro vientos para recibir a quien lo necesitase, la bendición coronaba su masa y su vela estaba encendida desde la víspera del Shabat hasta la víspera del siguiente. Cuando ella falleció, todo esto desapareció. Pero la misma bendición regresó con la llegada de Rivka, su nuera. 

Sará falleció a los 127 años, plena de belleza espiritual y física, dejando el más importante legado a cada una de las mujeres judías. Que su mérito y enseñanzas iluminen nuestros hogares para lograr completar su misión y la nuestra de hacer de este mundo una morada para Di-s.

Por: Miriam Kapeluschnik

Dedicado a mi madre, Sara Ester Gordon, fallecida en la semana de Jaie Sara 5753

¿Quiénes son las Matriarcas?

Por Shlomo Nudelman

Las matriarcas judías, también conocidas como “ imahot ” (hebreo: אִמָּהוֹת), son las cuatro mujeres fundadoras del pueblo judío:

Sara
Rivka (Rebeca)
Rajel (Raquel)
Lea

Sus vidas y acciones están registradas en la Biblia, específicamente en el Libro del Génesis, donde jugaron un papel crucial en la formación de la nación de Israel, junto con sus maridos, los tres patriarcas, Abraham , Isaac y Jacob. Sara , que estaba casada con Abraham, fue la primera de las cuatro madres del pueblo judío. Rebeca era la esposa del hijo de Sara, Isaac. Y Lea y Raquel estaban casadas con el hijo de Rebeca, Jacob .

¿Qué hicieron las Matriarcas?

Cada una de las matriarcas judías tuvo un profundo impacto en la formación y la base espiritual del pueblo judío.

-Sara, a través de su fe y del nacimiento milagroso de Isaac, aseguró la continuidad del pacto de Abraham con Di-s. Después de que nació su hijo, supervisó celosamente su crianza, incluso tomando la difícil decisión (aprobada por Di-s ) de despedir a su hijastro, Ismael.

-Rebeca, cuya bondad innata la convirtió en la pareja perfecta para Isaac, consiguió la bendición de primogenitura de su esposo para su hijo, Jacob.

-Raquel, tras sufrir infertilidad, murió al dar a luz a su segundo hijo. Por ello, Raquel es personificada como la quintaesencia de la maternidad, que se sacrificaría por sus hijos a lo largo de los siglos.

-Lea, a pesar de las pruebas personales y de no ser amada por Jacob tanto como su hermana Raquel, engendró seis de las 12 tribus de Israel, dando forma significativa a la nación.

 

¿Cuál es la fuente de las cuatro Matriarcas?


Según el Talmud , hay tres Patriarcas y cuatro Matriarcas. El número de Patriarcas tiene sentido, porque son tres hombres que son los antepasados de todos los segmentos del Pueblo Judío, a diferencia de los hijos de Jacob, los progenitores de 12 tribus únicas.

Pero las matriarcas son diferentes. Tanto Raquel como Lea dieron a luz a sólo algunas de las 12 tribus, siendo Lea la madre de seis y Raquel la madre de dos. Hay cuatro tribus adicionales que descienden de las concubinas de Jacob, Bilha y Zilpa.

Entonces, ¿por qué hay cuatro matriarcas? ¿No deberían ser dos (Sara y Rebeca) o seis (Sara, Rebeca, Raquel, Lea, Bilha y Zilpa)?

El Talmud responde que la designación de Patriarca o Matriarca no se basa (estrictamente) en la ascendencia sino en la prominencia. Fueron estas cuatro grandes mujeres las que formaron la base espiritual sobre la que se construyó nuestra nación.

Jaiei Sará: la vida de Sará 

Sara, la primera de las cuatro matriarcas (Rivka, Rajel y Lea), vivió ciento veintisiete años (1958-2085 desde la Creación). Fue hija de Harán, hermana de Lot, sobrina y esposa de Abraham y madre del segundo de los patriarcas, Itzjak.

A la edad de ochenta y nueve años, Di-s cambió su nombre de Sarai a Sara, para indicar su carácter de “princesa”, madre del Pueblo Judío.

Sara fue una de las siete profetisas del Pueblo Judío, pero fue la única a quien Di-s habló directamente. Las otras seis fueron Miriam, Devora, Janá, Avigail, Juldá y Ester. 

Itzjak nació el 15 de Nisán, el mismo día en que posteriormente se celebraría el éxodo de Egipto.

