El silencio lo dice todo

Sucedió hace más de 100 años atrás. El santo Vizhnitzer Rebe, Rabí Israel Haguer, salió como todas las tardes a dar un paseo, acompañado de su secretario. 

Sin embargo, en lugar de dirigirse al parque, se detuvo frente a la casa de unos de los judíos acaudalados de la ciudad, que dirigía el Banco local. El secretario desconocía la razón de la visita. Este iehudí no era un Jasid. En realidad era uno de los que se oponían al judaísmo tradicional. De todas formas, al ver al Rebe en la puerta de su mansión, lo hizo pasar, saludándolo con calidez. Hizo sentar a la inesperada visita y se ubicó a su lado esperando que el Rebe le cuente la razón de su venida. Pasaron unos minutos, y el Rebe permanecía en silencio. Pero el hombre, que era muy delicado, no se animaba a interrogarlo. Perplejo, el director del Banco permaneció sentado, miraba al Rebe. El Rebe lo miraba a él. Más silencio. ¿Qué sucedía aquí?

Luego de unos instantes, Rabí Israel se puso de pie, sin pronunciar palabra y caminó hacia la puerta. El dueño de casa lo acompañó cortésmente hasta la vereda, y así caminaron juntos hasta la casa del Rebe. Al arribar allí, el hombre dijo: “¡Vizhnitzer Rebe! Mientras estaba en mi casa no correspondía hacerlo, pero ahora que estamos en la suya le preguntó: ¿Por qué me ha visitado?”.

El rebe respondió: “Fui a cumplir una Mitzvá”

“¿Cuál?” preguntó intrigado el hombre.

“Nuestros Sabios nos indican que es una mitzvá callar cuando sabemos que no seremos escuchados. Por eso visité a la persona a la que no debía decir lo que no podría escucharme”.

“¿Qué es lo que me debía decir?” preguntó el judío. “No te lo diré- dijo el rebe- pues perderé mi mitzvá”.

“¿Cómo sabe usted que no lo escucharé? ¡Por favor, debe decírmelo!”

Después de mucha insistencia el Rebe le contó: “ayer me visitó una mujer viuda. Ela recibió la comunicación del Banco, avisándole que embargarán su casa pues no ha pagado la deuda que tiene con dicha institución. Eso significa que, junto a sus pequeños hijos, quedará en la calle. Me pidió que hablara contigo porque sabe que eres judío y quizás podría convencerte para que la ayudes”.

“Pero Rebe, yo no soy el dueño del Banco, ni soy yo quién pone las reglas. ¡Sólo lo dirijo!”.

“Así es. Por eso sabía que no sería escuchado. Buenas noches”.

El Rebe ingresó a su casa, seguido por su secretario. El banquero permaneció inmóvil, petrificado. Finalmente, caminó despacio hacia su hogar, meditabundo. El tema lo había impactado. Antes del fin de semana, él pagó la deuda de la viuda, con su propio dinero.

* Extraído del sipurei Jasidim

El regalo de Di-s

Lentamente, Shlomo Bochner caminó a tra­vés de la guardia del hospital. Detuvo su marcha en la entrada de la sala de espera y espió por la pequeña ventana de la puerta. Pudo ver a la Sra. Davis sentada en una silla naranja, sosteniendo un pequeño Libro de Rezos con sus dos manos. Sus labios se mo­vían rápidamente. La frente se mantenía alta y sus ojos se cerraban y abrían con frecuencia. Las lágrimas que corrían por sus ojos brotaban sin ser detectadas por su rostro. Shlomo suspiró. Era su responsabilidad darle la respuesta.

A su alrededor todo seguía su curso normal. Las enfermeras, vestidas con sus guardapolvos blancos, hablaban entre ellas mientras circula­ban cuarto por cuarto, para controlar la presión de los pacientes .Voces anónimas rechinaban a través del conmutador, mientras los doctores con rostros solemnes caminaban apurados a través del corredor.

Shlomo no supo cuánto tiempo estuvo allí parado, su mano derecha apoyada sobre el picaporte de la puerta, su mano izquierda formando un puño. No podía acercarse para hablarle. ¿Cómo podría aproximarse a Jana Davis para transmitirle el mensaje, que a él mismo le  pe­saba como una roca, una piedra que aplastaría todas sus ilusiones?

Shlomo aclaró su garganta y parpadeó. El sen­timiento de dolor por la imposibilidad de concebir hijos era algo familiar para él. El y su esposa habían experimentado el sufri­miento que produce un hogar vacío, antes de lograr tener su propio hijo. Éste había sido el motivo por el cual había colaborado para la creación de Bonei Olam (“Construyendo un mundo”), para proveer de sustento emocional y finan­ciero a las parejas que luchaban contra la infertilidad.

