¿Cómo aprendemos?


El aprendizaje se lleva a cabo en tres etapas: vaciar el recipiente, convertirse en un recipiente y llenar un recipiente.

Vaciar la vasija: antes de que podamos aprender, tenemos que vaciar nuestra mente de ideas preconcebidas, pensamientos, cualquier conocimiento que tuviéramos antes de llegar a la clase. Incluso las respuestas y las preguntas deben eliminarse.

En resumen, debemos tener espacio en nuestra mente para recibir. En la medida en que tengamos pensamientos, propios o de lecciones anteriores, no podremos recibir lo que el maestro desea darnos en esta lección. (A este respecto, se dice de Rabí Zera que ayunó cien ayunos para poder “olvidar” el Talmud de Babilonia, a fin de aprender el Talmud de Jerusalém). Entonces, para aprender, debemos venir con una mente abierta o vacía.

Y a veces eso significa que primero debemos desaprender ideas o “hechos”. Convertirse en un recipiente: La primera etapa por su naturaleza es pasiva. Requiere una negación del yo, una eliminación del ego.

Sin embargo, si todo lo que hacemos es escuchar y recibir, no hemos asimilado la lección, no la hemos hecho nuestra. La siguiente etapa, entonces, requiere que trabajemos con el material, lo cuestionemos, discutamos sobre él, luchemos con él. En esta etapa, debemos usar nuestro intelecto; debemos activar y comprometer nuestro ego.

Llenar el recipiente: La etapa final del aprendizaje ocurre cuando el estudiante alcanza el nivel del maestro, cuando el estudiante no entiende en resumen o por alusión, pero capta todas los alcances de una idea. El alumno que comprende los conceptos en profundidad, y más aún, el alumno que puede aportar sus propios conocimientos, ese alumno se ha convertido en un igual al maestro.

Sin embargo, para hacerlo, el estudiante debe extenderse, trascender sus limitaciones intelectuales y, en cierto modo, superarse a sí mismo. Si el aprendizaje en general sigue este proceso de tres etapas, entonces este procedimiento se aplica aún más cuando el tema a adquirir es el conocimiento Divino contenido en nuestra sagrada Torá.

Primero, debemos anularnos, dejar de lado nuestras concepciones ‐ o preconcepciones ‐ de lo que es la Torá o lo que la Torá requiere. Como declaramos en el Sinaí, “haremos y aprenderemos” ‐ primero, como sirvientes, seguimos las instrucciones, no porque las comprendamos o estemos de acuerdo, sino porque eso es lo que debemos hacer.

A continuación, sin embargo, debemos luchar para comprender, entender y poseer la Torá a nivel intelectual y personal. Pero si nos detenemos ahí, nuestra comprensión de la Torá corre el riesgo de ser medida y limitada por nuestra propia capacidad intelectual. Nuestras mentes humanas, incluso las más grandes, no pueden contener la Torá.

Por lo tanto, debe haber otra etapa final: el “salto cuántico” de la inspiración Divina. A través de las dos primeras etapas creamos las condiciones para la tercera, una mini‐revelación, por así decir una recreación en miniatura dentro de cada judío, de la entrega de la Torá.

Guet: El divorcio judío

Guet: El documento de divorcio judío De acuerdo con la ley bíblica, una pareja casada se libera de los lazos del matrimonio solo mediante la transmisión de una carta de divorcio del esposo a la esposa.

Este documento, conocido por su nombre arameo, “guet”, sirve no solo como prueba de la disolución del matrimonio en caso de que uno o ambos deseen volver a casarse, sino que en realidad efectúa el divorcio.

Si bien la ley judía exige que uno siga la ley del país y también requiere un divorcio civil, este no sirve como sustituto de un guet halájico (conforme a las restricciones de la ley judía).

Sin un guet, no importa cuánto tiempo esté separada la pareja, y no importa cuántos documentos civiles puedan tener, a los ojos de la ley judía, la pareja todavía está 100% casada. El matrimonio no es solo un acuerdo entre dos individuos que puede disolverse a voluntad, es una unión de almas.

El mismo Di‐s que prescribió una fórmula para la fusión de las almas, la fórmula que se sigue bajo el dosel nupcial, también dio instrucciones detalladas sobre cómo estas dos almas pueden volver a un estado de independencia.

El guet es un documento fechado y atestiguado en el que el esposo expresa su intención de divorciarse de su esposa y romper todos los lazos con ella. El guet es escrito por un escriba experto. Cada guet se adapta individualmente a la pareja que se divorcia en particular.

Una de las reglas más importantes que rigen la escritura del guet es el requisito de que se escriba específicamente para el esposo y la esposa que lo usarán. Aunque técnicamente el guet se puede escribir en cualquier idioma, siempre que contenga las palabras y frases clave exigidas por la ley judía, la costumbre judía universalmente aceptada es escribirlo en arameo.

