
La traducción griega de la Torá
En los primeros años del Segundo Beit HaMikdash, el pueblo de Israel se encontraba bajo dominio persa. Más tarde, Grecia heredó ese imperio e Israel pasó a estar sometida al gobierno griego.
Uno de los sucesores de Alejandro Magno, el rey Talmai (Ptolomeo Filadelfo), ordenó a los Sabios judíos realizar una traducción griega de la Torá. El Talmud (Meguilá 9a) relata:
“Sucedió que el rey Talmai reunió a setenta y dos eruditos y los ubicó en setenta y dos habitaciones separadas, sin informarles el motivo por el cual los había convocado.
Entró en cada una de las habitaciones y les dijo: ‘Escribid para mí la Torá de Moshé, vuestro maestro’.
Di-s concedió a cada uno de ellos el mismo entendimiento, y todos produjeron versiones idénticas. Talmai no encontró ninguna diferencia entre las traducciones. Incluso en aquellos pasajes en los que los Sabios consideraron necesario modificar la traducción literal, los cambios que cada uno introdujo fueron exactamente los mismos.”
Esto constituyó una extraordinaria santificación pública del Nombre de Di-s —Kidush HaShem—, así como una demostración de la grandeza de Israel y de sus Sabios.
Un acto de Di-s
La tarea que Talmai impuso a los setenta y dos Sabios estaba más allá de la capacidad humana. La Torá fue escrita de tal manera que su contenido admite múltiples niveles de interpretación. Junto con la Torá Escrita, Di-s entregó al pueblo judío las pautas necesarias para interpretar correctamente sus palabras, expresiones y letras, revelando así la inmensa riqueza de significados que contiene.
Por el contrario, quien intenta traducir la Torá a una lengua extranjera descubre que no existe idioma alguno con la profundidad y la riqueza de matices del Lashón HaKódesh (Lengua Sagrada).
Además, muchos versículos podrían ser fácilmente malinterpretados por los gentiles si fueran traducidos de manera estrictamente literal. Como consecuencia, podrían tergiversar o menospreciar su verdadero significado. Para evitarlo, era necesario incluir aclaraciones o modificar ciertas expresiones, de modo que la intención auténtica del texto resultara clara y comprensible.
¿Cómo era posible que setenta y dos Sabios, trabajando por separado y con perspectivas diferentes, llegaran exactamente a las mismas conclusiones?
El pedido de Talmai y la forma en que organizó el trabajo revelan que su verdadero propósito era provocar discrepancias entre los Sabios para luego utilizarlas en su contra. Precisamente por ello, recibieron una extraordinaria asistencia Divina. Todos llegaron a las mismas conclusiones respecto de los lugares donde era necesario introducir cambios o matizar determinadas expresiones.
Un día de oscuridad
El día en que los setenta y dos Sabios concluyeron la traducción griega de la Torá —el 8 de Tevet— fue considerado un día de profundo pesar para el pueblo de Israel.
Aunque la Providencia Divina y la protección de Di-s se manifestaron claramente, despertando admiración tanto entre judíos como entre gentiles, el acontecimiento fue visto como una desgracia de enormes proporciones, comparable al día en que fue construido el becerro de oro.
En Meguilat Taanit, los Sabios enseñaron:
“El octavo día de Tevet, durante el reinado del rey Talmai, la Torá fue traducida al griego, y el mundo quedó sumido en la oscuridad durante tres días.”
¿A qué puede compararse esto?
A un león que fue capturado y encerrado en una jaula. Mientras permanecía libre, todos le temían y huían de él. Pero una vez encerrado, todos acudían a observarlo y preguntaban: “¿Dónde está ahora su fuerza?”.
Lo mismo ocurrió con la Torá. Mientras permanecía en manos de Israel y era estudiada e interpretada por los Sabios en la Lengua Sagrada, inspiraba respeto y reverencia. Incluso los gentiles que deseaban estudiarla debían primero acercarse a la Shejiná (Presencia Divina), aprender el Lashón HaKódesh y adquirir los principios necesarios para interpretarla correctamente.
Pero cuando fue reducida a una traducción griega, perdió parte de la reverencia que despertaba. A partir de entonces, cualquiera podía acercarse a ella, leerla y creer que comprendía plenamente su significado, sin acceder a la profundidad infinita que encierra la Torá en su forma original.