Cuando Jana y su esposo Eljanán se acercaron, Shlomo pudo percibir la seve­ridad de su situación. Los doctores, que poseían honorarios considerablemente altos, habían catalogado su caso como definitivamente perdido, sin esperanza. Shlomo se encontraba frente a una dis­yuntiva; si en tal caso las posibilidades de éxito eran muy pequeñas, ¿debería seguir con el caso o invertir aquellos fondos tan requeridos, en otra pareja que tuviera más esperanzas? Por el otro lado, ¿Cómo podía decepcionarlos así? La política de Bonei Olam no permitiría que se desperdiciara ni esfuerzo ni dinero en ayudar a parejas sin hijos. Finalmente, Shlomo pidió consejo a los Rabinos, y estos le dijeron que siguiera adelante con el caso. Shlomo normalmente consultaba sus casos con el Dr. Cornwallis, un aclamado experto en infertilidad, y esta vez, debido a las exorbitantes estadísticas que arrojaban los resultados, no dudó en consultar.

Un hombre joven con una taza de café en su mano apareció a su lado. Shlomo soltó el picaporte de la puerta y se movió a un lado para que el muchacho pudiera entrar en la sala. La Sra. Davis, aparente­mente, no se había dado cuenta todavía de su pre­sencia. Tomar un café parecía una buena idea. Tal vez la cafeína lo podría ayudaría a relajarse y ha­blar de la manera más calma posible con Jana.

Mientras Shlomo ponía las monedas en la máquina de café, la conversación entablada con el Dr. Corn­wallis volvía a su mente… “Dr.

Cornwallis, ¿recuerda la pareja Israelí, los Davis?”

“¿Davis? Ah…, sí ya recuerdo.  Desafortunadamente Rabino Bochner, no hay mucho que el mundo mé­dico pueda hacer por ellos. El costo del trata­miento es muy elevado, francamente, no sé si tendrá sentido seguir.”

“Dr. Cornwallis, ¿no merece acaso cada pareja una última chance?” Hubo un silencio. “¿Doctor?”.

“Estoy aquí”.

“No podemos defraudarlos. ¿Para cuándo planificará una

visita a Israel? Haremos lo que podemos. Di-s hará el resto.”

“Rabino Bochner”, dijo el doctor luego una larga pausa. “Hablaré con mi agente de viajes…. y con mi Rabino”.

“Por supuesto, nosotros arreglaremos el resto. Los exámenes de sangre, la estadía en el hospital…”

“Si, si”, se río el doctor. “No tengo duda de eso, sólo deseo agregar…”

“El anestesista, también estará arreglado con anterioridad”.

“No, no Rabino Bochner, no me refería con eso. Escuche. Yo me haré cargo de los gastos del vuelo y el hospedaje pero esta vez…no deseo

que me pague.”

Shlomo estaba estupefacto. Doscientos cincuenta mil dólares, eran los honorarios,  lo cual no era poca cosa. Pero el Dr. Cornwllis, inspirado por el comité de Bonei Olam, había decidido no cobrar esta vez.

Shlomo volvió a la realidad. Retiró su vaso de la máquina y regresó a la sala. Nueva­mente se paró frente a la puerta. Lenta­mente tomó un

sorbo de su vaso, mientras sus lágrimas se mezclaban con el café. Los minutos corrían y él sabía que no po­dría permanecer allí mucho tiempo más. El tratamiento no había tenido éxito. Habían lanzado su último tiro pero….el deseo de Di-s había sido diferente. Era el deber de Shlomo informarle a la Sra. Davis la dura y dolorosa realidad.

Shlomo respiró profundo y bajó el pica­porte de la puerta. La Sra. Davis lo miró con un rostro resplandeciente. Shlomo colocó sus manos

dentro de sus bolsillos. Como más tarde él mismo relata­ría: “Fue el momento más duro de toda mi vida. Aún hoy, no recuerdo qué fue lo que le dije”.

Meses más tarde…

Shlomo se encontraba sentado frente a su escritorio concentrado en alguna tarea ad­ministrativa, cuando su secretaria lo llamó. Por algún

motivo se distrajo y encendió su contestador telefónico. Apenas oyó el sonido de una voz, Shlomo se enderezó.

“Hola, soy Eljanán Davis. Cuando tenga oportunidad por favor contáctese conmigo”. Shlomo atendió el teléfono, pero fue tarde. La

persona ya había cortado. Por un momento, se quedó sentado in­merso en su pensamiento. Ya habían pa­sado varios meses, casi un año desde aquel día en el que tuvo que transmitirle la triste y sincera noticia a Jana Davis. Pero Shlomo, más tarde, se dio cuenta que Jana era real­mente una mujer notable. Su marido -Eljanán- lo confirmó contándole los detalles de los hechos.