También es una antigua tradición que el guet se escriba en doce líneas (el valor numérico de la palabra hebrea “guet”). Los testigos firman debajo de la duodécima línea.

Un triunfo familiar

En Hungría, donde nací, ser judío se consideraba “vergonzoso”. 

La palabra “zsido”, judío, era una palabrota. Descubrí que tenía antepasados judíos a los seis años. Me advirtieron que nunca lo mencionara.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los judíos en Hungría eran asimilados y seguían el movimiento neólogo (conservador local). Solían llamarse húngaros de la fe de Moisés y dudaban en contactarse con judíos de otros países. Imprimieron publicaciones engañosas. 

El “Libro de oraciones judío”, no contenía ni una oración judía tradicional, ni una letra en hebreo, era una compilación de poemas en húngaro.

Mi tatarabuela no guardaba las tradiciones judías. Cuando el dominio nazi se hizo evidente, comenzó a encender Velas de Shabat. Su hija, mi bisabuela, se enamoró de un gentil y se casó. Sus dos hijos judíos fueron criados como cristianos. Su hija se convirtió en monja y dedicó toda su vida a curar y enseñar a los necesitados. Su hijo, mi abuelo, se convirtió en protestante religioso. Era un hombre humilde, maravilloso y con mucho conocimiento, amado por todos.

Cuando crecí, comencé a buscar mi identidad. Me sentí atraída por el judaísmo. 

Cuanto más estudiaba, más flotaba en el espacio anhelando una identidad, hasta que finalmente legalicé mi condición de judía a través de una conversión ortodoxa.

 La experiencia especial de sumergirse en un baño ritual, mikve, para completar el proceso de conversión fue impresionante. Mi hermana, que estaba de pie junto a la mikve, dijo que su respiración se detuvo cuando mi último mechón de cabello desapareció bajo el agua y la conversión fue declarada kasher.

Después de salir del agua, sentí todo mi cuerpo energizado. Esta fuerte sensación llenó todo mi ser de pies a cabeza y me tomó muchas horas acostumbrarme a la sensación del alma nueva.

Visité a mi padre ese verano y estaba muy emocionado de recibirme en Shabat. Fuimos de compras juntos y también disfrutó ayudando en la preparación de la comida. Aunque mi padre no estaba obligado a observar el Shabat, respetó mi observancia apagando la televisión. Antes de encender las velas, pusimos la mesa en un ambiente tranquilo. La conversación más cálida que tuvimos durante toda la semana fue en la mesa del viernes por la noche, con una copa de vino kasher.

Entre plato y plato relaté algunos pensamientos sobre la porción semanal de la Torá. El cholent para el día siguiente hirvió a fuego lento durante toda la noche y cuando llegó la hora del almuerzo de Shabat, el aroma y el sabor eran inolvidables. Estos momentos de Shabat fueron los más valiosos que pasé con mi padre durante nuestra visita.

Mi conversión me hizo evaluar las metas de mi vida. 

Decidí tomar una licencia de mi prometedora carrera en informática y me mudé con un par de maletas para estudiar en el Instituto de Mujeres Majon Jana en Crown Heights, Brooklyn. Mis estudios no se parecían a nada que haya conocido antes. La ley judía, la historia judía, la Torá y la filosofía jasídica, una fuente maravillosa para el refinamiento del carácter y la nutrición espiritual, comprendían los coloridos estudios.

Mi bisabuela fue víctima del Holocausto y su hija y sus hijos fueron víctimas del Holocausto intelectual.

Regresé a las raíces judías de mis antepasados. Hitler no ha ganado. Tampoco la asimilación. ¡Sobrevivimos! Si Di‐s quiere, agregaré nuevos nombres a nuestro árbol genealógico judío.

La importancia de la vida de hogar


Después de muchas horas de buscar comida, un pájaro vuelve a su nido, y obtiene   un   bienestar   supremo   de   un lugar que es a la vez cálido y seguro, alejado de los peligros y distracciones del mundo exterior.

Un   ser   humano   debería   sentir   la misma   calidez   y   seguridad   cuando vuelve a su hogar. El hogar y la familia son su nido, el centro de su vida, el eje a partir del cual irradian todas las experiencias cotidianas. Nuestra casa y familia deberían ser el lugar donde más cómodos nos sentimos en el mundo, tanto cuando niños como cuando adultos. Ellos determinan cómo se toman las decisiones de la   vida,   ellos   conforman nuestras   actitudes,   conciencia y autoestima. Un hogar sano es obviamente un ingrediente vital en la procura de una vida plena de sentido.