Itzjak era muy parecido a su padre Abraham y, aún cuando éste estaba viejo, se veía joven, pues hasta el tiempo de Abraham la gente no tenía signos externos de vejez: se veían jóvenes hasta la muerte. 

El valor numérico de las letras del nombre de Itzjak en hebreo es: yud (110), porque la nación que descendería de él recibiría los Diez Mandamientos; tzadik (90), porque Sara lo tuvo milagrosamente a los noventa años; jet (8) porque fue circuncidado a los ocho días de nacido, y kuf (100), porque Abraham tuvo a su hijo a los cien años. 

Para el momento del sacrificio de Itzjak (Akeidá), Abraham tenía ciento treinta y siete años. Abraham e Itzjak demoraron tres días en llegar al Monte Moriá, lugar donde debía celebrarse la akeida en el día de Iom Kipur. 

Abraham visualizó que el sitio donde iba a ser sacrificado Itzjak sería el corazón de la Ciudad Santa, donde se construiría el Templo; por tanto, llamó al lugar Hashem Iré, que significa “Di-s mirará hacia abajo desde este lugar” y dará bondad al mundo. Shem, hijo de Noé, le dio al lugar otro nombre: Shalem. Di-s decidió unir ambos nombres dando origen al toponímico Ierushalaim, la ciudad cuya bondad y santidad ayudaría a las personas a perfeccionarse. 

Cuando el rey Salomón compuso la canción Eshet Jail – que se entona todas las noches de viernes en honor a la mujer para recibir el Shabat – describió las características de la mujer virtuosa aludiendo a Sara. Todos los versos de la canción de alef a tav (de la primera a la última letra) se aplican a ella, ya que cumplió la Torá de principio a fin.

Mientras Sara vivía, las velas de Shabat permanecían encendidas de viernes a viernes; el pan era bendecido y la Shejiná (santidad) se mantenía sobre su tienda en forma de una Nube de Gloria. Esto ocurría porque Sara era meticulosa en el cumplimiento de las mitzvot específicamente encomendadas a las mujeres: encender las velas de Shabat, separar jalá y cumplir con las leyes de pureza familiar (mikvé).

A la muerte de Sara, todas estas señales desaparecieron hasta la llegada de Rebeca (Rivka), ya que ésta observaba las mitzvot con la misma precisión que lo hacía Sara. 

Cada niña de nuestro pueblo es llamada hija de Sara, Rivka, Rajel y Lea, y por tanto, tiene como herencia el maravilloso poder de iluminar su casa toda la semana al encender sus velas de Shabat, tal como lo hizo Rebeca – la esposa de Itzjak, desde los tres años de edad.

Sara fue enterrada en la Cueva de Majpelá, que Abraham le compró a Efrón, rey de los Hititas. 

En esta Parashá, se describe por primera vez un shiduj (arreglo matrimonial), cuando Elazar – por orden de Abraham – le busca esposa a Itzjak y escoge a Rivka, hermana de Laván y pariente de Abraham. 

También es la primera vez que en la Biblia se describe con detalle una boda, la de itzjak y Rivka. 

Abraham se casa de nuevo después de la muerte de Sará. Al morir, es enterrado por sus hijos Itzjak e Ishmael. 

Sara y Abraham representaron una unidad biológico espiritual que dio origen al Pueblo Judío a través de su hijo Itzjak, de quien somos continuadores los judíos de hoy.

La primera matriarca

Sara de la Biblia: La primera matriarca

Por Shalom Goodman

Sara fue la esposa de Abraham y la primera de las cuatro matriarcas de la nación judía. Se la conoce comúnmente como Sarah Imeinu, “Sara nuestra madre”.

Junto con su esposo, el patriarca Abraham , Sara contribuyó decisivamente a enseñar a miles de personas acerca del monoteísmo , la creencia en un solo Di-s . 
Conocida por su amabilidad y hospitalidad, Sara recibía con los brazos abiertos a todos los que visitaban su tienda. 
Estéril durante muchos años, entre dolores y angustias, Sara finalmente dio a luz a Isaac, el segundo de nuestros patriarcas, a la edad de 90 años. 
Fue enterrada en Hebrón, en la Tumba de los Patriarcas, que compró su marido.