“Cuando salimos del hospital, viajábamos en un taxi que nos llevaba de regreso a casa”, -le explicó Eljanán, “Fuimos todo el trayecto en silencio, cada uno de nosotros sumergido en sus propios pensamientos. No lograba siquiera formular una frase co­herente. Sentía que una

nube negra me en­volvía y no me dejaba pensar con claridad”.

“Logré, tambaleante, bajar del taxi. En medio de la bruma, caminé los pocos pasos que me separaban del umbral de la puerta de mi casa,giré la llave y débilmente abrí la puerta. Sorprendentemente, el cuarto estaba inundado de luz. “Quedé shockeado al ver la escena que me recibía. Mi esposa había dejado la mesa puesta en el comedor, el mejor mantel junto a la vajilla más fina, aquella que utilizaba sólo para ocasiones especiales”.

“¿Acaso no vas a colgar tu saco?”, le preguntó ella, mientras encendía las dos velas que se encontraban dentro de los candelabros de plata. Podía observar cómo las pequeñas llamas se mo­vían y bailaban de manera ascendente. “Hemos terminado un capítulo en nuestras vidas” dijo suavemente, con rostro cálido. “Hoy tuvimos que enfrentarnos a la desilusión. Pero no deseo enojarme con Di-s. Haremos una “Seudát Hodaá” (comida de agradecimiento). Deseo premiar a Di-s por haberme dado a ti y por haberte dado a mí. Nos tenemos mutuamente. No estamos enojados. Esta­mos entrando en un nuevo capítulo en nuestras vidas y no dejaremos que la amargura y la melanco­lía apaguen la alegría.

Comencemos a celebrar.” Mi esposa sirvió una cena magnífica. Cuando nos fuimos a dormir, su serenidad había provocado un efecto considerablemente positivo en mi persona. Había dormido unos pocos minutos cuando el llamado del teléfono me despertó. Miré el reloj, eran las cinco de la madrugada. Alguien llamaba desde el hospital. Me pedían que regresara inmediatamente allí”.

“Hemos vuelto a es­tudiar sus resultados”, me explicó la persona en la línea, “aún queda algo por hacer”. Shlomo conocía bien lo sucedido. Era una historia conmovedora. La historia de una mujer que había convertido el deseo de Di-s, en su deseo. Shlomo aún seguía sonriendo mientras marcaba el número telefónico que lo conectaría con los Davis. “Hola Shlomo”, la voz de Eljanán se oía jubilosa. “¡Es un varón! ¡Un hermoso bebé varón! ¡Jana y el bebé se encuentran muy bien gracias a Di-s!”

“El Brit Milá (circuncisión) será Di-s mediante, la se­mana próxima”.

Sería una celebración que Shlomo no podría per­derse…

En sincronía

Ionatan, un hombre joven en sus incipientes 30, novio de una amiga mía, dejó la cómoda casa de su madre.

Desde su piso 17, Ionatan no sabía que esa semana correspondió a la lectura de la porción semanal (parshá) de la Torá llamada Lej Lejá (Vete de ti), la cual narra cómo a Abraham, nuestro patriarca, Di-s le ordena que deje su tierra, su parentela y su casa paterna y vaya a la tierra que Él le señalará. Ionatan no estaba desconectado de su “saberse judío”, todavía no lo ejercía plenamente, pero estaba en camino…

Aquella pequeña sincronía daba testimonio tangible de su conexión a su ser esencial, a su alma judía, a su neshamá; pero Ionatán seguía un poco “distraído”.

Pasaron algunas semanas, a instancias de su novia, aceptó ir a ver a un rabino. Iría solo, con su mirada un poco velada. Pero iría, a develar, a revelar…

Comenzaba a estudiar Torá. Una mañana se encontró, testigo del amanecer desde su balcón de rascacielo…¡Tenía los tefilín puestos!

Poco después comenzó a guardar monedas, las quería para su pushka (alcancía), cumplía con enorme devoción la Mitzvá de Tzedaká.

Lentamente Ionatan buscaba el “código fuente”, escuchaba qué mensaje tenía la creación para él; quería comunicarse con un corazón que albergara la unión con lo Divino.

Un día, casi un año después, exactamente el viernes 26 de setiembre de 2003, llegó de la oficina, cansado, desanimado: “todos los días la misma sensación”-decía, “ya no me siento contento allí”…“no crezco ni profesionalmente ni como persona”… “tampoco mi judaísmo…”, “no me queda tiempo para estudiar”…

¡Ionatan estaba haciendo su balance de fin de año! Era Erev Rosh Hashaná… Llegó al Templo para la última de las plegarias, con sus propias palabras y a corazón abierto, se entregó a Di-s.

Al lunes siguiente del nuevo año Ionatan no se presentó a trabajar; pidió sus vacaciones por adelantado; quería un “tiempo para él”, como le dijo a su novia, para reencontrarse, para detener la vorágine del mundo y ver dónde estaba parado, cuáles eran sus prioridades, qué le hacía falta, qué estaba de más, para reconocer sus “deudas” con los otros y consigo mismo.

