
“Y estas son las leyes” (Shemot 21:1)
Acabamos de leer, la semana pasada, en la Parashá Itró, sobre la entrega de la Torá en el Monte Sinaí, acompañada de voces y relámpagos. Ahora queremos saber qué es lo que contiene esta Torá entregada desde el cielo en un acontecimiento tan imponente.
Comenzamos a estudiar esta semana los preceptos entregados en Sinaí y ¿qué vemos? Leyes: preceptos simples y básicos que regulan la relación del hombre con su prójimo, instrucciones que incluso nuestra propia lógica indicaría seguir aun sin un mandato explícito de la Torá.
Los párrafos de Parashá Itró y Parashá Mishpatim representan, a simple vista, dos extremos opuestos. En Itró leemos sobre la revelación Divina: lo sobrenatural, celestial y suprarracional. En cambio, en Mishpatim se habla de temas terrenales y cotidianos, asuntos que también comprende la lógica del hombre común.
VERDADERA UNIDAD
Desde una perspectiva más profunda, justamente estas dos parshiot —cuyo contenido parece tan opuesto— son dos etapas que se complementan dentro de la extraordinaria innovación que introdujo la entrega de la Torá.
El objetivo del evento del Sinaí fue eliminar la brecha existente entre el mundo espiritual y la realidad material, e introducir la Torá y la santidad literalmente dentro del mundo; unir el espíritu con la materia.
El principio es que la santidad Divina no debe desplazar, anular o quebrar la realidad terrenal. Por el contrario, el mundo debe permanecer tal como es, como una existencia material sujeta a las limitaciones de este mundo, y aun así permitir que en él habite la Santidad Suprema. Esa es la verdadera unión entre espíritu y materia.
DESHACER LAS ESTRUCTURAS
La primera etapa de esta unión entre espíritu y materia es la descripta en Itró: “Y descendió Di-s sobre el Monte Sinaí”. Fue una extraordinaria revelación Divina: voces, relámpagos y un temblor que conmovió a todo el mundo.
En palabras del Midrash: “El pájaro no gritó, el ave no voló, el toro no mugió… el mundo estaba callado y silencioso”.
En el pueblo judío esta revelación produjo una profunda anulación, al punto de que se alejaron del monte y permanecieron a la distancia. Ésa fue la primera etapa: Hashem descendió a este mundo “inferior”.
Pero el objetivo final es que el mundo no pierda su identidad, sino que continúe funcionando como un mundo material, convirtiéndose al mismo tiempo en un instrumento al servicio de la santidad.
Por ello fue necesaria una segunda etapa, la desarrollada en Mishpatim. Esta parashá, que trata sobre leyes monetarias, daños y responsabilidades —temas profundamente mundanos— enseña cómo debe el judío cumplir los preceptos de Di-s dentro de su vida terrenal.
Justamente son estos mandamientos “sencillos” y lógicos los que muestran el camino mediante el cual la santidad se introduce en el mundo, se integra en él y llega a formar parte de la realidad misma.
LA FE COMO BASE
La Parashá Mishpatim nos enseña que la santidad no se limita a la anulación espiritual o a elevarse por encima de la vida material.
Por el contrario, la santidad también se manifiesta en los pequeños actos de la vida cotidiana cuando se realizan de acuerdo con la Torá: indemnizar correctamente a quien sufrió un daño, actuar con honestidad respecto de un depósito confiado, pagar el salario a tiempo, entre otros ejemplos.
De esta manera se genera una verdadera unión entre la santidad Divina y la vida práctica y material.
Sin embargo, para que el judío tenga la fuerza de introducir santidad incluso en la vida cotidiana, es necesaria primero la etapa de Itró, la revelación Divina sobrenatural.
La base de todo es la fe y la anulación absoluta ante Hashem. Solo a partir de ello es posible santificar también la vida diaria.
(Basado en Likutei Sijot, pág. 242)