Sara nació en 1803 a. C. (1958 desde la creación) de Harán , hermano de Abraham. Se casó con su tío, Abraham, que era 10 años mayor que ella. Abraham había descubierto la existencia del verdadero Di-s y despreciaba la idolatría de la gente que lo rodeaba. Abraham arriesgó su vida, mostrando y enseñando a la gente acerca del único Di-s. 

Abraham y Sara difundieron el credo abrahámico de la teología monoteísta a todos. Abraham guiaba a los hombres, mientras que Sara influía en las mujeres, formando así lo que podría considerarse como una proto-Casa Jabad.

Entonces Di-s se le apareció a Abraham y le dijo que abandonara su tierra, su lugar de nacimiento, y viajara hacia un destino nuevo y desconocido. 

Abraham y Sara, de 75 y 65 años respectivamente, abandonaron Harán , donde su familia se había establecido después de salir de Ur Casdim, y se establecieron en Canaán .

Sin embargo, pronto llegó el hambre a la tierra, y se vieron obligados a viajar a Egipto. Antes de su llegada, Abraham escondió a su esposa en una gran caja y le ordenó que dijera, en caso de que la atraparan, que era su hermana y no su esposa. Los egipcios descubrieron a la hermosa Sara y se la dieron al Faraón como esposa, perdonando la vida a Abraham. Sara oró a Di-s, y el Faraón fue azotado por plagas esa misma tarde.  El Faraón se dio cuenta de su mal proceder y envió a Sara de regreso a Abraham. Junto con los regalos que le dio a Abraham, el Faraón le dio a Sara su hija,  la princesa Agar , para que fuera su sirvienta personal.

Esta secuencia de eventos se repitió cuando Abraham y Sara estaban residiendo en Gerar, después de la destrucción de Sodoma .

Abraham se presentó como su hermano a Abimélec , el rey de los filisteos,  quien rápidamente la tomó como esposa. Di-s se le apareció a Abimélec en un sueño, amenazándolo con la muerte si no liberaba a Sara. Inmediatamente devolvió a Sara a su esposo. Después de que Abraham y Sara habían vivido en la Tierra Prometida durante 10 años y ella no había sido bendecida con un hijo, Sara decidió hacer un sacrificio supremo y ofrecer a Agar a Abraham como su segunda esposa, quien le daría un hijo y le dejaría un legado duradero. 

Agar dio a luz un hijo, Ismael . Pero Di-s quería que Sara también fuera madre.

Cambios de nombre y bendiciones
Sara nació con el nombre de Sarai, que significa “mi princesa”, mientras que Abraham era conocido como Abram , que significa “padre de Aram”. (Sara también tenía otro nombre 1—Yiskah [“Jessica”], que significa “vidente”— porque era profetisa y tenía la capacidad de ver el futuro. También se la llamaba “vidente” porque la gente solía contemplar su belleza).

Ambos nombres eran algo limitantes. Sarai implicaba que ella era solamente “ mi princesa”, y Abram limitaba la esfera de influencia de Abraham a Aram, su ciudad natal original.

En una ceremonia dramática, conocida como el Pacto entre las Partes , Di-s le habló a Abraham y le prometió una gran riqueza y una gran recompensa, pero Abram no estaba satisfecho. Quería un hijo para continuar su legado. Di-s le prometió un hijo con Sara y cambió el nombre de Abram a Abraham, que significa “el padre de todas las naciones”,  y Sarai a Sara, que significa “ la princesa”. Este cambio de nombre trajo consigo un cambio de fortuna, que le dio a Sara la capacidad espiritual de dar a luz a un hijo.

Siguiendo la orden de Di-s, a la edad de 99 años, Abraham se sometió a la circuncisión. Mientras se recuperaba, le rezó a Di-s para que le enviara huéspedes, ya que inicialmente Di-s hizo que el día fuera extremadamente caluroso para que ningún viajero lo molestara mientras se recuperaba. Sus oraciones fueron respondidas, y tres ángeles, disfrazados de viajeros extranjeros, se encontraron con un Abraham débil pero acogedor. Abraham corrió a la tienda y le dijo a Sara que preparara un banquete. Mientras los ángeles estaban allí, le prometieron al anciano Abraham que Sara tendría un hijo. Sara, ante la mera sugerencia de que podía concebir y llevar el embarazo a los 89 años, estalló en risas.

Un año después, después del episodio de Lot y Sodoma y del segundo secuestro, Sara dio a luz a Isaac, su único hijo, el tan esperado portador del legado de Abraham. Con profunda alegría, Abraham y Sara celebraron banquetes en honor de su precioso hijo.