Faltaban dos días para Iom Kipur y Ionatan estaba haciendo Teshuvá.

El primer Shabat de 5764 hizo Kiddush y cuando terminó de agradecer por el fruto de la vid, sabía que no debía temer, que nada le ha de faltar…Había decidido cambiar el rumbo de su vida.

Esta semana volvemos a leer Lej Lejá, Ionatan vuelve a emprender un nuevo camino, más vital, con una salud espiritual renovada. Ahora sabe que está viviendo Lej Lejá, ahora trata de estar más alerta, más en sincronía con la vida judía, con las Mitzvot, con la Torá, que enriquecen su día a día.

Busquemos esta sincronía, esta sintonía, hallemos nuestra huella judía ancestral marcada en nuestra cotidianeidad.

Shula Banchik

El dueño de casa

Un Jasid una vez fue a lo de Rabí DovBer, el “Maguid” de Mezritch. “Rebe”, le dijo, “hay algo que no comprendo. Cuando el Altísimo nos ordena hacer algo o nos prohíbe hacer cierto acto, lo entiendo. No importa qué tan difícil es, no importa cuán fuerte mi corazón quiere hacer lo contrario, puedo hacer lo que Di-s desea o evitar hacer algo en contra de Su voluntad. Después de todo, el hombre tiene libre elección y por voluntad propia puede decidir qué acciones hacer, sin importar qué. Lo mismo ocurre con el habla. Aunque sea más difícil de controlar, acepto que está dentro de mi poder decidir qué palabras abandonarán mi boca, y cuáles no.

“Pero lo que no logro entender, son esos preceptos que tratan sobre temas del corazón; por ejemplo, cuando la Torá nos prohíbe pensar en algo destructivo y errado. ¿Qué puede hacer uno si estos pensamientos entran en su mente? ¿Puede acaso controlarlos?”

En vez de responder a la pregunta del Jasid, Rabí DovBer lo mandó a la ciudad de Zhitomir. “Ve a visitar a mi discípulo, Rabí Zeev”, le dijo. “Sólo él puede contestarte tu pregunta”.

El viaje fue hecho en medio del cruel invierno. Durante semanas el Jasid atravesó los caminos cubiertos de nieve de la Rusia Blanca.

La medianoche había ya pasado cuando el viajero llegó a la puerta de Rabí Zeev. Para su grata sorpresa, las ventanas de la sala de estudio del erudito reflejaban una luz. De hecho, la ventana de Rabí Zeev era la única iluminada del pueblo. Entre la oscuridad, el visitante podía ver a Rabí Zeev inclinado sobre sus libros.

Tocó la puerta, pero no recibió respuesta. Aguardó unos momentos, e intentó una vez más, con más fuerza. Aún así, seguía siendo ignorado. El frío comenzó a penetrar sus huesos. Mientras la noche transcurría, el visitante, quien no tenía a quién acudir, continuaba golpeando con fuerza la puerta de Rabí Zeev, mientras que el Rabino, que se encontraba a solo unos pasos, continuaba estudiando junto a la chimenea, aparentemente abstraído de las llamadas que resonaban en la oscura noche.

Finalmente, Rabí Zev se levantó de su asiento, abrió la puerta, y recibió con mucha calidez a su visitante. Lo sentó junto al fuego, le preparó una taza de té caliente, y le preguntó sobre la salud de su Rebe. Luego, dirigió a su visita (que seguía mudo de frío e incredulidad) a la mejor habitación de la casa para que sus cansados huesos reposaran.

La cálida bienvenida no disminuyó al día siguiente ni al siguiente. Rabí Zeev atendía a todas las necesidades de sus visitas de forma ejemplar. El visitante, también, era un huésped modelo, considerado y respetuoso. Si había cualquier disconformidad sobre su “bienvenida” nocturna, él se la guardó para sus adentros.

Luego de disfrutar de una increíble hospitalidad, el invitado se recuperó completamente de su viaje y le pudo plantear a su anfitrión el propósito de su visita. 

“He venido”, le dijo una noche “para formularle una pregunta. De hecho, nuestro Rebe fue quien me mandó, diciendo que sólo usted puede responderme una inquietud”.

El huésped procedió a exponer su problema, tal cual se lo había expresado antes al Magid. Cuando concluyó, Rabí Zrev dijo: “Dime, mi amigo. ¿Es un hombre menos dueño de su propio ser que de su casa?.

“Ya ves, te he dado mi respuesta la misma noche que llegaste. En mi casa, yo soy el jefe. Al que quiero admitir, lo hago pasar, al que no quiero, no lo hago”

Por Yanki Tauber

¡No más quejas!

Un señor compró un perro. No veía el momento de mostrárselo a su vecino. Después de un par de semanas, finalmente el vecino retornó de su viaje y vino a saludarlo.

