
El Jozé de Lublín y su maestro
Un viernes, Yaakov Yitzchak Horowitz —conocido como el “Jozé” o “Vidente de Lublín”— viajaba con sus discípulos cuando llegaron a un cruce de caminos.
El cochero preguntó qué dirección debía tomar.
El Jozé, encogiéndose de hombros, respondió:
—Suelte las riendas. Deje que los caballos tomen la dirección que deseen.
Al cabo de un tiempo llegaron a un pequeño pueblo. Comprendieron entonces que no era el camino correcto.
—Es tarde —anunció el Jozé—. Nos quedaremos aquí para Shabbat.
Y agregó:
—No revelaremos mi identidad a nadie ni diremos que soy un Rebe.
Sus seguidores no tenían dinero, ya que el Vidente no permitía que guardaran siquiera una moneda durante la noche. Todo lo que poseían se distribuía a los pobres antes del anochecer.
—¿Cómo nos arreglaremos para Shabat? —preguntaron.
El Rebe respondió:
—Como los viajeros judíos. Iremos esta noche a la sinagoga y nos invitarán cuando vean que no tenemos dónde ir.
Fueron al templo para las plegarias de la noche. Al finalizar el rezo, los alumnos del Rebe fueron invitados individualmente a diferentes hogares del pueblo.
El Vidente, sin embargo, permaneció en la sinagoga. Sus plegarias siempre le llevaban mucho tiempo. Cuando terminó, todos ya se habían marchado.
Un hombre anciano se le acercó.
—¿Dónde comerá la comida de Shabat? —preguntó.
—No lo sé —respondió el Rebe.
—¿Por qué no come en la posada donde se hospeda? —insistió el hombre.
—Vi que allí no encendieron las velas de Shabat —contestó el Jozé—, por lo que temo no poder confiar en el kashrut de la comida.
—Lo siento —murmuró el anciano—. En mi casa mi esposa y yo sólo tenemos pan y vino.
—No soy glotón ni bebedor —respondió el Rebe.
—Venga —dijo el hombre.
El Vidente lo siguió dócilmente.
Después del Kiddush y de la bendición del pan, sentados serenamente a la mesa, el hombre preguntó de dónde era su invitado. Al escuchar la respuesta, preguntó:
—¿Conoce al Rebe de Lublín?
—Siempre estoy con él —respondió el Jozé.
—¡Por favor! Cuénteme algo sobre él.
—¿Por qué quiere saber de él? —preguntó el Rebe.
El anciano explicó:
—Porque fui su maestro en el jéder, la escuela tradicional, cuando era niño. Ahora escucho que es un gran Rebe y que hace milagros.
—¿Notó algo especial en él cuando era pequeño? —preguntó el Vidente.
—Sólo una cosa —respondió el maestro—. Cada mañana, cuando lo llamaba para leer del sidur, no podía encontrarlo. ¡Desaparecía! Yo lo castigaba por su ausencia. Un día decidí averiguar adónde iba.
Lo seguí cuando salió del aula. Caminó hacia el bosque. Me acerqué en silencio y lo vi sentado junto a una colmena, clamando:
—Shemá Israel, Hashem Elokeinu, Hashem Ejad.
—Nunca más lo castigué —continuó el anciano—. Durante todos estos años quise volver a verlo. Pero soy muy pobre y débil, y no puedo viajar a Lublín. Mi deseo es tan grande que ayuno un día por semana para tener el mérito de verlo.
El Jozé comprendió entonces por qué había llegado a ese pueblo.
Mirando a su anfitrión con ternura, dijo:
—Yo soy el Rebe de Lublín.
El anciano se desmayó. Su esposa y el invitado lograron reanimarlo.
Al terminar Shabat, el Jozé y sus alumnos partieron. El hombre los acompañó hasta las afueras del pueblo y luego regresó a su casa.
Poco después, mientras se detenían para la comida de Melavé Malka, el Vidente dijo:
—Volvamos a ese pueblo. Debemos asistir al entierro de mi maestro de la infancia y pronunciar el elogio que merece.