Para demostrar que el niño no era un expósito, Sara también cuidó a los hijos de otras mujeres. 

Sara despide a Agar
Después del nacimiento de su hijo, Sara vio que el otro hijo de Abraham, Ismael, actuaba de manera inapropiada. Sara le suplicó a Abraham que echara a Agar y a su hijo desobediente, por temor a que Isaac se dejara influenciar por su medio hermano mayor. 

Di-s le dijo a Abraham que escuchara a Sara, porque ella era una profetisa más grande que él. Abraham accedió, despidió a su hijo y dio una señal clara de que Isaac sería su heredero.

Cuando Sara tenía 127 años y su hijo Isaac 37, Di-s le ordenó a Abraham que sacrificara a su amado Isaac en el altar.  Abraham tomó a su hijo y fue al monte Moriah para ofrecerlo como sacrificio. Cuando estaba a punto de sacrificar al hijo que Dios le había prometido, un ángel lo detuvo y le rogó que se detuviera. El ángel le explicó a Abraham que Di-s nunca había tenido la intención de sacrificar a Isaac, sino que lo estaba poniendo a prueba, queriendo que Abraham demostrara su lealtad inquebrantable a Di-s. Abraham ahora había demostrado que en verdad temía a Di-s. 

Cuando Sara se enteró de que su hijo estaba a punto de morir, se sintió abrumado por ello. Murió a la edad de 127 años.

Abraham compró la cueva de Macpela a los hijos de Jet (hititas), cerca de Hebrón, donde habían sido enterrados Adán y Eva, y allí enterró a su esposa, Sara. Abraham, junto con el resto del pueblo, lloró la muerte de Sara. Años después, Abraham también fue enterrado cerca de su esposa en la cueva de Macpela.

Al decir la edad de Sara al momento de su muerte, la Torá nos dice que su vida fue de “100 años, y 20 años, y 7 años”. Los Sabios  comentan que esto significa que cuando tenía 100 años, era tan pura de pecado como una doncella de 20 años; y cuando tenía 20 años, era tan hermosa como una inocente niña de 7 años.

Una lección jasídica de Sarah
La porción de la Torá que habla del entierro de Sara se conoce como “jayei Sarah”, “La vida de Sara”. ¿No sería más apropiado llamarla “La muerte de Sara”?

El Rebe de Lubavitch , Rabino Menajem Mendel Schneersohn, de bendita memoria, explica que la vida de un tzadik , una persona justa, es más vital después de la muerte, cuando los méritos de sus acciones se cumplen y se actualizan. Sara invirtió su esencia misma en su hijo, trabajando duro para mantener su hogar puro y sagrado. Cuando leemos que Isaac se casó con Rebeca y continuó con sus caminos, estamos experimentando la verdadera vida de Sara.

Naturaleza, milagros y milagros naturales

Las grietas por donde entra la luz

Milagros visibles y milagros ocultos

“Bienaventurados los agrietados —dijo el maestro filósofo Groucho Marx— porque dejan entrar la luz.”

Leonard Cohen lo expresó así:
“Hay una grieta en todo. Por ahí entra la luz.”

Ambos tenían razón. La realidad está llena de grietas. Si no fuera así, la vida sería oscura, rígida y carente de alma, como vivir dentro de una máquina perfecta pero sin emoción. Son las grietas del sistema las que hacen que la vida valga la pena. A esas grietas las llamamos milagros.
Y están por todas partes.

Primera parte de una serie

Los milagros evidentes

Quizás pienses en los milagros más conocidos: los que rompen abiertamente las leyes de la naturaleza.
Milagros como los del Éxodo o los del profeta Eliseo: el agua que se convierte en sangre, la tierra que produce plagas, el mar que se abre, los muertos que reviven.

Son ríos de luz que se filtran por las grandes fisuras del muro de la realidad, desde un mundo superior que ignora las reglas de cómo “deberían” funcionar las cosas aquí abajo.

Pero, como enseña el rabino Moshe ben Najman (Rambán, siglo XIII), esos milagros no son un fin en sí mismos.
Después de todo, ¿por qué un Creador construiría un mundo perfecto solo para romperlo?

El propósito de los grandes milagros es que aprendamos a reconocer los pequeños, los que ocurren todos los días.
Que miremos nuestra vida y digamos:

“Esto también es un milagro.”