El hombre llama al perro, señala el diario que está sobre el sofá, y ordena: “¡tómalo y quédate allí!”

Inmediatamente, el perro se trepa al sillón y se sienta, moviendo furiosamente la cola. De pronto, su expresión alegre desaparece. Comienza a ladrar, su cara se torna ácida. Mira a su dueño y le dice: “¿Crees que hacer esto es fácil, mover mi cola todo el tiempo? ¡Oi! ¡Moverla tanto me provoca dolor! ¿Y crees que es fácil comer esa inmundicia a la que llamas comida balanceada para perros’? Olvídalo, es muy salada y me provoca gases. Pero, ¿a ti qué te importa? ¡Deberías probarlo tú mismo!”

El vecino está totalmente anonadado. Sorprendido dice: “No puedo creerlo”

“Lo sé” dice el dueño. Todavía no lo he terminado de entrenar. Creyó que dije: “quéjate”…

……………………………………………..

A veces estamos atrapados en círculos, dando vuelta día tras día quejándonos constantemente sobre las cosas. Conozco gente que se viene lamentando de las mismas cosas por los últimos 30 años. “¿Por qué hace tanto calor? ¿Por qué los vecinos hacen tanto ruido? ¿Por qué mi cónyuge es tan testarudo/a? ¿Por qué mi jefe es tan desagradable? ¿Por qué mi madre es tan demandante?” Y la lista sigue.

Algunos se acostumbran tanto a ello que las quejas pasan a ser parte de su vocabulario. Si tratas de ofrecerles una solución te dicen: “No funcionará” “Ya lo he probado antes” “No entiendes el problema” etc. Dan la impresión de que si dejan de quejarse no tendrán otro tema para hablar.

Una queja es un mensaje que nos envía el cerebro, avisando que algo no está bien. El propósito no es que demos vuelta quejándonos durante los próximos veinte años, sino el provocar que actuemos.

Para esto, les sugiero estos cuatro poderosos puntos con los que debemos enfrentar los problemas, y de esta forma no necesitaremos quejarnos:

1) ARRÉGLALO: Si no te gusta lo que tienes, arréglalo.

2) PIDE QUE ALGUIEN LO ARREGLE: Si no puedes corregirlo solo, habla con alguien que pueda hacerlo. No tiene sentido dar vueltas y quejarse a la gente que nada puede hacer.

3) ALÉJATE DE ELLO: Si no puedes arreglarlo por ti mismo, y no logras encontrar a alguien que te ayude a hacerlo, ve a un lugar donde el problema no exista.

4) ACÉPTALO: Si no puedes hacer nada de lo anterior… entonces, ¡acéptalo!. Aprendiendo a aceptar las cosas como son en lugar de que sean como quisiéramos, quitarás una gran carga de tus hombros.

Adoptando una de estas cuatro opciones seremos un ejemplo vivo para nuestros familiares y amigos. La energía que antes se usaba para quejarse y hablar de cosas negativas, podrá ser ahora redirigida hacia emprendimientos útiles. Y sentirás que tienes más espacio libre para sentimientos de paz y alegría.

Adaptado de un artículo de Rabí Iaakov Lieder

Una nación de estrellas luminosas

La primera nieve del invierno, siempre es placentera. Pero no cuando sucede en medio de la primavera.

Ajeno a la terrible tormenta que acechó a la ciudad durante la noche, me levanté aquella mañana y me dirigí hacia una calle repleta de árboles tirados y cables rotos. Los semáforos no funcionaban, y las calles estaban resbalosas por el hielo, pero la mayor sorpresa llegó cuando descubrí que no había electricidad en nuestra sinagoga. 

Sin luz, apenas podíamos llevar a cabo los servicios matutinos. Un número de gente que venía a rezar todas las mañanas llegó; muchos se fueron a rezar a sus casas, pero la gran mayoría se quedó. Encendimos velas, nos pusimos los Tefilín, y comenzamos a rezar. Mi mirada recorría la sala, y poco a poco, se me fue levantando el espíritu. Estaba encantado con aquella escena, la sinagoga a oscuras, y todas las cabezas al lado de las llamas de las velas leyendo en la penumbra; se parecía mucho a un Shtetl (pueblito).

Un calor me envolvió mientras observaba la sala, porque en la oscuridad, podía sentir el corazón del judío. Estaba oscuro, frío y helado, en la sinagoga no había ni calefacción, ni luz, y a pesar de todo, nada evitaba que los judíos vinieran a rezarle a Di-s. Era de mañana, y a pesar de los obstáculos, estos judíos piadosos estaban en la sinagoga. Me dí cuenta que el judío, es, como Di-s le prometió a Abraham, como las estrellas en el cielo.