Más   importante,   el hogar   es   el   sitio   donde   aprendemos sobre la felicidad y la plenitud. Piensen en la calidez que sienten cuando vuelven a casa tras una ausencia de unos meses, o inclusive de unos pocos días.

¡Qué diferencia entre este calor y lo que experimentamos en el mundo exterior!

Nuestro hogar es una base segura que nos da la confianza de explorar el terreno de un mundo impredecible y a menudo peligroso.

Así como una persona sana puede dar su salud por sentada, muchos de nosotros no apreciamos la belleza del hogar. Las actitudes y el amor de nuestros padres nos dan una base a partir de la   cual   construimos   nuestras   propias vidas. Para apreciar el vigor de un hogar realmente provisto de amor, sólo debemos mirar lo que pasa cuando un hogar no sirve a esta función. Lamentablemente, no debemos mirar muy lejos.

Mucha gente hoy no ha tenido nunca un verdadero hogar, un ambiente cómodo donde supieran que eran queridos, necesitados y amados; donde no había nada que temer y donde los problemas se enfrentaban, en lugar de ignorárselos o negárselos; donde podían aprender a amar y ser amados.

Es   responsabilidad   de   los   padres construir un hogar feliz y sano; no sólo por el bien de sus hijos, sino por sí mismos y por los invitados que entran en su casa. Tener un hogar saludable depende en gran medida de nuestra postura ante el tema. ¿Sentimos que nuestro hogar es nuestro auténtico hogar, el lugar más apacible   del   mundo,   o   apenas   otra estación   en   el   camino, donde   hacemos   algunas cosas antes de seguir adelante? Un verdadero hogar debe ser el centro de nuestras   vidas, o inevitablemente   se   volverá   una carga. Debemos aprender a respetar   nuestro   hogar.

Parte del respeto al hogar está en respetar el compromiso de construir una familia: la bendición que nos ha dado Di-s de tener hijos, de llenar la casa con amor y calidez.

Es importante recordar esto: nuestro trabajo puede ser importante y necesario para la supervivencia, pero el lugar de trabajo no es nuestro hogar. Ni lo es el restaurante donde comemos, el museo que visitamos, o la ciudad extranjera por la que viajamos.

La persona debe sentirse cómoda con uno misma. Esto significa sentirse cómodo   con   su   alma,   con   la   Divinidad que hay dentro de uno. Que el yo   externo,   la   parte   que   trata   con   el mundo material, está en paz con el yo interno, el verdadero yo. Y eso hace de nuestra persona un lugar cómodo para que en él viva Di-s. Cuando uno irradia desde adentro, da calor a todo el hogar,   llenándolo   con   paz   y   ternura que serán sentidas por todos los que entren.

Viajar como Iehudi

Dado que nos encontramos en el verano y la gente comienza a viajar, presentamos algunas de las leyes concernientes a situaciones que se nos pueden presentar…

SEGURIDAD PARA EL VIAJE

Es conveniente que antes de salir de viaje pongamos algunas monedas en caridad, como está escrito (Tehilim 85:14) “Caridad en frente de él ira y pondrá (orientará) sus pasos”, también es conveniente que pida de la gente (rabinos o sabios de la Torá) importantes su bendición para tener un viaje seguro y exitoso (Kitzur Sh. A.  68:6).

Los sabios aconsejan que iniciemos el viaje durante el día y que hagamos las paradas antes que se ponga el sol. Esta enseñanza la asociaron al versículo: “Y vio Hashem que la luz era buena” por eso cuando tenemos luz natural es mejor para viajar. Hoy vemos en las estadísticas que los peligros en la ruta son mayores para los que viajan de noche. Con respecto de algunos accidentes que se habían producido entre algunos de los miembros de nuestra comunidad, el Rebe instó a que tengamos una alcancía y los siguientes libros: Jumash, Tehilim, Tania y Sidur (los encontramos hoy todos juntos en un libro llamado Jitas) en el auto o con nosotros durante el viaje. En ciertas ocasiones, el Rebe también aconsejó a ciertas personas incluir una mezuzá.

Ni hace falta aclarar que debemos llevar con nosotros (los varones mayores) el Talit y los Tefilín e incluso cuando viajamos en avión u otro modo, llevarlos a bordo junto con nosotros y tener previsto todo lo necesario para mantener el mismo nivel de kashrut que en nuestras casas.

También es conveniente ahora que estamos saliendo de vacaciones y disponemos de más tiempo encontrándonos sin los compromisos laborales, extender nuestra plegaria y agregar en nuestro estudio de Torá.

Cabe aclarar que las leyes y consejos mencionados valen para cualquier viaje que emprendamos.

* Por Rav Iosef Feigelstock