Milagros ocultos

El Rambán llama a estas maravillas cotidianas milagros ocultos:
momentos en los que todo parece seguir igual —el agua sigue siendo agua, la tierra sigue siendo tierra—, pero el resultado final revela algo improbable, inesperado y perfectamente sincronizado.

Algo que parece planeado, pero sin dejar huella visible.
Di-s se coló cuando nadie miraba, y aún no podemos encontrar la grieta.

El Midrash dice que “cada día ocurren milagros tan grandes como los del Éxodo”.
Por eso, tres veces al día agradecemos:

“Gracias, Di-s, por Tus milagros diarios con nosotros, Tus maravillas y favores en cada momento.”

Pequeñas grietas, invisibles a simple vista, que dejan pasar una luz infinita desde más allá del sistema.


Grietas y relaciones sin fisuras

Podríamos llamar a estos milagros ocultos milagros intranaturales, porque están perfectamente integrados en el orden del mundo.
Sin embargo, siguen siendo milagros, porque no provienen del sistema mismo, sino de una relación personal.

Uno no tiene una relación con un sistema, sino con un ser libre, capaz de elegir.
Y Di-s elige amarnos, elige esperarnos, elige entrar en nuestra vida incluso cuando parece que todo ocurre “por casualidad”.

La mayoría de las veces, Di-s actúa disfrazado de causas naturales, jugando con nosotros una especie de escondite amoroso dentro del mundo cotidiano.


Los milagros más invisibles

Estos milagros ocultos son incluso más sutiles que los de Purim, Janucá o la Guerra de los Seis Días.
En esos casos, era imposible no notar que algo fuera de lo común había ocurrido.

Pero los milagros más profundos son los que pasan sin que nadie los vea, cuando ni siquiera quien los experimenta sabe que algo extraordinario acaba de ocurrir.
Los sabios cuentan historias de personas que se salvaron sin saberlo:

  • Quienes se levantaron justo a tiempo para evitar el ataque de una serpiente.

  • Quienes se alejaron segundos antes de que cayera una roca.

  • Quienes se golpearon un dedo y maldijeron su suerte, sin saber que ese retraso los salvó de una tragedia.

Así también, un judío puede abrir un negocio, rezar por éxito y esperar que Di-s obre a través de los medios naturales: el mercado, los clientes, las decisiones del día a día.
Son los mismos milagros ocultos, porque Di-s está en todas partes.


Un Di-s solitario

Sobre estos milagros invisibles, el salmista dice:

“Aquel que hace milagros completamente solo, porque para siempre es Su bondad.”

Solo, porque solo Él sabe que los está haciendo.
Nadie más lo nota, nadie más lo entiende.

Un Di-s infinito logra todo lo que desea dentro de los límites de la naturaleza.
Una paradoja tan perfecta que pasa desapercibida.


Los milagros del futuro

El profeta promete un tiempo en el que Di-s dirá:

“Como en los días en que saliste de Egipto, así te mostraré milagros.”

¿Por qué dice “mostraré” y no “haré”?
Porque los milagros ya están ocurriendo.
Solo falta que los veamos.

El Tzemaj Tzedek (Rabino Menajem Mendel de Lubavitch) explica que estos serán los milagros ocultos que hoy llamamos coincidencias.
Entonces, quedaremos asombrados al comprender lo que siempre estuvo frente a nosotros.

El Éxodo parecerá un simple truco de magia en comparación con la revelación por venir.


La obra maestra de Di-s

Respecto de los milagros del tiempo mesiánico, se dice que Di-s los hará “completamente solo”, sin consultar a Su corte celestial.
¿Por qué?
Porque solo Di-s sabe cómo doblar el sistema sin romperlo.

Ese será Su acto supremo, Su firma inconfundible:
lograr que lo infinito y lo finito, lo natural y lo divino, sean una sola cosa.


El arte de ver las grietas

¿Qué diferencia a un evento milagroso de uno natural?
Si todo proviene de Di-s, ¿acaso hay algo que no sea milagro?

Quizás las “grietas” no estén en el muro de la realidad, sino en nuestros propios ojos.
Aprender a verlas es el primer paso de una nueva ciencia: la milagrología básica.
El estudio de las grietas por donde entra la luz.

Brit Milá: ¿porque esperar ocho dias?

¿Por qué el brit milá se realiza al octavo día?