Agujereando a la Oscuridad

Las estrellas son fuentes de luz constante. Incluso cuando el velo de la oscuridad está esparcido por el cielo, las estrellas siguen brillando. Podemos apreciar una estrella cuando su luz agujerea aquel velo de oscuridad y reconforta al cielo nocturno con su luz brillante. Las estrellas brillan todo el día, pero no llaman nuestra atención. Cuando el mundo está bañado por la gran luz del Sol, las pequeñas estrellas son prácticamente invisibles. Es solo de noche, cuando desciende la oscuridad, que las pequeñas estrellas demuestran su fuerza. Puede ser muy pequeña, de hecho, las estrellas sólo aparentan ser pequeñas dado a la distancia en la que se encuentran en relación a la tierra, pero de hecho son gigantes, pero su poder de iluminar prevalece durante la noche.

La humanidad también es comparada con las estrellas. Están las almas fuertes, que, a pesar de los desafíos, pueden sobrellevar su oscuridad personal. En una mañana normal, en donde las calles están secas y la luz está encendida, muchos judíos van a la sinagoga. Cuando hay tormentas y las calles mojadas y frías hacen que nos resguardemos en nuestros hogares, la gran fuerza de aquellos que sobrellevan los desafíos, llaman nuestra atención. Es ahí, cuando estas estrellas brillantes evaporan la penumbra y nos imparten inspiración y fuerza.

La promesa de Di-s

Esto es de hecho, lo que Di-s quiso decir cuando le dijo a Abraham: “Mira al cielo y cuenta las estrellas…ve si puedes contarlas”. Y Él le dijo a Abraham: “tan (numerosos) serán tus hijos”. La ciencia aún no ha descubierto, y menos aún contado ni identificado, cada estrella. Esto es porque ellas operan en las lejanas distancias de galaxias oscuras que el ojo humano no puede apreciar. Aún así, a pesar de la oscuridad, una estrella ocasional aparece a la distancia. Es por esta razón que la estrella nos reconforta tanto. Somos arrastrados hacia ella, porque su luz parpadeante y brillante nos está llamando; nos hacen recordar que cada desafío puede superarse, cada distancia puede ser atravesada y cada oscuridad, puede ser iluminada.

Obstáculos como oportunidades

Más allá que un impedimento para iluminar, las estrellas ven a la oscuridad como una oportunidad para brillar. Como aquellos judíos que fueron a rezar a la sinagoga oscura, agachándose cerca de la llama. Estos judíos son mis estrellas; no se rinden con los desafíos, no se agobian por la oscuridad, ni temen a la noche. Estos son estrellas, que nunca dejan que un obstáculo interfiera en su camino. Estas son estrellas que nos inspiran en la noche. Estas son estrellas, que cuya luz hace que no tengamos razón para temerle a la oscuridad.

No fueron las velas las que me iluminaron aquella fría mañana, sino que eran las cabezas que estaban encima de las velas. En esas cabezas, vi a las estrellas que Di-s se refería cuando le habló a Abraham.

Por Lazer Gurkow

El agua y el dinero

Los nadadores conocen la sensación. al moverse a través del agua, pierden los confines de su cuerpo y se unen con la serena
enormidad de su ambiente. Ellos coambian en su autonomía por una unión armoniosa del hombre y el mundo. En el océano no hay individualismos, sólo la suma colectiva de sus partes.

En un nivel cósmico, esto es lo que la tierra experimentó en conjunto en el Gran Diluvio, cuando Di-s lo sumergió en una piscina de
proporciones sin precedentes. Durante un año, la tierra estuvo sumergida dentro de las grandes aguas; cuando surgió finalmente,
era un mundo transformado. La codicia del pre-diluvio, el egoísmo y la arrogancia fueron reemplazados por la humildad y el compromiso.
Un mundo egoísta se convirtió en conocedor de su subordinación a su Creador.

Di-s juró no volver a inundar Su mundo de nuevo. Desde allí en delante, Su método sería más sutil.
En estos días, dicen los maestros Jasídicos, cuando empezamos a ser llevados por el materialismo
y olvidamos que somos parte de un todo mayor, Di-s usa el dinero.

En esas ocasiones, podemos encontrarnos de repente ahogándonos en un diluvio de preocupaciones financieras. Cuando las grandes
aguas de las preocupaciones materiales nos agobian, despertamos a la realidad de que no es el “yo” quien dirige el albergue, que el ego
no es una entidad auto-suficiente; que somos todos absolutamente dependientes de nuestra Fuente para el sustento.
Una vez que esa lección es sabida, la vorágine se calma, el diluvio se repliega, y el omnipotente se alegra de mimarnos con todo lo que
nuestros corazones puedan desear.

*por Velvel gurkow

Caminando por la cuerda floja

Rabí Mendel Futerfas debió pasar muchos años de su vida en los campos de trabajo de la Unión Soviética. Al salir, relató que pudo mantener su cordura conectando su mente con la experiencia jasídica, enseñada por Rabí Israel Baal Shem Tov, que enuncia que “de cada cosa que uno ve o escucha debe tomar una lección en su servicio a Di-s”. Muchas veces la enseñanza más profunda podía derivar del más inusual de los “profesores”.