En un nivel fundamental, circuncidamos a un bebé judío a los ocho días porque eso es lo que Di-s nos instruye a hacer:

“Y al octavo día, se circuncidará la carne de su prepucio”.

Aunque el versículo no explica por qué se nos ordena realizar la circuncisión específicamente al octavo día, los sabios ofrecen diversas interpretaciones llenas de sentido espiritual.

El poder de la Reina del Shabat

Realizar la circuncisión al octavo día garantiza que el bebé haya experimentado al menos un Shabat antes de entrar en el pacto.

El Midrash lo compara con un rey que decretó que cualquiera que deseara visitarlo debía primero presentar sus respetos a la reina.
Los sabios y místicos suelen llamar al Shabat “la Reina del Shabat”.
Así, antes de entrar en el pacto con Di-s, el bebé debe “saludar a la Reina” viviendo la santidad de su primer Shabat.

Esta es también la razón por la que cualquier ofrenda que se presentaba en el Templo debía tener al menos ocho días de antigüedad.

Un tiempo de sanación y equilibrio espiritual

Garantizar que el bebé viva su primer Shabat trae sanación al alma, que acaba de ingresar a este mundo físico y material.
El contacto con la energía del Shabat lo fortalece y lo prepara espiritualmente para unirse al pacto de Di-s con el pueblo judío.

El significado de los ocho días del brit milá

El brit milá (circuncisión) es una señal del pacto eterno entre el pueblo judío y Di-s, nuestro Creador. Pero ¿por qué este acto sagrado se realiza específicamente al octavo día de vida del bebé?

A lo largo de los siglos, los sabios han ofrecido diversas explicaciones que combinan lo físico, lo espiritual y lo simbólico.

Expiación

Así como la sangre de una ofrenda trae expiación, también lo hace la circuncisión.
Del mismo modo que un animal ofrecido debía tener al menos ocho días de nacido, el bebé también debe haber vivido ocho días antes de ser circuncidado.

De esta manera, el brit milá refleja la idea de purificación, renovación y conexión con lo divino.

Salud del bebé

Maimónides enseña que se espera ocho días para que el niño se fortalezca físicamente y pueda atravesar el procedimiento sin riesgo.
El tiempo permite que el cuerpo se adapte a la vida fuera del útero y alcance un equilibrio natural antes del brit.


Alegría compartida

El Talmud explica que, después del nacimiento de un varón, la madre atraviesa un período de siete días de impureza ritual, durante el cual la pareja no puede tener intimidad física.

Esperar hasta el octavo día asegura que, en el momento del brit, los padres puedan compartir juntos la alegría de este pacto sagrado, sin estar sumidos en la tristeza o el aislamiento.


El duelo del alma por el aprendizaje perdido

El Talmud también enseña que mientras el bebé está en el vientre materno, un ángel le enseña toda la Torá.
Al nacer, el ángel lo toca en el labio y le hace olvidar todo lo aprendido.

Por eso, algunos sabios explican que los primeros siete días de vida son un tiempo de duelo espiritual por ese conocimiento perdido.
El brit milá se realiza recién después, cuando el alma ya se ha adaptado a su nueva existencia en el mundo físico.


Natural y sobrenatural

El brit milá representa el vínculo suprarracional entre el pueblo judío y Di-s.
No es una práctica basada en la lógica humana ni en la elección personal, sino un acto de fe y conexión trascendente.

Por eso, no se espera a que el niño crezca y decida por sí mismo: la relación con Di-s comienza más allá del intelecto, desde el inicio de la vida.


El simbolismo del número ocho

Los místicos explican que el número siete representa el mundo natural, el orden de la creación:
Di-s creó el mundo en siete días, y muchos aspectos de la Torá reflejan ese patrón —las siete semanas del Ómer, los siete años del ciclo de Shemitá, las siete Shemitot del Yovel (jubileo)—.

El ocho, en cambio, simboliza lo infinito, lo que trasciende el orden natural.
Por eso, el bebé es circuncidado al octavo día: porque entra en una fe que está más allá de la razón, en una historia de milagros, eternidad y propósito divino.


Más allá de toda razón

En definitiva, no conocemos la verdadera razón por la cual el brit milá debe realizarse al octavo día.
Y justamente en ese misterio reside su profundidad: al igual que el propio pacto, el octavo día es suprarracional.
Nos recuerda que nuestra conexión con Di-s supera los límites del entendimiento y nos une con lo eterno.

 

Por Yehuda Shurpin

Fuente