Uno de los prisioneros se atribuía el hecho de ser equilibrista. Rab Mendel no lo creía, pues no podía imaginar que una persona malgastara su tiempo, caminando por una cuerda, arriesgando su vida, en vez de hacerlo como todo el mundo, sobre piso seguro.

Al fallecer Stalin se suavizó la presión sobre los presidiarios y el equilibrista decidió mostrar sus dotes. Encontró una soga larga, ató una de las puntas a uno de los  edificios y aseguró la otra en un edificio distante a unos cuantos metros de allí. Verificó con seriedad todos los detalles, hasta quedar satisfecho. Un vasto grupo de espectadores se congregó debajo de la soga, que se encontraba a  5 metros de altura. El hombre se quitó los zapatos y trepó a la cuerda. Caminó unos pocos pasos, perdió el equilibrio y cayó. Se levantó como un gato, esperó algunos instantes y lo intentó de nuevo. Nuevamente se repitió la escena. Pero la tercera vez, comenzó a caminar y luego bailar sobre un pie, después sobre el otro, al ritmo de los aplausos. Entonces, fue hacia el final, dio la vuelta, y bailando retornó a su lugar anterior. Saltó y saludó como un artista al público que lo vitoreaba. Luego de estrechar las manos de todos, se acercó a Rab Mendel y le dijo: “Bueno Rabino, ¿qué piensa ahora?”. El Rab le dijo lo impresionado y sorprendido que estaba. “¿Cómo logras caminar por una cuerda tan finita, sin caer?” -preguntó.

Después de un momento, el equilibrista reveló su secreto: “Fijo mi vista en la dirección hacia la que deseo ir, y nunca pienso en que puedo caer” Hizo una pausa y agregó: “¿Sabe cuál es la parte más difícil? ¡Dar la vuelta! Pues al voltear, se pierde por un instante, el enfoque de la meta. Toma mucho tiempo aprender a virar… “

La llave maestra

“Las kavanot son llaves, que abren otra puerta en nuestras almas”….

Un año, Rabi Israel Baal Shem Tov dijo a Rabi Zeev Kitzes, uno de sus mayores discípulos: “Tú tocarás el Shofar para nosotros este Rosh Hashaná. Quiero que estudies todas las kavanot, ( meditaciones cabalísticas) pertinentes al Shofar, pues deberás meditar en ellas cuando lo estés tocando”.

Rabi Zeev se dedicó a la tarea con la alegría y trepidación: la alegría por el gran privilegio que se le había otorgado y estremecimiento por la inmensa responsabilidad. Estudió las escrituras cabalísticas que discuten la importancia multifacética del Shofar y lo que sus sonidos logran en los diferentes niveles de realidad y en las distintas cavidades del alma. También preparó una hoja de papel en la que anotó los puntos principales de cada kavaná, para poder referirse a ellas cuando tocara el Shofar.

Finalmente, el gran momento llegó. Era la mañana de Rosh Hashaná, y Rabi Zeev estaba de pie en la Bimá, en el centro de la Sinagoga del Baal Shem Tov, rodeado por un mar de cuerpos, cada uno envuelto en su Talit. En la esquina sudeste del salón, su maestro, el Baal Shem Tov- estaba de pie, su cara en llamas. Un silencio intimidador llenó el cuarto en anticipación del clímax del día–las explosiones penetrantes y sollozos del Shofar.

Rabi Zeev metió la mano en su bolsillo y su corazón se heló: ¡el papel había desaparecido! Recordó haberlo puesto esa mañana allí. Furiosamente, investigó en su memoria lo que había aprendido, pero el dolor por las notas perdidas parecía haber incapacitado su cerebro: su mente estaba en blanco. Lágrimas de frustración llenaron sus ojos. Había defraudado a su maestro que le había confiado esta sagrada tarea. Debía hacer sonar el Shofar simplemente, sin kavanot. Con corazón desesperado, Rabi Zeev sopló la letanía de sonidos requerida por la Ley y, evitando los ojos de su líder, volvió a su lugar.

Al finalizar las Plegarias del día, el Baal Shem Tov se acercó a Rabi Zeev, que sollozaba bajo su Talit. “¡Gut Iom Tov, Reb Zeev”! llamó. ¡Ha sido un extraordinario sonido del Shofar el que oímos hoy!”

“Pero Rebe… yo…”

“En el palacio del rey,” dijo el Baal Shem Tov, “hay muchas verjas y puertas, que conducen a muchos vestíbulos y cámaras. Los guardianes del palacio poseen grandes llaveros y muchas llaves, cada una de las cuales abre una puerta diferente. Pero hay una llave que encaja en todas las cerraduras, una llave maestra, que abre todas las puertas.

“Las kavanot son llaves, que abren otra puerta en nuestras almas, cada una que accede a otra cámara en los mundos superiores. Pero hay una llave que abre todas las puertas, que nos abre las más profundas cámaras del Palacio Divino. Esa llave maestra es el corazón roto.”

De Rabi S.Y Zevin, del Sipurei Jasidim.

Mi padre y el sacerdote

Hace casi 40 años, mi padre, Rabi Dovid Schojet fue invitado a disertar ante un grupo de participantes judíos y no-judíos en la ciudad de Búfalo. Inseguro de aceptar la invitación, consultó con el Lubavitcher Rebe, quien le instó a que asistiera. Y le indicó enfocar su conferencia  sobre el tema de caridad, debido a su aplicación universal.

Mi padre empezó con la siguiente historia.

Un individuo adinerado que nunca contribuía con caridad, vivió en la época del autor del Tosfot Iom Tov, Rabi Iom Tov Lipman Heller. Después de que este avaro se murió, la Jevra Kadisha ( responsables del entierro) sintió que era indigno de ser enterrado al lado de alguien respetable y lo puso en el área del cementerio del hekdesh, reservado para los proscritos de la sociedad.

Unos días después, un tumulto sacudió a Cracovia. El carnicero y el panadero, dos miembros prominentes de la comunidad que habían sido siempre sumamente caritativos, dejaron de distribuir sus fondos. Los pobres que habían confiado en ellos para su sustento estaban consternados. Los comentarios corrieron tan rápidamente que llegaron ante el Tosfos Iom Tov quien llamó a ambos y les preguntó porqué habían interrumpido sus actos tan abruptamente.

Ellos contestaron: “En el pasado el miserable nos proporcionaba los fondos para caridad. Él nos advirtió no revelar nuestra fuente, pues deseaba poseer el gran mérito de realizar la mitzvá en secreto. Ahora que está muerto, no podemos continuar.”

Impresionado por la conducta del “miserable” , el Tosfos Iom Tov pidió que se lo entierre al lado de este individuo, aunque fuera en una sección desacreditada del cementerio.

Cuando mi padre concluyó su conferencia, un participante del público- un sacerdote- se le acercó y pidió que le repitiera la historia. Se encontraron al día siguiente. A la hora designada, el sacerdote llegó al hotel de mi padre.

El sacerdote pidió a mi padre repetir la historia. Mi padre lo hizo, pero se pasmó cuando, después de concluir la historia, el sacerdote muy confundido, le pidió que la repitiera.

A esta altura, el hombre caminaba nerviosamente por el cuarto. Finalmente, se volvió a mi padre y dijo: “Rabino Schojet, el hombre caritativo de la historia era mi antepasado.”

Escépticamente, mi padre calmó al joven diciendo que no había conexión entre él y la historia. “Además” le dijo “usted es gentil, y este hombre era judío”

El sacerdote lo miró y susurró: “¡Rabino, tengo una historia para contarle!”

Había crecido en el estado de Tennessee. Su padre era Comandante del ejército americano durante la Segunda Guerra. En ultramar, en Europa, su padre se había enamorado de una muchacha judía. Se casaron y nadie supo su origen. Un tiempo después, la pareja tuvo un niño que criaron como católico. El niño creció y asistió a un Seminario entrenándose para convertirse en sacerdote.

La madre del sacerdote murió prematuramente. Antes de su muerte, ella descubrió su secreto a su hijo.

Después de recitar el Shema, le confesó: “Quiero que sepas que eres judío”. Y le informó de su antepasado enterrado al lado de un gran sabio llamado el Tosfos Iom Tov y le relató casi literalmente, la historia que mi padre había contado.

En ese momento, el sacerdote pensó que su madre deliraba. Siguió con su vida, se olvidó del episodio.

“Rabino” -lloró- ” Usted me ha recordado a mi madre, y que la historia es verdad. ¿Qué voy a hacer? Soy un sacerdote de una gran congregación”. 

Mi padre le explicó que según el Judaísmo, él era judío. Lo animó a que explorara su herencia, y lo puso en contacto con quien podría guiarlo.

Mi padre no supo nunca más de este hombre.

Hace varios años, en una visita a Israel, un judío religioso se le acercó en el Kotel, y lo saludó.

Mi padre no lo reconoció. El hombre exclamó: “¿No me reconoce, Rabino Schojet? ¡Yo soy el sacerdote que encontró en Búfalo!” Y continuó: “Un judío nunca se pierde de su pueblo”

PD. Descubrí recientemente que mi padre es un descendiente directo del Tosfos Iom Tov.

En otro tiempo, en un hotel en Búfalo, Nueva York, un descendiente del Tosfos Iom Tov se encontró con un descendiente del avaro-y milagrosamente cambió el curso del destino.

Por Chana Weisberg